La Entrevista
Fue una amiga de mi mujer quien nos pasó el dato de que había una empresa que buscaba personal y que el hablar inglés entraba en el perfil. Sin albergar demasiadas esperanzas de que el empleo fuera otra cosa que una burda estafa, decidí probar suerte.
El local se situaba en el edificio colindante al supermercado Santa Isabel. Me presenté, y me informaron los guardias en la puerta que sí, efectivamente, buscaban personal, pero que tendría que volver mañana para hablar con el supervisor, un tal Sr Enrique. Así se hizo. Un joven con terno, dicharachero y con un buen inglés, se identificó como el tal Enrique. Me entrevistó brevemente sobre mi historial y mis aptitudes. Satisfecho a estos respectos, y todavía lacónico en lo concerniente a la actividad principal de la empresa, me invitó a pasar a la Sala Principal.
Esa sala resultó ser uno de esas “cubicle farms” típicas de las empresas de televenta norteamericanas. Sin embargo, no tardé en observar que aquí había algo diferente. Un olor familiar, cochambroso, que no supe identificar en ese momento, invadía el entorno, y se escuchaba una especie de constante murmullo que bien podría ser el ronroneo de una campaña de márketing por teléfono, si no fuera por la naturaleza de ese continuo gemido, que recordaba más bien una enfermería de guerra, lleno de heridos haciéndose los valientes. Y más extraño aun: en vez de teléfono, cada empleado estaba sentado, mejor dicho repantigado, delante de un monitor sobre el que se proyectaba una serie de imágenes de señoritas en paños menores. El supervisor observó mi reacción y sonrió. “Me imaginaba que le gustaría,” me dijo con urbanidad. “Para mucha gente, esto sería el trabajo perfecto: pasarse el día viendo porno. Imagínese. Y cobrando por ello.”
“Sobre eso justo quería hablar,” le respondí, intentando recuperar la calma y la objetividad. “¿Cuánto se paga exactamente?”
“Buenooo… eso depende. Al principio, no mucho, pero hay muchas posibilidades de ascenso, con el tiempo. Y las comisiones son buenas, muy buenas.”
“Y ¿en base a qué se paga comisión? ¿Estamos vendiendo algo?”
“Je, no exactamente. Mire, le presento a uno de nuestros mejores trabajadores. Iván.”
Le estreché la mano a ese tal Iván, un joven delgaducho con barba cuantiosa estilo Karl Marx. El apretón me dejó con cierta sensación de asco, pues el tipo tenía la bragueta abierta y la mano cubierta de semen. Furtivamente, me sequé la mano en el forrado de mi chaqueta (sólo la uso para entrevistas).
“Observa,” me dijo Enrique.
El tal Iván pulsó un par de teclas, y la imagen de la pantalla cambió: donde antes había una fotografía de un perro San Bernardo sobre un fondo de montañas cubiertas de nieve, ahora salía un diagrama de un avión militar de reconocimiento de los años 70. Creo que era un Vulcan.
El joven Iván miró fijamente la imagen, y al cabo de unos segundos empezó a jadear. Se puso a masturbarse con un ritmo creciente. Al final emitió un pequeño lloriqueo. De la punta de su pene salió, con evidente dificultad, provocando un par de gritos sofocados, un juguete de plástico, de unos cuatro centímetros de largo, que representaba la figura de Batman sobre una motocicleta. A este Batman le faltaba un brazo.
El supervisor lo miró con cara de leve decepción. “Bueno, Iván, no podemos tener suerte todos los días, ¿verdad?” le dijo, dándole una palmada en la espalda. Cogió, con su mano enguantada, el Batman y lo botó en la papelera que el trabajador tenía a su lado. Noté que en esta papelera había una colección de objetos de lo más dispar. Casi todos eran de plástico y tenían algún que otro desperfecto. También había mucho, mucho papel higiénico.
Después se dirigió a mí. “La cuestión, Señor Roquefort, es intentar que del acto masturbatorio salga algún producto vendible, algo comercial. En esto tenemos actualmente a unas cincuenta personas. Si usted se une a nosotros, podremos negociar para usted un porcentaje bastante generoso del valor que recuperaremos de la venta de todos sus productos comerciales, sean cuales sean. ¿Qué le parece?”
Me rasqué la cabeza. “Bueno, la verdad es que llevo muchos años masturbándome y a mí nunca me ha salido otra cosa que no sea semen. Así que…”
“Ya, ya, eso es lo que dicen todos al principio. No se preocupe, es normal. A uno de nuestros trabajadores el otro día le salió un candelabro de bronce. Ése mismo, cuando vino aquí dijo lo mismo que usted acaba de decirme, y mira, ahora un candelabro nada menos que de bronce macizo. Lástima que todos los brazos del candelabro apuntaban abajo, si no, ese hombre se habría ganado una buena tajada. Imagínese. A pro… a propósito, no cubrimos los gastos de hospitalización.”
La momentánea pausa en esta última frase se debió a que un elefante de felpa de color gris, de unos seis centímetros, acababa de salir disparado desde un cubículo cercano, al tiempo que se escuchó un “aaah” que parecía mezcla de alivio y de frustración. Al elefante le salía la trompa en el extremo equivocado: aparte de eso, era un elefante de felpa muy respetable.
“Y ¿qué es lo que les hace pensar que haciéndose una paja alguien puede sacar algo comercial?” pregunté, mientras el otro recogía el elefante culitrompudo del piso y lo remiró con cara de nostalgia.
“¿Usted ha visto las películas de Star Wars?”
“La verdad es que no. Es una cuenta que tengo pendiente….”
“Véanlas. Esas películas han generado millones en taquilla, y si las ves, reconocerás que son pura fantasía masturbatoria. Pero no vayamos tan lejos. El reguetón. La música popular en general. El Internet. Los I-Pods. El Hyundai Terracan. Háiku Músical. Estamos rodeados de objetos que son producto de una feliz sesión de pelar anguila. Miren la Constitución, la que salió de Montecristi. Ciento cincuenta personas que simplemente se sentaban delante de la foto del Presidente cada día y le daban al mono de manera implacable, hasta llenar cuatrocientas cuarenta y cuatro páginas. Y algunos dicen que esta Constitución -”
El discurso fue interrumpido, de nuevo, por un grito sofocado. A continuación, un volcán de ratas muertas, pescados y alacranes irrumpió desde el fondo de la sala y cayó en lluvia sobre nuestras cabezas.
“Ya sé, ya sé,” le contesté, sacando una tilapia medio podrida del bolsillo pechero de mi chaqueta, mientras el otro husmeó un bacalao con cara contrariada. “Algunos dicen que esta constitución es la mejor de todas. Sin embargo, creo sinceramente que yo – “
“¡La ballena! ¡La ballena!”
De repente, todo el mundo se levantó, y empezó una estampida atropellada hacia la puerta de salida, algunos con el pantalón todavía en los tobillos. Enrique me miró con expresión de espanto.
“Ha venido de nuevo la ballena. No podemos hablar más. Tenemos que salir. A lo mejor, dentro de unos días… Vamos, no hay tiempo que perder.”
Me agarró de la manga y me empujó hacia la puerta. En las ventanas del otro lado de la sala, que daban al aparcamiento del supermercado Santa Isabel, entraba cada vez menos luz. Tuve tiempo de ver como se le acercó, lenta y silenciosamente, una inmensa ballena que flotaba en el aire a varios metros del suelo, oscureciendo la sala por completo. En un instante estábamos en el pasillo.
“Deje sus datos con la secretaria. O mejor dicho…”
No quedaba nadie más en el edificio.
“Mejor dicho, vámonos. Un gusto conocerle.”
Salí al aparcamiento y subí al carro.
“¿Cómo te fue la entrevista?” me preguntó mi esposa.
“No demasiado bien. Fuimos interrumpidos por una ballena aérea.”
“Ah, la ballena aquélla. Ya la vi. Qué mala suerte. Pero mira, pronto te saldrá otra cosa.”
En la avenida Juan Tanca Marengo, me quedé pensando en lo que había visto en esas papeleras al lado de los cubículos. Recordé, en especial, una cámara fotográfica que en el lugar del objetivo, tenía una cereza confitada.
“Belleza,” pensé. “Belleza, y sólo belleza.”
(nota: escribí esto hace algún tiempo. La relevancia que ha vuelto a cobrar en mi vida me impulsó a postearlo aquí.)
El local se situaba en el edificio colindante al supermercado Santa Isabel. Me presenté, y me informaron los guardias en la puerta que sí, efectivamente, buscaban personal, pero que tendría que volver mañana para hablar con el supervisor, un tal Sr Enrique. Así se hizo. Un joven con terno, dicharachero y con un buen inglés, se identificó como el tal Enrique. Me entrevistó brevemente sobre mi historial y mis aptitudes. Satisfecho a estos respectos, y todavía lacónico en lo concerniente a la actividad principal de la empresa, me invitó a pasar a la Sala Principal.
Esa sala resultó ser uno de esas “cubicle farms” típicas de las empresas de televenta norteamericanas. Sin embargo, no tardé en observar que aquí había algo diferente. Un olor familiar, cochambroso, que no supe identificar en ese momento, invadía el entorno, y se escuchaba una especie de constante murmullo que bien podría ser el ronroneo de una campaña de márketing por teléfono, si no fuera por la naturaleza de ese continuo gemido, que recordaba más bien una enfermería de guerra, lleno de heridos haciéndose los valientes. Y más extraño aun: en vez de teléfono, cada empleado estaba sentado, mejor dicho repantigado, delante de un monitor sobre el que se proyectaba una serie de imágenes de señoritas en paños menores. El supervisor observó mi reacción y sonrió. “Me imaginaba que le gustaría,” me dijo con urbanidad. “Para mucha gente, esto sería el trabajo perfecto: pasarse el día viendo porno. Imagínese. Y cobrando por ello.”
“Sobre eso justo quería hablar,” le respondí, intentando recuperar la calma y la objetividad. “¿Cuánto se paga exactamente?”
“Buenooo… eso depende. Al principio, no mucho, pero hay muchas posibilidades de ascenso, con el tiempo. Y las comisiones son buenas, muy buenas.”
“Y ¿en base a qué se paga comisión? ¿Estamos vendiendo algo?”
“Je, no exactamente. Mire, le presento a uno de nuestros mejores trabajadores. Iván.”
Le estreché la mano a ese tal Iván, un joven delgaducho con barba cuantiosa estilo Karl Marx. El apretón me dejó con cierta sensación de asco, pues el tipo tenía la bragueta abierta y la mano cubierta de semen. Furtivamente, me sequé la mano en el forrado de mi chaqueta (sólo la uso para entrevistas).
“Observa,” me dijo Enrique.
El tal Iván pulsó un par de teclas, y la imagen de la pantalla cambió: donde antes había una fotografía de un perro San Bernardo sobre un fondo de montañas cubiertas de nieve, ahora salía un diagrama de un avión militar de reconocimiento de los años 70. Creo que era un Vulcan.
El joven Iván miró fijamente la imagen, y al cabo de unos segundos empezó a jadear. Se puso a masturbarse con un ritmo creciente. Al final emitió un pequeño lloriqueo. De la punta de su pene salió, con evidente dificultad, provocando un par de gritos sofocados, un juguete de plástico, de unos cuatro centímetros de largo, que representaba la figura de Batman sobre una motocicleta. A este Batman le faltaba un brazo.
El supervisor lo miró con cara de leve decepción. “Bueno, Iván, no podemos tener suerte todos los días, ¿verdad?” le dijo, dándole una palmada en la espalda. Cogió, con su mano enguantada, el Batman y lo botó en la papelera que el trabajador tenía a su lado. Noté que en esta papelera había una colección de objetos de lo más dispar. Casi todos eran de plástico y tenían algún que otro desperfecto. También había mucho, mucho papel higiénico.
Después se dirigió a mí. “La cuestión, Señor Roquefort, es intentar que del acto masturbatorio salga algún producto vendible, algo comercial. En esto tenemos actualmente a unas cincuenta personas. Si usted se une a nosotros, podremos negociar para usted un porcentaje bastante generoso del valor que recuperaremos de la venta de todos sus productos comerciales, sean cuales sean. ¿Qué le parece?”
Me rasqué la cabeza. “Bueno, la verdad es que llevo muchos años masturbándome y a mí nunca me ha salido otra cosa que no sea semen. Así que…”
“Ya, ya, eso es lo que dicen todos al principio. No se preocupe, es normal. A uno de nuestros trabajadores el otro día le salió un candelabro de bronce. Ése mismo, cuando vino aquí dijo lo mismo que usted acaba de decirme, y mira, ahora un candelabro nada menos que de bronce macizo. Lástima que todos los brazos del candelabro apuntaban abajo, si no, ese hombre se habría ganado una buena tajada. Imagínese. A pro… a propósito, no cubrimos los gastos de hospitalización.”
La momentánea pausa en esta última frase se debió a que un elefante de felpa de color gris, de unos seis centímetros, acababa de salir disparado desde un cubículo cercano, al tiempo que se escuchó un “aaah” que parecía mezcla de alivio y de frustración. Al elefante le salía la trompa en el extremo equivocado: aparte de eso, era un elefante de felpa muy respetable.
“Y ¿qué es lo que les hace pensar que haciéndose una paja alguien puede sacar algo comercial?” pregunté, mientras el otro recogía el elefante culitrompudo del piso y lo remiró con cara de nostalgia.
“¿Usted ha visto las películas de Star Wars?”
“La verdad es que no. Es una cuenta que tengo pendiente….”
“Véanlas. Esas películas han generado millones en taquilla, y si las ves, reconocerás que son pura fantasía masturbatoria. Pero no vayamos tan lejos. El reguetón. La música popular en general. El Internet. Los I-Pods. El Hyundai Terracan. Háiku Músical. Estamos rodeados de objetos que son producto de una feliz sesión de pelar anguila. Miren la Constitución, la que salió de Montecristi. Ciento cincuenta personas que simplemente se sentaban delante de la foto del Presidente cada día y le daban al mono de manera implacable, hasta llenar cuatrocientas cuarenta y cuatro páginas. Y algunos dicen que esta Constitución -”
El discurso fue interrumpido, de nuevo, por un grito sofocado. A continuación, un volcán de ratas muertas, pescados y alacranes irrumpió desde el fondo de la sala y cayó en lluvia sobre nuestras cabezas.
“Ya sé, ya sé,” le contesté, sacando una tilapia medio podrida del bolsillo pechero de mi chaqueta, mientras el otro husmeó un bacalao con cara contrariada. “Algunos dicen que esta constitución es la mejor de todas. Sin embargo, creo sinceramente que yo – “
“¡La ballena! ¡La ballena!”
De repente, todo el mundo se levantó, y empezó una estampida atropellada hacia la puerta de salida, algunos con el pantalón todavía en los tobillos. Enrique me miró con expresión de espanto.
“Ha venido de nuevo la ballena. No podemos hablar más. Tenemos que salir. A lo mejor, dentro de unos días… Vamos, no hay tiempo que perder.”
Me agarró de la manga y me empujó hacia la puerta. En las ventanas del otro lado de la sala, que daban al aparcamiento del supermercado Santa Isabel, entraba cada vez menos luz. Tuve tiempo de ver como se le acercó, lenta y silenciosamente, una inmensa ballena que flotaba en el aire a varios metros del suelo, oscureciendo la sala por completo. En un instante estábamos en el pasillo.
“Deje sus datos con la secretaria. O mejor dicho…”
No quedaba nadie más en el edificio.
“Mejor dicho, vámonos. Un gusto conocerle.”
Salí al aparcamiento y subí al carro.
“¿Cómo te fue la entrevista?” me preguntó mi esposa.
“No demasiado bien. Fuimos interrumpidos por una ballena aérea.”
“Ah, la ballena aquélla. Ya la vi. Qué mala suerte. Pero mira, pronto te saldrá otra cosa.”
En la avenida Juan Tanca Marengo, me quedé pensando en lo que había visto en esas papeleras al lado de los cubículos. Recordé, en especial, una cámara fotográfica que en el lugar del objetivo, tenía una cereza confitada.
“Belleza,” pensé. “Belleza, y sólo belleza.”
(nota: escribí esto hace algún tiempo. La relevancia que ha vuelto a cobrar en mi vida me impulsó a postearlo aquí.)
Se nota que en Durán se consume Marihuana de la efectiva.
ReplyDeleteExcelente post.