No es ladrón el que roba a un ladrón (3ra parte)
Habían pasado varios meses desde aquel fatídico instante en que se fue la luz. Erick Stalin apenas ya se acordaba de lo que había sido aquel paraíso de tiendas de lujo, de pasillos frescos y bien iluminados, y de ilimitados derechos. Ahora todo era penumbra, todo era calor y mosquitos y hediondos olores corporales, todo eran sofocados gritos y sorpresas desagradables, todo era cansancio y dolor. Cierto, de vez en cuando algo de luz todavía tenían. Por las mañanas se veían esos electricistas, vestidos con extraños uniformes, que venían con deslumbrantes sonrisas foráneas y se ponían a pelear con cajas de circuitos, con fusibles rotos y largos kilómetros de cableado gastado. A veces se le veía a alguno subido en una escalera, meneando la cabeza en señal de incredulidad: - No me lo puedo creer - , decían, - tanto que era el paraíso y ni se han molestado en arreglar este cableado antiguo - . Pero siempre que parecía que algo ocurría, que empezaron a encenderse algunas luces de los pasillo...