El agujero
Yo tendría unos 23, 24 años. Por aquel entonces residía en el norte de Gales, donde llueve día sí, día también, y mi vida era un torbellino de trabajos voluntarios, entre ellos el Citizens Advice Bureau, las visitas a asilos de ancianos, una ayudantía en un colegio para niños especiales y un trabajo de telefonista y mensajero en un centro de ayuda para drogadictas. El centro aquél era pequeño, vacío, subsistía con fondos del gobierno, y de los otros voluntarios, por diferencias de horario, poco sabía. Había una que era monja (no recuerdo su nombre, llamémosla Sor Prendida) que una vez casi sufrió un infarto por culpa de un mensaje que yo había dejado en el libro de mensajes telefónicos (en mi defensa, había pocas llamadas y uno se aburría bastante). Según este mensaje, había llamado a pedir auxilio una tal Lorna Doone, octogenaria invidente que sufría de diversas enfermedades vistosamente tropicales, y quien aparte de ser adicta a varias drogas, entre ellas la heroina, la cocaina y el...