Fallas del mercado

En El Comercio de ayer (columnas de opinión, reciente adicción, demasiado elocuente sobre ese sentimiento de inferioridad que últimamente me aqueja respecto a otros que sí entienden de física cuántica más allá de su ya extenso anecdotario apto para el vulgo y parco en ecuaciones, claro, uno lee las “de opinión” con la esperanza de sentirse por lo menos parejo con otras personas que, como uno mismo, sólo tienen eso, opiniones, pero ay, qué pérdida de tiempo, cuando tiempo precisamente ya queda tan poco) sale esto:

falla de mercado

Hmm. La columnista, por supuesto, se refiere a los políticos que compiten para hacerse con todos esos votos coercitivos que llueven de la piñata electoral de cuando en cuando: el espectáculo es, también, tristemente elocuente (empujones, mamporros, estirones de pelo, “ay, mamaá”, “No seas goloso, mijito, déjale algo para tu hermana”, etcétera), aunque tal vez más tristeza dan aquellas bodas en las que el ramo de flores, lanzado al aire, es objeto de competitiva codicia por parte de una Alvarita incansable a vez que incasable (por gorda y fea), una Rafaelita otro tanto (por plurirrepelente), una Martita con aire media lorenza, en fin, tiene toda la razón, no hay por dónde cogerlos ni con pinzas a ningunito. Pero no creas, amiga Ivonne, que la cosa sea tan diferente en otros países; y también recordemos que, lastimosamente, estamos en pleno Triángulo de las Bermudas comercial, esa zona donde todo lo que se fabrica en Japón, en EEUU y otros lares, y que en las líneas de control de calidad se haya desviado por defectuoso, sigilosamente se redestina: “¿no funciona bien? Expórtenlo a Ecuador”: “¿No se hizo bien la mezcla? Mándenlo a Ecuador”. “¿Sistema político caduco? Implántenlo en Ecuador.” Yo me di cuenta hace años de este hecho, cuando me regalaron una botella de Campari que tenía sabor a diesel. Entonces sólo era sospecha, pero se confirmó con el tiempo: todo, todo lo que se vende en Mi Comisariato en la sección de vinos y licores y que sea importado tiene el mismo après-goût amargo, medio asqueroso, de garrafón, corrupto. Por no hablar de los laptops, que si los compras en este país terminan en reparaciones justo el día siguiente a la caducidad de la paupérrima garantía de un solo año: fijo. Y si me preguntas, amiga Ivonne, por qué, pues sencillo: por que aquí la gente no sabe competir para luego poder exigir.

“¿Un abogado? Estás loco. Estamos en Ecuador.”

“¿Un policía? ¿En este barrio?”

“¿Agua potable? ¿Ciencia ficción?”

No. Si no fuera por la Constitución, tú misma podrías ser abogado, policía y proveedor de agua, ofreciendo calidad competitiva para dejar en evidencia a los inútiles sucedáneos estatales. Yo sí no puedo hacer nada de eso, pues soy extranjero y a más a más perdedor por genética, con pocos días por delante: tú sí. Sólo hace falta tener bien puestos lo que a otros última y misteriosamente les desacompaña. Pero tampoco quería hablar de eso ahora.

En el Ríocentro de La Puntilla, a la salida de Mi Comisariato y también arriba en la zona de comida, hay esas máquinas donde introduces una moneda de diez centavos y (todavía) te salen dos (2) chicles esféricos, o pelotitas de chocolate con finos y metálicos envoltorios. Mi hijo, que ya va para 15 meses, en cuanto le colocas los zapatos se va a paso galvanizado hacia esas máquinas, utilizando para guiarse un sistema (creo) de path integration bastante correcto, pues permite orientarse a través de impenetrables bosques de babosas hembras. Cuando llega a la meta, se estira para poder asir la manilla giratoria y así liberar dos (2) chicles o chocolates, los cuales planea conservar celosamente, con la esperanza de poder canjearlos más adelante por otro premio más importante, verbigracia, una escoba o similar. Una escoba, u otro objeto alargado que permita influir en las cosas a distancia. Las distancias son muy importantes para él: son protagónicas.

De lo que no se da cuenta es que aparte de coger intrépido la manilla, necesita tener plata.

O tal vez sí lo sabe, pero ese conocimiento le sirve como avispa satélite oficiosa y traicionera.

¿Por qué demonios le tuvo que salir al papá en eso también? Siempre subestimé la importancia de tener diez centavos. Y al igual que él, siempre me atrajeron los colores, sobre todo el blanco arañado de lila. Él y yo somos lo mismo de manipulables. Aunque luego nos quedamos jugando, inconsecuentes y felices, cuando los manipuladores duermen. Viendo cosas que ellos ignoran.

Lo que me hace sentirme mal, muy mal, es saber que le fallé al descuidar mi salud. Toda una vida pensando que, sin descendencia, mi continuidad en vida poco importaba, que si me moría mañana, era anecdótico para el mundo que tiene mejores cosas y personas en que pensar, y por tanto (para solidarizarme con ese mundo) anecdótico también para mí. (La bebida ayuda mucho a odiarse, lo mismo que a perdonarse.)

Siempre pensé que tenían que quererte “por lo que realmente eres”. Por tanto, currículum vacío: nadie supo nunca lo que realmente soy, ni todavía sabe, de que no sepan me encargo yo, así que no tengo que preocuparme por que alguien accidentalmente me quiera. Ahora es diferente. Cuando tienes un hijo todo eso cambia. Ahora lo que soy es definido por lo que él ve. Soy ese monstruo risueño que le permite alcanzar interruptores de luz. Eso soy. Lo demás no importa: egocentricidades. Y ese monstruo algún día pronto se le va a ausentar para siempre. Este pensamiento me produce un malestar casi permanente. Tal vez exagerado. Al fin y al cabo, un padre no es nada tan importante. Mejor que tener padre es tener bosques alrededor. (Creo.)

Pero esos también van desapareciendo. Fíjate: todavía and todavía and todavía. Peor que Shakespeare. ¿Cuántos años tienes? Todavía te acuerdas de cuando ser turista era explorar un mundo lleno de estabilidad geológica, donde cada descubrimiento era de algo sólido, único, cóncavo, cuya permanencia secular se reía de tu efímera naturaleza? Ahora, ser turista es ser el último que ve lo que mañana ya no habrá. Poder decir: yo estuve allí, cuando todavía… Yo no vi Lloret de Mar cuando todavía era pueblo pesquero, pero sí fui al cine cuando todavía tocaban el himno nacional antes de la película, cuando todavía podías fumar, cuando todavía las películas tenían sorprendentes argumentos. En mi infancia, a las mujeres bonitas todavía se las ataba a vías de ferrocarril o similares (You Diabolical Mastermind, You!), todavía se las rescataba, todavía podías besarlas sin que se pusieran a hurgar en tus dientes buscando restos de pronombres sexistas. Vi ese mundo antes de que desapareció. También he visto cimas de montañas donde no había ni una sola botella de Pepsi, ni una sola Barbie descabezada o tuerta. He tenido una computadora que todavía podías programar en código máquina, de lo chiquita y abrazable que era. Y he visto países, en mi infancia, creo que no lo soñé, donde todavía había políticos inteligentes y cultos. Vi ese mundo. Estuve allí.

En otra película, hubiera vivido para contarlo a mis nietos.

La única falla del mercado, amiga Ivonne, es que no sabe resucitar a los muertos. La triste competencia de productos defectuosos y poco convincentes es por eso, porque lo demás se fue a mejor vida. Porque todo va empeorando. Porque todo se jode continuamente.

Comments

  1. ¿No hay arreglo alguno?
    ¿Es inexorable dicho destino?
    Memoria. Esa es la palabra clave. No somos nada sin ella. La esencia del ser humano es la memoria. Dejar buenas memorias, de eso se trata el juego. Se las deja para quien se quiere. Edifica las tuyas en el tiempo que tengas, déjales saber tus mas ocultos y secretos pensamientos hablados en forma de sentimientos.

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  2. Gracias, amigo. Quiero que recuerden la fórmula que descubrí, la de la felicidad, pero está escrito en hexadecimal en algún rincón de un tomo de 1.000 páginas y los números me marean.

    Tal vez.

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