A caballo
Llegué a este país el 17 de enero del 2005. A las pocas horas (¿días? qué memoria) de llegar, estuve hojeando el diario El Universo en casa de mi prometida. Salía una entrevista, que me encantaría tener como souvenir, de un juez, de corte supremo, un ministro de justicia o algo por el estilo. El sujeto se refería a un colega, o tal vez al propio ministro de Justicia, en aproximadamente estos términos:
“Es un hombre excelente. Lo he visto chupar cuatro días seguidos sin caerse.”
El entrevistador se preguntaba en voz alta, y con semblante adusto, si “saber chupar cuatro días seguidos sin caerse” era la definición de un buen jurista. Para mí todo esto era la definición de la novedad. El que yo viniera de una cultura donde la sobriedad de los jueces era proverbial, en este caso poco importaba. La cuestión es que por fin había descubierto un país alegre y franco, un país donde los juristas podían intercambiar piropos en torno a su aguante alcohólico en las páginas de la prensa seria, sin causar ningún escándalo. Lo encontraba refrescante, más o menos el mismo tipo de refrescante que el espectáculo de ver toda una familia (abuela, papá, esposa, hijo) montada en una sola bicicleta. (Durán sigue enamorándome.)
En los días siguientes, la verdad es que tuve poco tiempo para ver tele, pero conseguí ver un episodio de Mi Recinto, y recuerdo también haber visto un anuncio del gobierno, en que un joven con aspecto progre se deshacía de un montón de cordones en que se había quedado atado, para luego tener que enfrentarse a un peligro mayor, representado por una ráfaga de textos voladores. El voiceover explicaba que los cordones representaban “la oligarquía”, mientras que los textos enumeraban los nuevos peligros a las que se enfrentaban los ciudadanos. Sólo recuerdo uno de estos textos: decía “autoatentados”. Hasta estas fechas no tengo muy claro lo que es un autoatentado: tal vez la idea era que los ex oligarcas, viendo frustrados sus intentos de hacerse de nuevo con el poder, se colocaban bombas en sus propios carros con el objetivo de desacreditar al gobierno.
Más adelante, con los líos de la Pichicorte y el tour de Bucarám, la propaganda gubernamental se hizo más plañidera. En un anuncio muy repetido, salía Gutiérrez montado a caballo entre una muchedumbre (o por lo menos una bastantedumbre) de histéricos aduladores, entre ellos alguna mujer que luchaba por tocar el cosido del sagrado manto presidencial, tal vez en espera de una cura milagrosa a su molestosa insuficiencia cerebral. El voiceover nos preguntaba, con un conato de ironía, “¿Es éste el dictador?” Hasta ver aquel anuncio, no sabía ni sospechaba que había un dictador de por medio: no sé a cuántas personas más habrá llegado la noción de un Gutiérrez-dictador de mano del propio Presidente. En fin. Lo demás es una historia muy repasada, sobre todo ahora. Los “forajidos”, la cobardía de un Presidente dizque coronel que ordena a sus huestes disparar a discreción contra el pueblo desarmado (razón de peso, en mi opinión, por no votar más a ese sujeto, fueren cuales fueren los logros de su régimen). Tal vez en todo esto el dato más rescatable es aquella sucesión vicepresidencial que colocó en la silla caliente a un tal Alfredo Palacio.
Lo digo porque, a tenor de la propaganda gubernamental que sale ahora varias veces al día, los intrépidos forajidos habrían sido liderados por un joven carismático, llamado Rafael Correa, que a los pocos días de la caída de Gutiérrez se habría hecho con el poder, eso sí, siempre en medio de una muchedumbre llena de griterío entusiasmado y vibraciones positivas. La verdad, no lo recuerdo así. El nombre de Correa no se coreaba en ninguna parte en ese entonces, y Palacio, a pesar de ser posiblemente el presidente más linfático del último siglo y medio, e incluso pese a ser lo suyo un mero interregno entre presidentes democráticamente elegidos, fue un hecho, y duró lo suyo. Ese afán de simplificar la historia me recuerda a una página web de ETA que tuve la paciencia de leer luego del atentado contra Miguel Angel Blanco. En esa página, la historia de España dentro de la que se enmarcaba la de Euskadi se resumía de tal manera que cualquier lector notablemente mal informado (digamos, un norteamericano de Maryland o de Montana) se habría quedado con que la dictadura de Franco, contra la que luchaban esos héroes del País Vasco tan necesitados de fondos, todavía seguía intacta: para esa banda, la transición democrática de finales de los 70 era un detalle demasiado trivial para mencionarlo.
Pero lo que más impresiona del último spot presidencial es la equivalencia formal en cuanto a imaginería entre el neocorreísmo y el gutierrismo de antaño. En ambos casos, se nos vende un héroe de proporciones cuasi míticas, un salvador de la patria que dondequiera que cabalgue derrocha sonrisas, abrazos, bendiciones a tiernos infantes, apretones de manos, y suscita una especie de adoración y lealtad ciega entre esa algunadumbre fotografiable, mansa, de piel curtida, a que se le denomina “el pueblo”. Lo más notable, que a ese economista a quien no se le conoce proezas de jinete se le muestra de forma insistente a caballo entre la entusiasmada plebe, cuando no se le fotografía encima de un balcón delante de un abanderado público situado varios metros más abajo. De hecho, a tal llega la preferencia de tomas en las que el Elegido contempla desde arriba a una mar de leales súbditos, que para ahuyentar el fantasma dictatorial (mismo que le preocupaba a Gutiérrez) se recurre a serenas miradas presidenciales alzadas hacia el amanecer del glorioso futuro, de una desconcertante estética estalinista.
Lo que vuelve obligatoria la pregunta: ¿por qué, de dónde esa debilidad tan latina por el salvapatrias-jinete inflable?
Y otra pregunta tal vez menos obvia, pero relevante: ¿por qué lo de Gutiérrez se me presentaba en clave de comedia, mientras lo de ahora se me antoja trágico?
A la segunda pregunta no tengo respuestas por ahora. A la primera sí. Según el sociólogo de pacotilla que esto firma, tendría algo que ver con los marcados rasgos matriarcales (sí, con m: remito a Robert Bly) de aquella sociedad que genera, con ritmo cuatrienal, estos héroes de bolsillo. Me refiero a que, allí donde las costumbres sociales mantienen a los padres alejados de sus hijos (no de forma coercitiva, obviamente, sino mediante ese poderoso meme que declara irrelevante el varón en todo lo tocante a la educación de los pequeños) los niños crecen sin modelo de rol o referente de masculinidad cercano (a menos que se considere cercano el salón de la esquina), lo que se une a la falta generalizada de experiencias iniciáticas en la adolescencia, necesarias para sacramentalizar el umbral de la independencia, para producir esa actitud de supino servilismo hacia el caudillo de turno, representante de una masculinidad frágil por lo sobredimensionada, ausente portador (poco importa) de cetro, de vara, de Biblia o de constitución-mataburros. Esa autoridad es la que garantiza, desde lejos, la continuidad indefinida de un estado de feliz dependencia materna (con infinito amor): suele actuar mediante delegación prolija, y en ningún caso se le puede interrogar, o cuestionar, mucho menos dialogar con ella. De ahí que todo aspirante a presidente tiene que pasar forzosamente por ese baño de masas orquestado (aquí las masas aduladoras vienen baratas, afortunadamente) para afianzar su calidad de Übermensch de turno, cohesionador de multitudes. Con lo cual, resulta que las escenas de muchedumbre no son simple apelación a la mimética, al borreguismo, sino que tocan nervios y miedos mucho más profundos; y el Ortega y Gasset que algunos citan estos días, el de España Invertebrada, tampoco da en el clavo, puesto que el hombre fuerte no encarna, aquí, ningún proyecto de futuro, sino un proyecto de pasado, de infancia exenta de responsabilidades y de individualismo, que se pretende perpetuar hacia el infinito. (Si no, que me digan cuál proyecto de futuro puede tener una agrupación política que sólo sabe gritar “gastaremos más”, dentro de una realidad circundante que truena cada vez más fuerte, en clave mosaico, “gastarás menos”.)
Evidentemente, que el Preux Chevalier del imaginario popular llegue a serlo de verdad, en aquello que realmente le concierne (digamos, manejo de la economía) sería pura casualidad, en medio de tal vorágine de necesidades emocionales proyectadas por el insaciable colectivo. Tal vez lo mejor que podemos esperar de cualquiera de ellos, ya lo dijo hace años aquel hombre sabio, con esa triste sabiduría que confiere la vejez:
“que sepa chupar cuatro días [esos cuatro que dura el beneplácito popular] seguidos sin caerse”.
Lo demás, cuento.
“Es un hombre excelente. Lo he visto chupar cuatro días seguidos sin caerse.”
El entrevistador se preguntaba en voz alta, y con semblante adusto, si “saber chupar cuatro días seguidos sin caerse” era la definición de un buen jurista. Para mí todo esto era la definición de la novedad. El que yo viniera de una cultura donde la sobriedad de los jueces era proverbial, en este caso poco importaba. La cuestión es que por fin había descubierto un país alegre y franco, un país donde los juristas podían intercambiar piropos en torno a su aguante alcohólico en las páginas de la prensa seria, sin causar ningún escándalo. Lo encontraba refrescante, más o menos el mismo tipo de refrescante que el espectáculo de ver toda una familia (abuela, papá, esposa, hijo) montada en una sola bicicleta. (Durán sigue enamorándome.)
En los días siguientes, la verdad es que tuve poco tiempo para ver tele, pero conseguí ver un episodio de Mi Recinto, y recuerdo también haber visto un anuncio del gobierno, en que un joven con aspecto progre se deshacía de un montón de cordones en que se había quedado atado, para luego tener que enfrentarse a un peligro mayor, representado por una ráfaga de textos voladores. El voiceover explicaba que los cordones representaban “la oligarquía”, mientras que los textos enumeraban los nuevos peligros a las que se enfrentaban los ciudadanos. Sólo recuerdo uno de estos textos: decía “autoatentados”. Hasta estas fechas no tengo muy claro lo que es un autoatentado: tal vez la idea era que los ex oligarcas, viendo frustrados sus intentos de hacerse de nuevo con el poder, se colocaban bombas en sus propios carros con el objetivo de desacreditar al gobierno.
Más adelante, con los líos de la Pichicorte y el tour de Bucarám, la propaganda gubernamental se hizo más plañidera. En un anuncio muy repetido, salía Gutiérrez montado a caballo entre una muchedumbre (o por lo menos una bastantedumbre) de histéricos aduladores, entre ellos alguna mujer que luchaba por tocar el cosido del sagrado manto presidencial, tal vez en espera de una cura milagrosa a su molestosa insuficiencia cerebral. El voiceover nos preguntaba, con un conato de ironía, “¿Es éste el dictador?” Hasta ver aquel anuncio, no sabía ni sospechaba que había un dictador de por medio: no sé a cuántas personas más habrá llegado la noción de un Gutiérrez-dictador de mano del propio Presidente. En fin. Lo demás es una historia muy repasada, sobre todo ahora. Los “forajidos”, la cobardía de un Presidente dizque coronel que ordena a sus huestes disparar a discreción contra el pueblo desarmado (razón de peso, en mi opinión, por no votar más a ese sujeto, fueren cuales fueren los logros de su régimen). Tal vez en todo esto el dato más rescatable es aquella sucesión vicepresidencial que colocó en la silla caliente a un tal Alfredo Palacio.
Lo digo porque, a tenor de la propaganda gubernamental que sale ahora varias veces al día, los intrépidos forajidos habrían sido liderados por un joven carismático, llamado Rafael Correa, que a los pocos días de la caída de Gutiérrez se habría hecho con el poder, eso sí, siempre en medio de una muchedumbre llena de griterío entusiasmado y vibraciones positivas. La verdad, no lo recuerdo así. El nombre de Correa no se coreaba en ninguna parte en ese entonces, y Palacio, a pesar de ser posiblemente el presidente más linfático del último siglo y medio, e incluso pese a ser lo suyo un mero interregno entre presidentes democráticamente elegidos, fue un hecho, y duró lo suyo. Ese afán de simplificar la historia me recuerda a una página web de ETA que tuve la paciencia de leer luego del atentado contra Miguel Angel Blanco. En esa página, la historia de España dentro de la que se enmarcaba la de Euskadi se resumía de tal manera que cualquier lector notablemente mal informado (digamos, un norteamericano de Maryland o de Montana) se habría quedado con que la dictadura de Franco, contra la que luchaban esos héroes del País Vasco tan necesitados de fondos, todavía seguía intacta: para esa banda, la transición democrática de finales de los 70 era un detalle demasiado trivial para mencionarlo.
Pero lo que más impresiona del último spot presidencial es la equivalencia formal en cuanto a imaginería entre el neocorreísmo y el gutierrismo de antaño. En ambos casos, se nos vende un héroe de proporciones cuasi míticas, un salvador de la patria que dondequiera que cabalgue derrocha sonrisas, abrazos, bendiciones a tiernos infantes, apretones de manos, y suscita una especie de adoración y lealtad ciega entre esa algunadumbre fotografiable, mansa, de piel curtida, a que se le denomina “el pueblo”. Lo más notable, que a ese economista a quien no se le conoce proezas de jinete se le muestra de forma insistente a caballo entre la entusiasmada plebe, cuando no se le fotografía encima de un balcón delante de un abanderado público situado varios metros más abajo. De hecho, a tal llega la preferencia de tomas en las que el Elegido contempla desde arriba a una mar de leales súbditos, que para ahuyentar el fantasma dictatorial (mismo que le preocupaba a Gutiérrez) se recurre a serenas miradas presidenciales alzadas hacia el amanecer del glorioso futuro, de una desconcertante estética estalinista.
Lo que vuelve obligatoria la pregunta: ¿por qué, de dónde esa debilidad tan latina por el salvapatrias-jinete inflable?
Y otra pregunta tal vez menos obvia, pero relevante: ¿por qué lo de Gutiérrez se me presentaba en clave de comedia, mientras lo de ahora se me antoja trágico?
A la segunda pregunta no tengo respuestas por ahora. A la primera sí. Según el sociólogo de pacotilla que esto firma, tendría algo que ver con los marcados rasgos matriarcales (sí, con m: remito a Robert Bly) de aquella sociedad que genera, con ritmo cuatrienal, estos héroes de bolsillo. Me refiero a que, allí donde las costumbres sociales mantienen a los padres alejados de sus hijos (no de forma coercitiva, obviamente, sino mediante ese poderoso meme que declara irrelevante el varón en todo lo tocante a la educación de los pequeños) los niños crecen sin modelo de rol o referente de masculinidad cercano (a menos que se considere cercano el salón de la esquina), lo que se une a la falta generalizada de experiencias iniciáticas en la adolescencia, necesarias para sacramentalizar el umbral de la independencia, para producir esa actitud de supino servilismo hacia el caudillo de turno, representante de una masculinidad frágil por lo sobredimensionada, ausente portador (poco importa) de cetro, de vara, de Biblia o de constitución-mataburros. Esa autoridad es la que garantiza, desde lejos, la continuidad indefinida de un estado de feliz dependencia materna (con infinito amor): suele actuar mediante delegación prolija, y en ningún caso se le puede interrogar, o cuestionar, mucho menos dialogar con ella. De ahí que todo aspirante a presidente tiene que pasar forzosamente por ese baño de masas orquestado (aquí las masas aduladoras vienen baratas, afortunadamente) para afianzar su calidad de Übermensch de turno, cohesionador de multitudes. Con lo cual, resulta que las escenas de muchedumbre no son simple apelación a la mimética, al borreguismo, sino que tocan nervios y miedos mucho más profundos; y el Ortega y Gasset que algunos citan estos días, el de España Invertebrada, tampoco da en el clavo, puesto que el hombre fuerte no encarna, aquí, ningún proyecto de futuro, sino un proyecto de pasado, de infancia exenta de responsabilidades y de individualismo, que se pretende perpetuar hacia el infinito. (Si no, que me digan cuál proyecto de futuro puede tener una agrupación política que sólo sabe gritar “gastaremos más”, dentro de una realidad circundante que truena cada vez más fuerte, en clave mosaico, “gastarás menos”.)
Evidentemente, que el Preux Chevalier del imaginario popular llegue a serlo de verdad, en aquello que realmente le concierne (digamos, manejo de la economía) sería pura casualidad, en medio de tal vorágine de necesidades emocionales proyectadas por el insaciable colectivo. Tal vez lo mejor que podemos esperar de cualquiera de ellos, ya lo dijo hace años aquel hombre sabio, con esa triste sabiduría que confiere la vejez:
“que sepa chupar cuatro días [esos cuatro que dura el beneplácito popular] seguidos sin caerse”.
Lo demás, cuento.
tal vez, admirado Endivio, hayas encontrado la clave de la antipatía que me provoca el acomplejado de las blusitas bordadas: su declarada abstemia. En un borracho, el indudable abrazafarolismo del mandamucho se vería con humor; observar comportamientos y declaraciones de un cantamañanas en un abstemio da pavor...
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