Mis razones por estar aquí (cuento de perro peludo)
A veces me preguntan por qué estoy en Ecuador. Sucedió así. En la primavera del 2002 era vendedor de boletos de lotería (sí, he hecho casi de todo y de nada en esta vida). La lotería en cuestión era el Sorteo del Oro (del Loro, entre entendidos) de la Cruz Roja Española. Yo estaba posicionado en uno de los portales de un gran supermercado en las afueras de Granada. Era mal vendedor: llevaba los boletos en la mano como un vulgar principiante. Fumaba mucho y vendía poco. En el otro portal estaba San Jacinta. Ella era otra cosa. En cada superficie de su cuerpo había por lo menos un boleto. Los llevaba en la cabeza, en ese anárquico cabello sambo que tenía, los llevaba en los codos, los llevaba en los hombros: si los boletos fueran pájaros ella sería San Francisco. Un ficus artificial que había en esa entrada también florecía lotería. El contraste no podía ser más picante: el austrohúngaro alto, delgado y enjuto, con aires quijotescos, destartalado, tristón, por un lado, y si entrabas ...