Algunas observaciones sobre el deseo masculino de complementar un vestido de terciopelo con una cabeza de caballo elaborada en papel maché
Convengamos en que hoy en día, es bastante normal que un hombre, aunque no sea de orientación gay , sueñe con vestirse “de mujer”: que tenga, por ejemplo, el deseo secreto de engalanarse con un hermoso vestido fiestero medio largo de terciopelo de color lila, zapatos de tacón, medias de cabaretera y guantes largos. Es más: se me hace que cualquier hombre que no haya tenido nunca esta fantasía ha de ser algo memo, carente de imaginación, “saborío” como dicen los andaluces: se me antoja también arrastranudillos, engominado, portador de diversas cadenas de oro ligeramente hediondas, y con casi total seguridad hojeará revistas de deporte en su tiempo libre. Olvidémonos, pues, de esa gentuza irrelevante. Ahora, no es tan frecuente que un hombre viejo, de unos, digamos, 47 años, arrastre desde años la ambición de salir a la calle ataviado de la manera descrita pero con el detalle extra de alzar sobre su cuello una enorme cabeza de caballo elaborada en papel maché y pintado de un color gris ...