Self-Stimulation
El otro día, leyendo una revista científica inexistente, me topé con estas palabras:
En repetidos experimentos, las ratas a las que se les había enseñado a controlar el suministro de pequeñas dosis de nicotina mediante la pulsación de una barra se autoadministraron dosis cada vez mayores de esta sustancia, hasta el punto de que algunas murieron por envenenamiento.
Lo cual a mi privilegiada mente de estudioso autodidacta me recordó esto:
A los chimpancés machos a los que se les enseñó diversos anuncios de televisión, para a continuación dejarles escoger los que querían volver a ver, fue notable que en un 83.6% de los casos, ellos escogieron los anuncios que contenían alguna chimpancesa joven, vestida con minifalda, que preparaba el té. Esto parece confirmar la hipótesis de que los chimpancés machos prefieren ver a organismos de su propia especie y de sexo contrario enmarcados en situaciones domésticas familiares. (Los restantes 16.4% eran maricones, fijo.)
(International Peer-Reviewed Journal of Something Or Other, XI / 7, p.132)
Lo que a su vez nos lleva a esto:
En un experimento llevado a cabo en el Instituto de Estudios Descerebrados de la Universidad de Pero Grullo, las moscas Drosophila escogieron, en un 93.9%, acercarse a un pedazo de excremento recién defecado, en preferencia a un destino alternativo que incluía un sombrero de paja toquilla, dos sonajeros de bebé, y las obras completas de André Gide.
Y yo me pregunto:
¿Por qué nos suena tal mal eso de la auto-estimulación? ¿Por qué, cada vez que leemos algo sobre unas ratas skinnerianos que se auto-administran alguna sustancia placentera, o alguna endorfina, mediante pulsación de una barra de metal, nos da una especie de repelús, y pensamos en sesiones masturbatorias y cosas así? ¿Por qué será tan mal visto el cuentagotearse placer uno mismo? ¿Cuáles son las alternativas?
Ayer, precisamente. Estaba leyendo el excelente blog de Coelispex (leer un excelente blog, ¿será auto-estímulo doloso?) y me encuentro con que a él también le chifla escuchar el Ara(letrado que soy, ajj)besque No. 1 de Debussy, “y demás obras del mismo compositor”. Con lo cual me obligó a enfrentarme, de nuevo, al doloroso recuerdo de mi adolescencia, época de auto-estimulación por excelencia, al menos para mí, pues maldita la gracia de pedirle a, por ejemplo, el cobrador del bus No. 48, el que me llevaba medio camino al colegio, que me estimulara él de alguna manera. Simplemente era eso: no había nadie más, tenía que hacerme yo solito todo todito. Eso incluía quedarme hasta altas horas en la sala de estar escuchando el disco de obras diversas de Debu(letrado que soy, ajj)ssy (con Daniel Adni al piano), o más tarde esos otros discos en que L’Orchestre de la Suisse Romande interpretaban el Pelléas et Melisande del mismo macrocefálico mago de los acordes irresueltos. Sólo que yo, escojo, no hablar de todo eso. Me da vergüenza.
Búrlense, preferentemente, del abogado inglés, medio calvo, que en la soledad de su suntuoso apartamento se pone a dirigir, con batuta invisible y enérgica y parches de cuero en su chaqueta de tweed, a la invisible orquesta que toca la obertura de 1812. Porque, hermanos, él es lo mismo que un air guitarist, o un parvulito capitán de la selección nacional de fútbol, o un importante político de Cartas al Director, o cualquier otro tipo de wannabe que casi, casi - pero no - es lo que quiere ser.
El que escuchaba el Arabesque No 1 en esa sala medio oscura tampoco era lo que quería ser, pero en ese caso es porque no quería ser nada, que ahora recuerde. “El ser cosas es muy sobrevalorado”, hubiera dicho, con gesto de botar una calabaza por la borda de un globo. “Mejor es asociarse discretamente. Mejor es acercarse de reojo (sidle), con gesto disculpatorio.” E hizo de eso su filosofía durante media vida.
Más tarde, con aquella sabiduría que conceden los años, habría agregado:
“La naturaleza nos ayuda a sentirnos menos culpables en eso de la auto-estimulación, en tanto que, cual payaso, nos proporciona hermosas flores de solapa que, cuando te acercas a husmearlas, te salen con un rudo chorro de agua en todo el hocico. El autoestimulador adolescente hasta se vuelve heroico, enternecedor, si se considera que sus agradables veladas debussianas no fueron pauta de toda una vida de irresponsable éxtasis masturbatoria acústica, sino el engañoso preludio a una vida llena, a la fuerza, de trompudas macarenas, o de obscenos y ruidosos artículos de plástico sacados de una McCaja Feliz, “porque los niños”. De igual manera, aquel heautontimoroumenos de pacotilla que se pasa el día en un “salón” de Durán o un bar madrileño, entre la segunda y la tercera etapa de la borrachera(1), sólo porque en alguna parte escuchó que es muy de hombres y desde luego muy romántico “refugiarse en la bebida”, “para olvidar”, cuando en realidad simplemente se está optimizando algún turbio asunto de serotoninas, es rescatable si se considera que, realmente, el fin de civilización que habitamos no da para mucho más que eso. ¿Qué si no? ¿Ser cristiano, o socialista, e ir con los labios fruncidos, orinando sobre las papas fritas ajenas, las pocas que quedan? ¿Eso prefieres?”
“Y aparte, es dudoso que al cobrar espalda pareja, la bestia se vuelva más presentable. El Yin-Yang, respetable chupóptero recíproco, por no haber insistido en separación de bienes, léase identidades, se torna asquerosa hermafrodita ensimismada, pagadora de sueldo irrisorio a empleada doméstica. Denme Dánae cualquier día. (Me encanta lo incompletas, lo acoplables, lo sin fondo que son las mujeres. Ni un pepino, a veces.) La estimulación recíproca “en el amor” es cursi como el sexo vainilla, cursi como un tratado de libre comercio, cursi como un Club de Escritores “lleno de energía positiva”. No digo que no sirva, sino que, bueno, ya saben, y si no, pregunten a las moribundas ratas presas de sobredosis de nicotina: se puede abusar de una cosa buena. Los cabrones sádicos y los imperios también tenemos derechos.”
Tanto, por la sabiduría que dan los años.
El Ara(plasta que soy, ajj)besque No 1 era, para mis luces, “bonito”, pero más abusé de una pieza poco conocida (por dizque juvenil y no tan lograda) llamada “Ballade”, que según entendí databa de cuando el bueno de Claude le daba clases de piano a una muchacha rusa, siempre supuse que en Rusia misma aunque puede que ahí leí mal (y hace décadas que no repaso a Lockspeiser). La pieza adolece de lo que es cuasi constante (aunque lo disfraza bien cuando se acuerda) en la obra de Debussy, esa maniática repetición de frases cortas de cuatro compases, repetición no tanto masturbatoria (raramente se hace más que duplicar) sino sucedánea de lo que él siempre quiso evitar en su música, una estructura endoesqueletal prejuiciosa, un argumento precocinado, una camisa de once varas en sonata form. A pesar de ese lastre, a mí me servía la pieza por aquello de la muchacha rusa. Decididamente, la pieza no decía “ahí estaba ella, al lado mío frente al piano. Lentamente, mis dedos recorrieron la suave piel de su muslo, debajo de aquellas yardas de organdí. Cerró los ojos y se pudo a jadear como un logaritmo napieriano.” La música no decía eso, sino algo más bien al estilo de:
“Yo iba solo en un tren, mirando por las ventanas, un paisaje de nieve, de dulces y punzantes recuerdos. ¿Ella alguna vez sospechó algo de lo que sentía? Nunca lo llegaría a saber. ”
Lo que por aquella época me convenía. Pocos adolescentes se resisten al encanto de las ventanas de tren medio enmohecidas que medio ocultan fríos y espléndidos paisajes, las ráfagas de viento que levantan hojas muertas en un camino de cementerio, los rusos envueltos en gruesas gabardinas enfurruñados sobre bancos de leña.
Creo, en fin, que lo que nos enerva de la auto-estimulación es precisamente el miedo a perdernos esos paisajes, o que otros se los pierdan:
-- Anécdota –
Una amiga mía se fue a Finlandia a ver a las Luces Boreales, o puede que fuera el Sol de Medianoche. En fin.
Pequeño grupo de personas de distintas partes del mundo, encima de un monte. Silencio, expectativa, respiración contenida, reverencia, asombro. De repente, voz ensordecedora:
“Doncs això no es res d’altre món, oi que no?”
-- Fin anécdota –
Está bien que te masturbes, cariño, pero mira esto.
Tal vez sólo sea eso.
--
(1) Las etapas de la borrachera. Esperaba evitar este tema. La verdad, en el sistema español son seis o siete, y no me acuerdo de todas, sólo que hay una que es maldecir al clero y otro que es cantar canciones regionales. Prefiero el antiguo sistema inglés, en que etapas de la borrachera hay sólo cuatro:
En repetidos experimentos, las ratas a las que se les había enseñado a controlar el suministro de pequeñas dosis de nicotina mediante la pulsación de una barra se autoadministraron dosis cada vez mayores de esta sustancia, hasta el punto de que algunas murieron por envenenamiento.
Lo cual a mi privilegiada mente de estudioso autodidacta me recordó esto:
A los chimpancés machos a los que se les enseñó diversos anuncios de televisión, para a continuación dejarles escoger los que querían volver a ver, fue notable que en un 83.6% de los casos, ellos escogieron los anuncios que contenían alguna chimpancesa joven, vestida con minifalda, que preparaba el té. Esto parece confirmar la hipótesis de que los chimpancés machos prefieren ver a organismos de su propia especie y de sexo contrario enmarcados en situaciones domésticas familiares. (Los restantes 16.4% eran maricones, fijo.)
(International Peer-Reviewed Journal of Something Or Other, XI / 7, p.132)
Lo que a su vez nos lleva a esto:
En un experimento llevado a cabo en el Instituto de Estudios Descerebrados de la Universidad de Pero Grullo, las moscas Drosophila escogieron, en un 93.9%, acercarse a un pedazo de excremento recién defecado, en preferencia a un destino alternativo que incluía un sombrero de paja toquilla, dos sonajeros de bebé, y las obras completas de André Gide.
Y yo me pregunto:
¿Por qué nos suena tal mal eso de la auto-estimulación? ¿Por qué, cada vez que leemos algo sobre unas ratas skinnerianos que se auto-administran alguna sustancia placentera, o alguna endorfina, mediante pulsación de una barra de metal, nos da una especie de repelús, y pensamos en sesiones masturbatorias y cosas así? ¿Por qué será tan mal visto el cuentagotearse placer uno mismo? ¿Cuáles son las alternativas?
Ayer, precisamente. Estaba leyendo el excelente blog de Coelispex (leer un excelente blog, ¿será auto-estímulo doloso?) y me encuentro con que a él también le chifla escuchar el Ara(letrado que soy, ajj)besque No. 1 de Debussy, “y demás obras del mismo compositor”. Con lo cual me obligó a enfrentarme, de nuevo, al doloroso recuerdo de mi adolescencia, época de auto-estimulación por excelencia, al menos para mí, pues maldita la gracia de pedirle a, por ejemplo, el cobrador del bus No. 48, el que me llevaba medio camino al colegio, que me estimulara él de alguna manera. Simplemente era eso: no había nadie más, tenía que hacerme yo solito todo todito. Eso incluía quedarme hasta altas horas en la sala de estar escuchando el disco de obras diversas de Debu(letrado que soy, ajj)ssy (con Daniel Adni al piano), o más tarde esos otros discos en que L’Orchestre de la Suisse Romande interpretaban el Pelléas et Melisande del mismo macrocefálico mago de los acordes irresueltos. Sólo que yo, escojo, no hablar de todo eso. Me da vergüenza.
Búrlense, preferentemente, del abogado inglés, medio calvo, que en la soledad de su suntuoso apartamento se pone a dirigir, con batuta invisible y enérgica y parches de cuero en su chaqueta de tweed, a la invisible orquesta que toca la obertura de 1812. Porque, hermanos, él es lo mismo que un air guitarist, o un parvulito capitán de la selección nacional de fútbol, o un importante político de Cartas al Director, o cualquier otro tipo de wannabe que casi, casi - pero no - es lo que quiere ser.
El que escuchaba el Arabesque No 1 en esa sala medio oscura tampoco era lo que quería ser, pero en ese caso es porque no quería ser nada, que ahora recuerde. “El ser cosas es muy sobrevalorado”, hubiera dicho, con gesto de botar una calabaza por la borda de un globo. “Mejor es asociarse discretamente. Mejor es acercarse de reojo (sidle), con gesto disculpatorio.” E hizo de eso su filosofía durante media vida.
Más tarde, con aquella sabiduría que conceden los años, habría agregado:
“La naturaleza nos ayuda a sentirnos menos culpables en eso de la auto-estimulación, en tanto que, cual payaso, nos proporciona hermosas flores de solapa que, cuando te acercas a husmearlas, te salen con un rudo chorro de agua en todo el hocico. El autoestimulador adolescente hasta se vuelve heroico, enternecedor, si se considera que sus agradables veladas debussianas no fueron pauta de toda una vida de irresponsable éxtasis masturbatoria acústica, sino el engañoso preludio a una vida llena, a la fuerza, de trompudas macarenas, o de obscenos y ruidosos artículos de plástico sacados de una McCaja Feliz, “porque los niños”. De igual manera, aquel heautontimoroumenos de pacotilla que se pasa el día en un “salón” de Durán o un bar madrileño, entre la segunda y la tercera etapa de la borrachera(1), sólo porque en alguna parte escuchó que es muy de hombres y desde luego muy romántico “refugiarse en la bebida”, “para olvidar”, cuando en realidad simplemente se está optimizando algún turbio asunto de serotoninas, es rescatable si se considera que, realmente, el fin de civilización que habitamos no da para mucho más que eso. ¿Qué si no? ¿Ser cristiano, o socialista, e ir con los labios fruncidos, orinando sobre las papas fritas ajenas, las pocas que quedan? ¿Eso prefieres?”
“Y aparte, es dudoso que al cobrar espalda pareja, la bestia se vuelva más presentable. El Yin-Yang, respetable chupóptero recíproco, por no haber insistido en separación de bienes, léase identidades, se torna asquerosa hermafrodita ensimismada, pagadora de sueldo irrisorio a empleada doméstica. Denme Dánae cualquier día. (Me encanta lo incompletas, lo acoplables, lo sin fondo que son las mujeres. Ni un pepino, a veces.) La estimulación recíproca “en el amor” es cursi como el sexo vainilla, cursi como un tratado de libre comercio, cursi como un Club de Escritores “lleno de energía positiva”. No digo que no sirva, sino que, bueno, ya saben, y si no, pregunten a las moribundas ratas presas de sobredosis de nicotina: se puede abusar de una cosa buena. Los cabrones sádicos y los imperios también tenemos derechos.”
Tanto, por la sabiduría que dan los años.
El Ara(plasta que soy, ajj)besque No 1 era, para mis luces, “bonito”, pero más abusé de una pieza poco conocida (por dizque juvenil y no tan lograda) llamada “Ballade”, que según entendí databa de cuando el bueno de Claude le daba clases de piano a una muchacha rusa, siempre supuse que en Rusia misma aunque puede que ahí leí mal (y hace décadas que no repaso a Lockspeiser). La pieza adolece de lo que es cuasi constante (aunque lo disfraza bien cuando se acuerda) en la obra de Debussy, esa maniática repetición de frases cortas de cuatro compases, repetición no tanto masturbatoria (raramente se hace más que duplicar) sino sucedánea de lo que él siempre quiso evitar en su música, una estructura endoesqueletal prejuiciosa, un argumento precocinado, una camisa de once varas en sonata form. A pesar de ese lastre, a mí me servía la pieza por aquello de la muchacha rusa. Decididamente, la pieza no decía “ahí estaba ella, al lado mío frente al piano. Lentamente, mis dedos recorrieron la suave piel de su muslo, debajo de aquellas yardas de organdí. Cerró los ojos y se pudo a jadear como un logaritmo napieriano.” La música no decía eso, sino algo más bien al estilo de:
“Yo iba solo en un tren, mirando por las ventanas, un paisaje de nieve, de dulces y punzantes recuerdos. ¿Ella alguna vez sospechó algo de lo que sentía? Nunca lo llegaría a saber. ”
Lo que por aquella época me convenía. Pocos adolescentes se resisten al encanto de las ventanas de tren medio enmohecidas que medio ocultan fríos y espléndidos paisajes, las ráfagas de viento que levantan hojas muertas en un camino de cementerio, los rusos envueltos en gruesas gabardinas enfurruñados sobre bancos de leña.
Creo, en fin, que lo que nos enerva de la auto-estimulación es precisamente el miedo a perdernos esos paisajes, o que otros se los pierdan:
-- Anécdota –
Una amiga mía se fue a Finlandia a ver a las Luces Boreales, o puede que fuera el Sol de Medianoche. En fin.
Pequeño grupo de personas de distintas partes del mundo, encima de un monte. Silencio, expectativa, respiración contenida, reverencia, asombro. De repente, voz ensordecedora:
“Doncs això no es res d’altre món, oi que no?”
-- Fin anécdota –
Está bien que te masturbes, cariño, pero mira esto.
Tal vez sólo sea eso.
--
(1) Las etapas de la borrachera. Esperaba evitar este tema. La verdad, en el sistema español son seis o siete, y no me acuerdo de todas, sólo que hay una que es maldecir al clero y otro que es cantar canciones regionales. Prefiero el antiguo sistema inglés, en que etapas de la borrachera hay sólo cuatro:
- Stinky Winky. Apestas a cerveza, pero crees que guiñándole el ojo a aquella camarera vas a conseguir algo.
- Tipsy. La camarera se demostró resistente a tus encantos. Hay un pequeño charco de cerveza cerca de la mesa. La culpa fue del otro.
- La-la. Están tocando “Perfect Day”, de Lou Reed: evidentemente, no hay nada de malo en corear el estribillo. (Antes cantaste “Two Little Boys”, de Rolf Harris, pero ellos lo empezaron)
- Poe. Te encuentras boca abajo en una alcantarilla, desprovisto de conocimiento.
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