Darles por el nulo
Don Sufragio Benavídes Loor, a pesar de su origen manabita, llevaba más de quince años residiendo en una modesta casucha en el Guasmo Sur de Guayaquil. Durante ese tiempo, se había hecho muy querido en la vecindad, por su infatigable vocación de servicio. Cualquier habitante del barrio sabía que si tenía un problema, podía acudir a él para que, en la medida de sus modestas posibilidades, le echara una mano.
De su remoto pasado poco se sabía; eso sí, de su paso por el ejército (¿o sería por la policía, por sus frecuentes denuncias de esta institución?) quedaba algún recuerdo visible, como esa pierna coja que a decir suyo llevaba enterrada un cuarto de kilo de metralla; y también, el arma de servicio, una potente automática, que él conservaba cual reliquia religiosa, en algún rincón de su guarida. Los vecinos nunca lo habían visto usarla, pero un par de veces la había sacado y había disparado al aire para espantar a algún maleante que había querido traspasar a la fuerza el portal de su casa.
Últimamente, empero, maleantes era lo que menos faltaba en ese barrio. Los chiquillos que él había visto prácticamente en pañales, ahora imberbes adolescentes vestidos de lujosas prendas de marca y aquejados de acné, paseaban en pequeñas hordas delante de su casa, con sendas botellas de cerveza en la mano, soltando palabrotas y carcajadas de un modo aspaventoso como queriendo impresionar a sus compinches, fumando de una manera ostentosa como si fumar fuera un acto de desafío al Todopoderoso, y al parecer, buscando diabluras listas por cometer. Poco a poco, el barrio se llenó de grafitis, de basura, de botellas rotas, de cigarrillos reventados, de pequeñas hojitas de papel aluminio. Al final, el conductor del camión que traía el agua a domicilio se negó a entrar en ese barrio, alegando que corría demasiado peligro. Esos chiquillos, al parecer, ahora se habían organizado en grupillos, que ellos decían pandillas, con nombres como “Los Correa Kings”, “Los Priañetas”, “Los Narizotas”: hasta había una agrupación femenina, “Las Majaderas”. Entre ellos, con regularidad se armaban disturbios y reyertas; era mejor, a decir de los vecinos, cuando un Correa King se encontraba con un Priañeta, quedarse en casa y cerrar puertas y ventanas.
Un día, Don Sufragio recibió una visita inesperada. Era un adolescente alto, corpulento, insólitamente bien vestido, que anunció sin rodeos que él era el jefe de los Correa Kings, y que necesitaba el uso de la pistola del Sr. Benavídes. “Es para prestarlo nomás,” dijo, “El día después, se la devuelvo sin problemas”.
“¿El día después de qué?” preguntó Don Sufragio, observando con algo de recelo los casi imperceptibles intentos del muchacho de traspasar el portal del patio y adentrarse en su casa.
El joven se rascó la barbilla, pareció dudar un instante, y luego emitió una risa corta, poco sincera y algo amanerada. “Buenooo,” dijo, “mejor que no entremos en detalles. Digamos que ha llegado el momento de limpiar el barrio, ya de buena manera. Los Correa Kings somos ahora los dueños del barrio, pero quedan algunitos manes indeseables que tanto a usted como a mí nos pueden seguir molestando si no hacemos algo al respecto…”
“¿Así que dueños del barrio, eh?” dijo Don Sufragio. “¿Eso quiere decir que toda esta basura que hay en la calle, es de ustedes?”
“No, la basura no. Eso es culpa de ellos. Los Priañetas y toda esa gentuza. Por eso le pedimos su… colaboración. Sabemos que usted quiere vivir en paz y sin problemas.”
“Es decir que si no le presto mi arma, ¿tendré problemas?”
“Nosotros recordamos quiénes son nuestros amigos… y quiénes no,” respondió el joven escuetamente, sin perder la sonrisa. “Vamos, viejo. Sabemos que tiene una arma de las buenas.”
Don Sufragio se quedó pensando un instante. Luego, con firmeza, impulsó al joven hacia atrás y le cerró la verja. “Lo siento, pero llega tarde,” le dijo. “Anoche alguien entró en mi casa y me robó. Ahora esa arma que tanto le interesa, otro la tiene. Me imagino que si no fue alguno de los suyos, estará en manos de sus enemigos.” Y sin esperar a escuchar más, se adentró en su casa.
El día siguiente, como era de esperar, no tardaron en visitarle representantes de las demás pandillas, con la misma exigencia. “Necesitamos esa arma, viejo inútil,” decían, “sabemos que la tiene ahí dentro, merdoso. No nos hagan perder la tranquilidad.” A lo que recibieron idéntica respuesta. “Ya no la tengo. Me robaron. Busque por alguna otra casa.”
Y como también era de esperar, el domingo siguiente, por la noche, se armó la de Dios es Cristo en la calle central del barrio. El saldo, según los telediarios, era de varios heridos de gravedad y una larga lista de detenciones.
A los pocos días, el número de casas del barrio desfiguradas con pintadas de los Kings se había disparado. “El barrio,” según la vieja de la panadería con quien el bueno de Sufragio a veces intercambiaba chismes, “parece que ya es de ellos, de los Quins. Ellos ganaron ese domingo. Los otros, los Ñetas, o se han marchado o han cambiado de bando. Mi hija, que antes era de los Narizotas, ahora es Quin también.”
Un muchacho de unos quince años cruzó la calle detrás de ellos. A medio camino encontró a Don Jaime, viejo jubilado que por alguna dolencia de los pies iba a todos lados con muletas. El joven, pasando a su lado, le dio una repentina patada a una de las muletas, que se fue volando a varios metros de distancia. El viejo Jaime, con un sofocado grito, se cayó al suelo. El muchacho le escupió y luego se fue riéndose a carcajadas. Don Sufragio y Doña María contemplaron en silencio.
“Sabe,” dijo lentamente Don Sufragio, “todos ellos querían prestar mi arma, antes de la batalla campal con los Ñetas. Hasta los otros lo pidieron también.”
“Qué horror. Espero que no se la dio a nadie.”
“Claro que no. Mi única arma, jamás los pondría en manos de quién no la sabe usar y que probablemente sólo piense en robármela.”
“Claro, claro…” dijo la panadera distraída, mientras el otro se disponía a ir a socorrer a aquel desafortunado jubilado. “A propósito, pronto tenemos elecciones. ¿Por quién piensa usted votar?”
“Creo, María, que se lo acabo de decir.”
(a propósito de esto.)
De su remoto pasado poco se sabía; eso sí, de su paso por el ejército (¿o sería por la policía, por sus frecuentes denuncias de esta institución?) quedaba algún recuerdo visible, como esa pierna coja que a decir suyo llevaba enterrada un cuarto de kilo de metralla; y también, el arma de servicio, una potente automática, que él conservaba cual reliquia religiosa, en algún rincón de su guarida. Los vecinos nunca lo habían visto usarla, pero un par de veces la había sacado y había disparado al aire para espantar a algún maleante que había querido traspasar a la fuerza el portal de su casa.
Últimamente, empero, maleantes era lo que menos faltaba en ese barrio. Los chiquillos que él había visto prácticamente en pañales, ahora imberbes adolescentes vestidos de lujosas prendas de marca y aquejados de acné, paseaban en pequeñas hordas delante de su casa, con sendas botellas de cerveza en la mano, soltando palabrotas y carcajadas de un modo aspaventoso como queriendo impresionar a sus compinches, fumando de una manera ostentosa como si fumar fuera un acto de desafío al Todopoderoso, y al parecer, buscando diabluras listas por cometer. Poco a poco, el barrio se llenó de grafitis, de basura, de botellas rotas, de cigarrillos reventados, de pequeñas hojitas de papel aluminio. Al final, el conductor del camión que traía el agua a domicilio se negó a entrar en ese barrio, alegando que corría demasiado peligro. Esos chiquillos, al parecer, ahora se habían organizado en grupillos, que ellos decían pandillas, con nombres como “Los Correa Kings”, “Los Priañetas”, “Los Narizotas”: hasta había una agrupación femenina, “Las Majaderas”. Entre ellos, con regularidad se armaban disturbios y reyertas; era mejor, a decir de los vecinos, cuando un Correa King se encontraba con un Priañeta, quedarse en casa y cerrar puertas y ventanas.
Un día, Don Sufragio recibió una visita inesperada. Era un adolescente alto, corpulento, insólitamente bien vestido, que anunció sin rodeos que él era el jefe de los Correa Kings, y que necesitaba el uso de la pistola del Sr. Benavídes. “Es para prestarlo nomás,” dijo, “El día después, se la devuelvo sin problemas”.
“¿El día después de qué?” preguntó Don Sufragio, observando con algo de recelo los casi imperceptibles intentos del muchacho de traspasar el portal del patio y adentrarse en su casa.
El joven se rascó la barbilla, pareció dudar un instante, y luego emitió una risa corta, poco sincera y algo amanerada. “Buenooo,” dijo, “mejor que no entremos en detalles. Digamos que ha llegado el momento de limpiar el barrio, ya de buena manera. Los Correa Kings somos ahora los dueños del barrio, pero quedan algunitos manes indeseables que tanto a usted como a mí nos pueden seguir molestando si no hacemos algo al respecto…”
“¿Así que dueños del barrio, eh?” dijo Don Sufragio. “¿Eso quiere decir que toda esta basura que hay en la calle, es de ustedes?”
“No, la basura no. Eso es culpa de ellos. Los Priañetas y toda esa gentuza. Por eso le pedimos su… colaboración. Sabemos que usted quiere vivir en paz y sin problemas.”
“Es decir que si no le presto mi arma, ¿tendré problemas?”
“Nosotros recordamos quiénes son nuestros amigos… y quiénes no,” respondió el joven escuetamente, sin perder la sonrisa. “Vamos, viejo. Sabemos que tiene una arma de las buenas.”
Don Sufragio se quedó pensando un instante. Luego, con firmeza, impulsó al joven hacia atrás y le cerró la verja. “Lo siento, pero llega tarde,” le dijo. “Anoche alguien entró en mi casa y me robó. Ahora esa arma que tanto le interesa, otro la tiene. Me imagino que si no fue alguno de los suyos, estará en manos de sus enemigos.” Y sin esperar a escuchar más, se adentró en su casa.
El día siguiente, como era de esperar, no tardaron en visitarle representantes de las demás pandillas, con la misma exigencia. “Necesitamos esa arma, viejo inútil,” decían, “sabemos que la tiene ahí dentro, merdoso. No nos hagan perder la tranquilidad.” A lo que recibieron idéntica respuesta. “Ya no la tengo. Me robaron. Busque por alguna otra casa.”
Y como también era de esperar, el domingo siguiente, por la noche, se armó la de Dios es Cristo en la calle central del barrio. El saldo, según los telediarios, era de varios heridos de gravedad y una larga lista de detenciones.
A los pocos días, el número de casas del barrio desfiguradas con pintadas de los Kings se había disparado. “El barrio,” según la vieja de la panadería con quien el bueno de Sufragio a veces intercambiaba chismes, “parece que ya es de ellos, de los Quins. Ellos ganaron ese domingo. Los otros, los Ñetas, o se han marchado o han cambiado de bando. Mi hija, que antes era de los Narizotas, ahora es Quin también.”
Un muchacho de unos quince años cruzó la calle detrás de ellos. A medio camino encontró a Don Jaime, viejo jubilado que por alguna dolencia de los pies iba a todos lados con muletas. El joven, pasando a su lado, le dio una repentina patada a una de las muletas, que se fue volando a varios metros de distancia. El viejo Jaime, con un sofocado grito, se cayó al suelo. El muchacho le escupió y luego se fue riéndose a carcajadas. Don Sufragio y Doña María contemplaron en silencio.
“Sabe,” dijo lentamente Don Sufragio, “todos ellos querían prestar mi arma, antes de la batalla campal con los Ñetas. Hasta los otros lo pidieron también.”
“Qué horror. Espero que no se la dio a nadie.”
“Claro que no. Mi única arma, jamás los pondría en manos de quién no la sabe usar y que probablemente sólo piense en robármela.”
“Claro, claro…” dijo la panadera distraída, mientras el otro se disponía a ir a socorrer a aquel desafortunado jubilado. “A propósito, pronto tenemos elecciones. ¿Por quién piensa usted votar?”
“Creo, María, que se lo acabo de decir.”
(a propósito de esto.)
Don Envidio, excelente metáfora, y quisiera pedirle permiso para redistribuir este artículo por correo electrónico.
ReplyDeleteSaludos, y siga así, que gente con su criterio nos hace mucha falta.