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El escudero se había hartado de rezar. Dejó caer el yelmo al suelo de paja y plumas. Por alguna de esas rendijas altas que servían de ventanas hacia la luna, una lechuza en el bosque cercano daba las dos y media, espectralmente. Por lo demás, grillos. "Cuarenta días y cuarenta noches," le habían dicho, "en una sola." Escuchando eso, se había sentido a la vez estafado y estafador. Claro, la modernidad era eso: prisas para todo, economías, actos "simbólicos". Hasta los símbolos se simbolizaban. Cuarenta noches no eran nada, y sin embargo, hasta eso quedaba reemplazado por "un simple ritual". De aquí a pocas horas ya sería caballero. No tendría que ser tan fácil. Hasta el dragón que había matado días antes era de mentirijilla (qué quieres, se excusó la modernidad en coro, si hoy en día ya no hay dragones de los de antes.) El Tío Dap le había dicho: caballero no es armadura. Cualquier bufón se coloca yelmo y plastrón. Algunos hasta te vienen con plum...