Algunas observaciones sobre el deseo masculino de complementar un vestido de terciopelo con una cabeza de caballo elaborada en papel maché
Convengamos en que hoy en día, es bastante normal que un hombre, aunque no sea de orientación gay, sueñe con vestirse “de mujer”: que tenga, por ejemplo, el deseo secreto de engalanarse con un hermoso vestido fiestero medio largo de terciopelo de color lila, zapatos de tacón, medias de cabaretera y guantes largos. Es más: se me hace que cualquier hombre que no haya tenido nunca esta fantasía ha de ser algo memo, carente de imaginación, “saborío” como dicen los andaluces: se me antoja también arrastranudillos, engominado, portador de diversas cadenas de oro ligeramente hediondas, y con casi total seguridad hojeará revistas de deporte en su tiempo libre. Olvidémonos, pues, de esa gentuza irrelevante.
Ahora, no es tan frecuente que un hombre viejo, de unos, digamos, 47 años, arrastre desde años la ambición de salir a la calle ataviado de la manera descrita pero con el detalle extra de alzar sobre su cuello una enorme cabeza de caballo elaborada en papel maché y pintado de un color gris plateado, como es el caso de ese vecino mío de nombre Walter Wego.
¿Qué le puede estar pasando a aquel desdichado caballero?
¿Por qué un tipo aparentemente normal, avanzado en años, querría vestirse a la vez de dama y de caballo?
Si nos ceñimos al primer deseo, el de llevar un vestido de terciopelo, no hay que extrañarse tanto por ello, pues hay diversos motivos por los cuales un hombre heterosexual de cualquier edad podría querer llevar algo así en alguna ocasión. En primer lugar, lo que tienen en común todas las faldas y los vestidos, sean cortos o largos, es la relativa libertad de colgadura y la benigna climatización que brindan a los genitales de quien los lleva. Seamos francos: los órganos sexuales masculinos, hasta en nuestra sociedad supuestamente tolerante, sufren de una discriminación y una persecución cuya ferocidad tendría que dejarnos atónitos. Desde una edad muy temprana, se nos enseña a guardarlo todo en un espacio tan reducido que hasta algo tan natural como una simple y modesta erección suele conllevar la necesidad de realizar trabajosos y molestos reajustes indumentarios; el pene asume así el papel de la mujer loca de la novela de Charlotte Brontë, o de algún hijo subnormal a quien su avergonzado progenitor haya condenado a vivir en una celda subterránea de ínfimas dimensiones, tristemente encadenado, subsistiendo apenas con una dieta de pan y agua. Además, al igual que ese hijo tonto no se habla de él, y no se le deja aparecer bajo ningún concepto en público, no se le permite sufragar en las elecciones ni se le entrevista para saber su opinión sobre los temas de actualidad importantes como, por ejemplo, la crisis mundial de alimentos. Desde esta óptica, llevar cualquier tipo de falda es un acto de rebelión, de autoafirmación genital, pues como ya dije, significa que tanto el escroto como el pene gozan de un amplio espacio para moverse, para estirarse a sus anchas, para ejercer (en solitario, eso sí) su propia libertad de expresión, todo ello en ese agradable y saludable entorno creado por la circulación de amenas corrientes de aire que se insinúan desde abajo.
Por todo lo cual, se puede especular que para l’homme moyen sensuel, llevar una falda o un vestido en público sería como llevar un niño criado en suburbio por primera vez a la playa. (O casi.)
Pero claro, no se trata puramente de una experiencia sensual, sino también transgresora con relación a aquellos gender roles que antaño tanto denunciaban las feministas. A pesar de que el antiguo romano con su péplum, el escocés con su kilt, el monje con su hábito y el magrebí con su chilaba pasan olímpicamente de ellos, hay unos códigos vestuarios por estos lares harto represivos en cuanto a ropa masculina se refiere. Por tanto, el hombre que aparezca públicamente ataviado con un vestido o una falda de cualquier tipo llamará ineludiblemente la atención de cuantos le rodean, cosa que puede o no ser de su agrado según el tipo de personalidad que tenga. Se supone que existe un perfil de exhibicionista o de narcisista para quien toda atención es buena; para los demás, que por lo visto somos la inmensa mayoría, la perspectiva de ser objeto de burla generalizada, o de aproximaciones especulativas por parte de desconocidos de distinta orientación sexual, es suficiente para llevar tal proyecto al terreno de la fantasía irrealizable.
Sin embargo, no deja de llamar la atención el que estos hombres tengan una fantasía donde el ser visto en público es requisito sine qua non, y al mismo tiempo, el ser visto en público sea precisamente aquello que les impide llevar su deseo a la realidad.
¿Cobardía? ¿U otra cosa?
Dejémosle la palabra al señor Wego:
“Claro pues. Por eso viene lo de la cabeza de caballo. Es muy simple, llevas el vestido que quieres pero al mismo tiempo en la cabeza te disfrazas de caballo, eso significa que nadie te ve la cara, con lo que te sientes más seguro. También transmites el mensaje claro de que eres enajenado mental y que tienes una sensibilidad surrealista desarrollada, pues para ti es de suma importancia que antes de acabarse el mundo [lo cual está previsto para el año 2020 – Ed.] se haya visto al menos alguna vez un centauro tristón con ropa femenina sexy tomando una cerveza en un bar a través de una caña metálica. ..-”
(continuará)
Ahora, no es tan frecuente que un hombre viejo, de unos, digamos, 47 años, arrastre desde años la ambición de salir a la calle ataviado de la manera descrita pero con el detalle extra de alzar sobre su cuello una enorme cabeza de caballo elaborada en papel maché y pintado de un color gris plateado, como es el caso de ese vecino mío de nombre Walter Wego.
¿Qué le puede estar pasando a aquel desdichado caballero?
¿Por qué un tipo aparentemente normal, avanzado en años, querría vestirse a la vez de dama y de caballo?
Si nos ceñimos al primer deseo, el de llevar un vestido de terciopelo, no hay que extrañarse tanto por ello, pues hay diversos motivos por los cuales un hombre heterosexual de cualquier edad podría querer llevar algo así en alguna ocasión. En primer lugar, lo que tienen en común todas las faldas y los vestidos, sean cortos o largos, es la relativa libertad de colgadura y la benigna climatización que brindan a los genitales de quien los lleva. Seamos francos: los órganos sexuales masculinos, hasta en nuestra sociedad supuestamente tolerante, sufren de una discriminación y una persecución cuya ferocidad tendría que dejarnos atónitos. Desde una edad muy temprana, se nos enseña a guardarlo todo en un espacio tan reducido que hasta algo tan natural como una simple y modesta erección suele conllevar la necesidad de realizar trabajosos y molestos reajustes indumentarios; el pene asume así el papel de la mujer loca de la novela de Charlotte Brontë, o de algún hijo subnormal a quien su avergonzado progenitor haya condenado a vivir en una celda subterránea de ínfimas dimensiones, tristemente encadenado, subsistiendo apenas con una dieta de pan y agua. Además, al igual que ese hijo tonto no se habla de él, y no se le deja aparecer bajo ningún concepto en público, no se le permite sufragar en las elecciones ni se le entrevista para saber su opinión sobre los temas de actualidad importantes como, por ejemplo, la crisis mundial de alimentos. Desde esta óptica, llevar cualquier tipo de falda es un acto de rebelión, de autoafirmación genital, pues como ya dije, significa que tanto el escroto como el pene gozan de un amplio espacio para moverse, para estirarse a sus anchas, para ejercer (en solitario, eso sí) su propia libertad de expresión, todo ello en ese agradable y saludable entorno creado por la circulación de amenas corrientes de aire que se insinúan desde abajo.
Por todo lo cual, se puede especular que para l’homme moyen sensuel, llevar una falda o un vestido en público sería como llevar un niño criado en suburbio por primera vez a la playa. (O casi.)
Pero claro, no se trata puramente de una experiencia sensual, sino también transgresora con relación a aquellos gender roles que antaño tanto denunciaban las feministas. A pesar de que el antiguo romano con su péplum, el escocés con su kilt, el monje con su hábito y el magrebí con su chilaba pasan olímpicamente de ellos, hay unos códigos vestuarios por estos lares harto represivos en cuanto a ropa masculina se refiere. Por tanto, el hombre que aparezca públicamente ataviado con un vestido o una falda de cualquier tipo llamará ineludiblemente la atención de cuantos le rodean, cosa que puede o no ser de su agrado según el tipo de personalidad que tenga. Se supone que existe un perfil de exhibicionista o de narcisista para quien toda atención es buena; para los demás, que por lo visto somos la inmensa mayoría, la perspectiva de ser objeto de burla generalizada, o de aproximaciones especulativas por parte de desconocidos de distinta orientación sexual, es suficiente para llevar tal proyecto al terreno de la fantasía irrealizable.
Sin embargo, no deja de llamar la atención el que estos hombres tengan una fantasía donde el ser visto en público es requisito sine qua non, y al mismo tiempo, el ser visto en público sea precisamente aquello que les impide llevar su deseo a la realidad.
¿Cobardía? ¿U otra cosa?
Dejémosle la palabra al señor Wego:
“Claro pues. Por eso viene lo de la cabeza de caballo. Es muy simple, llevas el vestido que quieres pero al mismo tiempo en la cabeza te disfrazas de caballo, eso significa que nadie te ve la cara, con lo que te sientes más seguro. También transmites el mensaje claro de que eres enajenado mental y que tienes una sensibilidad surrealista desarrollada, pues para ti es de suma importancia que antes de acabarse el mundo [lo cual está previsto para el año 2020 – Ed.] se haya visto al menos alguna vez un centauro tristón con ropa femenina sexy tomando una cerveza en un bar a través de una caña metálica. ..-”
(continuará)
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