La conocí en línea, en un foro para gente rara. Cuando se acercaba la posibilidad de un encuentro ella me avisó: tengo la cara estropeada. Accidente en moto de adolescente, secuelas, parálisis unilateral. Cuando me abrió su puerta, a pesar de tal aviso, me quedé durante aproximadamente un segundo sorprendido: ese rostro de víctima no casaba con la persona que esperaba ver, esa dueña del humor seco, deadpan , esa encarnación viva de la inescandalizabilidad. Después de la primera taza de té, ya era simplemente su cara, no podía tener otra, como yo. De víctima, evidentemente, no tenía nada. Todo en ella era inmune a los estereotipos. Por algo se es artista. Vivía en una casa antigua, un poco destartalada, con magníficas vistas, en la costa inglesa. Tenía un hijo de once años, heredero de la piel color café del papá, donde la suya era de un blanco casi espectral. Ese papá por lo visto no era más que anécdota aburrida: el dinero lo percibía por otro lado, de un ex marido viajero con que ell...