Pavo frío
Si hay algo que no me gusta de ese tal Xavier Flores, es esa manía que tiene de despotricar contra mis superhéroes favoritos. Tal vez en otro momento explicaré detalladamente por qué creo que alguien capaz de escribir lo siguiente no está en condiciones de criticar la redacción, eso sí, escasamente calderoniana, de la adorable Gabriela Calderón:
Escoger entre dos situaciones indeseables como ganar, digamos, 100 dólares o nada (porque ganar 100 dólares para mantener una familia de cuatro personas -dos adultos y dos niños- por debajo de la línea de miseria -menos de un dólar diario por persona- merece una mejor respuesta, creo yo, que "pero podría no ganar nada”).
Yo considero que la tal Calderón es algo similar a un genio, cuya mente prodigiosa vuela a tanta velocidad que no es exigible que se amarre a las plomizas convenciones de un refinado estilo literario más adecuado para quienes andemos escasos de ideas y de inspiraciones… pero no pienso hacer proselitismo al respecto. Ahora, prefiero dedicarme a este curioso comentario, también referente a uno de mis héroes de fantasía:
…el marine John Wayne Bobbit, nacido en Buffalo en 1967, […] se dedicó a explotar el aspecto de su singular miembro en la variada industria del porno con películas tales como John Wayne Bobbit: Uncut y Frankenpenis, probándonos de esta forma, con sobra de merecimientos, su triste condición de subnormal profundo.
Bien. Puede ser también que ese Flores sepa algo que yo no sé; hasta es posible que el Sr Flores haya visto una de las películas cuyos títulos cita aquí con tanta familiaridad, lo cual, de ser cierto, le daría ventaja sobre mí, pues no conozco ninguna: llegado a eso, no recuerdo ni haber visto en foto a ese tal John Wayne Bobbit, ni a él ni a su esposa: nunca fui hasta ese punto devoto de los tabloides. La verdad, el que yo le tenga por héroe a ese hombre deriva simplemente del citado hecho de que, no contento con separarse de su pene un tiempito, experiencia que se supone muy difícil de asumir con naturalidad, su forma de reconciliarse con dicho miembro tras esta forzosa ausencia siempre me pareció hondamente aleccionadora. Y es que, lejos de huir de las cámaras, de querer cambiar de nombre, lejos de avergonzarse por lo pasado, el Sr Bobbit se dio cuenta enseguida de que ahí había un filón comercial de insospechadas posibilidades, y se puso a explotarlo con esa dedicación propia de quien tiene, además del patente de un producto altamente comercial, un certero instinto capitalista. Y si su manera de explotar la notoriedad otorgada por su inusual historial no digamos que se ciña a los mandatos del buen gusto, pues qué quieres, entre el porno y el buen gusto hay mares, cordilleras de volcanes, inhóspitos desiertos y mucha, mucha selva virgen, como para que una sola persona se proponga atravesar todo eso sin financiamiento ni brújula ni experimentados camellos. La cuestión es que no sabemos realmente qué hay detrás de esa apariencia de (si se quiere) profunda subnormalidad inherente a un título como Frankenpenis, puesto que tanto el título como el tratamiento que anuncia son cosas que vienen impuestas por el mercado, o más precisamente por el género dentro del cual el producto se inscribe. No creo que tengamos derecho a quejarnos de que el tratamiento artístico que JWB le da al tema de su “singular miembro” sea rastrero, si vivimos en una sociedad tan hipócrita que apenas no hay otras salidas dignas de tomar en cuenta, o por lo menos no las hay de igualmente solventes desde el punto de vista inversionista. Porque de eso se trata: de la misma manera que el futbolista tiene que aprovechar la juventud de su cuerpo mientras puede, el dueño de un pene replanteado (¿?) está en la obligación de sacar lo que puede de su poco envidiable condición, mientras la noticia sigue estando fresca. Por lo tanto, nada nos impide suponer que ese tal Bobbit es en realidad una especie de Lord Byron, voire de Pierre Abelard, un ser de exquisita sensibilidad que la vida y la necesidad económica han condenado a desempeñar un triste papel de Pagliaccio. Pensar que aquello que expresa el artista a través de las citadas obras es lo que realmente siente, como si no existieran los jefes, los estudios, los agentes, las modas, los públicos, los patrones, los contratos de alquiler, las facturas de compras de supermercado, es, sin duda, pecar de excesiva juventud. Por ello, aunque un análisis crítico de Frankenpenis partiendo desde un punto de vista, pongamos por caso, desconstruccionista (¿cuál otro?), no tuviera por qué detenerse en cuestiones personales del protagonista, por lo menos podemos hacerle a éste participe del beneficio de la duda en el sentido ya expuesto.
En todo caso, no quería hablar de eso. Recuérdenme de lo que sí quería hablar. Ah, claro: del método Fu Kin Man Yur de renuncia al tabaco.
La verdad, no sabría decir si esto forma parte del síndrome de abstinencia de la nicotina o si es síntoma de la vejez simplemente (demencia senil), pero últimamente me encuentro con que mi mente se resiste a estar completamente despierta ni completamente dormida, sino que anda balanceándose entre los dos estados con una fluidez algo preocupante. Propio de un estado de sueño es el pensamiento mágico, es decir esa tendencia de yuxtaponer y asociar cosas dispares, completamente al azar: por ejemplo, uno está escuchando las noticias sobre el bombardeo de Gaza y a la vez comiendo un chicle (el consumo masivo de chicle forma parte de la terapia Fu Kin Man Yur de renuncia al tabaco, por descontado) y uno empieza a sentir cierta somnolencia a la vez que empieza a visualizar la franja de Gaza como una inmensa lámina de chicle, y la máquina belicista israelí como una gigantesca lengua que recorre la superficie en pos de accidentadas granularidades que puedan delatar la presencia de glucosa u otros saborizantes artificiales dignos de ser triturados por una acechante dentadura celestial. Todo lo cual sería menos preocupante si luego uno no anduviera con misteriosos prejuicios tipo “si la Unión Europea condena las acciones belicistas israelíes es porque quieren potenciar su propia industria chiclera en competencia con el gigante Wrigleys”.
A la par de eso, los recuerdos reales se confunden con los inventados: parece que anoche (¿o fue esta mañana?) estuve largo rato en la cama, preso de una extática inspiración, un avasallador golpe de claridad y sabiduría que tenía algo que ver con lo que piensa la gente en general sobre los vendedores de dentífricos vestidos con terno y corbata, pero es posible que ese recuerdo no sea tal, sino que lo acabo de inventar en ese rato que ahora estuve con los ojos cerrados. La frecuencia de estos ataques de somnolencia y de confusión mental también me preocupa, pues podría significar falta de oxígeno como resultado del enfisema.
Y finalmente, otra consecuencia directa del síndrome de abstinencia de la nicotina, que ya documenté en otro intento de renuncia hace algunos años (ese intento duró once meses, tiempo suficiente para realizar numerosas observaciones) es lo que se puede llamar la anti-concentración: es decir, si se da por demostrado (The Psychopharmacology of Smoking, Mangan/Golding) que uno de los innumerables beneficios de la nicotina al organismo es la mejoría en la capacidad de concentración (concentración como fijación mental en una sola cosa, se entiende), entonces se esperaría que al dejar de consumir tabaco, la mente reaccionaría dispersando su atención en diversos objetos, de modo que, por ejemplo, a uno le empiezan a parecer significativas las formas de los tejados de los edificios (en aquella otra ocasión, esto de los tejados llegó a ser una auténtica obsesión mía) y otros detalles de la existencia (la comida, por ejemplo) que antaño parecían simplemente irrelevantes.
Todo esto es lo que da lugar a ese tipo de confusión que hace que uno empieza a escribir un artículo sobre un tipo que no conoce y que luego se olvide de lo que quería decir en el artículo, si es que quería decir algo.
Disculpen si este post les parece poco coherente. Normal disservice will be resumed shortly.
Peso: menos de 125 kg (todavía)
Días sin fumar: 0000009
Ganas de volver a leer EL Diario de Bridget Jones: -9,376
Escoger entre dos situaciones indeseables como ganar, digamos, 100 dólares o nada (porque ganar 100 dólares para mantener una familia de cuatro personas -dos adultos y dos niños- por debajo de la línea de miseria -menos de un dólar diario por persona- merece una mejor respuesta, creo yo, que "pero podría no ganar nada”).
Yo considero que la tal Calderón es algo similar a un genio, cuya mente prodigiosa vuela a tanta velocidad que no es exigible que se amarre a las plomizas convenciones de un refinado estilo literario más adecuado para quienes andemos escasos de ideas y de inspiraciones… pero no pienso hacer proselitismo al respecto. Ahora, prefiero dedicarme a este curioso comentario, también referente a uno de mis héroes de fantasía:
…el marine John Wayne Bobbit, nacido en Buffalo en 1967, […] se dedicó a explotar el aspecto de su singular miembro en la variada industria del porno con películas tales como John Wayne Bobbit: Uncut y Frankenpenis, probándonos de esta forma, con sobra de merecimientos, su triste condición de subnormal profundo.
Bien. Puede ser también que ese Flores sepa algo que yo no sé; hasta es posible que el Sr Flores haya visto una de las películas cuyos títulos cita aquí con tanta familiaridad, lo cual, de ser cierto, le daría ventaja sobre mí, pues no conozco ninguna: llegado a eso, no recuerdo ni haber visto en foto a ese tal John Wayne Bobbit, ni a él ni a su esposa: nunca fui hasta ese punto devoto de los tabloides. La verdad, el que yo le tenga por héroe a ese hombre deriva simplemente del citado hecho de que, no contento con separarse de su pene un tiempito, experiencia que se supone muy difícil de asumir con naturalidad, su forma de reconciliarse con dicho miembro tras esta forzosa ausencia siempre me pareció hondamente aleccionadora. Y es que, lejos de huir de las cámaras, de querer cambiar de nombre, lejos de avergonzarse por lo pasado, el Sr Bobbit se dio cuenta enseguida de que ahí había un filón comercial de insospechadas posibilidades, y se puso a explotarlo con esa dedicación propia de quien tiene, además del patente de un producto altamente comercial, un certero instinto capitalista. Y si su manera de explotar la notoriedad otorgada por su inusual historial no digamos que se ciña a los mandatos del buen gusto, pues qué quieres, entre el porno y el buen gusto hay mares, cordilleras de volcanes, inhóspitos desiertos y mucha, mucha selva virgen, como para que una sola persona se proponga atravesar todo eso sin financiamiento ni brújula ni experimentados camellos. La cuestión es que no sabemos realmente qué hay detrás de esa apariencia de (si se quiere) profunda subnormalidad inherente a un título como Frankenpenis, puesto que tanto el título como el tratamiento que anuncia son cosas que vienen impuestas por el mercado, o más precisamente por el género dentro del cual el producto se inscribe. No creo que tengamos derecho a quejarnos de que el tratamiento artístico que JWB le da al tema de su “singular miembro” sea rastrero, si vivimos en una sociedad tan hipócrita que apenas no hay otras salidas dignas de tomar en cuenta, o por lo menos no las hay de igualmente solventes desde el punto de vista inversionista. Porque de eso se trata: de la misma manera que el futbolista tiene que aprovechar la juventud de su cuerpo mientras puede, el dueño de un pene replanteado (¿?) está en la obligación de sacar lo que puede de su poco envidiable condición, mientras la noticia sigue estando fresca. Por lo tanto, nada nos impide suponer que ese tal Bobbit es en realidad una especie de Lord Byron, voire de Pierre Abelard, un ser de exquisita sensibilidad que la vida y la necesidad económica han condenado a desempeñar un triste papel de Pagliaccio. Pensar que aquello que expresa el artista a través de las citadas obras es lo que realmente siente, como si no existieran los jefes, los estudios, los agentes, las modas, los públicos, los patrones, los contratos de alquiler, las facturas de compras de supermercado, es, sin duda, pecar de excesiva juventud. Por ello, aunque un análisis crítico de Frankenpenis partiendo desde un punto de vista, pongamos por caso, desconstruccionista (¿cuál otro?), no tuviera por qué detenerse en cuestiones personales del protagonista, por lo menos podemos hacerle a éste participe del beneficio de la duda en el sentido ya expuesto.
En todo caso, no quería hablar de eso. Recuérdenme de lo que sí quería hablar. Ah, claro: del método Fu Kin Man Yur de renuncia al tabaco.
La verdad, no sabría decir si esto forma parte del síndrome de abstinencia de la nicotina o si es síntoma de la vejez simplemente (demencia senil), pero últimamente me encuentro con que mi mente se resiste a estar completamente despierta ni completamente dormida, sino que anda balanceándose entre los dos estados con una fluidez algo preocupante. Propio de un estado de sueño es el pensamiento mágico, es decir esa tendencia de yuxtaponer y asociar cosas dispares, completamente al azar: por ejemplo, uno está escuchando las noticias sobre el bombardeo de Gaza y a la vez comiendo un chicle (el consumo masivo de chicle forma parte de la terapia Fu Kin Man Yur de renuncia al tabaco, por descontado) y uno empieza a sentir cierta somnolencia a la vez que empieza a visualizar la franja de Gaza como una inmensa lámina de chicle, y la máquina belicista israelí como una gigantesca lengua que recorre la superficie en pos de accidentadas granularidades que puedan delatar la presencia de glucosa u otros saborizantes artificiales dignos de ser triturados por una acechante dentadura celestial. Todo lo cual sería menos preocupante si luego uno no anduviera con misteriosos prejuicios tipo “si la Unión Europea condena las acciones belicistas israelíes es porque quieren potenciar su propia industria chiclera en competencia con el gigante Wrigleys”.
A la par de eso, los recuerdos reales se confunden con los inventados: parece que anoche (¿o fue esta mañana?) estuve largo rato en la cama, preso de una extática inspiración, un avasallador golpe de claridad y sabiduría que tenía algo que ver con lo que piensa la gente en general sobre los vendedores de dentífricos vestidos con terno y corbata, pero es posible que ese recuerdo no sea tal, sino que lo acabo de inventar en ese rato que ahora estuve con los ojos cerrados. La frecuencia de estos ataques de somnolencia y de confusión mental también me preocupa, pues podría significar falta de oxígeno como resultado del enfisema.
Y finalmente, otra consecuencia directa del síndrome de abstinencia de la nicotina, que ya documenté en otro intento de renuncia hace algunos años (ese intento duró once meses, tiempo suficiente para realizar numerosas observaciones) es lo que se puede llamar la anti-concentración: es decir, si se da por demostrado (The Psychopharmacology of Smoking, Mangan/Golding) que uno de los innumerables beneficios de la nicotina al organismo es la mejoría en la capacidad de concentración (concentración como fijación mental en una sola cosa, se entiende), entonces se esperaría que al dejar de consumir tabaco, la mente reaccionaría dispersando su atención en diversos objetos, de modo que, por ejemplo, a uno le empiezan a parecer significativas las formas de los tejados de los edificios (en aquella otra ocasión, esto de los tejados llegó a ser una auténtica obsesión mía) y otros detalles de la existencia (la comida, por ejemplo) que antaño parecían simplemente irrelevantes.
Todo esto es lo que da lugar a ese tipo de confusión que hace que uno empieza a escribir un artículo sobre un tipo que no conoce y que luego se olvide de lo que quería decir en el artículo, si es que quería decir algo.
Disculpen si este post les parece poco coherente. Normal disservice will be resumed shortly.
Peso: menos de 125 kg (todavía)
Días sin fumar: 0000009
Ganas de volver a leer EL Diario de Bridget Jones: -9,376
No tengo edad para sufrir demencia senil, ni para tener sindrome de abstitencia de la nicotina pues aún fumo y además no soy adicto (jajaja ya quisiera), pero el estado que describes se me hace parecido a cuando uno no duerme en varios días y tiene mucho licor, trabajo y café en el cerebro.
ReplyDeleteSaludos y mejoras.
Café, siempre. Licor, hace unos 15 años estarías hablando del 80% de la composición química de mi cuerpo. Ahora ya no tanto: en Ecuador sólo hay dos tipos de bebidas alcohólicas, los que son caros y los que tienen sabor a gasolina (esto incluye todas esas "ofertas" de supermercado, esos Mojitos y Daiquiri y Camparis que la gente compra y luego te regala por navidad: no importa la etiqueta, el sabor es siempre EXACTAMENTE EL MISMO, un sabor a caducidad, un sabor a ahorro, un sabor a amargura, a almendras, a cianuro. Mejor tomarse una cola.) En cuanto al sueño yo tengo la sensación de dormir bien pero mi esposa dice que me quejo todo el rato y digo pendejadas. Eso parece una descripción de lo que soy despierto, así que doy gracias al cielo por no haberme casado conmigo mismo, para tener que soportar todo eso y en la noche también.
ReplyDeletePor cierto, no oculto mi obsesión, casi fetichista, por Gabrielita Calderón, sus escritos, sus intervenciones televisivas, su ligero y delicioso estravismo, ese tono castizo, y la forma de recogerse el pelo, rebelde en continua pelea contra el moño horquillado. Smart and sexy: mesmerizing.
ReplyDeletePensé que yo era el único zoquete que encontraba misteriosamente atractiva a Gabriela Calderón. Intelectualmente estimulante, y poseedora de una apariencia que la hace muy interesante. JM describe en gran parte ese embrujo fetichista que me prenda de aquella ninfa. No he sido capaz de concordar con ella en todas sus apreciaciones y comentarios, pues ella tiende a irse al otro extremo, el de la absoluta derecha, que tampoco es sano. Pero con todo, creo que es mas vivible que en el infierno del socialismo.
ReplyDeleteUn brindis de fin de año por el, no tan ignorado, sex-appeal de doña Gabby.