Los Vendepatrias

Brindaban uno de tantos espectáculos costumbristas entrañables del viejo Ecuador.

Sabían estar ahí en ese semáforo al lado de la Terminal. Cuando el semáforo cambiaba, irrumpían en la calzada aprovechando esos breves segundos entre verde y verde para intentar venderte una. Eran fácilmente reconocibles, pues a diferencia de los vendedores del “Extra” y similares, siempre andaban vestidos con terno y corbata, como mormones pero más avispados.

Yo nunca he tenido patria, pero viendo que en este país estaba de moda llevar una pegada a la ventana trasera del automóvil, hace un par de años creo que fue, le llamé a uno de esos vendedores, uno que iba con la camisa manchada de kétchup y no sé qué más colores, y le pregunté qué patrias nomás tenía.

Él dudó un momento y echó una mirada nerviosa alrededor, como temeroso de que alguien le viera, lo que me hizo pensar que sin duda todas sus patrias estarían robadas, cosa que por otro lado siempre había dado un poco por descontado, lo mismo para su caso como para los demás vendedores que revoloteaban por allí. Luego abrió su chaqueta para enseñarme lo que llevaba escondido dentro.

Resulta que tenía como dos docenas largas de patrias aparentemente nuevas, de diversos tamaños, pero bastante parecidas entre ellas. Hice que sacara una o dos para ver cómo eran: todos tenían chapada en filigrana la estampa de un señor viejote gordinflón que ese tipo me contó que era venezolano, y de muy buena familia además de ser amigo personal suyo. En fin. Yo me di cuenta enseguida que a medida que yo me distraía viendo la mercancía, los ojos de él tornaban como glotones hacia la cartera (una mariconada con dibujito de cocodrilo que una ex novia me había regalado Dios sabe cuándo) que yo había dejado ahí encima a la altura del volante. Al mismo tiempo, le escuché como respiraba fuerte por la nariz y vi que le temblaban las manos. Cosa que me extrañaba un poco, pues se le veía fuertecito y de buena constitución.

- ¿Le pasa algo, amigo - ? le dije, un poco preocupado pues no quería que me montara un espectáculo epiléptico en el capote de mi vehículo justo cuando la luz iba a cambiar a verde.

- Eesheee… alcanzó a decir, y estiró la mano hacia la cartera como sin poder controlarse, cuando en aquel momento apareció detrás de él una señora uniformada, de unos cuarenta años, que llevaba un peinado que parecía un cono de helado de ron con pasas ligeramente derretido, y unos aretes con distintivo felino. Ella me dirigió una sonrisa cordial, una sonrisa de azafata de vuelo en período de ovulación.

- ¿Este individuo le está molestando, señor – ? me preguntó, al tiempo que le asió el brazo con una mano firme y extraordinariamente grande.

Fue cuando el semáforo cambió a verde. Los carros que tenía detrás, predeciblemente, se pusieron a tocar la bocina.

- No, en absoluto -, le contesté confuso y con apuro. – Bueno, me voy.

Por el retrovisor, pude ver cómo el pobre señor, que evidentemente era loco de remate, había sacado de su pantalón una peluca enorme, de color amarillo verdoso, y se lo había puesto al revés, tapándose los ojos. Luego él cayó al suelo y empezó a gatear, emitiendo ruidos lastimeros como de animales de granja, según pude escuchar desde lejos, junto con un grito desaforado de “¡no pagaré!”. La señora, que supuse era policía, le miraba compungida.

Nada de lo cual tiene demasiada importancia, aunque por casualidad un año más tarde vi la foto de ese tipo en no sé qué periódico que decía que él había sido, si no es que iba a ser, Presidente de la República o algo así. Qué bien, pensé, que estar como una chota hoy en día ya no es obstáculo para progresar en la vida y llegar a ser alguien.

Yo, eso sí, añoro aquellos viejos tiempos en que las patrias eran de fabricación artesanal (aunque muchas veces llevaban pequeñas piedras dentro) y podías comprarte una, legal o ilegalmente, en cualquier esquina cada día con el periódico del día. Los vendedores informales, sean de patrias o de indigestos piscolabis con base de maní, es un poco como los limpiabotas: como que le dan lustre a esta antiquísima y noble ciudad.

Comments

  1. También desconocía a término y objeto, aquello de las patrias, me acaba de aparecer multiorganicamente (pueden cambiarse y agregarse consonantes) después de la afasia que me produjo este post. Volví a leer, ahora con todos los “anti” bajo el brazo, pero nada, al final extrañe con coincidencias y la ignorancia para el comentario.
    Gracias, genial.

    ReplyDelete

Post a Comment

Popular posts from this blog

Odio

Relaciones diplomáticas

The OK Salvadoran