Derecho a aureola
En el inbox de hoy: Alfonso Reece, en El Universo, explica por qué ya no hay "grandes hombres" (sic):
las cámaras, grabadoras y micrófonos, la televisión y tantos artilugios de comunicación modernos, acercan demasiado irremediablemente a los personajes, ya no son dioses que moran en el Olimpo de sus castillos, pasaron a ser seres cotidianos, cuyas bajezas, errores, debilidades, quedan al descubierto.
Por su parte, El Telégrafo (que recién ha rejuvenecido su diseño online, a cuenta del contribuyente) ha decidido romper una aparente política editorial al incluir una columna de opinión de una mujer (desde que se exiliaron los mencheviques, ya nos acostumbramos a cierto tufo a testosterona en esas páginas, apenas interrumpido para el Día de la Mujer). La autora, Giselle Echeverría, expresa su opinión sobre uno de los siguientes temas. Les invito a adivinar cuál:
1. La acción bélica de EEUU y aliados en Libia
2. La querella interpuesta por Correa contra los directivos de El Universo
3. El sexismo en la televisión ecuatoriana
4. La cuestionada seguridad de la energía nuclear a la luz de lo sucedido en Japón
5. La posible utilización del petróleo de esquisto como fuente de energía en el futuro
Si usted, lector, se quedó con el número tres, lamento decirle que adolece de una concepción sexista y retrógrada, según la cual el lugar de las mujeres en el debate público se limita al tratamiento de "temas femeninos", lo que incluye la reivindicación de derechos e igualdades de género, pero excluye campos como la política, las leyes o la ciencia, a menos que en alguno de estos campos se pueda idear un "enfoque femenino" especial (por ejemplo, denunciando la acción militar de EEUU desde el punto de vista de la sufrida y oprimida mujer libia). Pero hay que reconocerlo: acertó. La Echeverría, columnista invitada, habla de sexismo. Y al escoger precisamente este tema, claro está, refuerza y valida nuestro propio sexismo, que no espera de una mujer otra cosa sino que hable de "cosas de mujeres".
Lo cual no deja de ser algo irónico, pues la propia Echeverría es quien arremete, en su artículo, contra tales estereotipos "excluyentes" y "discriminatorios".
A lo que se me objetará, quizás: ¿qué quieres entonces? ¿Que las mujeres, haciendo caso omiso de su propia condición y de sus propias reivindicaciones, hablen de cosas de hombres? ¿No sería eso peor sexismo?
Ahí está. Si los restantes cuatro temas de la lista de arriba son "cosas de hombres", entonces a una escritora poca opción le queda aparte de servir de florero parlante. Pero no conozco a ninguna feminista que sostendría tal barbaridad. No son cosas de hombres. Son cosas de seres humanos. Son aptos a ser tratados tanto por columnistas masculinos como femeninos. Ni la información, ni la opinión tienen sexo.
Entonces es legítimo preguntar por qué, como norma general, en las páginas de opinión de El Telégrafo sólo hay hombres que opinan sobre estas cosas. (El panorama se repite en el resto de la prensa ecuatoriana, con matices: El Universo tiene cuatro columnistas femeninas que yo recuerde: tres de ellas se limitan a temas "blandos" relacionados con el lenguaje, la literatura y el arte, poco aptos a suscitar controversia; la que lleva la bandera reivindicativa del derecho a hablar de cosas tan "de hombres" como la economía es Gabriela Calderón, Dios bendiga sus pequeñas medias de algodón. Lo suyo es feminismo en acción. Además, es condenadamente guapa. Como decimos los ingleses: phwoar.)
Hay dos explicaciones alternativas, igualmente simplistas, de este hecho (no de la guapura de la Calderón, sino de lo otro). Una sería la de una política editorial machista. Es decir, la hipótesis de que exista en El Telégrafo un proceso de selección, de columnistas o de artículos, proceso en que alguien estuviera aplicando, consciente o inconscientemente, un criterio discriminatorio. La otra explicación sería una presunta escasez de mujeres columnistas que cumplan con los requisitos de ese diario: es decir, que además de ser capaces de garabatear unas cuantas simplezas de forma regular, sean fervorosas partidarias del absolutismo correísta, dispuestas a prostituir su independencia de criterio según las exigencias propagandísticas del Regimen. Si esto fuera el caso, sería todo un piropo a la inteligencia y al orgullo de las mujeres ecuatorianas. De hecho, me resulta difícil imaginar a alguna mujer tan rastrera, tan patética, tan invertebrada y tan esperpéntica como ese Arellano Raffo, en quien el mismo Reece seguramente estaría pensando cuando dice:
...el caudillo es una figura que se empeñan en mantener algunos, necesitados de una figura paterna que compense la inseguridad que les provoca su mediocridad. Quieren un padre castigador, que los haga llorar “por su bien”.
Perdón, me olvidé de la Charvet. En fin, no salgamos del tema. Basándome en evidencias no concluyentes sino anecdotales, opino que ambos procesos están en juego. Por un lado, creo que puede haber discriminación a la hora de seleccionar columnistas y artículos en la prensa nacional, en el sentido de un "doble estándar" que privilegiaría lo escrito por hombres basándose en la noción, posiblemente subconsciente, de un mayor "autoridad" que el lector supuestamente le concedería a éstos en razón de su sexo; por otro lado, creo que también influye la oferta, es decir, me sorprendería si en la bandeja de entrada del Editor de Opinión ecuatoriano, por cada articulista novato y esperanzado de sexo femenino, no hubiera cinco ó diez del otro lado. ¿Por qué? Tal desequilibrio, de ser cierto, podría achacarse al sexismo de la sociedad en general, a que las mujeres son, por su educación y por la influencia del entorno, menos propensas a ambicionar un papel de protagonismo, sea periodístico, social, político o incluso empresarial. En todo caso, sería entonces un problema generacional, pues por lo que veo en mi trabajo diario la juventud ecuatoriana está repleta de chicas ambiciosas. Entre universitarios, las chicas son (lo tengo comprobadísimo) aun más propensos que los chicos a decir "quiero tener mi propia empresa" (la razón chicas:chicos en esto sería de 2 a 1. Fuente: los últimos exámenes orales). Según tal análisis, entonces, lo que estaríamos soportando en El Telégrafo y en los demás periódicos, sería la anquilosada y enquistada vieja guardia, y espérese el terremoto del cambio generacional, liderada por pujantes y brillantes mujeres estilo Gabriela. Como decía el simpático teniente coronel en La Ciudad y los Perros: "cúbranse los huevos".
No me convence.
No me convence, en parte, por lo que escribe en su artículo la propia Echeverría. Ya llegaremos. Por la otra parte, no me convence porque... bueno, empecemos desde el principio.
Cuando yo estaba en España, y recién había formado el proyecto de ir a vivir en Ecuador, una amiga colombiana muy sabia me dijo: ojo, allá tienen exactamente 50 años de retraso respecto a los países del Primer Mundo.
Y resultó ser cierto. Ecuador es un país atrasado. Pero como en nuestro mundo globalizado, los atrasos no pueden ser químicamente puros, el atraso tiene que buscar convivir con la rabiante y entrometedor actualidad: con los iPods, los celulares, Twitter, y el resto de la parafernalia. Y en el tema de la reivindicada "igualdad" de género, ha pasado una cosa curiosa: Ecuador, y me imagino que otros muchos países, ha tenido que enfrentarse al "backlash" sin haber pasado primero por su propia revolución feminista. Me refiero a que la mujer ecuatoriana de clase media puede, cualquier día, encender la tele (satélite o cable, por supuesto) y divertirse con programas de factura estadounidense en que unas tipas ironizan sobre los sinsabores de la ajetreada vida de la mujer (léase: gringa) actual, ejecutiva, clase media-alta, liberal y promiscua, "empoderada", pero, acaso, frustrada en su búsqueda intermitente de un escurridizo ideal doméstico, para lo cual faltan hombres dotados de la programación adecuada. Y como una no quiere ser menos, y Dios nos libre de ser anticuadas, pues tiene que asumir como suya esa sofisticada ironía, con apres-gout de elegante cinismo, y hacerle la vista gorda a todo lo que separa esa sociedad posfeminista (o por lo menos third-wave) de la suya, todavía estancada en el Cretáceo del machismo criollo.
Y es que eso de hacer revoluciones se presenta cansado y difícil, cuando los resultados, necesariamente limitados, ya se saben de antemano, cuando ya no hay ni la emoción de un futuro incierto, de inmensas posibilidades.
Ya sabemos, a partir de la experiencia estadounidense, y en menor grado el europeo, que si quieres una igualdad de género que sea algo más que ficción legal, tienes que armar toda una revolución, una auténtica guerra de los sexos; y que para cualquier guerra, se precisa carne de cañón. En otras palabras: para que cambien "las actitudes", vas a tener que crear un ejército de mujeres (y quintacolumnistas: hay hombres que también sirven) dispuestas a sacrificar las comodidades que les ofrecen el sistema actual (sobre todo, la posibilidad de ser mantenidas, amén de todo lo que tiene que ver con el romanticismo, con flores y corazones y complicidades) y convertirse en militantes, de una aburrida y canina coherencia, desbocadas y esperpénticas odiadoras de hombres. Éstas soldadas pasarán su juventud, y algunas su vejez, denunciando, reivindicando, arremetiendo, protestando, teorizando... y todo en beneficio, no de ellas mismas, sino de otra generación posterior de mujeres jóvenes que cosechará los frutos de su desinteresada lucha, en acciones afirmativas y en contante y sonante, mil gracias.
A lo que dirán ¿cuántas mujeres ecuatorianas?: sí, está bien, yo quiero tener todo lo que tienen las gringas aquéllas, pero no a ese precio. No sacrificándome. No convirtiéndome en esperpento.
Es lo que veo. Acá, el feminismo es curiosamente, casi milagrosamente tímido, arrullador y bonachón. Si realmente hay feministas de la vieja escuela, estridentes, malhabladas y sembradoras de odio, no salen acá en la tele. Casi te da nostalgia su ausencia. Pero en resumidas cuentas, no. No las echo de menos. Bueno, sí de vez en cuando, pero no. Prefiero a las dulces traicioneras a la causa.
En todo caso, si ha de haber un terremoto social en este país a favor de la sufrida y sobreexplotada ama de casa, que sí por derecho tendría que pasar, recomiendo, y esto es ex cathedra, que actualicen un poco sus postulados teóricos. Los años no pasan en vano. Lo siguente (del artículo de la Echeverría) da un poco de vergüenza ajena:
Ridiculizadas al máximo bajo el letrero de ‘pareja feliz’ se banaliza la violencia que es nefastamente cotidiana en el país y se normalizan los estereotipos del macho harto de la esposa, que vive con los ojos puestos en la carne fresca de jovencitas y el de la mujer insegura de sí misma, que persigue y controla.
Ahí está: "se normalizan". ¿Qué quiere decir esto de "normalizarse"? ¿Acaso no hay machos, bastantes, que están hartos de la esposa y buscan carne fresca? ¿Acaso no hay mujeres inseguras, que persiguen y controlan? ¿Y si los hay (y aunque no los hubiera), ¿cuál es el problema en retratarlos, aunque sea de manera grotesca, en series de tele baratas y de ínfimas pretensiones? ¿Será porque el telespectador promedio es, a diferencia de la propia Echeverría, un borrego sin discernimiento, tan tonto que piensa que todo lo que ve en la tele es "normal", por tanto socialmente aceptable, y forma una pauta a seguir?
No quiero ser demasiado descortés con esta autora, que al fin y al cabo me recuerda mis propias inseguridades de más joven, aunque éstas tenían otras causas. Yo también, alguna vez, he deseado que tal o cual personaje o comportamiento sea exiliado para siempre de las ondas. Hay supuestos que laceran, insinuaciones que arden, guiños mundanos y cómplices que dan náuseas. Pero al fin y al cabo, seamos adultos: uno es sólo uno mismo. Querer dictar para los demás lo que debe y no debe ser considerado "normal", es, bueno, dejémoslo en insensato y autoritario y un tantico infantil. Hay más:
Punto aparte es esta especie de convocatoria a la “liberación femenina” que actualmente proponen varios canales de televisión. Con programas en los que las mujeres protagonizan una seudo reivindicación de su derecho a hablar y expresarse, como en el ‘té de amigas’, desde el desparpajo, la vulgaridad, la exhibición de ignorancia de temas relevantes, pretenden convencernos de que así somos, somos las de Venus, o somos las divas que llevamos “los pantalones en la casa”.
Así que la Echeverría no es vulgar, ni ignorante, ni venusiana, ni lleva los pantalones en la casa. Al contrario, es una mujer culta, discreta, docta, uraniana, y prefiere los vestidos largos. Qué bien. Pero hay otras que no son así. Y a alguien se le ocurrió probar suerte exhibiendo a esas otras, y dio resultado. ¿Cuál es el problema? ¿Que no salen programas con mujeres tipo La Echeverría? ¿Que el telespectador borrego, de nuevo, caerá en el error de pensar que lo que ve, y no lo que la Echevarría promete, es el summum de la mujer ecuatoriana?
Si el espectador incauto ve un episodio de Mi Recinto, ¿creerá igualmente que "los hombres", en general, son así de rústicas? ¿"Se normalizará" el saltito patizambo? ¿Se habrá normalizado ya?
No hay que insistir demasiado en ello. Es evidente que lo que quiere la Echevarría es que exista alguna manera de controlar lo que sale en la tele, que haya un botón en el remoto que nos permita aumentar a voluntad el estatus de "la mujer", por ende el suyo, a través de las caracterizaciones diversas de mujeres en los programas y de la existencia de un ejército de borregos. La veo feliz a la Echeverría, apuntándole a unos senos de insultante exuberancia y dándole al MENOS, para en otro momento apuntar a la cabeza de otra y darle al MAS, para que ella pueda sentirse identificada con la repentina brillantez y mordacidad del discurso de la misma, hasta que se harte de tanta pretenciosidad y le dé otra vez al MENOS, a fin de poder sentir de nuevo la satisfacción de hacer comentarios despectivos. Realmente, este último párrafo citado es todo un homenaje al estereotipo que ella dice querer desterrar. En mi tierra se llama "bitching".
Estas y otras consideraciones tendrían que entrar en juego y al debate en la futura Ley de Comunicación para lograr una programación respetuosa de los derechos de las mujeres, los hombres, los niños, las niñas y los adolescentes de este país.
Y un cuerno. Proponer leyes que intenten controlar los "estereotipos" mediante la censura y la cuota obligatoria de insipidez didáctica gubernamental es de un infantilismo perturbador. Cómo lo digo:
Lo único que garantiza que la tele no sea un instrumento de opresión y de lavado de cerebro - y poco importa por parte de quiénes, sea el gobierno, sean los feministas, sea el "patriarcado", sea la conspiración judeo-masónica-bolchevique - es la libertad individual, el poder "votar con los pies" (en este caso, con el control remoto), y la ausencia de toda injerencia estatal en la programación, y la desregulación radical del mercado, para que realmente haya una oferta plural y diversa.
Ya no sueño con que un día los medios de comunicación “recapaciten” y por obra y gracia del dios de la publicidad se reivindiquen y asuman su responsabilidad social con algo de programación dignificante también. Ya no sueño con que “los creativos” un día se vuelvan autocríticos y propongan piezas que cuestionen y no que repitan estereotipos.
Pero es que los medios de comunicación no tienen ninguna "responsabilidad social". ¿Por qué iban a tenerlo? Son empresas, y su única responsabilidad es para con sus clientes y sus accionistas. Y esto nos conviene, porque lo único que significa "responsabilidad social" en la práctica es "sumisión al poder". A las evidencias me remito (los canales de TV ecuatorianos, las "cadenas", y El propio Telégrafo). Y en cuanto a "dignificante"... ¿tengo que entender que la Echeverría busca conseguir algo de "dignidad" a través de la televisión? Y si ella no necesita la tele para tener dignidad, ¿quién sí lo necesita? Dejémonos de cuentos: la tele no dignifica a nadie. Nunca lo ha hecho y nunca lo hará. No es su trabajo.
Si la tele se llenara de "creativos" al gusto de la Echeverría, cuestionadores de estereotipos, ¿qué pasaría? Simplemente, y ceteris paribus (o sea, sin que el espectador borrego se deshaga de esa pasividad acrítica que le caracteriza) los estereotipos actuales se reemplazarían con otros diferentes. La manera de cuestionar estereotipos no es a través de series televisivos, sino utilizando el coco, que para eso está.
Hay otro camino, otra manera de ser feministas. Es muy sencillo. Se parte del supuesto de que la mujer es un ser humano. No es un problema social, no es miembro de una de esas "minorities" consagradas por el socialismo gringo, desamparada y necesitada de acción afirmativa paternalista, no es una sobreacumulación de atributos y gustos y rarezas que necesita sus propias páginas en los diarios, no es un ente monolítico que justifique que se hable de ella en singular y con mayúscula, no es quien deba darse por aludida cuando los cantautores cachondos hilvanan sus telarañas de letanizadas idioteces y ofrecen pedestales con segundas, nada de eso, es simplemente el cincuenta y pico por ciento de la raza humana i prou. Ahora, es cierto que cuando yo escribo mujer no pienso en un número ni en un porcentaje, ni siquiera en una configuración genética... es mi problema.
Y mi problema sólo puede llegar a ser tu problema, mis trastornos hormonales tu techo de cristal, en un sistema político que permita que unos tengan poder sobre otros. Destruyamos eso, dejando de permitir que nos dicten nuestros prejuicios y nos "limpien" nuestro idioma. NO A LA INGENIERÍA SOCIAL. No hay más.
En una sociedad individualista, sin estructuras de poder que ahoguen las diferencias, la diversidad y la creatividad, nos daríamos cuenta rápidamente que sobre "la mujer" no hay absolutamente nada que decir. La Mujer no existe. Sólo hay mujeres. Por tanto, el problema de cómo se representa en la tele "la mujer", ese estúpido ideal platónico tan querido por columnistas ociosos, desaparece. Si sale en la tele un inglés, creo que se llama Mr Bean, y resulta ser idiota summa cum laude, ¿tengo que indignarme por ello? ¿Se normaliza el estereotipo del inglés idiota? Usted dirá.
Y es que, ay, queda tanto camino por recorrer hasta conquistar la sensatez. (Ni hemos llegado al absurdo teórico de la objetificación, lo dejo para otro post.) Empecemos con esto. Si no te gustan los estereotipos ni el sexismo, no los alientes ni caigas en ellos. Y en cuanto a reivindicar el aureola de grandeza de La Mujer, fíjate primero si queda algún hombre con aureola (ver cita de Reece), y recuerda el dicho: las mujeres que desean igualdad con los hombres carecen de ambición.
las cámaras, grabadoras y micrófonos, la televisión y tantos artilugios de comunicación modernos, acercan demasiado irremediablemente a los personajes, ya no son dioses que moran en el Olimpo de sus castillos, pasaron a ser seres cotidianos, cuyas bajezas, errores, debilidades, quedan al descubierto.
Por su parte, El Telégrafo (que recién ha rejuvenecido su diseño online, a cuenta del contribuyente) ha decidido romper una aparente política editorial al incluir una columna de opinión de una mujer (desde que se exiliaron los mencheviques, ya nos acostumbramos a cierto tufo a testosterona en esas páginas, apenas interrumpido para el Día de la Mujer). La autora, Giselle Echeverría, expresa su opinión sobre uno de los siguientes temas. Les invito a adivinar cuál:
1. La acción bélica de EEUU y aliados en Libia
2. La querella interpuesta por Correa contra los directivos de El Universo
3. El sexismo en la televisión ecuatoriana
4. La cuestionada seguridad de la energía nuclear a la luz de lo sucedido en Japón
5. La posible utilización del petróleo de esquisto como fuente de energía en el futuro
Si usted, lector, se quedó con el número tres, lamento decirle que adolece de una concepción sexista y retrógrada, según la cual el lugar de las mujeres en el debate público se limita al tratamiento de "temas femeninos", lo que incluye la reivindicación de derechos e igualdades de género, pero excluye campos como la política, las leyes o la ciencia, a menos que en alguno de estos campos se pueda idear un "enfoque femenino" especial (por ejemplo, denunciando la acción militar de EEUU desde el punto de vista de la sufrida y oprimida mujer libia). Pero hay que reconocerlo: acertó. La Echeverría, columnista invitada, habla de sexismo. Y al escoger precisamente este tema, claro está, refuerza y valida nuestro propio sexismo, que no espera de una mujer otra cosa sino que hable de "cosas de mujeres".
Lo cual no deja de ser algo irónico, pues la propia Echeverría es quien arremete, en su artículo, contra tales estereotipos "excluyentes" y "discriminatorios".
A lo que se me objetará, quizás: ¿qué quieres entonces? ¿Que las mujeres, haciendo caso omiso de su propia condición y de sus propias reivindicaciones, hablen de cosas de hombres? ¿No sería eso peor sexismo?
Ahí está. Si los restantes cuatro temas de la lista de arriba son "cosas de hombres", entonces a una escritora poca opción le queda aparte de servir de florero parlante. Pero no conozco a ninguna feminista que sostendría tal barbaridad. No son cosas de hombres. Son cosas de seres humanos. Son aptos a ser tratados tanto por columnistas masculinos como femeninos. Ni la información, ni la opinión tienen sexo.
Entonces es legítimo preguntar por qué, como norma general, en las páginas de opinión de El Telégrafo sólo hay hombres que opinan sobre estas cosas. (El panorama se repite en el resto de la prensa ecuatoriana, con matices: El Universo tiene cuatro columnistas femeninas que yo recuerde: tres de ellas se limitan a temas "blandos" relacionados con el lenguaje, la literatura y el arte, poco aptos a suscitar controversia; la que lleva la bandera reivindicativa del derecho a hablar de cosas tan "de hombres" como la economía es Gabriela Calderón, Dios bendiga sus pequeñas medias de algodón. Lo suyo es feminismo en acción. Además, es condenadamente guapa. Como decimos los ingleses: phwoar.)
Hay dos explicaciones alternativas, igualmente simplistas, de este hecho (no de la guapura de la Calderón, sino de lo otro). Una sería la de una política editorial machista. Es decir, la hipótesis de que exista en El Telégrafo un proceso de selección, de columnistas o de artículos, proceso en que alguien estuviera aplicando, consciente o inconscientemente, un criterio discriminatorio. La otra explicación sería una presunta escasez de mujeres columnistas que cumplan con los requisitos de ese diario: es decir, que además de ser capaces de garabatear unas cuantas simplezas de forma regular, sean fervorosas partidarias del absolutismo correísta, dispuestas a prostituir su independencia de criterio según las exigencias propagandísticas del Regimen. Si esto fuera el caso, sería todo un piropo a la inteligencia y al orgullo de las mujeres ecuatorianas. De hecho, me resulta difícil imaginar a alguna mujer tan rastrera, tan patética, tan invertebrada y tan esperpéntica como ese Arellano Raffo, en quien el mismo Reece seguramente estaría pensando cuando dice:
...el caudillo es una figura que se empeñan en mantener algunos, necesitados de una figura paterna que compense la inseguridad que les provoca su mediocridad. Quieren un padre castigador, que los haga llorar “por su bien”.
Perdón, me olvidé de la Charvet. En fin, no salgamos del tema. Basándome en evidencias no concluyentes sino anecdotales, opino que ambos procesos están en juego. Por un lado, creo que puede haber discriminación a la hora de seleccionar columnistas y artículos en la prensa nacional, en el sentido de un "doble estándar" que privilegiaría lo escrito por hombres basándose en la noción, posiblemente subconsciente, de un mayor "autoridad" que el lector supuestamente le concedería a éstos en razón de su sexo; por otro lado, creo que también influye la oferta, es decir, me sorprendería si en la bandeja de entrada del Editor de Opinión ecuatoriano, por cada articulista novato y esperanzado de sexo femenino, no hubiera cinco ó diez del otro lado. ¿Por qué? Tal desequilibrio, de ser cierto, podría achacarse al sexismo de la sociedad en general, a que las mujeres son, por su educación y por la influencia del entorno, menos propensas a ambicionar un papel de protagonismo, sea periodístico, social, político o incluso empresarial. En todo caso, sería entonces un problema generacional, pues por lo que veo en mi trabajo diario la juventud ecuatoriana está repleta de chicas ambiciosas. Entre universitarios, las chicas son (lo tengo comprobadísimo) aun más propensos que los chicos a decir "quiero tener mi propia empresa" (la razón chicas:chicos en esto sería de 2 a 1. Fuente: los últimos exámenes orales). Según tal análisis, entonces, lo que estaríamos soportando en El Telégrafo y en los demás periódicos, sería la anquilosada y enquistada vieja guardia, y espérese el terremoto del cambio generacional, liderada por pujantes y brillantes mujeres estilo Gabriela. Como decía el simpático teniente coronel en La Ciudad y los Perros: "cúbranse los huevos".
No me convence.
No me convence, en parte, por lo que escribe en su artículo la propia Echeverría. Ya llegaremos. Por la otra parte, no me convence porque... bueno, empecemos desde el principio.
Cuando yo estaba en España, y recién había formado el proyecto de ir a vivir en Ecuador, una amiga colombiana muy sabia me dijo: ojo, allá tienen exactamente 50 años de retraso respecto a los países del Primer Mundo.
Y resultó ser cierto. Ecuador es un país atrasado. Pero como en nuestro mundo globalizado, los atrasos no pueden ser químicamente puros, el atraso tiene que buscar convivir con la rabiante y entrometedor actualidad: con los iPods, los celulares, Twitter, y el resto de la parafernalia. Y en el tema de la reivindicada "igualdad" de género, ha pasado una cosa curiosa: Ecuador, y me imagino que otros muchos países, ha tenido que enfrentarse al "backlash" sin haber pasado primero por su propia revolución feminista. Me refiero a que la mujer ecuatoriana de clase media puede, cualquier día, encender la tele (satélite o cable, por supuesto) y divertirse con programas de factura estadounidense en que unas tipas ironizan sobre los sinsabores de la ajetreada vida de la mujer (léase: gringa) actual, ejecutiva, clase media-alta, liberal y promiscua, "empoderada", pero, acaso, frustrada en su búsqueda intermitente de un escurridizo ideal doméstico, para lo cual faltan hombres dotados de la programación adecuada. Y como una no quiere ser menos, y Dios nos libre de ser anticuadas, pues tiene que asumir como suya esa sofisticada ironía, con apres-gout de elegante cinismo, y hacerle la vista gorda a todo lo que separa esa sociedad posfeminista (o por lo menos third-wave) de la suya, todavía estancada en el Cretáceo del machismo criollo.
Y es que eso de hacer revoluciones se presenta cansado y difícil, cuando los resultados, necesariamente limitados, ya se saben de antemano, cuando ya no hay ni la emoción de un futuro incierto, de inmensas posibilidades.
Ya sabemos, a partir de la experiencia estadounidense, y en menor grado el europeo, que si quieres una igualdad de género que sea algo más que ficción legal, tienes que armar toda una revolución, una auténtica guerra de los sexos; y que para cualquier guerra, se precisa carne de cañón. En otras palabras: para que cambien "las actitudes", vas a tener que crear un ejército de mujeres (y quintacolumnistas: hay hombres que también sirven) dispuestas a sacrificar las comodidades que les ofrecen el sistema actual (sobre todo, la posibilidad de ser mantenidas, amén de todo lo que tiene que ver con el romanticismo, con flores y corazones y complicidades) y convertirse en militantes, de una aburrida y canina coherencia, desbocadas y esperpénticas odiadoras de hombres. Éstas soldadas pasarán su juventud, y algunas su vejez, denunciando, reivindicando, arremetiendo, protestando, teorizando... y todo en beneficio, no de ellas mismas, sino de otra generación posterior de mujeres jóvenes que cosechará los frutos de su desinteresada lucha, en acciones afirmativas y en contante y sonante, mil gracias.
A lo que dirán ¿cuántas mujeres ecuatorianas?: sí, está bien, yo quiero tener todo lo que tienen las gringas aquéllas, pero no a ese precio. No sacrificándome. No convirtiéndome en esperpento.
Es lo que veo. Acá, el feminismo es curiosamente, casi milagrosamente tímido, arrullador y bonachón. Si realmente hay feministas de la vieja escuela, estridentes, malhabladas y sembradoras de odio, no salen acá en la tele. Casi te da nostalgia su ausencia. Pero en resumidas cuentas, no. No las echo de menos. Bueno, sí de vez en cuando, pero no. Prefiero a las dulces traicioneras a la causa.
En todo caso, si ha de haber un terremoto social en este país a favor de la sufrida y sobreexplotada ama de casa, que sí por derecho tendría que pasar, recomiendo, y esto es ex cathedra, que actualicen un poco sus postulados teóricos. Los años no pasan en vano. Lo siguente (del artículo de la Echeverría) da un poco de vergüenza ajena:
Ridiculizadas al máximo bajo el letrero de ‘pareja feliz’ se banaliza la violencia que es nefastamente cotidiana en el país y se normalizan los estereotipos del macho harto de la esposa, que vive con los ojos puestos en la carne fresca de jovencitas y el de la mujer insegura de sí misma, que persigue y controla.
Ahí está: "se normalizan". ¿Qué quiere decir esto de "normalizarse"? ¿Acaso no hay machos, bastantes, que están hartos de la esposa y buscan carne fresca? ¿Acaso no hay mujeres inseguras, que persiguen y controlan? ¿Y si los hay (y aunque no los hubiera), ¿cuál es el problema en retratarlos, aunque sea de manera grotesca, en series de tele baratas y de ínfimas pretensiones? ¿Será porque el telespectador promedio es, a diferencia de la propia Echeverría, un borrego sin discernimiento, tan tonto que piensa que todo lo que ve en la tele es "normal", por tanto socialmente aceptable, y forma una pauta a seguir?
No quiero ser demasiado descortés con esta autora, que al fin y al cabo me recuerda mis propias inseguridades de más joven, aunque éstas tenían otras causas. Yo también, alguna vez, he deseado que tal o cual personaje o comportamiento sea exiliado para siempre de las ondas. Hay supuestos que laceran, insinuaciones que arden, guiños mundanos y cómplices que dan náuseas. Pero al fin y al cabo, seamos adultos: uno es sólo uno mismo. Querer dictar para los demás lo que debe y no debe ser considerado "normal", es, bueno, dejémoslo en insensato y autoritario y un tantico infantil. Hay más:
Punto aparte es esta especie de convocatoria a la “liberación femenina” que actualmente proponen varios canales de televisión. Con programas en los que las mujeres protagonizan una seudo reivindicación de su derecho a hablar y expresarse, como en el ‘té de amigas’, desde el desparpajo, la vulgaridad, la exhibición de ignorancia de temas relevantes, pretenden convencernos de que así somos, somos las de Venus, o somos las divas que llevamos “los pantalones en la casa”.
Así que la Echeverría no es vulgar, ni ignorante, ni venusiana, ni lleva los pantalones en la casa. Al contrario, es una mujer culta, discreta, docta, uraniana, y prefiere los vestidos largos. Qué bien. Pero hay otras que no son así. Y a alguien se le ocurrió probar suerte exhibiendo a esas otras, y dio resultado. ¿Cuál es el problema? ¿Que no salen programas con mujeres tipo La Echeverría? ¿Que el telespectador borrego, de nuevo, caerá en el error de pensar que lo que ve, y no lo que la Echevarría promete, es el summum de la mujer ecuatoriana?
Si el espectador incauto ve un episodio de Mi Recinto, ¿creerá igualmente que "los hombres", en general, son así de rústicas? ¿"Se normalizará" el saltito patizambo? ¿Se habrá normalizado ya?
No hay que insistir demasiado en ello. Es evidente que lo que quiere la Echevarría es que exista alguna manera de controlar lo que sale en la tele, que haya un botón en el remoto que nos permita aumentar a voluntad el estatus de "la mujer", por ende el suyo, a través de las caracterizaciones diversas de mujeres en los programas y de la existencia de un ejército de borregos. La veo feliz a la Echeverría, apuntándole a unos senos de insultante exuberancia y dándole al MENOS, para en otro momento apuntar a la cabeza de otra y darle al MAS, para que ella pueda sentirse identificada con la repentina brillantez y mordacidad del discurso de la misma, hasta que se harte de tanta pretenciosidad y le dé otra vez al MENOS, a fin de poder sentir de nuevo la satisfacción de hacer comentarios despectivos. Realmente, este último párrafo citado es todo un homenaje al estereotipo que ella dice querer desterrar. En mi tierra se llama "bitching".
Estas y otras consideraciones tendrían que entrar en juego y al debate en la futura Ley de Comunicación para lograr una programación respetuosa de los derechos de las mujeres, los hombres, los niños, las niñas y los adolescentes de este país.
Y un cuerno. Proponer leyes que intenten controlar los "estereotipos" mediante la censura y la cuota obligatoria de insipidez didáctica gubernamental es de un infantilismo perturbador. Cómo lo digo:
Lo único que garantiza que la tele no sea un instrumento de opresión y de lavado de cerebro - y poco importa por parte de quiénes, sea el gobierno, sean los feministas, sea el "patriarcado", sea la conspiración judeo-masónica-bolchevique - es la libertad individual, el poder "votar con los pies" (en este caso, con el control remoto), y la ausencia de toda injerencia estatal en la programación, y la desregulación radical del mercado, para que realmente haya una oferta plural y diversa.
Ya no sueño con que un día los medios de comunicación “recapaciten” y por obra y gracia del dios de la publicidad se reivindiquen y asuman su responsabilidad social con algo de programación dignificante también. Ya no sueño con que “los creativos” un día se vuelvan autocríticos y propongan piezas que cuestionen y no que repitan estereotipos.
Pero es que los medios de comunicación no tienen ninguna "responsabilidad social". ¿Por qué iban a tenerlo? Son empresas, y su única responsabilidad es para con sus clientes y sus accionistas. Y esto nos conviene, porque lo único que significa "responsabilidad social" en la práctica es "sumisión al poder". A las evidencias me remito (los canales de TV ecuatorianos, las "cadenas", y El propio Telégrafo). Y en cuanto a "dignificante"... ¿tengo que entender que la Echeverría busca conseguir algo de "dignidad" a través de la televisión? Y si ella no necesita la tele para tener dignidad, ¿quién sí lo necesita? Dejémonos de cuentos: la tele no dignifica a nadie. Nunca lo ha hecho y nunca lo hará. No es su trabajo.
Si la tele se llenara de "creativos" al gusto de la Echeverría, cuestionadores de estereotipos, ¿qué pasaría? Simplemente, y ceteris paribus (o sea, sin que el espectador borrego se deshaga de esa pasividad acrítica que le caracteriza) los estereotipos actuales se reemplazarían con otros diferentes. La manera de cuestionar estereotipos no es a través de series televisivos, sino utilizando el coco, que para eso está.
Hay otro camino, otra manera de ser feministas. Es muy sencillo. Se parte del supuesto de que la mujer es un ser humano. No es un problema social, no es miembro de una de esas "minorities" consagradas por el socialismo gringo, desamparada y necesitada de acción afirmativa paternalista, no es una sobreacumulación de atributos y gustos y rarezas que necesita sus propias páginas en los diarios, no es un ente monolítico que justifique que se hable de ella en singular y con mayúscula, no es quien deba darse por aludida cuando los cantautores cachondos hilvanan sus telarañas de letanizadas idioteces y ofrecen pedestales con segundas, nada de eso, es simplemente el cincuenta y pico por ciento de la raza humana i prou. Ahora, es cierto que cuando yo escribo mujer no pienso en un número ni en un porcentaje, ni siquiera en una configuración genética... es mi problema.
Y mi problema sólo puede llegar a ser tu problema, mis trastornos hormonales tu techo de cristal, en un sistema político que permita que unos tengan poder sobre otros. Destruyamos eso, dejando de permitir que nos dicten nuestros prejuicios y nos "limpien" nuestro idioma. NO A LA INGENIERÍA SOCIAL. No hay más.
En una sociedad individualista, sin estructuras de poder que ahoguen las diferencias, la diversidad y la creatividad, nos daríamos cuenta rápidamente que sobre "la mujer" no hay absolutamente nada que decir. La Mujer no existe. Sólo hay mujeres. Por tanto, el problema de cómo se representa en la tele "la mujer", ese estúpido ideal platónico tan querido por columnistas ociosos, desaparece. Si sale en la tele un inglés, creo que se llama Mr Bean, y resulta ser idiota summa cum laude, ¿tengo que indignarme por ello? ¿Se normaliza el estereotipo del inglés idiota? Usted dirá.
Y es que, ay, queda tanto camino por recorrer hasta conquistar la sensatez. (Ni hemos llegado al absurdo teórico de la objetificación, lo dejo para otro post.) Empecemos con esto. Si no te gustan los estereotipos ni el sexismo, no los alientes ni caigas en ellos. Y en cuanto a reivindicar el aureola de grandeza de La Mujer, fíjate primero si queda algún hombre con aureola (ver cita de Reece), y recuerda el dicho: las mujeres que desean igualdad con los hombres carecen de ambición.
Por aca se le conoce como BeYatch :-))
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