Vinieron las lluvias

y con ellas aquella especie de empatía que uno siente hacia ciertos artrópodos. Demasiada quitina, ahí está todo dicho. Uno mira para atrás, hacia esa juventud tan lejana, perdida e irrelevante, y ve sobre todo eso, acumulación afiebrada de exoesqueleto. Como si el paisaje sólo fuera pies gigantes, como si en cada recoveco del horizonte se desarrollaba otro disaster movie inconexo y solipsista. Y como si servía para algo autoconservarse a toda costa.

Una vez acudí a una sicoanalista. Dos sesiones semanales. El quid era en buscar cualquier otra respuesta que no fuera la misma, inaceptable, que siempre arrojaba el oráculo (y que más tarde llegaría a ser eslógan de una conocida marca de zapatos deportivos). De ella lo que más recuerdo era el ángulo de su cabeza ladeada, interrogativa, que me recordaba siempre un mirlo o un tordo escuchando los gusanos debajo de la césped. Ella, la Dra. Merce, nunca decía nada, sólo escuchaba. Yo tampoco decía nada, de todo lo que tendría que haber dicho. Me parecía que ella era medianamente inocente (creía en Freud, por ejemplo) y que no era correcto pisar ese jardín. Afortunadamente, el subconsciente se esforzó en colaborar: en unas pocas semanas recordé más sueños que en el resto de la vida junta. Siempre tuve eso que contar, el último sueño; de las realidades conseguí en gran medida escaquearme. He aquí unos ejemplos.

Estuve en la catedral de Segovia. Dentro, había otra catedral en escala más pequeña. Alguien me comentó, de paso: La Leyenda dice que esta catedral pequeña fue la primera, y que ésta hizo existir la más grande alrededor, para protegerse de la lluvia. A continuación, la misma cicerone me invító a acercarme a una de las paredes de la Catedral mayor, donde había unas imágenes bastante grandes grabadas en relieve. El contenido de estas imágenes era básicamente erótico, nada religioso.

Estuve en el Bloque de Ciencias de mi antiguo colegio, en un laboratorio en el cuarto piso. Poco a poco me di cuenta de que, a pesar de que ese colegio había sido masculino cuando yo era alumno, ahora era sólo de chicas. Acababa de terminar una clase, y me encontraba en ese laboratorio con la última chica que aún no había salido. Por alguna razón que no recuerdo bien, yo le insté a que se quitara algunas prendas de ropa. Ella empezó a obedecer, pero sin entusiasmo, de una forma algo rutinaria, maquinal, como cumpliendo con una exigencia burocrática. En ese momento se me ocurrió exigirle su DNI (cédula de identidad). Ella se negó. Me puse nervioso y algo histérico, y le grité algo así como "¿Cómo puedo estar seguro de que no eres menor de edad?" A continuación, escuché ruidos como si estuvieran a punto de entrar otros alumnos o alumnas. Le pedí a la chica que arrojara mis zapatos por la ventana, para que yo fuera a buscarlos al salir. Así lo hizo. Con algo de sigilo, salí del edificio y me puse a buscar los zapatos. No aparecían. En ésas, se congregó un grupo de personas, algunas conocidas y otras no, que querían emprender una larga caminata, de destino impreciso. Gustoso me uní a ese grupo, sobre todo al enterarme de la noticia de que "los siete minutos que en un principio teníamos entre clase y clase se podrían prolongar hasta doce". Mientras caminábamos, tuvieron lugar algunas conversaciones que ahora ya no recuerdo, sólo que en alguna de ellas un compañero mío hizo un comentario algo despectivo acerca de la obsesión con las crucigramas. La carretera por la que caminábamos era la que salía de la ciudad inglesa de Henley, una de esas carreteras romanas tan rectas, señoriales y pintorescas. Llegamos a una cueva, con mesas de madera afuera. Mis compañeros se sentaron allá: yo entré en la cueva, para hablar con el viejo que vivía dentro. Éste, arisco y malhumorado, se quejaba continuamente de que los viajeros que se aprovechaban de su hospitalidad desdeñaban comer su ensalada de mierda de caballo. ¿Qué tendrán esos señores en contra de mi ensalada de mierda de caballo? se preguntaba el hombre con voz indignada, furibunda. Y me la enseñó. Efectivamente, era mierda de caballo, con algunos trocitos de espinaca, judías y espárragos verdes. Me dije para mis adentros que tampoco me parecía muy apetitosa dicha ensalada, pero que sería de muy mala educación rechazarla. Salí afuera. Mis compañeros ya tenían servida su comida. Cada comensal tenía delante de él una oreja de elefante, y en medio de la mesa había el torso y la cabeza de un primate grande, algo entre chimpancé y humano, ennegrecido, horriblemente descuartizado. Chocaba y daba un poco de asco. Me pregunté si estábamos a punto todos de convertirnos en caníbales.

Fast forward. Estuvimos de nuevo caminando, todo el grupo, y en ésas empecé a ver, más o menos a la altura de Stonor (donde hay una de esas casas señoriales muy retraídas) una larga muralla de piedra, y al lado de ella, unas ballenas que flotaban en el aire como dirigibles. Lo curioso fue que en medio de tanta realidad, parecían ballenas de dibujo, ilustraciones para un bestiario medieval.

Me desperté con una sensación de honda satisfacción, de alegría, de plenitud y de serenidad. Siempre me han gustado las largas caminatas, y la ausencia de un destino preciso. (Los sueños ajenos son aburridos, ya lo sé, pero esas sensaciones no. Ojalá pudiera encontrarles el correlativo exacto, plasmarlas.)

Otros sueños... si me pusiera a buscar en los newsgroups que frecuentaba entonces, igual aparecían resumidos. Ya no los recuerdo tan bien. En uno, fui abandonado por mi padre en una carretera donde había un cisne. En otro, tuve que atravesar una especie de falso suelo de traicioneras losas al estilo Indiana Jones, encima de un estadio olímpico, en compañía de un niño árabe, cuyo padre me aseguraba que él sabía el camino. En otro, estuve hojeando un libro grande para niños, que contaba las aventuras del Espíritu Santo, que al parecer tenía la forma de un fantasma del juego de PacMan; de repente me introduje en el libro, en medio de la acción, y tuve que evitar ser devorado por cocodrilos en una densa selva, lo que era difícil pues tales reptiles se disfrazaban de trozos de carne de chancho flotantes. Al final, tuve la visión de un Buda malhumorado, con la piel plateada, que contemplaba con cara de chasco una mujer y un niño que formaban los otros dos puntos de un triángulo místico en una inmensa playa.

Y en otro sueño también salía el Buddha, sólo que esta vez era dueño de un prostíbulo que también hacía las veces de gabinete de belleza. "Tú no eres tan santo", le dije en esa ocasión. Dentro del gabinete, detrás de una cortina, descubrí a una ex, la R., a quien le estaban remodelando los ojos y las pestañas con un instrumento horrible que me hizo gritar. Ella me miró con cara de tristeza insondable. Nunca vi, ni en sueños ni fuera de ellos, tanta tristeza. Me desperté para no ver más.

¿Vida onírica después de la sicoanálisis abortada? Sólo lo típico. Algo en ti quiere que sigas sacando fuerzas de flaqueza, que sigas trabajando y produciendo y endureciéndote baldíamente, así que el subconsciente, de noche, te trae a la C_, te la muestra, a pocos metros, y te la quita de nuevo. Para que te despiertes con la confusa sensación de que la vida va a alguna parte.

Vinieron las lluvias. No deseo ahogarme, lucho contra ello, pero sí, intensamente... verme ahogado.

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