Feliz Día

Siguiendo la moda del momento, ella llevaba una sonrisa estirada hacia las orejas mediante unos remaches de cobre conectados con un discreto sistema de poleas. Con sólo pulsar dos teclas en su EgoShell (signo de dos puntos con cierre de paréntesis) seguido por un número, podía graduar la intensidad de su felicidad haciendo que ésta armonizara con el lugar y la ocasión (para funerales, decepciones conyugales o noticias provenientes del Oriente Medio, se abría paréntesis para siempre, y listos). Desafortunadamente, cuando estaba ante las cámaras no podía realizar esos pequeños ajustes, so pena de ser “obvia”. ¡Tampoco una se pinta las cejas estando en el aire!

El saltimbanqui español le estaba diciendo: la autoestima no es más que la base de todas nuestras vivencias, el prisma a través del cual vemos el mundo. ¿Cómo vas a ser amada si no te amas a ti misma? ¿Cómo vas a ser pellizcada si no te pellizcas a ti misma? ¿Cómo vas a ser copiada si no te copias a ti misma?

Sus dedos encontraron el resorte, justo debajo del cinturón del vestido (ella se viste en FARC Girl’s, San Marino, frente a la joyería Rob Me) a tiempo para conseguir un rápido y decidido balanceo vertical de la cabeza, en signo de aprobación. El saltimbanqui prosiguió impertérrito:

Mi terapia, que ha cambiado la vida de miles de personas, se basa en elevar al mismo tiempo, de forma sinérgica, la autoestima, el liderazgo, y los senos. No pido que crean en mí, simplemente pido que se deshagan de todos sus neuronas...

Su mano luchaba por abrirse un camino entre la maraña de cables que tenía bajo el cinturón (Betty’s Belts, la Piazza, vía Samborondón), pero no encontraba el botón de parar. Su cabeza, por lo tanto, seguía con su enérgico sí, sí, eso es ¡lo mismo que yo pienso! Ella empezó a pensar que no se vería bien tanto decir que sí con la cabeza, sobre todo en las pausas entre frases, cuando no había con qué estar enérgicamente acorde. Con los ojos suplicó un cambio de cámara.

Ahora, lo que voy a hacer es demostrarle que hasta el dolor mismo cede ante mis poderes. Voy a apagar un cigarrillo en su lengua. Si sigue mis instrucciones, usted no sentirá nada.

- Nooo… - se escuchó decir, mientras que, traicioneramente, su cabeza recogía la idea con enfática aceptación.

El gordinflón de la cámara 2 le prestó al saltimbanqui un cigarrillo encendido.

De repente se le ocurrió que esto tenía que ser una broma, tipo Cándida Albicans Cámera, y que su instante de terror se vería repetidamente en los programas de farándulas durante semanas, meses… Pero ¿cuál era la manera de devolver la malicia al inventor (inventora, sin duda) de la broma? Finalmente, sus dedos dieron con el botón de apagado, y dejó de asentir resueltamente a todo lo que pudiera significar ese silencio expectante. Tengo, sí, tengo que fingir que me gusta la idea.

- Me encanta que apaguen cigarrillos en mi lengua – se escuchó decir, entre risotadas. - Mi marido siempre lo hace, antes de acostarse. A veces también me inyecta con el agua de lavar platos.

Abre bien la boca. Al máximo. La lengua fuera, también al máximo.

- Agua de lavar platos. Siempre dije que no era más que una chica Cosmo – murmuró alguna voz desaprobatoria detrás del escenario.

- Y e oe aién a-á eajo e os á-aos - , ella agregó apresuradamente. No vayan a pensar que lo suyo con su marido realmente era vulgar. (En algunos momentos, era mejor no tener marido.)

Abre más. Si no sigue mis instrucciones…

De repente, su nariz detectó, o creó detectar, un leve tufo a Zyklon-B. En ese instante supo que todo el mundo, menos ella (o quizás también ella, no había tiempo para decidirlo) era nazi. Y por supuesto, esto era una solución final a su inocencia, y de lo que se trataba era de torturarla con infinito sarcasmo delante de las cámaras del mundo. Ni más ni menos.

No había tiempo para disimular. Apretó el botón color café y a continuación, todos los nueves que pudo.

La cámara tres fue la que recogió, en primer plano, el veloz cambio de color de su vestido, de cinturón abajo, de aguacate a café con poca leche. Una voz chismosa fuera de cámara dijo: ah, un intento de autoamago camaleónico mediante diarrea incontenible, qué viejo, siempre supe que ella no era más que una hegeliana aventajada.

En menos de un minuto, sus líquidas heces llenaban el estudio, obligando al saltimbanqui a irse nadando en lacónica retirada. La cara radiante de su compañera, Nila Marremota, estaba encuadrada por la cámara uno, mientras decía: y por eso recomendamos usen siempre Pantis Venus, especial para esas molestas diarreas que sufrimos las mujeres. Pantis Venus, para que en la presentación más importante de tu carrera, tus zapatos no cambien de color y los asistentes no necesiten máscaras de gas.

Con dificultad, ella se incorporó, y dada la imposibilidad de encontrar su EgoShell en medio de tan calamitosa inundación, decidió retirar su lengua manualmente hacia el interior de su boca, acción que supo culminar con más o menos destreza. Las heces que acababa de expulsar le llegaban hasta la quinta costilla, y se le ocurrió que habría que retocar un poco su maquillaje, dada la posibilidad de una salpicada en plena cara.

Fue entonces, en medio del peor hedor de su carrera de presentadora, cuando ocurrió el milagro.

Se abrió una ventana al fondo del estudio, y con un elegante movimiento de cisne, un barco de papel de tamaño gigante y color blanco puro zarpó en ese mar de mierda. Y viajando dentro del barco, con cara risueña y gesto alegre: ¡Laura Esquivel!

- Te concedo este premio – dijo, y sacó de su preciosísimo vestido una fotografía enmarcada en oro (Imelda’s Marcos, Mall del Sol) de un bebé envuelto en llamas. – Por ser tú quién eres. Quiero que pienses en mí cada vez que lo pierdas.

Y en ese momento, todo el equipo, los cámaras, su co-presentadora, hasta los maquillistas, y la misma Laura Esquivel, todos se pusieron de pie en medio de ese lago de heces y aplaudieron durante diez minutos seguidos, sin parar.

Ella no sabía muy bien al santo de qué aplaudían tanto, pero era evidente que algo bueno había hecho. Y tal vez, pensó, lo mejor nuestro es aquello que ni sabemos.

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