Xenofobia
Cada día, al salir a trabajar veía botado sobre la repisa de cemento que bordeaba el escaparate de la Caixa de Catalunya un enorme pescado, húmedo y lánguido frente a la tenue luz del amanecer. Al pasar cerca, a veces me daba cuenta, pero sólo de reojo, que el pescado tenía piernas, eso sí, envueltas en harapos y cartones y tiesos por el frío. No, nada de sentimentalismos: ya pasé por mi propia época de dormir al fresco, allá en los años 80, y desde entonces lo veo más como derecho inalienable que como “problema social”. ¿Quién no habrá dormido alguna vez en una cabina telefónica en un barrio de Londres (Uxbridge) en pleno invierno, tapando con papeles y fundas de papas ese misterioso agujero que hay cerca del suelo, calentando los dedos dentro de los sobacos, intentando vanamente encontrar la posición de equilibrio que permitiera descansar todos los miembros a la vez, temeroso de cualquier vándalo que llegara con cadena de bicicleta y bate de beisbol? O quién no habrá salido de la discoteca donde laboraba precariamente día sí día no, a las tres de la madrugada invernal segoviana, para dar la bienvenida de nuevo a la soledad de la noche sin hogar, a esa arboleada espera de las churrerías que abrían a las cinco, después de regada la C/Juan Bravo, y daban anís y chocolate a veces hasta fiados? Y sobre todo, quién no habrá dormido en la Terminal 3 del aeropuerto de Heathrow, cada noche, estirado sobre una mesa frente a una taza de café medio empezada? Quién no habrá conocido a esos italianos perdidos que siempre aparecen desde ninguna parte por la noche, sobre las tres y media, con guitarra y botellas, medio borrachos y listos para escuchar con gran jolgorio tu historia sobre ese viejo camarero marica que intentó seducirte horas antes invitándote a su habitación de hostal? ¿Quién, en fin, no habrá tocado Honey Pie, de los Beatles, ante sus inmoderados aplausos, subido en una glorieta de la Plaza Mayor, puteando nocturnamente a las sempiternas cigüeñas?
El pescado no se movía, por lo general. A veces aparecen muertos después de tomarse a solas una botella entera de orujo: una consumición para ser deseada con devoción. A mi siempre me parecía que la presencia de un muerto en la ventana de La Caixa era algo estéticamente inevitable, eso sí, insulsamente simbólico, pero rescatable como escena de alguna inexistente película de Buñuel. Uno les echaba una bendición desde la acera – “vuelve con tu mujer, there’s a good corpse” – y seguía su camino hacia las implacables fauces del boulot.
En los edificios, sin embargo, en las fachadas, hay más. Hace falta ser observador (yo nunca lo fui) para divisar tantos cadáveres, tantos cabezones y pigmeos como hay.
En muchas ciudades grandes (me estoy acordando de Lille, la única ciudad que conozco a la que sobrevuela continuamente un monstruo medieval de siete patas e ignífero aliento) hay un gigante llamado Neo (nombre triste y feo, qué habrá hecho para ganárselo) que normalmente pasa desapercibido, pues posee un temperamento arisco y huraño. Para verlo, hay que pasar al lado de un edificio de al menos seis pisos de alto, tal vez un hotel, y mirar à droite et à gauche (sans lunettes), prestando especial atención a todo lo que parezca arquearse sospechosamente fuera de lo perpendicular: pronto descubrirá que esa gran curva arquitectónica que conecta la ventana del cuarto de trastos, tercer piso, con el desagüe del techo del lado fronterizo con el edificio Flammarion, en realidad es la espalda de un ser no se sabe si transparente o camaleónico, que para caber en la fachada tiene que agacharse a lo Atlas y bajar la cabeza, encapuchado, con vestimentas tipo bufón, prolijas en campanitas. Lleva un saco de ignoto contenido, y su inmovilidad parece cosa de fantasía. De entre sus pies salen en ese momento dos secretarias (es la hora de comer), y la hormigueada redondez de sendas formas contrasta extrañamente con el bosque de inmensas y amenazadoras rectas que hay en derredor. Como globo rojo o niña Schindler, monopolizan fugazmente el color, chupándolo del entorno, hasta desaparecerse tras una esquina.
Luego están los extranjeros. Si te acercas a una lavandería, te paras frente al muro de ladrillos del costado, donde están los tachos de basura del chino de al lado, y hurgas ligeramente en el cemento con el dedo anular de la mano izquierda, pronto empezarán a aparecer, mágicamente, grabados en forma mosaica en el lado del edificio, todo un ejército de extranjeros en dos dimensiones, dispuestos hieráticamente en fila como adornos de tumbas egipcias. Es un truco que aprendí de niño, en la escuela: íbamos entonces de excursión con nuestros lápices de cera, para practicar el colegialísimo arte de foreigner rubbing. Claro que tales prácticas hoy en día están denostadas y hasta sancionadas por los adalides de la corrección política, que sostiene que frotar a extranjeros (peor a extranjeras) constituye un comportamiento denigrante y racista. No sé, a mí me parece que lo mejor sería preguntarles a ellos/as, uno a uno y sobre la marcha, si quieren ser frotados/as, sin armar tanto escándalo al respecto. Yo, que soy extranjero de nacimiento, siempre hubiera querido que alguien me frotara: por eso antaño iba tanto a la peluquería (masaje en la cabeza 7, orgasmo 5: último resultado, la revancha no se dio). Además, el que haya frotado a un extranjero, lo que es frotar de verdad, con el consiguiente riesgo de frotamientos recíprocos, difícilmente perderá tiempo más tarde en prácticas tan enajenantes como aburridas como el colchón ecuatoriano o el paki bashing.
En todo caso, lo que significa ese inmenso mosaico de extranjeros grabados en los muros de los edificios es que de noche, en la ciudad, algo sucede. Cuando la gente decente, los portadores del inmenso bigote nacional, se van a sus casas después de un arduo día de calentar sillas, y se ponen a ver sus películas de romanos - silenciosamente, todos esos grabados cobran vida, se auto adjudican dimensiones, y se ponen a trabajar. Si algún día te preguntaste quién trabaja en este país (el que sea), ahí está la respuesta: los extranjeros ésos de las paredes. Cuecen pan, recogen basura, confeccionan prendas, abren piernas, arrancan lechugas, imprimen diarios, asfaltan carreteras, matan gatos. Por eso, porque ellos realizan tantas cosas, el Momento Cívico, en que por milésima vez nos unimos a celebrar la Esencia Nacional con nuestras pordioseras (“Bei Gott!”) y bigotudas plegarias al Divino Mocoso, a la Patria Sagrada y a la Santísima Gorra de Beisbol de Narcisa, no son para ellos. Al lado de nuestro glorioso menú (patrioterismo con aguado de menudencias, patrioterismo con seco de cordero, patrioterismo con concha asada a la Buenaño) el suyo (buffet libre de libertades diabólicas, mestizajes, cervezas negras, hierba tailandesa, literatura universal, nieves de Kilimanjaro, cumbias antiguas de los 30 con salsa de crisis) parece bien pobre en comparación.
El pescado no se movía, por lo general. A veces aparecen muertos después de tomarse a solas una botella entera de orujo: una consumición para ser deseada con devoción. A mi siempre me parecía que la presencia de un muerto en la ventana de La Caixa era algo estéticamente inevitable, eso sí, insulsamente simbólico, pero rescatable como escena de alguna inexistente película de Buñuel. Uno les echaba una bendición desde la acera – “vuelve con tu mujer, there’s a good corpse” – y seguía su camino hacia las implacables fauces del boulot.
En los edificios, sin embargo, en las fachadas, hay más. Hace falta ser observador (yo nunca lo fui) para divisar tantos cadáveres, tantos cabezones y pigmeos como hay.
En muchas ciudades grandes (me estoy acordando de Lille, la única ciudad que conozco a la que sobrevuela continuamente un monstruo medieval de siete patas e ignífero aliento) hay un gigante llamado Neo (nombre triste y feo, qué habrá hecho para ganárselo) que normalmente pasa desapercibido, pues posee un temperamento arisco y huraño. Para verlo, hay que pasar al lado de un edificio de al menos seis pisos de alto, tal vez un hotel, y mirar à droite et à gauche (sans lunettes), prestando especial atención a todo lo que parezca arquearse sospechosamente fuera de lo perpendicular: pronto descubrirá que esa gran curva arquitectónica que conecta la ventana del cuarto de trastos, tercer piso, con el desagüe del techo del lado fronterizo con el edificio Flammarion, en realidad es la espalda de un ser no se sabe si transparente o camaleónico, que para caber en la fachada tiene que agacharse a lo Atlas y bajar la cabeza, encapuchado, con vestimentas tipo bufón, prolijas en campanitas. Lleva un saco de ignoto contenido, y su inmovilidad parece cosa de fantasía. De entre sus pies salen en ese momento dos secretarias (es la hora de comer), y la hormigueada redondez de sendas formas contrasta extrañamente con el bosque de inmensas y amenazadoras rectas que hay en derredor. Como globo rojo o niña Schindler, monopolizan fugazmente el color, chupándolo del entorno, hasta desaparecerse tras una esquina.
Luego están los extranjeros. Si te acercas a una lavandería, te paras frente al muro de ladrillos del costado, donde están los tachos de basura del chino de al lado, y hurgas ligeramente en el cemento con el dedo anular de la mano izquierda, pronto empezarán a aparecer, mágicamente, grabados en forma mosaica en el lado del edificio, todo un ejército de extranjeros en dos dimensiones, dispuestos hieráticamente en fila como adornos de tumbas egipcias. Es un truco que aprendí de niño, en la escuela: íbamos entonces de excursión con nuestros lápices de cera, para practicar el colegialísimo arte de foreigner rubbing. Claro que tales prácticas hoy en día están denostadas y hasta sancionadas por los adalides de la corrección política, que sostiene que frotar a extranjeros (peor a extranjeras) constituye un comportamiento denigrante y racista. No sé, a mí me parece que lo mejor sería preguntarles a ellos/as, uno a uno y sobre la marcha, si quieren ser frotados/as, sin armar tanto escándalo al respecto. Yo, que soy extranjero de nacimiento, siempre hubiera querido que alguien me frotara: por eso antaño iba tanto a la peluquería (masaje en la cabeza 7, orgasmo 5: último resultado, la revancha no se dio). Además, el que haya frotado a un extranjero, lo que es frotar de verdad, con el consiguiente riesgo de frotamientos recíprocos, difícilmente perderá tiempo más tarde en prácticas tan enajenantes como aburridas como el colchón ecuatoriano o el paki bashing.
En todo caso, lo que significa ese inmenso mosaico de extranjeros grabados en los muros de los edificios es que de noche, en la ciudad, algo sucede. Cuando la gente decente, los portadores del inmenso bigote nacional, se van a sus casas después de un arduo día de calentar sillas, y se ponen a ver sus películas de romanos - silenciosamente, todos esos grabados cobran vida, se auto adjudican dimensiones, y se ponen a trabajar. Si algún día te preguntaste quién trabaja en este país (el que sea), ahí está la respuesta: los extranjeros ésos de las paredes. Cuecen pan, recogen basura, confeccionan prendas, abren piernas, arrancan lechugas, imprimen diarios, asfaltan carreteras, matan gatos. Por eso, porque ellos realizan tantas cosas, el Momento Cívico, en que por milésima vez nos unimos a celebrar la Esencia Nacional con nuestras pordioseras (“Bei Gott!”) y bigotudas plegarias al Divino Mocoso, a la Patria Sagrada y a la Santísima Gorra de Beisbol de Narcisa, no son para ellos. Al lado de nuestro glorioso menú (patrioterismo con aguado de menudencias, patrioterismo con seco de cordero, patrioterismo con concha asada a la Buenaño) el suyo (buffet libre de libertades diabólicas, mestizajes, cervezas negras, hierba tailandesa, literatura universal, nieves de Kilimanjaro, cumbias antiguas de los 30 con salsa de crisis) parece bien pobre en comparación.
Yo dormí una vez en Victoria Station en el 83 víctima de la escandalosa puntualidad británica. Mi tren a Worthing salía a la extrañísima hora de las "19h27" Por supuesto, a las 19h28, cuando llegué, del tren no quedaba ni el recuerdo. Sin un chelín ni amigos en London, me arrimé a un grupo de extranjeros de la subespecie mochilera, procedentes de algún lugar de la escandinavia remota. Entre avisos de mind the pickpockets y unas risas, no sé en qué momento logré atrapar a morfeo. Uno de los nórdicos me despertó, "6h18, lad, there is a 6h32 to worthing. You better hurry." Fuen entonces que decidí ser extranjero de nacimiento, para sentirme como en casa en todas partes.
ReplyDeleteEse segundismo si que mata, me declaro víctima de haber gastado el valioso tiempo en descubrir los palitos mas pequeñitos.
ReplyDeleteExtranjeros aquí mismo,eso es lamentablemente fácil.
Yo caqué una vez en un servicio hingiénico público del Subway de Nueva York. ¿Cuenta eso como acotación a la anécdota?
ReplyDeleteXenofobia: Existen dos cosas en la vida que detesto mas que nada, la una, son los racistas, y la otra, son los negros No se quien lo dijo, pero suena medio profundo.