El misántropo (1)

Su madre se agachó con esfuerzo y cogió una piedra de la playa, donde sólo había piedras y algún pescador ensimismado.

- Es una piedra delictiva - , dijo ella, tal vez queriendo decir deliciosa. – Guárdamela.

Él, que ya llevaba en los bolsillos unas cuantas piedras absolutamente normales, redondas, grisáceas, sin nada que las distinguiera de otras tantas que había, cogió sin rechistar este otro espécimen de delictividad.

Y recordando de repente aquella ocasión en que ella, hacía casi tres décadas, le había comparado con una: después de todo, pensó, las piedras sí tienen su encanto. Yo sí tengo el mío.

Aquella temprana petrificación había sido consecuencia, muy probablemente, de no haber tenido referencia de ningún patrón de comportamiento adecuado para cuando una madre, por la noche, irrumpe en la habitación donde estás escuchando Debussy y te explica, con voz entrecortada, que acaba de “recordar” que su propia madre ha sido asesina en serie, y que había enterrado vivo a su propio hijo. En esa ocasión se le ocurrió que podría insistir en que este hecho, por muy recordado que lo tenía ella esa noche, estadísticamente era harto improbable, y que la actitud histérica de ella no le prestaba a esa historia demasiada verisimilitud. Pero al mismo tiempo, se le ocurrió que al reaccionar así estuviera pecando contra una serie de códigos filiales, y también un instinto socorrido le sugería que iniciar una discusión así le daría chance a ella para hacer alarde de sus supuestos conocimientos en sicología, insistiendo con sarcasmo sobre la infantil ingenuidad que a él le inducía a creer que las “memorias reprimidas” no existían. Al fin y al cabo pues, una madre es una madre. Así que lo mejor era asentir ante todo lo que ella decía, haciéndole ver que a él poco le importaba tener una abuela sicópata asesina, con tal de que le dejaran en paz para escuchar la música que le gustaba. Así se había ganado lo de “ser como una piedra”. La verdad, visto desde cierta óptica, se podía tomar hasta como un cumplido.

Como un cumplido, porque en aquella época, cuando tenía trece años, su necesidad de reaccionar contra un mundo que no entendía le estaba llevando a caminar con la cabeza erguida, echada bastante atrás, con un porte que a él se le antojaba disciplinado y militar, por lo tieso y plomizo, como queriendo que las gotas de lluvia - pues ahí llovía eternamente - le cayeran en el pecho, sobre la clavícula. En aquella absoluta soledad que había sido su vida de joven, el jardín interior que cuidaba (por si algún día) no era tal vez robusta cosa que pudiera sobrevivir a un clima dialéctico hostil: el quid (y por eso le llamaban tanto la atención los enterradores del Conde de Orgaz, los puritanos de Merry Mount, y un largo santoral de ariscos y lacónicos héroes) estaba en no sucumbir ante los cantos de sirena de la comunicación: en no dejar aflorar ningún sentimiento traicionero, ningún pensamiento entrañable, en no transigir. “Todo lo comunicado se desvirtúa, se interpreta, se convierte en basura” se decía, entre convencido y acojonado. La ridiculez de su cuerpo, sobre todo su discreta deformidad, tendría que servirle más adelante como esas vistosas marcas que llevan algunos hongos y algunos animales, que significan “cuidado: soy venenoso”. Él se sabía venenoso, pero no sabía todavía cuándo y para quién.

T’es un poison dans un nuage, et t’es pas au-dessus de l’eau. Un jour tu vas tomber et…

Así le había escrito, se supone en dedicatoria de una tarjeta, la primera chica de la que se había enamorado, lors de son premier séjour en Espagne. Otra vez, su poca experiencia mundana le hizo un flaco favor. ¿Qué es lo correcto, qué se debe hacer cuando una diosa de 16 años, quien tiene estudiada por dos semanas tu agónica timidez, te identifica como veneno peligrosamente suspendido encima de zona residencial, o lo que es lo mismo, psicópata asesino en potencia, acompañándolo con una sonrisa de aspirante a hurí? Lo único que se le ocurrió fue devolverle la sonrisa, levemente manchada, y decirle “gracias”. El filo del hacha penetró en su nuca, esa nuca ya algo deforme de tanto inútil militarismo, con suavidad, entonces, partiendo las carnes de su cuello como una niña que desenvuelve un regalo, separando con insistencia las vértebras, liberando entre escarlatas lagunas esa horrible cabeza de su yugo terrenal, de esos hombros prematuramente cansados. “Gracias.” Sólo pasaron unas miserables décadas antes de que una amiga quebequense le sugiriera que, con bastante probabilidad, aquella española dicharachera le habría querido poner “poisson”. Ahora, vete a buscar cráneo podrido en algún gólgota de pueblo de montaña, entre churrerías y amanecer, donde lo dejaste, por la Calle de los Bares o cerquita. Yo no podría.

Y es que ser muchacha núbil, fresca, primera mano, disponer de ese poder que ya quisieran para sí los Stavros Blofeld, ese poder de joder, ese don de persecución a través de los años, tendría que ser la hostia. Por eso, pensó, pateando una piedra playera de las que todavía se resistían a ser dolosamente redondas, por eso las chicas son como son de raras. ¡Vivir en un mundo de tantos colores, texturas, flores, sorpresas y sapos! Imagínate: ¡saber que cada ínfimo movimiento de tu cuerpo tiene significado para alguien, que el meneo de tus caderas será estudiado durante siglos en monasterios medievales: poder inspirar un poema con un ligero pestañeo, o dar muerte lenta, de por vida, con un lapsus ortográfico! Y sobre todo: ¡poder combinar decoro y timidez en una sola persona! ¡Poder pasar días sin hablar con nadie, más que lo estrictamente protocolario, y que eso sea considerado una virtud fuera de Bélgica! Y más aun: inspirar sentimientos.

Su madre, que ya le adelantaba un rato en ese pedregal de playa, ahora estaba rescatando una pluma de gaviota.

No sabía si lo que había entre ellos se tendría que llamar amor de madre/hijo, comprensión inusual, o simplemente yuxtaposición casual de excentricidades. Tampoco le importaba. Cuando la visitaba, ella hacía alarde de una superficial y apresurada domesticidad británica, de nueve tazas de té diarias, de pronósticos climáticos con Michael Fish, de Murder Mysteries televisados o grabados en video, y la poca conversación que tenían era cuidadosamente insulsa al mejor estilo inglés. Los dos disfrutaban en silencio de esa normalidad instantánea y precaria que era lo que más faltaba a cada uno en esa vida secreta que llevaba el resto del año: ella con su sueño de sacar pareja lesbiana hasta de las fauces de la tercera edad; él con su eterna pesquisa de mujer sucia abierta a perversiones polimorfas curativas. Ella, rodeada de máscaras africanas heredadas de su bisabuela keniana, con una soledad hecha de comidas recalentadas, píldoras para dormir, y repetidas pesadillas que se disfrazaban de recuerdos; él, arrastrando el mismo cuerpo que siempre tanta pena le había dado, ya demasiado viejo y contaminado para servir de reclamo ante la vida, de motivo de legítima queja. Los dos, en aquella pequeña casa de pueblo costeño, mal calzada entre iglesia geriátrica, golondrinas, vecinos emfisémicos y supermercados de comida congelada, se sabían solos ante el mundo: era lo único que importaba.

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