Anecdotal oneupmanship?

Sucedió en la calle Boyacá, frente a las oficinas de El Telégrafo. Propios de una vida de célebre comentarista a la par de irredento flâneur, como ya sabrán los lectores de este bitácora, son aquellos bucólicos paseos matutinos sin bicicleta, que sirven tanto para digerir uno de los más que pasables ceviches de algas de la marisquería Neptune Puk’d, como para reflexionar sobre el extraordinario alcance de la estupidez humana, ejemplificado en este caso por la conversación de mi compañero, el pana Rodolfo, una gran persona cuya facilidad para encontrar colillas de cigarrillos aun rescatables entre la basura de las alcantarillas (cortesía Nebot) hace tiempo que consiguió granjear mi simpatía y condescendencia en aquellas ocasiones en que casualmente topaba con él (el caso de la mañana en cuestión). En esta ocasión, a pesar de mis esfuerzos dialécticos, el pobre seguía, evidentemente, sin apreciar el punto de mi argumento, acerca de la posibilidad de aplicar el archiconocido criterio legal británico referente al juicio equitativo del ”hombre del autobús de Clapham” (mann in the Clapham omnibus) a la realidad ecuatoriana, argumento que el lector ya conocerá a partir de los diversos artículos que he firmado en torno a esta cuestión. (Sucintamente: sobre este asunto opino que en lugar de una persona oriunda de la ciudad londinense donde se ubica Clapham, escena (dicho sea de paso) de varias de mis más suculentas conquistas falderas, débese aplicar en su lugar, en lo que a los juicios por negligencia se atañe, el criterio de un vendedor de calcos de Barney y de Hihg Shool Musical 3, durante el tránsito de un autobús de la línea 17 a través del puente de la Unidad Nacional, siendo éste más familiarizado con la cultura de este país, entre otros argumentos que por mor de brevedad no expondré aquí.)

Cuando ya empezaba a desesperar de encontrar en la cabeza de mi compañero una sola neurona susceptible de entrar en servicio temporal, sucedió lo inesperado. Se me acercó un policía y me dijo, más o menos textualmente, lo siguiente:

CHAPA: No puede pasear aquí a esa langosta, señor.

YO: ¿Por qué no? (debo explicar que últimamente no salgo de casa sin mi langosta, a quien he bautizado (es un decir) con el nombre de Gerard, evidentemente en honor al poeta gabacho a quien se le atribuye el descubrimiento de esas cualidades de la langosta que la hacen compañero ideal para el intelectual soltero.)

CH: Porque aquí, señor, las langostas no se pasean.

YO: Un momento… ya. Por favor, señor agente triste e irremediablemente bovino, hable alto, en el micrófono, quiero que esta conversación sea grabada para que pueda deleitarme con ella junto a otras personas en un futuro próximo. Ahora, repite, en sus propias y asombrosamente descerebradas palabras, su razón por intentar impedirme pasear a este pequeño e inofensivo crustáceo a lo largo de esta calle que creo haber escuchado que es de todos.

CH: Porque aquí, señor, las langostas no se pasean.

YO: Efectivamente, creo que eso fue lo que dijo. Felicidades, parece que a pesar de todo la memoria sí le sirve. Ahora, señor agente de las fuerzas oscuras del vacío craneal, dígame una cosa. ¿Usted está familiarizado con la famosa nota al pie de la página 387 de la obra de Braulio Silva da Costa, Algunas Reflexiones en Torno a las Observaciones de Lucia Branniu Cassio sobre la potestad de bienes muebles en la cultura monasterial de Tibet en el Siglo XVII? Me refiero a la segunda edición, la de 1927.

CH: Lamento decir que no conozco ese opúsculo, señor.

YO: ¡Aja! No sabría decir por qué, pero eso ya lo sospeché. Por eso me tomaré la libertad de citar algunas palabras de esa nota, no en un vano intento de desasnar a un representante de las fuerzas del desorden, sino únicamente para que usted parezca todavía más ignorante e imbécil de lo que ya es, labor que en este momento se me antoja un desafío a la altura de un verdadero artista como yo. Veamos. La citada nota dice, textualmente: “Es poco probable que el significado real sea éste.” Ahora, ¿ve el sentido de lo que le estoy diciendo?

CH: Todavía no, señor. Pero insisto en que aquí las langostas no se pasean. Y en mi humilde opinión, su nota al pie de página en este asunto, con todo el respeto, vale verga.

YO: El famoso argumentum ad tripodium. Interesante. Bueno, le invito a pensar - si tal verbo se puede aplicar a esos procesos tan rudimentarios a los que su rocosa testa de uniformado a sueldo aun puede aspirar - sobre el verdadero “significado”, en acertada expresión de Silva da Costa, de lo que aquí está sucediendo. Por cierto, antes de emitir su criterio al respecto, le invito a tomar en consideración mi propia acotación al respecto. Donde el célebre autor dice “significado”, yo añadiría de mi cosecha y a partir de mi propia experiencia, que es la de un célebre comentarista con un extenso currículum de conquistas amorosas de ínfima extensión temporal, las palabras “ y gelatina de frutilla”.

CH: No entiendo, señor.

YO: Ya. Y en estas palabras suyas, antológicas por cierto, aunque no se dé cuenta, se resume toda una filosofía, todo un Weltanschauung, toda una toma de postura respecto al mantenimiento de lo que se ha dado en llamar el orden público. Pero respóndeme una cosa, agente. ¿Le parece que la presencia de este crustáceo en esta calle podría derivar en algún disturbio, en algún daño material o en la comisión de alguna infracción tipificada en el Código Penal?

CH: No, pero insisto en que las langostas aquí no se pasean.

YO: Su argumento, entonces, consiste en un légerdemain ético-metafísico en que lo descriptivo, acerca de las costumbres y usos de la gente, lo que yo llamaría mores populi, se torna prescriptivo, lo cual demuestra una mentalidad profundamente reaccionaria.

CH: Así es. Tengo una mentalidad profundamente reaccionaria.

YO: Bien. Así parece que nos vamos acercando al meollo de la cuestión.

CH: No sé si nos vamos acercando a eso, señor, pero le repito que aquí no se pasean los crustáceos. Donde se pasean los animales es allá abajo, donde ve esos árboles. Eso le llama un parque. Allí es donde se pasean a los animales, categoría que se supone incluye tanto crustáceos como canes, iguanas, cabras y otras muchas especies.

YO: Efectivamente, veo que hay un parque. Para no alargar esta conversación, ya que tengo cosas importantísimas que hacer, cuya importancia su infradotada mente nunca sabrá comprender, convengo en retirarme hacia tal lugar, en aras de la orden municipal, tan bien resumido por usted, según el cual cada actividad tiene un lugar destinado para su realización, en claro detrimento de esa libertad personal tan notoriamente despreciada por el actual cabildo. Una última pregunta: ¿usted en algún momento ha adivinado quién soy?

CH: No, señor. Su identidad es un misterio insondable para mí.

YO: Y ése es el chiste más grande de todos. ¡Qué falta de cultura, por el Dios de los cristianos! Pero bueno, cada uno da de lo que tiene y donde no hay no se puede pedir. Buenos días, agente.

Y con estas palabras me despedí cordialmente de este bruto representante de la imbecilidad reinante en este país, la cual durante esta conversación noté de reojo que se había por así decirlo cernido sobre nosotros, bajo la forma de una inmensa muchedumbre congregada alrededor de esta escena, aparentemente presa de una boba y servil admiración respecto a mi mascota. Esto, a su vez, me condujo a otra reflexión sobre lo inmensamente estúpida que es la raza humana, salvedad hecha, evidentemente, de un servidor.

Comments

  1. "Lo único en el mundo que merece el desprecio es el desprecio" (Maurice Maeterlinck)

    Puede haber sido un plagiador y todo lo que quieras, pero siempre me ha gustado esta frase.

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