Assange

Para algunos, héroe de la transparencia. Para otros, irresponsable cañón suelto, que compromete los esfuerzos emprendidos por EEUU y aliados en pro de la estabilidad en regiones volátiles. Para otros, un tipo listo pero con preocupantes tendencias hacia la paranoia y las teorías de conspiración.

Se receptan opiniones al respecto. Conviene, por lo menos, tener claro que los motivos de Assange no son ningún misterio: ha declarado en diversos ensayos y entrevistas que su meta es obligar a los Estados a defenderse contra las filtraciones blindando sus sistemas de comunicación hasta tal punto que su eficiencia operativa se vea seriamente perjudicada. A tal respecto, una analogía que me resulta: hace tiempo comenté que el antivirus de Norton, supuestamente de los mejores, desde el punto de vista del usuario actúa de manera muy parecida a los virus contra los que supuestamente protege. Si instalas el Norton, prepárate para ver tu computadora funcionar a paso de caracol, o para ver aparecer en tu pantalla mensajes que cuando clicas en "Aceptar", se reproducen eternamente, obligando a reiniciar, etc. Es lícito suponer que algunos de los creadores de virus más originales trabajan con ese objetivo: lo que quieren no es tanto infectar, sino obligar a que el remedio sea, a la larga, igual o peor que la enfermedad, obligar a los antivirus a consumir cada vez más espacio y tiempo, hacer que la experiencia de trabajar con determinado sistema operativo o con determinada configuración sea cada vez más trabajosa y cara. ¿Por qué? No lo sé: a los hackers nunca entendí demasiado bien sus motivaciones, nunca fui del gremio. Pero en el caso de Assange, es lo que quiere: que el Estado, cualquiera, se vuelva paranoico, que sus canales de comunicación se vuelvan cada vez más caros y complicados y rebuscados y, sobre todo, indirectos, para - según su teoría - entorpecer la eficiencia con la que nos subyuga. Para que sus defensas se conviertan en síntomas palpables de enfermedad.

Lo que sí me parece de ese Assange, es que no va a llegar a viejo. Si los rusos llegan primero, o algún otro, está por ver. Pero el nombre ya huele a cadáver. Una pena.

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