No es ladrón el que roba a un ladrón (3ra parte)

Habían pasado varios meses desde aquel fatídico instante en que se fue la luz. Erick Stalin apenas ya se acordaba de lo que había sido aquel paraíso de tiendas de lujo, de pasillos frescos y bien iluminados, y de ilimitados derechos. Ahora todo era penumbra, todo era calor y mosquitos y hediondos olores corporales, todo eran sofocados gritos y sorpresas desagradables, todo era cansancio y dolor.

Cierto, de vez en cuando algo de luz todavía tenían. Por las mañanas se veían esos electricistas, vestidos con extraños uniformes, que venían con deslumbrantes sonrisas foráneas y se ponían a pelear con cajas de circuitos, con fusibles rotos y largos kilómetros de cableado gastado. A veces se le veía a alguno subido en una escalera, meneando la cabeza en señal de incredulidad: - No me lo puedo creer - , decían, - tanto que era el paraíso y ni se han molestado en arreglar este cableado antiguo - . Pero siempre que parecía que algo ocurría, que empezaron a encenderse algunas luces de los pasillos, y se comenzó a escuchar el dulce ronronear de los ventiladores, era la señal para que interviniera uno de los dentistas que en esos momentos ya se habrían agrupado en torno al perito. – Bien hecho, hombre - , le decían, - algo bueno ha hecho hoy para la comunidad celestial. Ahora, sólo es cuestión de que le arreglemos esa boca y ya será uno de nosotros -. Y con eso, riéndose y agarrándole el brazo al pobre que ni sospechaba nada, se lo llevaban firmemente por el pasillo hasta el consultorio más cercano, y ya de ese electricista en particular no se volvería a saber nada. Y claro, al poco rato ya volvían a fallar los circuitos.

Para Erick Stalin el pasado se le había vuelto borroso. ¿Desde cuándo el paraíso estaba tan lleno de dentistas? Se le ocurría que esa gente siempre había existido, hasta en la tierra había odontólogos, no es que su presencia fuera nada especialmente nuevo, sólo que últimamente parecía que apenas se podía caminar cinco metros sin toparse con alguna de esas batas blancas salpicadas de sangre y saliva. Además, le parecía recordar que en ese remoto pasado que era su existencia terrenal, los odontólogos no habían sido tan … prepotentes, tan pagados de sí, y sobre todo tan inmisericordes con sus semejantes. Quizás la primera señal de ese cambio había sido aquel día en que empezaron a aparecer por doquier carteles que decían cosas como “La Endodoncia Ya Es De Todos” y “Mi Familia Le Dice SÍ A La Extracción”. El mensaje pareció calar hondo entre la gente, que por aquel entonces, en medio de esa penumbra se sentía abandonada de la mano de Dios: en poco tiempo los consultorios de odontología florecían, y donde antes había suaves luces, música instrumental y exquisitos escaparates, ahora se escuchaban el monótono gemido de los taladros, entreverado con gritos y aullidos de niños asustados.

A él, personalmente, no se le ocurrió entrar en uno de esos consultorios hasta pasados algunos días, pues no era consciente de tener problema de dentadura alguno; pero poco a poco se le decayeron los ánimos al notar esas miradas extrañas, hostiles, que le dirigían los transeúntes en ese oscuro lugar, y sobre todo, esos comentarios que escuchaba desde otras mesas a la hora de comer. “Mira aquel bocallena, no tiene vergüenza”. “Vaya con el dentudo”. De repente, parecía que no tenía amigos. Otra cosa que notó es que la gente, cuando sonreía, lo que era muy poco frecuente, mostraban las más de las veces encías ferozmente ensangrentadas y sin dientes. Así que, por fin decidió ir a consulta. El dentista que le atendió se mostró encantado con su dentadura. Eso sí, le indicó a Erick Stalin que tenía que haber acudido mucho antes, pues como esos dientes eran tan buenos y no tenían caries ni placa, era sumamente importante extraerlos cuanto antes. - Claro, hombre - , le dijo con urbanidad y una sonrisa deslumbrante – claro, unos dientes así tienen mucha función social por delante. ¿No se daba cuenta usted que en este lugar hay por lo menos diez mil personas, entre niños recién nacidos y ancianos, que no tienen ni un solo diente para comer? Y usted no me va a decir a mí que cuando come necesita todos esos molares. Con uno o dos le basta y le sobra, mejor dicho apenas los va a necesitar pues aquí en el paraíso como habrá notado, toda la comida ya viene premasticada y predigerida, hasta dicen que predefecada en algunos casos. Así que, manos a la obra. En poco tiempo ya se habrá librado de posibles dolores de muela para el resto de la eternidad…

Y con eso, sacó unos enormes alicates y echó la silla para atrás.

Lo último que Erick recordó haber pensado, antes de desmayarse, fue: ¿no será que nunca se fue la luz, sino que ahora, toda se gasta en darle energía a estos malditos taladros?

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