Malos olores


Irrumpió en la política de este país, dicen, como un soplo de aire fresco. ¡Abajo la oligarquía! ¡Basta de injerencias! ¡No más sometimiento a los designios del imperialismo yanqui! ¡Altivez y soberanía! Aire fresco, sí: con agradables matices galos o walones, una aroma a camisitas recién planchadas, a lavanda, con un interesante toque de vinagre, y un sutilísimo je ne sais quoi de camembert o de brie. Con ese soplo refrescante, se despertaron de repente mil amas de casa de sus aletargados sueños de novelería rusa, y descubrieron dentro de sí un nuevo, delicioso y sensual deseo de encabezar la prefectura de Guayas, o de dedicarse a la confección de finos y delicados mandatos bordados a mano con encaje de Bruselas o de Bruges.

Pasaron los meses. En el palacio de gobierno, después de una exhaustiva fumigación y un repentino cambio de mantelería, apenas ya quedaba en algún rinconcito un leve tufo a whisky añejo mezclado con tabaco, herencia de otros tiempos: ahora en los salones presidenciales todo era perfume fino, y en los pasillos, para quienquiera que asomara la cabeza era notable el insistente y aséptico olor a Deja. “Manos limpias, POR FAVOR”, rezaban los multitudinarios cartelitos que aparecían, sobre todo el los lavabos, al lado de los dispensadores de jabón líquido Dove Extra Sensitive (Amigable con el Medio Ambiente, Implacable con las Manchas de Aceite o Carbón). Por todo lo cual era inevitable que la fama de tanta sofisticación y finura olfativa se expandiera fuera del palacio, e incluso, después de las visitas protocolarias de dignatarios extranjeros, fuera del país.

Lo que, a su vez, nos lleva al asunto actual, el de los malos olores.

Yo he visto las fotos, y dicen que la cámara no miente. Ahí está el caudillo gordinflón, como siempre jovial y dicharachero; al lado suyo el benjamín, el protégé, tan ansioso de complacer, guardando para el momento idóneo su mejor chiste; ahí cerquita ronda el famoso Indio Gorrón, con su aire permanentemente égaré y vagamente suspicaz… toda una encantadora foto de familia. Lo extraño: primero, el público, alquilado especialmente para la ocasión, no consigue avanzar a estrecharle la mano a ninguno de los tres, sino que se queda a unos metros de distancia, como atemorizado… ¿qué estaría pasando? Y si miras con atención, verás que ahí no pocos de esos adeptos del Socialismo del Siglo XI se están pellizcando discretamente la nariz. ¿Qué puede significar eso? Esa misma pregunta fue tema de una conversación algo más íntima que tuvo lugar aquella misma noche. No estoy autorizado para revelar los nombres de los interlocutores: llamémoslos simplemente R y H.

R: Pero ahora que estamos a solas: ¿qué es lo que pasó esta tarde, en el momento de las fotos?
H: No me digas que no lo oliste.
R: ¿Yo? Nada.
H: Pues menudo resfriado has de tener, compañerito. Eso fue el Pedo.
R: ¿Alguien tiró un pedo?
H: Me refiero al Pedo, ese huevón. El de Managua.
R: ¿Daniel? ¿Él estuvo allí?
H: ¿Te falla la vista también o qué? Claro que estuvo allí. Detrás de ti, un poco apartado, como siempre. Lo siento, colega, pero tenemos que invitarlo de vez en cuando. Huele mal, Dios sabe que no huele nada bien, pero ese pedo es casi todo lo que tenemos en el istmo. Tiene que salir en la foto. Órdenes de Fidel. Tienes que aguantar la respiración un tiempito, taparte la nariz de vez en cuando, eso es todo. Uno aprende.
R: Ya lo veo. Claro que para Evito, jaja, como si nada, con todo lo que ese tipo se mete en la nariz. Algún día se le va a desviar el tabique…
H: Chito. Ya viene. Cuidado con la cartera.

Con lo que el mandatario se queda pensando, inevitablemente, sobre el problema del olfato, pues no era para menos. Si él no había siquiera olido al Pedo que tenía detrás de él, ¿qué le estaría pasando, y cuánto tenía que durar? Si su fino olfato era lo que más le había servido en todo este tiempo, para encontrar el camino correcto, qué pasaría con él siendo un Presidente anósmico?

De repente se le acercó un asesor, con cara de espanto. “Su majestad,” dijo, “esto de Chauvin está oliendo muy pero que muy mal. Mira esto.” Y se le puso delante una página de El Universo.

Nunca entendió la respuesta. Sólo le quedó claro que hacía falta pedir de urgencia más suministro de protectores de zapatos. “Que lo que tengamos que pisar acá no nos siga hasta el avión”.

Las amas de casa, allá por la patria, que al enterarse que íbamos a ser amigos de Irán y de Arabia Saudita, se habían puesto todas apresuradamente a leer a Camille Paglia, dieron un suspiro de gratitud desde lejos. El Presidente estaba diciendo, con voz quebrada por la emoción:

“Hermanos, ustedes pensarán que mataron a Sucre hace mucho. Pero yo de verdad les digo: que nosotros lo matamos cada día de nuevo: cada vez que se les cruza un mal pensamiento, un pensamiento burgués, cada vez que se les ocurre querer comprar un carro más grande, o un perfume de importación, o unos comfle de la marca Kellogg’s, cada vez que siente la tentación de llamar a una cadena de televisión y dar su opinión sobre un tema de actualidad, cada vez que compra El Universo y no El Telégrafo, cada vez que mira a un Pit Bull o un Rottweiler y codicia a ese perro dentro de su corazón, yo de verdad os digo, hermanos, que de nuevo crucificáis a Sucre dentro de su propia alma…”

Nervioso, miró un momento en derredor: pero nadie se estaba tapando la nariz.

Envalentonado, prosiguió.

Comments

  1. Los complejos y taras acarreadas desde la malhadada cuna, maltrecha infancia, e infeliz adolescencia salpicada por el narcotráfico, se hacen eco en esta nueva ordenanza feudal.

    El espíritu de furioso perro callejero sin pedigrí y pulguiento, hace presa fácil del Rafico, quien decreta que nadie, desde hoy, puede ladrar mas fuerte que su majestad. Hasta los perros tienen distinciones peluconas o runas dentro de la robo-lución. No se salva nadie.

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  2. Dice la sabifuría popular:
    Uno mismo no se puede oler.
    No oler lo que sucede en sus narices.
    No hay peor anósmico que el que no quiere oler.

    El "Traje del Emperador", difícil de creer. El papel de engañado, a quién " se las sabe todas" y sobre todo cuando no hay ni Linces ni Lobos detrás, no creo que Chauvín lo sea. Correa quiso ser el chico malo de la política, aquel adolescente que amenaza con tener "malas amistades", no sabía que para ser "pandillero" hacen falta más que ganas de causar horror y disfrutarlo.

    En la figura , das con el punto. Me uno a Juan, en eso de que has descendido de los cielos, se disfrutan todos los cambios de estado.

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  3. Descendí de los cielos, efectivamente. En un avión que tenía puesta en grandes letras la leyenda ICARO.

    Sólo podría pasar aquí.

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