Oportunidades laborales (23): Rectora de sadismos parroquiales

Es una fresca y hermosa tarde de invierno en la sierra ecuatoriana. El sol merodea asustadizo cerca de algunas nubes, cual ministra de salud en una feria ecologista. El campo reluce húmedo después de las recientes lluvias, y desde un arbusto cercano, un intrépido cuy asoma con curiosidad su atractiva nariz. Una mariposa escarlata revolotea encima de un arroyo de limpias y cristalinas aguas. Los melodiosos aves festejan con dulce serenata nuestra llegada, y a lo lejos, se escucha el rítmico chillido de un muchacho joven, receptor y beneficiario de pintoresca saña ancestral.

Conforme nos aproximamos a ese idílico pueblo, vemos a la gente corretear hacia aquella plaza central, ansiosa (¿cómo no?) de presenciar el sufrimiento de aquel joven, que empezó un poco más temprano de la hora anunciada, tal vez por alguna equivocación horaria, obligando a la gente a dejar la yuca a medio cocer, o el marido a medio envenenar, o la vecina a medio embrujar, por temor de perder el espectáculo. Y cierto es que dignifica a quien lo vea, ese fascinante ritual de ortigas, de baldes de agua, de cuerdas y parafina y leña. Sobre todo, de carne despellejada y chamuscada, de sonoros gritos y aullidos.

Una vez en esta escena, con un fondo de humo negruzco y enternecedoras súplicas, conseguimos localizar a quien podríamos llamar la maestra de ceremonias, aunque ella dijo preferir su título oficial, que es la de Rectora de Sadismos Parroquiales. En realidad, este personaje es clave en toda ejecución formal de justicia nativa: sin su presencia, no se puede llevar a cabo ningún castigo ejemplar. Su nombre en cada pueblo es distinto, pero su aspecto suele ajustarse a un código muy estricto; en las escenas que trascienden en las noticias, se la puede ver siempre de pie o sentada en primera fila, una vieja de entre treinta y noventa años, de notable corpulencia, algo encorvada, con una desdentada sonrisa psicótica, empuñando una vara u otro regio símbolo de su oficio.

En este caso, la Rectora se llamaba Umuntu Bunuñu, y pudimos charlar personalmente con ella acerca de su fascinante y antiquísimo oficio.

EL BALCÓN PEREGRINO: Gracias, Señora Bunuñu, por concedernos esta entrevista.

UMUNTU BUNUÑU: No hay de qué.

EBP: ¿Desde cuánto tiempo ostenta usted el cargo de Rectora de Sadismos?

UB: Llevo en esto algo más de diez años, gracias a Dios.

EBP: Explique a nuestros lectores cómo una puede llegar a ser Rectora de Sadismos.

UB: No es fácil, desde luego. El oficio está abierto solamente a mujeres, preferentemente de una cierta edad. Cualquier aspirante tiene que poder demostrar como mínimo quince minutos de residencia ininterrumpida en la parroquia, o en su defecto, ostentar artritis en el codo izquierdo. Esto para empezar. Luego se considera la idoneidad para el cargo. Para cumplir como Rectora de Sadismos, evidentemente hay que ser muy sádica.

EBP: ¿Y es usted muy sádica?

UB: Por supuesto. A mí me encanta ver sufrir a la gente… cualquier gente, en realidad. (risotadas) Sobre todo, los jóvenes. También los niños pequeños, pero desafortunadamente hoy en día es difícil torturar a bebés sin que intervenga gente de fuera, gente a la que no queremos ver aquí. Somos una comunidad tradicional.

EBP: Pero el sadismo es algo común entre la gente. ¿Qué más cualidades necesita para ser una buena Rectora?

UB: Evidentemente, el sadismo, o por lo menos el morbo, gracias a Dios, es algo muy corriente, como usted dice. Eso es correcto. Hoy, por ejemplo, ha visto como nadie aquí quiere perder el espectáculo. Pero también habrá notado que la mayoría se quedan viendo con la boca abierta, sin hacer nada, como verdaderos papanatas. El trabajo mío consiste en echarle creatividad al asunto. Tengo que ver cómo se puede arrancar más gritos al reo. Hacerle sufrir más, eso es todo. Para eso, se necesita una verdadera vocación.

EBP: Y el chico de hoy, ¿por qué le estaban castigando? ¿Había robado algo?

UB: No, pues, en este caso no. Se le acusó de no haber presenciado el último castigo que dimos, por falta de interés. Alguien le escuchó decir que no le interesaba ver a ladrones azotados, que prefería ver Los Simpsons. Esto, para nuestra comunidad es una afrenta. Es un insulto. Sí, señor. No se puede tolerar que nadie sea distinto aquí.

EBP: Y ¿a qué se le condenó?

UB: Yo misma, personalmente, por el poder que me confiere el cargo, le condené a ver tres episodios seguidos de El Auto Fantástico. Eso fue ayer. Luego, hoy, lo quemamos un rato. Esta es la parte más divertida para mí. Me encanta quemar gente. Es que da un olor muy rico. Sí, señor. (risas)

EBP: Bueno, creo que con esto alguna de nuestras lectoras tal vez se anime a interesarse por este noble y ancestral oficio que forma parte de nuestra rica herencia cultural. ¿Qué le puede decir a una joven que tenga ambición de ser Rectora de Sadismos Parroquial en el futuro?

UB: Que luche por su sueño. Que crea en sí misma. Y que no pierda ninguna oportunidad para practicar las artes sádicas en su vida diaria. Yo, por ejemplo, no lo va a creer usted, empecé subiendo a los autobuses y dándole a la gente con un paraguas entre las piernas. En las cosas pequeñas se puede ser malévola, no sólo en las grandes.

EBP: Inspiradoras estas palabras. Por último, ¿puede explicarme por qué los campos aquí están llenos de cultivos podridos, sin cosechar?

UB: Bueno, la realidad es que con tanta justicia por hacer, y usted entenderá cómo eso atrae a la gente, la verdad es que no nos queda mucho tiempo para trabajar. Pero eso no es problema. Con los bonos que da el gobierno salimos adelante.

EBP: Gracias, señora Bunuñu.

UB: Gracias a usted. Y si conoce a alguien que necesite ser azotado con ortigas, puede mandarlo aquí. Con toda confianza.

EBP: Lo tendré en cuenta.

Comments

Popular posts from this blog

Odio

Relaciones diplomáticas

The OK Salvadoran