Ardor revolucionario
El tipo se llamaba Alan Thornett. Era mediano en todo: estatura, edad, inteligencia. Pelo ralo, ni corto ni largo, que normalmente llevaba alborotado al estilo “acabo de quitarme un abultado jersei de lana, y qué”. Tez sonrosada, cejas puntiagudas, las cuales le prestaban cierto aire puckish. Tenía ese acento ligeramente West Country que denotaba que, aun siendo de Oxfordshire, sus credenciales eran auténticamente townie. Trato agradable, y (clave para entender sus logros), gran capacidad para escuchar. Se diría que se sentía más cómodo escuchando que hablando: cuando tenía que dar un discurso, le salía con dificultad, y se apoyaba mucho en consignas aprendidas de memoria, aunque las sabía mezclar con esos giros académicos reivindicadores de sutileza de pensamiento que los cicerones izquierdistas siempre codician para sí y pronuncian a su manera (para él, cadre rimaba con padre). En los círculos de izquierda trosquista británica de ese entonces (los años 80), arrasaba. Lo que, en términos prácticos, significaba principalmente chicas.
Yo no sé. Creo que todos tenemos nuestra esfera, pero nos toca siempre estarle probando los límites, acercarnos a esos alambres eléctricos que colindan el redil, aun a costa de quedarnos una y otra vez con los músculos troceados. Thornett descubrió, un día, ese fallo, ese hueco secreto por donde podía salirse de la rutina aburrida que le tocaba vivir como ensamblador de carros en la planta de (ay, nostalgia) British Leyland, en Cowley, Oxford. Era sencillo, en realidad: lo único que tenía que hacer era declararse marxista, organizar huelgas (el motivo de las mismas era lo de menos, pero huelgas, huelgas, por favor, huelgas) y también (huelga decirlo) distribuir panfletos.
Eran días emocionantes, revolucionarios. Tal vez lo más revolucionario de todo, allá por los años 60 (estamos en flashback por la época de la Socialist Labour League), era estar voluntariamente bajo las órdenes de Gerry Healy, ese esperpéntico capo mafioso irlandés de la izquierda ultra en la Inglaterra de Mary Quant, ese hipnotizador de Redgraves, ese siniestro brazo fotografiador al servicio de Ghaddafi y de Saddam. De Healy, aprendió que hasta un perfecto don nadie puede transformarse en macho alfa, en protagonista histórico, en potencial salvador de la humanidad, sólo con aprenderse unas cuantas “posiciones” sobre temas políticos de dudosa actualidad, con un smorgasbord de jeri(izquierdosa)gonza y consignas al estilo Dave Spart, y por supuesto, con haber tratado a los más relevantes portadores de la sagrada llama trosquista desde la diáspora primitiva de esa malograda y cómica Cuarta Internacional de los años 40. De tal forma que, tras haber conocido ¡en persona! a Sean Matgamna, a Tony Cliff, a Ted Grant y por supuesto al mismo Healy, sin olvidar al mítico Mandel, tan sólo le faltó formar su propia facción y armar un split en toda la regla, para poder hacerse con unas cuantas linduras del entorno de Healy, y tener su propio partido (facción, tendencia, grupo, grupúsculo, frente unido, según el año) en donde, evidentemente, su modesta casa de Oxford se erigiera en anhelado Eldorado para todo el noviciado femenino de reciente inducción.
Cuando yo lo conocí, estaba en ello. El nuevo grupo más o menos estaba armado, desde el momento en que Thornett había conseguido convencer a un pedante escritor, de nombre John Lister, que le confeccionara los artículos que él sólo tendría que firmar. De ese modo pudo rodearse de “documentos claves”, “ponencias fundadoras”, “boletines internos” y así. En esos documentos, de estilo plomizo y de restringidos recursos retóricos, se argumentaba la necesidad en la actual coyuntura histórica (estamos ahora en los años 80) de infiltrar el partido laborista, de priorizar la lucha palestina junto con la irlandesa, de ser críticos con Arthur Scargill por cuanto éste se negaba a llevar la reivindicación de una huelga general al Congreso de Sindicatos, y de etiquetar a Cuba como “Estado Obrero Deformado” (o lo que es lo mismo en inglés, “Estado de Obreros Deformes”), en contra de aquellos herejes de la izquierda que querían ver en esa isla un Estado de Trabajadores Degenerados, o peor todavía, un Estado Obrero Sano (algo así sólo se le podría ocurrir a los sucios estalinistas). Para completar aquella obra, sólo hacía falta tener una publicación propia. Todo grupúsculo de izquierda, por microscópico que sea, necesita eso. Ahí, ganó la Tendencia Revista por sobre la Tendencia Periódico. Tal revista, impresa sobre un absurdo papel couché y financiada principalmente por las féminas del partido, a las que se les chantajeaba recordándoles que ser profesora de colegio o asistente de laboratorio no es bien bien ser proletaria, tenía una tirada mensual de 200 copias, y una influencia nula en la vida política del país.
Días felices.
Claro que para aquellas chicas, más felices todavía. El ambiente enrarecido que consiguieron crear esos revolucionarios de a cuarto, en sus ultra-secretas reuniones nacionales (Londres, Coventry, Oxford), que en cuestión de celoso sectarismo no tenían nada que envidiar a la Palestinian People’s Front de los Python, era terreno fértil para todo tipo de algebraico histerismo y corridas de animus. Me estoy acordando con algo de cariño de una tal Jenny, joven maciza, folclórica al estilo Joan Baez, y odiada por las demás chicas del grupo, la que tuvo la maravillosa suerte de residir en una casa con el nombre de Thalia House, de donde, inevitablemente, el apodo de Jenny-Thalia (muy para mis adentros me lo guardaba), quien insistía en soltar larguísimos discursos sobre aquellas mil y una especies de opresión encubierta que impedían que las mujeres participaran activamente y de modo paritario en la política de izquierdas, ¡de! ¡iz-quier-das!, remachaba con pretendida entonación irónica, todo al parecer por culpa de los camarados que se negaban ¡to-da-vía! a ceder sus pequeñas parcelas de poder, hasta insistiendo en ir a tomar cerveza en lugar de cuidar a los niños; en fin, después de escuchar un discurso ininterrumpido de una hora sobre aquella discriminación que amordazaba a las mujeres en la política, vi que uno de los de segunda fila se inclinó hacia el oído de Thornett para decirle en voz baja “¿no puedes hacer nada para callarla a esta plasta?” El otro se encogió de hombros. En la siguiente reunión nacional, unas semanas después, ella llevaba escote, falda apretada, sonrisa de Gioconda y ni mu.
Días felices.
No tanto, quizás, para los de la Special Branch que eran los encargados de espiar la casa de Thornett desde el local de enfrente. Tener que ver tanta procesión de undergraduettes en plena etapa lawrenciana entrando y saliendo a todas horas, eso tenía que derivar, seguramente, en unas molestias escrotales espantosas, sobre todo en aquel clima de mil anfibios.... Incluso he llegado a pensar que esa inexplicable obsesión, a lo largo de aquellas décadas, de los Servicios Secretos británicos acerca de esos ineptos grupúsculos de extrema izquierda que al fin y al cabo no hacían daño a nadie, estribaba en eso, en una terrible y devoradora envidia. Ser de izquierdas en ese entonces, cuenta habida de la molestosa necesidad de aprenderse de memoria las posiciones de tu organización sobre temas como Cuba, Nicaragua, Irlanda, Palestina y Liverpool, significaba básicamente tomarse muchas jarras de cerveza y tirarse a todas las comrades que tu horario de holgazán mantenido por el estado permitía, que solían ser bastantes. Y es que, nada mejor para agilizar los aburridos trámites y protocolos preamatorios, que haberse convencido de que el día de mañana (¡¡NO!! Pasado mañana: ¡no caigamos en el Ultra-Leftism de los Sparts!) se dará aquella Revolución que convertirá hasta a Big Ben en escombros, y encima, de que pertenecemos a un número selecto de iluminados héroes con apretadísimos agendas de actividades revolucionarias (mañana hay manifestación: quedemos en el Queen's Head para tomar unas birras antes, y criticar a los de Workers Power, oquei) relevan a las Necesidades Humanas a un oportunista segundo plano en donde prima la satisfacción instantánea, sacrificando todo lo demás por La Causa. La demografía de esa izquierda aseguraba que siempre había muchas chicas en la edad de la Pava Precocinada, es decir, en plena fase de hallar increíblemente excitante la idea de “prestar servicio”, entiéndase ser utilizada para la satisfacción carnal de un redentor-alfa tan ocupado en salvar a la humanidad de las garras del capitalismo que difícilmente podíase esperar de él que recordara el nombre de ella durante más de 10 segundos.
Mi parte en Maggie’s Downfall, todo hay que decirlo, como mi parte en todo lo abarcado en esta triste vida que ha sido la mía, fue modesta, tal vez invisible. A diferencia de mis camaradas, yo no follaba como conejo en esa época, por ser, como ahora, prohibitivamente feo. Mi bonachonería a prueba de todo, con ese armazón jesuita que lo sostenía, hasta me permitía compartir, no sin ciertos escrúpulos, a mi “novia” de entonces con un sinfín de sustitutos oportunistas, entre los que recuerdo con especial repugnancia un taxista londinense y un bombero de Chester, el primero adscrito a La Causa, el segundo no (era estalinista, para más inri). (Hay que entender que un genuino marxista-leninista no admite la propiedad privada en las relaciones.) En general, yo lucía como peón: siempre lo he hecho, por lo menos en el ámbito laboral. Ser cadre era otra cosa. Como detalle curioso, recordar que a la hora de escoger seudónimo para las comunicaciones internas, la Connie y yo nos decantamos por Flint y Stone: exiliados a uno de los lugares más godforsaken de las Islas Británicas, donde el activismo era tan desconocido que yo sin dificultad podía ostentar a la vez presidencia del Grupo Anti-Apartheid, del Grupo de Apoyo a Los Mineros, del Comité Por la Palestina, del grupo Defendamos La Sanidad, y no recuerdo cuántos más, nos preciamos de ser auténticamente trogloditas. Lo éramos. Yo hasta fabricaba mi propia cerveza, tricotaba, y me cosía botones amarillos en la gabardina. De nuestros viajes a Londres, queda el recuerdo de las luces brillantes, éblouissantes, de la metrópolis, más brillantes sobre todo cuando acababas de ser molido a golpes por un policía en plena manifestación anti-Wapping (los policías ingleses en general son tranquilos y serviciales, pero con The Met no te metas.)
- Toutes les étoiles tombent! - Sur moi aussi! Sur moi aussi!
Días felices. Años infelices.
En recuerdo de los cuales, que no se diga que no entiendo ni simpatizo con estos revolucionarios de aquí y de hoy, los del pañuelo rojo y camiseta de Che, pues todos hemos sido jóvenes y con esa necesidad apremiante de pasar el día follando (escuchando follar, en mi personalísimo caso), chupando, fumando, vendiendo periódicos y siendo agredidos por policías. Quien no haya tenido una juventud así, se me antoja que difícilmente podrá reivindicar haber vivido plenamente.
Pero no se olviden, cuando lleguen a la edad de la razón, de fiscalizarse. ¿A cuántas personas realmente ayudé, lo que se dice ayudar (proveer de ropa, comida, agua, las únicas ayudas jesuíticamente reconocibles), y sin incluir mis trabajos “sociales” de ese entonces, que no cuentan por no haber sido revolucionariamente impuestos? Respuesta: a ninguna. Eso es la terrible verdad. Pasé años dedicado a una febril actividad dizque “política”, sin que nada de aquello sirviera absolutamente de nada para nadie. A menos que uno crea en el Efecto Mariposa, fenómeno a que nunca pude suscribirme. Después de ella no vino el Diluvio ni la Revolución, vino John Major, el de los calzones grises. Así nos va.
Eso sí, ayudé tal vez de forma muy indirecta a que Thornett, y algún miembro más de la especie de los “cadres”, se consiguiera durante el tiempo que fuese más chicas. Así sólo haya sido por un efecto de contraste. Y aunque de nuevo me acusen de Nietzschianismo, tengo que decir que eso, de cierta manera, lo justifica todo. Hay destinos peores que haber contribuido de forma milimétrica a limar el pedestal de un Gran Hombre. Pregunten si no a los sospechosos habituales.
Yo no sé. Creo que todos tenemos nuestra esfera, pero nos toca siempre estarle probando los límites, acercarnos a esos alambres eléctricos que colindan el redil, aun a costa de quedarnos una y otra vez con los músculos troceados. Thornett descubrió, un día, ese fallo, ese hueco secreto por donde podía salirse de la rutina aburrida que le tocaba vivir como ensamblador de carros en la planta de (ay, nostalgia) British Leyland, en Cowley, Oxford. Era sencillo, en realidad: lo único que tenía que hacer era declararse marxista, organizar huelgas (el motivo de las mismas era lo de menos, pero huelgas, huelgas, por favor, huelgas) y también (huelga decirlo) distribuir panfletos.
Eran días emocionantes, revolucionarios. Tal vez lo más revolucionario de todo, allá por los años 60 (estamos en flashback por la época de la Socialist Labour League), era estar voluntariamente bajo las órdenes de Gerry Healy, ese esperpéntico capo mafioso irlandés de la izquierda ultra en la Inglaterra de Mary Quant, ese hipnotizador de Redgraves, ese siniestro brazo fotografiador al servicio de Ghaddafi y de Saddam. De Healy, aprendió que hasta un perfecto don nadie puede transformarse en macho alfa, en protagonista histórico, en potencial salvador de la humanidad, sólo con aprenderse unas cuantas “posiciones” sobre temas políticos de dudosa actualidad, con un smorgasbord de jeri(izquierdosa)gonza y consignas al estilo Dave Spart, y por supuesto, con haber tratado a los más relevantes portadores de la sagrada llama trosquista desde la diáspora primitiva de esa malograda y cómica Cuarta Internacional de los años 40. De tal forma que, tras haber conocido ¡en persona! a Sean Matgamna, a Tony Cliff, a Ted Grant y por supuesto al mismo Healy, sin olvidar al mítico Mandel, tan sólo le faltó formar su propia facción y armar un split en toda la regla, para poder hacerse con unas cuantas linduras del entorno de Healy, y tener su propio partido (facción, tendencia, grupo, grupúsculo, frente unido, según el año) en donde, evidentemente, su modesta casa de Oxford se erigiera en anhelado Eldorado para todo el noviciado femenino de reciente inducción.
Cuando yo lo conocí, estaba en ello. El nuevo grupo más o menos estaba armado, desde el momento en que Thornett había conseguido convencer a un pedante escritor, de nombre John Lister, que le confeccionara los artículos que él sólo tendría que firmar. De ese modo pudo rodearse de “documentos claves”, “ponencias fundadoras”, “boletines internos” y así. En esos documentos, de estilo plomizo y de restringidos recursos retóricos, se argumentaba la necesidad en la actual coyuntura histórica (estamos ahora en los años 80) de infiltrar el partido laborista, de priorizar la lucha palestina junto con la irlandesa, de ser críticos con Arthur Scargill por cuanto éste se negaba a llevar la reivindicación de una huelga general al Congreso de Sindicatos, y de etiquetar a Cuba como “Estado Obrero Deformado” (o lo que es lo mismo en inglés, “Estado de Obreros Deformes”), en contra de aquellos herejes de la izquierda que querían ver en esa isla un Estado de Trabajadores Degenerados, o peor todavía, un Estado Obrero Sano (algo así sólo se le podría ocurrir a los sucios estalinistas). Para completar aquella obra, sólo hacía falta tener una publicación propia. Todo grupúsculo de izquierda, por microscópico que sea, necesita eso. Ahí, ganó la Tendencia Revista por sobre la Tendencia Periódico. Tal revista, impresa sobre un absurdo papel couché y financiada principalmente por las féminas del partido, a las que se les chantajeaba recordándoles que ser profesora de colegio o asistente de laboratorio no es bien bien ser proletaria, tenía una tirada mensual de 200 copias, y una influencia nula en la vida política del país.
Días felices.
Claro que para aquellas chicas, más felices todavía. El ambiente enrarecido que consiguieron crear esos revolucionarios de a cuarto, en sus ultra-secretas reuniones nacionales (Londres, Coventry, Oxford), que en cuestión de celoso sectarismo no tenían nada que envidiar a la Palestinian People’s Front de los Python, era terreno fértil para todo tipo de algebraico histerismo y corridas de animus. Me estoy acordando con algo de cariño de una tal Jenny, joven maciza, folclórica al estilo Joan Baez, y odiada por las demás chicas del grupo, la que tuvo la maravillosa suerte de residir en una casa con el nombre de Thalia House, de donde, inevitablemente, el apodo de Jenny-Thalia (muy para mis adentros me lo guardaba), quien insistía en soltar larguísimos discursos sobre aquellas mil y una especies de opresión encubierta que impedían que las mujeres participaran activamente y de modo paritario en la política de izquierdas, ¡de! ¡iz-quier-das!, remachaba con pretendida entonación irónica, todo al parecer por culpa de los camarados que se negaban ¡to-da-vía! a ceder sus pequeñas parcelas de poder, hasta insistiendo en ir a tomar cerveza en lugar de cuidar a los niños; en fin, después de escuchar un discurso ininterrumpido de una hora sobre aquella discriminación que amordazaba a las mujeres en la política, vi que uno de los de segunda fila se inclinó hacia el oído de Thornett para decirle en voz baja “¿no puedes hacer nada para callarla a esta plasta?” El otro se encogió de hombros. En la siguiente reunión nacional, unas semanas después, ella llevaba escote, falda apretada, sonrisa de Gioconda y ni mu.
Días felices.
No tanto, quizás, para los de la Special Branch que eran los encargados de espiar la casa de Thornett desde el local de enfrente. Tener que ver tanta procesión de undergraduettes en plena etapa lawrenciana entrando y saliendo a todas horas, eso tenía que derivar, seguramente, en unas molestias escrotales espantosas, sobre todo en aquel clima de mil anfibios.... Incluso he llegado a pensar que esa inexplicable obsesión, a lo largo de aquellas décadas, de los Servicios Secretos británicos acerca de esos ineptos grupúsculos de extrema izquierda que al fin y al cabo no hacían daño a nadie, estribaba en eso, en una terrible y devoradora envidia. Ser de izquierdas en ese entonces, cuenta habida de la molestosa necesidad de aprenderse de memoria las posiciones de tu organización sobre temas como Cuba, Nicaragua, Irlanda, Palestina y Liverpool, significaba básicamente tomarse muchas jarras de cerveza y tirarse a todas las comrades que tu horario de holgazán mantenido por el estado permitía, que solían ser bastantes. Y es que, nada mejor para agilizar los aburridos trámites y protocolos preamatorios, que haberse convencido de que el día de mañana (¡¡NO!! Pasado mañana: ¡no caigamos en el Ultra-Leftism de los Sparts!) se dará aquella Revolución que convertirá hasta a Big Ben en escombros, y encima, de que pertenecemos a un número selecto de iluminados héroes con apretadísimos agendas de actividades revolucionarias (mañana hay manifestación: quedemos en el Queen's Head para tomar unas birras antes, y criticar a los de Workers Power, oquei) relevan a las Necesidades Humanas a un oportunista segundo plano en donde prima la satisfacción instantánea, sacrificando todo lo demás por La Causa. La demografía de esa izquierda aseguraba que siempre había muchas chicas en la edad de la Pava Precocinada, es decir, en plena fase de hallar increíblemente excitante la idea de “prestar servicio”, entiéndase ser utilizada para la satisfacción carnal de un redentor-alfa tan ocupado en salvar a la humanidad de las garras del capitalismo que difícilmente podíase esperar de él que recordara el nombre de ella durante más de 10 segundos.
Mi parte en Maggie’s Downfall, todo hay que decirlo, como mi parte en todo lo abarcado en esta triste vida que ha sido la mía, fue modesta, tal vez invisible. A diferencia de mis camaradas, yo no follaba como conejo en esa época, por ser, como ahora, prohibitivamente feo. Mi bonachonería a prueba de todo, con ese armazón jesuita que lo sostenía, hasta me permitía compartir, no sin ciertos escrúpulos, a mi “novia” de entonces con un sinfín de sustitutos oportunistas, entre los que recuerdo con especial repugnancia un taxista londinense y un bombero de Chester, el primero adscrito a La Causa, el segundo no (era estalinista, para más inri). (Hay que entender que un genuino marxista-leninista no admite la propiedad privada en las relaciones.) En general, yo lucía como peón: siempre lo he hecho, por lo menos en el ámbito laboral. Ser cadre era otra cosa. Como detalle curioso, recordar que a la hora de escoger seudónimo para las comunicaciones internas, la Connie y yo nos decantamos por Flint y Stone: exiliados a uno de los lugares más godforsaken de las Islas Británicas, donde el activismo era tan desconocido que yo sin dificultad podía ostentar a la vez presidencia del Grupo Anti-Apartheid, del Grupo de Apoyo a Los Mineros, del Comité Por la Palestina, del grupo Defendamos La Sanidad, y no recuerdo cuántos más, nos preciamos de ser auténticamente trogloditas. Lo éramos. Yo hasta fabricaba mi propia cerveza, tricotaba, y me cosía botones amarillos en la gabardina. De nuestros viajes a Londres, queda el recuerdo de las luces brillantes, éblouissantes, de la metrópolis, más brillantes sobre todo cuando acababas de ser molido a golpes por un policía en plena manifestación anti-Wapping (los policías ingleses en general son tranquilos y serviciales, pero con The Met no te metas.)
- Toutes les étoiles tombent! - Sur moi aussi! Sur moi aussi!
Días felices. Años infelices.
En recuerdo de los cuales, que no se diga que no entiendo ni simpatizo con estos revolucionarios de aquí y de hoy, los del pañuelo rojo y camiseta de Che, pues todos hemos sido jóvenes y con esa necesidad apremiante de pasar el día follando (escuchando follar, en mi personalísimo caso), chupando, fumando, vendiendo periódicos y siendo agredidos por policías. Quien no haya tenido una juventud así, se me antoja que difícilmente podrá reivindicar haber vivido plenamente.
Pero no se olviden, cuando lleguen a la edad de la razón, de fiscalizarse. ¿A cuántas personas realmente ayudé, lo que se dice ayudar (proveer de ropa, comida, agua, las únicas ayudas jesuíticamente reconocibles), y sin incluir mis trabajos “sociales” de ese entonces, que no cuentan por no haber sido revolucionariamente impuestos? Respuesta: a ninguna. Eso es la terrible verdad. Pasé años dedicado a una febril actividad dizque “política”, sin que nada de aquello sirviera absolutamente de nada para nadie. A menos que uno crea en el Efecto Mariposa, fenómeno a que nunca pude suscribirme. Después de ella no vino el Diluvio ni la Revolución, vino John Major, el de los calzones grises. Así nos va.
Eso sí, ayudé tal vez de forma muy indirecta a que Thornett, y algún miembro más de la especie de los “cadres”, se consiguiera durante el tiempo que fuese más chicas. Así sólo haya sido por un efecto de contraste. Y aunque de nuevo me acusen de Nietzschianismo, tengo que decir que eso, de cierta manera, lo justifica todo. Hay destinos peores que haber contribuido de forma milimétrica a limar el pedestal de un Gran Hombre. Pregunten si no a los sospechosos habituales.
Los que basan su praxis político en el estado de su hígado parecen ser los que mayores aciertos acumulan.
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