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El adjetivizador

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Es cierto, se me da por escuchar a un personaje público con ínfulas de intelectual, y soy capaz de seguir la pista de migas de pan un buen rato por los vericuetos de YT, sobre todo, hasta aburrirme o desengañarme. Tal me sucedió con el Scruton ése. Me sigue cayendo bien. Me gusta su manera entrecortada de hablar, su acento resueltamente sub-RP (insiste en no ser del todo  posh , para entendernos: de memoria, puede que esa resonancia sea del Oxfordshire rural, o del West Country, o hasta un alambicado Cockney, no recuerdo bien), su disposición a musitar la pregunta sin decir nada (es decir, se piensa las cosas), y hasta su modo de parecerse a Johnny Lydon (eso de no tener cejas, v.gr.). Bien por todo eso. También siento una especie de servil agradecimiento por el hecho de poder escuchar la palabra "belleza" de boca de alguien que no sea periodista. Cuando ¡un filósofo! dice beauty, como que se te derrite algo adentro. En algún lugar entre Kant y Kardashian, el concepto se ...

Last Chance Gulch

En mi faceta de siervo de la LOES, tengo el deber, muy de vez en cuando, de solicitar respuestas a la pregunta "cómo se diferencian los hechos de las opiniones". Mi propia manera de responder, me doy cuenta, ha cambiado bastante desde mi juventud. En aquel entonces, habitaba un jardín lleno de opiniones. Sobre un cielo indiscutiblemente azul se desfilaba el interminable cumulonimbus de opinión, traido por el viento del oeste; allá, en los árboles, las opiniones cantaban alegremente; más abajo, en el fondo del jardín, en un rincón rocoso se divisaba el murmullo opinionoso de un babbling brook; y alrededor, a cada lado las variopintas opiniones florecían entre las mariposas y el sopor del zumbido de algunos insectos. Así era entonces: yo me acuerdo. Ahora, en cambio, me encuentro aprisionado en el lóbrego manicomio de los hechos. Ahora sólo queda planificar la excursión nocturna, la liberación secreta, intermitente, para lo cual hay que tener bien marcada la ruta de salida. E...

Superchería

En el colegio me hicieron leer los cuentos escogidos de Leopoldo Alas "Clarín", donde el más largo tenía este nombre, de etimología en aquel entonces misteriosa. La colección entera me embelesó, y ese cuento en especial. Para entendernos: el hogar espiritual de Clarín a mi ver siempre fue esa Asturias lluviosa, ese Oviedo/Vetusta conservador, provinciano y soñador que supe vislumbrar más luego también en la ciudad de Segovia, donde residí un año. Yo, de adolescente, vivía en una Inglaterra también lluviosa, conservadora, provinciana y soñadora: tenía, entonces, referencias suficientes para compartir estados de ánimo, desesperaciones, dudas, escrúpulos, lujurias con aquel autor. Del argumento del cuento no me acuerdo con detalle: un tipo se enamora de una diosa, de ésas dulces y discretas, una diosa clariniana , para luego enterarse de que ella participa en un engaño urdido por un marido inescrupuloso, con fines de supervivencia económica y para darle de comer a un hijo....