El aprendiz de brujo

Érase una vez un pueblo pequeño, perdido de la mano de Dios, donde malvivían de día a día unas pocas personas humildes.

A unas leguas del pueblo, en lo alto de una colina, había una magnífica mansión que decían que era del brujo más poderoso de aquellas tierras. A ese anciano personaje pocos lo habían visto, y algunos que afirmaban haberlo visto probablemente mentían. Era de carácter arisco y algo colérico, y en contadísimas ocasiones se dejaba ver. El pueblo le temía, y a veces cuando caía alguna desgracia sobre una familia se le atribuía a algún maleficio suyo, encaminado a mantener postrada a esa comunidad de sencillos campesinos, herreros y granjeros. No obstante, una cosecha especialmente buena también hacía recordar a aquellas personas supersticiosas que en aquella misteriosa casa residía un Mago que hasta a los vientos y a la lluvia domaba, y algunas madres se dirigían secretamente a él en sus oraciones vespertinas.

Una de las madres que más rezaba en ese pueblo era Ramona, cuyo pequeño hijo Rafael le daba muchos dolores de cabeza. En niño era enclenque, delgaducho, y tenía comportamientos extraños: cuando no ayudaba a su viuda madre con las tareas de la casa, muchas veces se le veía en la iglesia, probándose ropas de monaguillo, o en compañía de alguna vieja beata, a quien le dedicaba un trato exageradamente deferencial. Entre los niños del pueblo había cobrado fama de afeminado y pocos querían jugar con él.

“Ayúdeme Su Excelencia, señor Brujo, ayúdeme a enseñarle a mi hijo el bueno camino,” susurraba ella entre sollozos cuando llegaba la noche y su hijo no aparecía. Las malas lenguas decían que él pasaba esas horas en la iglesia, leyéndose el catecismo o arrodillado ante el Santo Sacramento, pero ella no les quiso dar crédito. Rezaba para que su hijo se convirtiera pronto en un borracho malhablado y violento como los demás jóvenes del pueblo - como su difunto padre - : la vergüenza de tener un hijo beato era demasiado para su atribulada vejez. Así que cuando llegó aquella misteriosa carta, donde a su hijo se le invitaba a asistir a un curso de brujerías en alguna ciudad remota, no dudó en agradecérselo mentalmente al gran Brujo del pueblo, al Brujo de la misteriosa casa de la colina: seguramente había intercedido para que de esta forma su hijo viera mundo, mucho mundo, y se le olvidara esa enfermiza devoción religiosa de su niñez.

El niño se fue, y al cabo de unos meses volvió a aparecer en ese pueblo, muy cambiado. Ya no era el delgaducho tímido de antaño, y cuando Lucho, el matón más respetado de su antiguo colegio, le retó a pelearse, el sonriente muchacho ni se inmutó. Sacó de su bolsillo una varita de madera y se la metió lentamente en la boca, sin perder la sonrisa. Inmediatamente, Lucho se tambaleó, dio dos o tres pasos hacia atrás, y se cayó de espaldas en una tina llena de agua sucia que había delante de la tienda del herrero. Todos se rieron, Lucho se largó gruñendo, arrojando agua de los bolsillos y echando pestes, y el día siguiente la hazaña había dado la vuelta al pueblo.

A partir de ahí todos quisieron ser amigo de Rafael, con la esperanza de aprender de él alguna brujería que sirviera para mejorar su cosecha o engordar su ganado. Sin embargo, lo único que consiguieron sacar de él eran unos comentarios sarcásticos acerca del penoso nivel en donde había caído el arte de la magia en ese entorno. – Si yo fuera el Gran Brujo – decía, - este pueblo ya fuera otro - . Y sonriendo para sus adentros, callaba.

Pasaron los meses. Lucho fue preso de una misteriosa enfermedad que le convirtió poco a poco en un inválido baboso e incoherente. Al final llegó la invitación desde la casa de la colina. A Rafael le invitaban solemnemente a pasar un tiempo de ayudante del Gran Brujo. – Era inevitable que me llamara – comentó Rafael ufano a un grupo de amigos y admiradores, antes de emprender el camino a la gran mansión. – Después de todo, el pobre viejo no tiene apenas dónde elegir en estas comarcas. Ya nos veremos.

Pasaron unas semanas. En el pueblo no se hablaba apenas de otra cosa que de la suerte de Rafael. Eso sí, los rumores que circulaban no eran demasiado halagüeños. Algunos decían que el Gran Brujo había tenido que intervenir intempestivamente cuando, por pura torpeza en el uso de la varita, Rafael había estado a punto de desatar un motín general entre los enseres domésticos, que con el arte de la magia habían cobrado vida propia. Otros hablaban de una furiosa discusión que se habría escuchado desde lejos entre los dos practicantes de la magia. Lo cierto es que, de ahí pocos días, Rafael volvió a aparecer entre ellos, tan risueño y despreocupado como siempre.

- Bah – decía, cuando le rogaban para que diera algún detalle de su estancia en la Mansión del Brujo, - en realidad, no hay nada que contar. El que conocéis como el Gran Brujo no es nada más que un viejo incompetente. Y no le queda mucho tiempo de seguir ahí. Ya verán.

Efectivamente, a los pocos días el pregonero desperezó al pueblo a altas horas de la madrugada con la dramática noticia de que el Gran Mago se había marchado para siempre. En cuestión de minutos apareció Rafael, vestido de una gran capa verde bordado, que en opinión de algunas viejas del pueblo le quedaba ridículo, pero ellas se cuidaban mucho de dar rienda suelta a sus apreciaciones en medio de tanto vitoreo y tanta algarabía. De hecho, casi todo el pueblo parecía dar por descontado que Rafael era el digno sucesor del Gran Brujo de la casa de la colina. Casi el único que osó alzar la voz en contra suya fue el herrero del pueblo, un hombre gordo, feo y mezquino con aspecto de pingüino que había pasado media vida postulándose sin éxito para el puesto de alcalde. Pero ante la falta de apoyo por parte del entusiasmado populacho hasta ese hombre se calló.

- Amigos – dijo Rafael en un improvisado discurso en medio de la plaza principal del pueblo – Amigos, ustedes ven esa tenue luz que se abre en ese hermoso cielo oriental lleno de estrellas. Ese amanecer es el amanecer de todo un pueblo. Representa el fin de la larga noche del egoísmo y de la sinrazón. Se nos acerca una vida mejor para todos - . Y con esas palabras, y un extraño gesto cabalístico, se dio la vuelta y se marchó camino a la gran mansión de la colina, seguido a cierta distancia por un pintoresco séquito de aduladores que momentos antes se habían conformado entre ellos en una especie de guardia real.

Pasaron los meses, y la vida en el pueblo siguió casi igual. Solamente que aquellos fenómenos que los supersticiosos acostumbraban atribuir al poder benévolo del Gran Brujo, esas copiosas cosechas, se notaban por su ausencia. Sin embargo, el pueblo entero fue preso de una especie de letargo, pues muchos decían que con el poder del nuevo Gran Brujo, ya no hacía falta trabajar tanto, que el Gran Brujo proveería siempre, que la cuestión ahora era asegurarse de ser dignos en cuerpo y alma de tan reverendo amo. La taberna del pueblo, antaño escena de ruidosas borracheras a altas horas de la noche, por decisión colectiva fue obligada a cerrarse cada noche a las diez en punto; y el pregonero del pueblo, hombre cínico y dado a chismorreos, fue arrestado por algún extraño asunto de deudas y obligado a marcharse a una provincia lejana. En su lugar, apareció el siguiente día un lacayo recién llegado de la casa de la colina, que se dedicó a cantar seis veces al día las alabanzas del nuevo Mago Rafael, en un lenguaje lleno de extravagantes floripondios verbales, en donde se notaba la frecuente utilización de palabras como “rey” y “majestad”, antes desconocidas entre aquellos ciudadanos. De hecho, a tal punto llegó la devoción del pueblo a su nuevo monarca, que en un gesto de fe y esperanza, un día se liberó a todos los criminales de la cárcel del pueblo, por considerar que, tal como lo expresó el nuevo pregonero, “ante Rafael, todos somos iguales de pecadores, pues sólo él es perfecto”. Aun así, hubo quienes se extrañaron al enterarse, el día después de que aquella cárcel había sido reducida a escombros por el populacho entusiasta, que unos lacayos del Gran Brujo se habían puesto a reconstruirla, eso sí, en miniatura y con muy poca gracia y menos cemento. ¿Se habían equivocado al querer derribarla? Nada de eso: al final resultó que el Gran Mago quiso simplemente hacer una pequeña demostración de sus poderes, haciendo caer ese montón de piedras con una sola mano, hazaña que como es natural fue tema de loas y ditirambos por parte del pregonero encargado de popularizar el asunto.

(continuará)

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