Odio
Un restaurante, para ganarse clientela, tiene que lucir impecable. Manteles blancos, recién planchados. Flores frescas en la mesa. Cubertería bien lavada, reluciente. El camarero tiene que acercase a la mesa - aunque esté muerto de sueño, de dolor, de rabia - con formalidad y corrección, sonriente, servicial. Todo eso supone trabajo. Trabajo de lavandería, de cocina, de repostería, de limpieza, de atención al cliente, de autocontención. Sincronización, coordinación, eficiencia. Gente que se gana a pulso lo poquísimo que se le paga.
En una compañía de televisión, otro tanto. Herculino labor el de tener cada mañana, a primer bostezo, las noticias frescas sobre la mesa, la animadora sonrisa, la agenda de entrevistas y de variedades, y coordinarlo todo para que no se note el estrés, el nerviosismo, la angustia por el invitado que no aparece, la necesaria improvisación, las múltiples y traicioneras incertidumbres del oficio. Perder kilos en sudor para que todo parezca relajado, cordial, informal, planificado. Para que luego salga en pantalla… esto.

Me dirán que no es fiel representación de la cadena que salió en Ecuavisa esta mañana, cortesía del gobierno. No tengo capacidad de captación de imágenes de la tele, así que he tenido que recurrir a la hipóstasis. Creo que todo lector, sin embargo, reconocerá la fidelidad de la traducción. Uno se está matando por ganarse al televidente con un programa ameno e informativo, y de repente viene el antiguo matón de la escuela, el que interrumpía todos los juegos, ahora convertido en Geheime Staatspolizei de la Revolución. “Emitan esto. Ordenes del Führer” (con risotada de eunuco). El contenido no nos tiene que preocupar: al dueño de la cafetería, desde luego, poco le importa qué es lo que comió anoche aquel criminal uniformado para que sus heces estén de ese preciso color teñidas; la cuestión es que tiene que quedarse a un lado, so pena de arresto, viendo como a su primer cliente de la mañana, apreciado y a duras penas ganado, esa inmundicia le es servida a guisa de desayuno. La verdad es que ni caso le hice, escuchando desde la ducha la familiar y amenazadora musiquilla, y asomando la cabeza después a tiempo para ver el atropellado evacúo de imágenes de Vera, de Ortiz, tal vez de Palacio, de una portada cualquier de El Universo, con banda sonora pretendidamente burlona, algo sobre mentiras. Ellos sabrán qué trastorno, qué complejo, qué oscuro resentimiento o infantil sed de venganza les impulsa a cagarse en nuestras frágiles momentos de desperece mañanero, esos preciados instantes en que nos armamos de valor y de optimismo para salir a ganarnos de nuevo el magro sueldo de la jornada. Lo que sí hace pensar, o preguntarse, vale la pena comentarlo en detalle.
En estos momentos, Correa lleva sobre su rival más cercano en las encuestas una ventaja de unos cuarenta puntos, poco más o menos. No me consta que en país democrático alguno unas encuestas así, a esta distancia de los comicios, hayan permitido una victoria sorpresa de la oposición. Correa tiene su reelección garantizada. Además, y creo que él mismo lo sabe, sería capaz de aumentar aun más su ventaja, tal vez de manera notable, con una simple estrategia, bastante fácil de implementar: ser comprensivo, conciliador, magnánimo. Ser el gran estadista que escucha con seriedad todos los puntos de vista, y que reflexiona antes de hablar. Ser el constructor de puentes, el diplomático, el alma superior, lleno de imperturbable tranquilidad, que reserva para el más burdo de sus oponentes el más sútil de sus ironías, el que a los apasionados exabruptos opone, impertérrito, una sosegada racionalidad. De hecho, una imagen así ha sido su aparente objetivo desde tiempo atrás. Que no haya funcionado hasta ahora sólo puede ser fruto de la terquedad con que ha despreciado al papel de los asesores. Haciéndoles caso, hasta Margaret Thatcher aprendió a hablar algo parecido al inglés.
En este caso, sin embargo, es evidente que las ventajas objetivas de la moderación y la calma han sido despreciadas. ¿Por qué, de dónde ese extraño hubris? ¿Qué les puede preocupar a toda esa gente, que tiene la victoria aplastante, y por tanto su futuro personal, sus aviones y sus chefs, asegurada?
Me acuerdo de una escena de ese libro tan esencial y tantas veces mencionado, 1984. Orwell describe como unos opositores al gobierno totalitario de Oceania, creo que eran tres, se reunían en un bar de mala muerte para tomar ginebra e intentar olvidar su infortunio. Tenían amenazas permanentes pendiendo sobre sus cabezas; sabían, o intuían, que no vivirían mucho tiempo. Y en ésas, sale una canción burlona en la radio, dedicada a ellos, una canción que Orwell describe como amarilla. La ferocidad de la burla, tratándose de personas sin ninguna influencia, irrelevantes para el poder y condenados a una muerte segura, sorprende en el relato.
¿Hay que pensar que la visión de la integridad ajena, a prueba de tantos tormentos, siempre provoca en quien no la tiene esa especie de furia incontrolable?
¿O se trata de que, cuando uno no tiene oposición, una extraña ley de la naturaleza le obliga a desdoblarse y ser su propia oposición, enlodando al máximo su propia imagen?
¿Hasta dónde el aguante del sufrido espectador?
Sostiene Pereira… no, hoy no me toca hacer de profeta. Vean la película.
Pero sí me atrevo a vaticinar que el gobierno no hará nada en el caso de las amenazas a Palacio y a su familia. Amenazar y luego preocuparse hipócritamente por ello: ninguna esquizofrenia, ni la de esta gente, llega a tanto.
Más odio, simplemente. Acostumbrémonos.
En una compañía de televisión, otro tanto. Herculino labor el de tener cada mañana, a primer bostezo, las noticias frescas sobre la mesa, la animadora sonrisa, la agenda de entrevistas y de variedades, y coordinarlo todo para que no se note el estrés, el nerviosismo, la angustia por el invitado que no aparece, la necesaria improvisación, las múltiples y traicioneras incertidumbres del oficio. Perder kilos en sudor para que todo parezca relajado, cordial, informal, planificado. Para que luego salga en pantalla… esto.

Me dirán que no es fiel representación de la cadena que salió en Ecuavisa esta mañana, cortesía del gobierno. No tengo capacidad de captación de imágenes de la tele, así que he tenido que recurrir a la hipóstasis. Creo que todo lector, sin embargo, reconocerá la fidelidad de la traducción. Uno se está matando por ganarse al televidente con un programa ameno e informativo, y de repente viene el antiguo matón de la escuela, el que interrumpía todos los juegos, ahora convertido en Geheime Staatspolizei de la Revolución. “Emitan esto. Ordenes del Führer” (con risotada de eunuco). El contenido no nos tiene que preocupar: al dueño de la cafetería, desde luego, poco le importa qué es lo que comió anoche aquel criminal uniformado para que sus heces estén de ese preciso color teñidas; la cuestión es que tiene que quedarse a un lado, so pena de arresto, viendo como a su primer cliente de la mañana, apreciado y a duras penas ganado, esa inmundicia le es servida a guisa de desayuno. La verdad es que ni caso le hice, escuchando desde la ducha la familiar y amenazadora musiquilla, y asomando la cabeza después a tiempo para ver el atropellado evacúo de imágenes de Vera, de Ortiz, tal vez de Palacio, de una portada cualquier de El Universo, con banda sonora pretendidamente burlona, algo sobre mentiras. Ellos sabrán qué trastorno, qué complejo, qué oscuro resentimiento o infantil sed de venganza les impulsa a cagarse en nuestras frágiles momentos de desperece mañanero, esos preciados instantes en que nos armamos de valor y de optimismo para salir a ganarnos de nuevo el magro sueldo de la jornada. Lo que sí hace pensar, o preguntarse, vale la pena comentarlo en detalle.
En estos momentos, Correa lleva sobre su rival más cercano en las encuestas una ventaja de unos cuarenta puntos, poco más o menos. No me consta que en país democrático alguno unas encuestas así, a esta distancia de los comicios, hayan permitido una victoria sorpresa de la oposición. Correa tiene su reelección garantizada. Además, y creo que él mismo lo sabe, sería capaz de aumentar aun más su ventaja, tal vez de manera notable, con una simple estrategia, bastante fácil de implementar: ser comprensivo, conciliador, magnánimo. Ser el gran estadista que escucha con seriedad todos los puntos de vista, y que reflexiona antes de hablar. Ser el constructor de puentes, el diplomático, el alma superior, lleno de imperturbable tranquilidad, que reserva para el más burdo de sus oponentes el más sútil de sus ironías, el que a los apasionados exabruptos opone, impertérrito, una sosegada racionalidad. De hecho, una imagen así ha sido su aparente objetivo desde tiempo atrás. Que no haya funcionado hasta ahora sólo puede ser fruto de la terquedad con que ha despreciado al papel de los asesores. Haciéndoles caso, hasta Margaret Thatcher aprendió a hablar algo parecido al inglés.
En este caso, sin embargo, es evidente que las ventajas objetivas de la moderación y la calma han sido despreciadas. ¿Por qué, de dónde ese extraño hubris? ¿Qué les puede preocupar a toda esa gente, que tiene la victoria aplastante, y por tanto su futuro personal, sus aviones y sus chefs, asegurada?
Me acuerdo de una escena de ese libro tan esencial y tantas veces mencionado, 1984. Orwell describe como unos opositores al gobierno totalitario de Oceania, creo que eran tres, se reunían en un bar de mala muerte para tomar ginebra e intentar olvidar su infortunio. Tenían amenazas permanentes pendiendo sobre sus cabezas; sabían, o intuían, que no vivirían mucho tiempo. Y en ésas, sale una canción burlona en la radio, dedicada a ellos, una canción que Orwell describe como amarilla. La ferocidad de la burla, tratándose de personas sin ninguna influencia, irrelevantes para el poder y condenados a una muerte segura, sorprende en el relato.
¿Hay que pensar que la visión de la integridad ajena, a prueba de tantos tormentos, siempre provoca en quien no la tiene esa especie de furia incontrolable?
¿O se trata de que, cuando uno no tiene oposición, una extraña ley de la naturaleza le obliga a desdoblarse y ser su propia oposición, enlodando al máximo su propia imagen?
¿Hasta dónde el aguante del sufrido espectador?
Sostiene Pereira… no, hoy no me toca hacer de profeta. Vean la película.
Pero sí me atrevo a vaticinar que el gobierno no hará nada en el caso de las amenazas a Palacio y a su familia. Amenazar y luego preocuparse hipócritamente por ello: ninguna esquizofrenia, ni la de esta gente, llega a tanto.
Más odio, simplemente. Acostumbrémonos.
Y TANTA PALABRERIA BARATA PARA SEGUIR CON EL TRAUMA CON EL FEO ESE DE CORREA.
ReplyDeleteTODAS USTEDES SON PAGADAS POR EL LUCIO Y EL NEBOT.
REPITEN LA MISMA HUEVADILLA COMO LAS SUFRIDORAS ASALARIADAS QUE SON.
LA ENDIVIA , CUYA MUJER LO MANTIENE CON LOS CONTACTOS CHUECOS DE AQUELLO QUE NO QUIEREN QUE CAMBIE, SABE DE TODO ESTO Y SABE QUE TAMBIEN LE QUIREN DAR UN REGALITO....AQUELLOS QUE LE DAN DE COMER!!!!!!!! MIRA TU ,QUE COSA!!
YO POR MI PARTE....SEGUIRE EN MI CAMPANIA POR MI ALVARITO, SIEMPRE APOYARE A QUIENES SON DE MI GRUPO!!!!
YA SALGAN DEL CLOSET!!!!!
ALAVARITO, ALVARITO, JUAS JUAS JUAS!!!!
LOLA CIENFUEGOS
QUE PUEDO COMENTAR Y DECIR AL RESPECTO?? SIMPLEMENTE MAGISTRAL Y BRILLANTE, COMO ES TU COSTUMBRE QUERIDO ENDIVIO, Y NO TE SUELTO MÁS ELOGIOS SO PENA DE SONAR CURSI O LAMBISCÓN. QUE DECIR DE LA POBRE LOLA?? UNA BESTIA COMPLETA, SIMPLE Y SENCILLAMENTE, SIN EUFEMISMOS NI DIPLOMACIA. SALUDOS.
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