Al niño le sedujeron los nombres aliterativos: Clark Kent, Peter Parker. A ratos se le daba por salvar el mundo. Antes de acostarse solía vencer al Duende Verde o al Doctor Pulpo, era festejado y las chicas se desmayaban por tener su bebé. En otra época quiso ser Robin Hood un día, Tarzán otro: total, la cuestión era trepar en los árboles. Los bosques brindan un entorno de lo que se ha dado en llamar privacidad, comprensible y entrañable. Tu privacidad te la ganas trepando. Quieres ser menos visto, menos asequible, subes más, otra rama, otra más. Tras ti se cierran las hojas amigas en probabilísticas cortinas. Desde tu atalaya, observas pasar, observas hacer. A partir de cierta rama ya no tienes nombre. Eres simple vista, un ojo en el cielo. Eres un cuervo. No importa en realidad lo que eres. Un halcón peregrino, tal vez, a partir del libro de Robert Murphy , que devoraste como unas quince veces, con infantil glotonería. Más adelante, descubres otro tipo de lib...