Brave New Potato
Pertenece a la vasta, enciclopédica y biscornue familia de mi mujer, pero no sabría decir en qué dirección alisar el pergamino para encontrarlo, si es un hermano suyo, un sobrino, o si tiene alguno de esos parentescos más alambicados que sólo las mujeres duchas en novelas victorianas televisadas entienden. Lo que sí sé es que la casa donde vive es de mi cuñada Norma, es una de esas casas “de campo” (licencia poética, está en Yaguachi), un poco como esas masías donde los catalanes pasan sus fines de semana jugando a señores feudales, pero a lo criollo, es decir, destartalada en grado sumo, y con una piscina que le quedaría pequeña a un hipopotamito todavía en pañales. La cuestión es que ese hombre, que no sé si se llama Pedro o algo así (you should have seen me when I had a brain) se pasa todo el día en esa casa: y no solamente todo el día, sino toda la semana, todo el año, y con algo de suerte toda la vida. Es quizás el único hombre que he conocido que pueda decir con toda propiedad ...