Morir se hace fácil, con la práctica

Me disculpo por adelantado: ustedes no esperaban esto.

The hills here “crawl with crime”: this, you’d not like
(There always was so much you dared not lose) –
Yet, from a distance, huddled wines and blues
On quake-forgiven housefronts only dyke
The eyes from too much dawn, which here’s so light-
Fingered you scarce notice what’s not there:
The gecko on the wall takes in its stare
Houses, people, governments, and each night
Winks something out - the hill’s mosaic of lives
Sighs and shifts; but who or what is missed
Next morning, next week’s learned not to exist.
New losses evict the old, and what survives
Has to prove useful in the heat and flies:
Rice, shoes; a young girl's bike; another’s lies.

Cuando vine acá, una de mis ex, española, muy preocupada, me dijo: allá la vida vale poco. Quería que mi estancia en Ecuador fuera breve, de turista: le mentí y le dije que así sería. No entendí lo de que la vida valía poco. ¿La vida de quién? La mía siempre ha valido poco. Las que valen mucho son otras. Demostrable, y trivial.

En la adolescencia, eso sí, la muerte era para mí como para otros un problema. Como apenas tenía referencias indirectas de otras conciencias humanas, la inevitable muerte de la mía tenía ribetes de tragedia. Leí a Unamuno: sólo sirvió para convencerme de que nadie, ni siquiera ese gran egoísta, pensaba, no, sentía como yo. A falta de modelos de rol, el adolescente introvertido y huraño lo es todo: amante apasionado, filántropo, explorador de la psique, compositor hiperromántico, célebre cuentista. Es Walter Mitty. Todo eso, claro está, pertenece al futuro.

Ese futuro se convierte en tejón con los años: hermoso, displicente, invisible dentro de su madriguera. Nocturno.

Con los años, también, uno va despojándose de los pétalos de esa personalidad pretendidamente insustituible. Creyéndose inteligente, descubre otras inteligencias más preclaras. La envidia da paso al alivio: menos mal, no tendré que cultivar eso. El mundo ya está lleno de mediocridades y de terceros puestos. Creyéndose apasionado, descubre que hay otros seres cuyas armonías son, con diferencia, más cromáticas. Creyéndose dueño de ciertas connotaciones de ciertas palabras, descubre poesías que les dan la vuelta. La vida es un psicólogo o un capellán que prepara al reo para la ejecución haciéndole ver, con claridad, que con su muerte el mundo no pierde absolutamente nada.

Todo lo que tengo, hay otros que tienen lo mismo en grado superior. No puedo ser original en nada: en este siglo veintiuno todo ya está dicho, todo está pensado, todo está sentido. Todas las melodías que nuestra pobre escala de pocos semitonos permite ya se cantaron. Sólo quedan arreglos y samplings.

Claro que nadie tiene esta combinación precisa de lírica pereza, de insaciable nostalgie de la boue, de sádica ternura, de alcoholizado panteísmo. Cierto, pero… ¿para quién todo eso? A nadie le ha servido hasta la fecha todo lo que soy: todas escogieron una parte y se desentendieron del resto. ¿Eso significa que nadie me quiso? Supongo que sí. Tal vez soy inquerible. Tal vez lo somos todos (menos quien yo sé), y transigimos al final como yo he transigido.

Se supone que frente a toda esa demostración de que uno no es imprescindible, queda el instinto, el querer vivir, gozar de este aire único en esta galaxia, a pesar de los pesares. Sí, pero el instinto es frágil. El mío, ya hace tiempo que lo busco y no lo encuentro. A los 18 años ya intenté quitarme la vida. Posteriormente, apenas ha pasado un día sin que me la vuelvo a quitar en mi imaginación. Tengo la muerte tan vista como al barrendero de la calle.

Así que la noticia de que estoy muriendo lentamente de enfisema no me traumó, ni he dejado de fumar aun sabiéndolo. Ojalá pudiera. Me queda poco tiempo, no sé cuánto: lo suficiente, se supone, para que lo poco que tengo que puede servirle a alguien quede plasmado en este blog o en otros.

Lo triste: mi hijo. Ese bebé. Un instinto que nadie me avisó que iba a tener.

Comments

  1. Si algo le llega a pasar (espero que no) solo le puedo decir de todo corazón, que extranaré leer sus posts. Como dice Juan Montalvo sus escritos lo han llevado a la inmortalidad. Saludos,

    Asiduo lector.

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  2. La pelea es peleando. Fuck you enfisema! Por tu hijo y por ti, pelea...

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  3. Nada como Eclesiastes, para mi, filosofo extraordinario.
    Todo tiene su momento, momento para morir, momento para vivir.
    Mi propia pequeñez e insignificancia me deprimiria hasta la tumba, sino fuera por mis delirios y pensamientos innombrables.
    Quiero creer, que siendo anonimo y pequeño, igual uno deja algo atras. Ese poquito de si que alguien conocio, odio, desprecio o amo. De manera infima vencemos la muerte cuando alguien, en alguna parte, cambio infinitesimamente, por nosotros o a pesar de nosotros. Esa es la huella de los invisibles que la historia no cuenta. Somos solo un numero, una estadistica y sin embargo, somos eternos.
    Salud

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