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Superchería

En el colegio me hicieron leer los cuentos escogidos de Leopoldo Alas "Clarín", donde el más largo tenía este nombre, de etimología en aquel entonces misteriosa. La colección entera me embelesó, y ese cuento en especial. Para entendernos: el hogar espiritual de Clarín a mi ver siempre fue esa Asturias lluviosa, ese Oviedo/Vetusta conservador, provinciano y soñador que supe vislumbrar más luego también en la ciudad de Segovia, donde residí un año. Yo, de adolescente, vivía en una Inglaterra también lluviosa, conservadora, provinciana y soñadora: tenía, entonces, referencias suficientes para compartir estados de ánimo, desesperaciones, dudas, escrúpulos, lujurias con aquel autor. Del argumento del cuento no me acuerdo con detalle: un tipo se enamora de una diosa, de ésas dulces y discretas, una diosa clariniana , para luego enterarse de que ella participa en un engaño urdido por un marido inescrupuloso, con fines de supervivencia económica y para darle de comer a un hijo....

Los pecados de los padres

We laugh at dead men's jokes, and cry at dead men's pathos! Así Hawthorne, en The House of the Seven Gables , en el personaje de Holgrave (léetelo todo). Y es cierto. Más allá de que una refundación generacional universal cada veinte años luce poco práctica, y que se supone que entre toda esa basura, esa buhardilla llena de trastos, que nuestros abuelos nos legaron, debe yacer esa joya, ese diario, esa fotografía sepia que rescata la anécdota de nuestra fugaz existencia del peligro de no tener ningún sentido; más allá de todo eso, insisto, palpita la sospecha de que nuestros antepasados alguna broma pesada nos han practicado, y que estamos, efectivamente, pagando los platos rotos de unos muertos a quienes los platos, rotos o no, ya de muy poco les van a servir. Y tal vez esta sospecha sea en parte porque estamos más que dispuestos a cargarles el muerto a nuestros propios descendientes. No miren ahora, pero todo el sistema financiero mundial actual está construido sobre la...

El misántropo (1)

Su madre se agachó con esfuerzo y cogió una piedra de la playa, donde sólo había piedras y algún pescador ensimismado. - Es una piedra delictiva - , dijo ella, tal vez queriendo decir deliciosa. – Guárdamela. Él, que ya llevaba en los bolsillos unas cuantas piedras absolutamente normales, redondas, grisáceas, sin nada que las distinguiera de otras tantas que había, cogió sin rechistar este otro espécimen de delictividad . Y recordando de repente aquella ocasión en que ella, hacía casi tres décadas, le había comparado con una: después de todo, pensó, las piedras sí tienen su encanto. Yo sí tengo el mío. Aquella temprana petrificación había sido consecuencia, muy probablemente, de no haber tenido referencia de ningún patrón de comportamiento adecuado para cuando una madre, por la noche, irrumpe en la habitación donde estás escuchando Debussy y te explica, con voz entrecortada, que acaba de “recordar” que su propia madre ha sido asesina en serie, y que había enterrado vivo a su propio hij...