Malos olores
Irrumpió en la política de este país, dicen, como un soplo de aire fresco. ¡Abajo la oligarquía! ¡Basta de injerencias! ¡No más sometimiento a los designios del imperialismo yanqui! ¡Altivez y soberanía! Aire fresco, sí: con agradables matices galos o walones, una aroma a camisitas recién planchadas, a lavanda, con un interesante toque de vinagre, y un sutilísimo je ne sais quoi de camembert o de brie. Con ese soplo refrescante, se despertaron de repente mil amas de casa de sus aletargados sueños de novelería rusa, y descubrieron dentro de sí un nuevo, delicioso y sensual deseo de encabezar la prefectura de Guayas, o de dedicarse a la confección de finos y delicados mandatos bordados a mano con encaje de Bruselas o de Bruges. Pasaron los meses. En el palacio de gobierno, después de una exhaustiva fumigación y un repentino cambio de mantelería, apenas ya quedaba en algún rinconcito un leve tufo a whisky añejo mezclado con tabaco, herencia de otros tiempos: ahora en los salones presidenc...