Brave New Potato

Pertenece a la vasta, enciclopédica y biscornue familia de mi mujer, pero no sabría decir en qué dirección alisar el pergamino para encontrarlo, si es un hermano suyo, un sobrino, o si tiene alguno de esos parentescos más alambicados que sólo las mujeres duchas en novelas victorianas televisadas entienden. Lo que sí sé es que la casa donde vive es de mi cuñada Norma, es una de esas casas “de campo” (licencia poética, está en Yaguachi), un poco como esas masías donde los catalanes pasan sus fines de semana jugando a señores feudales, pero a lo criollo, es decir, destartalada en grado sumo, y con una piscina que le quedaría pequeña a un hipopotamito todavía en pañales. La cuestión es que ese hombre, que no sé si se llama Pedro o algo así (you should have seen me when I had a brain) se pasa todo el día en esa casa: y no solamente todo el día, sino toda la semana, todo el año, y con algo de suerte toda la vida. Es quizás el único hombre que he conocido que pueda decir con toda propiedad y sin caer en la exageración, “vivo aquí”.

La casa no es suya, pero qué importa. Yo sí tengo una casa, y para decir la verdad me sirve de residencia, pero no por eso puedo afirmar que alguna vez haya vivido allí. Lo que hago allí, en el poco tiempo que puedo estar, es dormir, pasear al bebé, y preocuparme por cuestiones de trabajo y de ingresos. El año pasado gasté bastante plata, a instancias de mi mujer, para que la casa estuviera vivible, y ya tiene algunos ribetes de serlo, no ha quedado del todo mal para ser la casa de un miserable, pero esto es un poco como esos heroicos emigrantes ecuatorianos que cada mes mandan plata a la mujer para que ella se ponga cada día más guapa, sin que puedan sacar provecho alguno de todo esa acumulación de guapura. La casa se ríe de mis pretensiones de, algún día, vivir en ella. Se ríe y flirtea con los que vienen.

Ese Pedro, en cambio, vive en esa casa. Lo tengo como artículo de fe, aunque no lo he visto nunca con cara de haber vivido en alguna parte, yo que soy experto en detectar medias sonrisillas de culpabilidad. Quiero pensar que vive allí, porque soy ateo, y como para mí no hay dioses que valgan, tengo que creer que en este planeta, algún ser humano, no sé dónde pero en alguna parte, está despierto y, a escondidas del resto del mundo, está viviendo, lo que se dice viviendo. Necesito pensar, como producto que soy del class system británico, que la futilidad de mi existencia de burro a sueldo recibidor de puntapié diario se ve compensada y justificada, in the higher scheme of things, por la existencia de un élite ocioso poseedor de sensibilidad y refinamiento, que no tiene que sufrir las humillaciones y angustias constantes del trabajo y que se dedica a gozar de la vida y a desgranar sus encantos en representación nuestra. Me resisto a creer que estemos todos en este mismo berenjenal, en este mismo pantano, viendo todos el paraíso al otro lado de los alambres eléctricos del puto boulot. Si fuese así, entonces come friendly bombs.

Por eso quiero que Pedro viva, pues él es de las pocas personas (políticos aparte) que tienen los medios para hacerlo. Lo cual no significa que tenga plata – en realidad, no tiene ni un centavo - , sino que en el pirámide de Maslow tiene ya definitivamente conquistadas las primeras gradas, para las que la plata fue inventada: tiene solucionada la comida y el techo y quién sabe si también el tottie (grada resbaladiza como pocas, al menos para mí), lo que según aquel triangularísimo teórico de las necesidades humanas lo libera para dedicarse a asuntos de mayor dignidad y altura, como tener, por ejemplo, vida social y espiritual. Ahora, vale la pena investigar cómo es que ese hombre feliz puede disfrutar de residencia permanente, de comidas y cigarrillos diarios y de una vida de zampalotos total, sin ningún tipo de responsabilidad. ¿No será acaso pariente de aquel gran héroe que fue (al menos para algunos) Pablo Escobar, el del zoológico privado? Pues ahí está lo interesante, pues la existencia de Pedro parece, desde cierta óptica, una suerte de espejismo de la de Pablo. Si Pablo fue narcotraficante, Pedro (según me informa mi mujer) alguna vez fue drogadicto. Si Pablo acumuló mucho dinero. Pedro se gastó lo poco que tenía y que no tenía. Si Pablo vivió en la Gran Colombia, Pedro vive en el Pequeño Ecuador. En todo caso, el nexo que realmente los une, el de la droga, según esta historia fue benigno de cabo a rabo, pues si a Pablo le proporcionó una fuente de riquezas inagotable, a Pedro le dio la perfecta excusa para vivir para siempre jamás a expensas de su familia, entiéndase, de la parte distaff de ella. Porque de eso se trata: si a Pedro nadie le pide que se levante, ni que salga a buscar trabajo, ni nadená, es porque, pobre hombre, sabes, él estuvo metido en eso de la droga que le destrozó la salud, él ya no puede hacer nada, peor si él saliera por ahí, ya lo intentamos: si él sale, otra vez cae en la droga y la última vez estaba ya cercano a la muerte por culpa de ello: estuvo no sé cuántos días sin dar señales de vida, y todas lo teníamos por muerto. Así que lo único que se puede hacer es cuidar de él. Ese hombre ya no sirve pa trabajar, pero ¿qué quieres entonces? ¿Dejarlo morir?

La verdad, el hombre no molesta mucho. Las más de las veces que he ido a esa casa, ni lo he visto, pues él suele guardar cama, dejando que las cosas (comidas, cigarrillos, mosquitos, piezas de conversación) se le acerquen, llevadas generalmente por manos femeninas. Su habitación, según entreví un día por la puerta media abierta, es una guarida de aspecto algo más tristona que la de mi admirado Ignatius O’Reilly. Lo único que hace para alertar de su presencia, de vez en cuando, es poner música a todo volumen. De lo que he escuchado, sus gustos musicales demuestran un exagerado feísmo, aparte de que todas y cada una de las canciones que él pone tienen un toque soez aburridamente insistente. A mí (pero no me hagan mucho caso) me parece como si él quisiera asegurarse del continuado sacrificio de ese séquito de mujeres parientes que tiene, recordándoles varias veces al día por medio de aquellas canciones de que, después de todo, son (¡muévela nena!) esclavas de la biología, meras hembras.

Claro que también podría ser que la leyenda de la salud quebrantada de ese pobrecillo, quien las veces que lo he visto parado parece gozar de una constitución envidiable, hubiera sido inventada, no tanto por él sino por aquellas mismas hermanitas de caridad que tanto se sacrifican en provecho suyo. ¿Por qué tendrían ellas que sostener voluntariamente tamaño despropósito? Pues ahí está: de nuevo, no me hagan mucho caso, pero la historia humana está repleta de ociosos y grasosos couch potatoes que viven a expensas de unas mujeres que, como la Marta de los evangelios, “se llevan la mejor parte”, en referencia a una verga de proporciones descomunales que produce en ellas exactamente el mismo efecto que el bostezo de un Cuculus canorus parvulito en un nido de gorriones.

En fin, de lo que se trata aquí no es tanto de llegar al fondo de la cuestión, formalmente insoluble, de cómo es que un hombre así puede tener la bárbara suerte de poder vivir sin trabajar, y hasta sin ser candidato en elecciones, sino de convencernos de que así es, y que a pesar de las apariencias, que insinúan que el tipo tiene menos inteligencia y cultura que un Ministro de Deportes socialista en preestreno televisivo, en realidad se trata de un bon vivant, un fino catador de los placeres que la vida a nosotros, los cojudos trabajadores de siempre y de todas partes, nos tiene vedados: doctrina que forma la base de mi propia teología, como ya dije enantes. Pues si en algo hay que creer, prefiero creer que otros tienen más suerte que yo: no para envidiarlos, lo cual demuestra solamente falta de inteligencia, sino para congratularnos por ello, para darles chance, y para deleitarnos con la recreación imaginativa de sus mejores hazañas.

Comments

  1. Endivio,
    Podrás negarlo cuanto quieras pero será inútil: esto es purO Nietzche.

    JM

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