Pechonalidades



Claro que a cierta edad, o según como tengas la fuerza de la gravedad en tu barrio (en el mío, todavía no tenemos. El alcalde ha prometido que todas las casas en Durán tendrán gravedad antes del 2015, si lo reelegimos. Si no, si sale la Ana Diecon de Sociedad Patriótica [eslogan: “¡Ana Diecon Vence!”], supongo que tendremos que seguir desayunando en la pared y durmiendo boca abajo en el techo), a cierta edad, digo, los senos es como los matrimonios, no se dirigen ya apenas la palabra, y duermen dándose la espalda, lo más alejados que pueden el uno del otro sin caerse del pecho. Se desinflan, se vuelven como alicaídos globos de la fiesta de anteayer; se tornan, en suma, africanos. Pero hay una edad para todo, y/o un sostén para todo, la cuestión es que pese a las legionarias voces del cinismo, yo sí he visto pechos que hacen buena pareja, que realmente se quieren entre ellos.

Anteayer, por ejemplo. Mis alumnos, enzarzados en una evaluación rutinaria, miraban silenciosos y deprimidos sus papeles. Y en ésas, la chica del escote kilométrico (siempre hay una, a veces tres) levanta la mano. Tiene una “pregunta”, de las que requieren que yo me acerque a su pupitre, de las que requieren que baje la cabeza para leer lo escrito a una distancia de sólo unos cuantos centímetros de ese escote, en fin, que requieren una maniobra a lo Star Wars, en que ayudada por La Fuerza mi mirada recorra a velocidad de relámpago esa trinchera llena de vicisitudes y artillería, para al final dar el salto triunfal hacia las instrucciones perfectamente obvias que ella quiere que le traduzca en instrucciones perfectamente obvias. Que la que necesita este tipo de ayuda personalizada sea siempre la del escote, lo tengo estadísticamente comprobado, pero ese curioso hecho no nos tendría que detener. La cuestión es que lo que había allí era

Inventario con fecha 20/03/09, a las 09:40h

Un (1) seno, buena condición
Un (1) coseno, ídem
Un (1) escote, tipo “este material es caro, seamos ahorradores”
Un (1) cleavage, tipo “Dos planetas a Punto de Colisionarse, A. Shagyard, 1896, óleo sobre lienzo”, excelente condición

Inventario revisado por: E. Roquefort (firma)

Es decir, y siempre con base a este thread de wordreference.com, había algo ahí, dentro o mejor dicho ostentosamente fuera de aquella blusa, que se resiste a traducirse al castellano universal, carencia que me ha dejado perplejo desde hace muchos minutos. ¿Cómo que “Yo vivo en México, y jamás he escuchado una manera específica de referir esa ranura que existe entre los pechos femeninos”? ¿Qué les pasa a los mexicanos? Claro que en Andalucía (faltaría plus) sí tienen cómo referirse: allí la palabra es canalillo, vocablo que también recibe bendición de los portorriqueños. No me gusta: esperaba algo que me gustara más. Sobre todo, esperaba algo más ingenioso, algo en la línea de cleavage, derivado de un verbo de ésos que se las arreglan para significar al mismo tiempo dos cosas opuestas. Es decir, cleave es un antónimo de sí mismo, como aquel que contempla (doy fe de esto: fui antónimo de mí mismo durante varios segundos en la ocasión citada) el dichoso canalillo: significa tanto “adherirse, juntar o unir” como “cortar en dos, separar”. Por tanto, cleavage (hendidura, para los anestesiados) nos indica radical división a la vez que una tierna codependencia física. Ahora, habría que precisar que la palabra puede referirse a dos tipos de canalillo bien distintos. En primer lugar, están las hendiduras que nacen de la compresión mutua entre dos convexidades mullidas y elásticas, que como resultado de esa compresión alteran su forma esferoidal original, y comparten una amplia superficie común: ese tipo de hendidura que parece capaz de mantener en posición vertical una variedad de objetos ligeros con tallo, v. gr. orquídeas, pequeñas banderas de Irlanda, etcétera, mediante una continua presión suave alrededor de la base sujetada.

En segundo lugar, hay canalillos que no alteran la forma de los objetos colindantes, pues incluyen una separación visible, que puede limitarse al ancho de una gota de sudor, en algunos casos, mientras que en otros, permitirían un tráfico náutico bidireccional a la par del que sostiene la economía de Panamá. A esta categoría perteneció ese cleavage de anteayer, por supuesto: los otros, normalmente, se limitan a aparecer en películas tipo Merchant/Ivory, o en vestiditos de dama de honor confeccionadas para solteras soñadoras, o en aquellas road movies noveladas del siglo XVIII de autores como Fielding (mi adolescencia se resume en ellas, mi teleología, también), en las que siempre es cuestión de una taberna ruidosa donde la gente bebe en recipientes de peltre, y donde siempre hay una muchacha tabernera de nombre Jenny (hay otros nombres posibles, pero “Jenny”, ay, “Jenny”) cuyo escote se mide por hectáreas, y cuyos pechos padecen una opresión lateral tan fuerte que, cual botellas de champán, su única vía de desahogo apunta hacia arriba. En cambio, lo de anteayer, lo inventariado, era un estudio en arquitectura modernista al estilo Gaudí, un serpenteo de cavernosidad tallado en sudor y mazapán, era una onda sinusoidal en cuatro dimensiones, era un juego de ajedrez entre cremas catalanas, era un viaje al centro del olvido de sí mismo.

Hay una columnista británica de la especie (poco conocida aquí) de las confesionales, una tal Vanessa Feltz, que en uno de sus artículos da por sentado (npi) que lo que ella y sus consexudinarias lucen tan generosamente en elevación frontal es producto de un proceso evolutivo que favorecía, a través de la competencia sexual, a las mutaciones femeninas en donde se reproducía visualmente por delante lo que ya se llevaba (y se favorecía) por detrás, o sea, una aproximación a aquellas formas geométricas que el conocido ologólogo Desmond Morris dio en llamar paired hemispheres (“hemisferios apareados”). Para apoyar dicho tesis, el ologólogo recurre a experimentos con gansos; la Feltz recurre, en cambio, a diminutivos británicamente coquetos e infantiloides, tipo bottie. Sea como sea, la teoría es plausible a la vez que reconfortante (el por qué se merece otro post, pero en el blog negro). Sin embargo, uno puede preguntarse si el proceso evolutivo, protagonizado por mutaciones genéticas aleatorias, sería capaz de anticiparse a inventos muy posteriores (npi) como pueden ser el sostén tipo wonderbra, el hueso de ballena y el corsé, en fin, todos esos artilugios sin los cuales la consecución del cleavage al estilo cerrado, y por tanto la posible semejanza visual entre senos y glúteos más allá de la W cursiva o gaviota invertida de los comiqueros, no se sostiene (npi) salvo en casos paradísiacamente excepcionales. Tal vez se trate simplemente de una cuestión de parsimonia (un número de tetas mayor que dos sería de poca utilidad en una especie mayormente unípara) y simetría; o tal vez, según la teoría favorecida entre los seguidores de la cantante Dolly Parton, los pechos evolucionaron como búfer de protección frontal contra aquellos choques que se pueden dar contra las paredes de una cueva desprovista de iluminación artificial (estoy hablando de esos casos donde, como decía la misma amiga antes mentada, “salen unas tetas por una esquina, y media hora después, sale ella”).

En todo caso, da que hablar que algunos hispanoparlantes no tienen nada mejor que enfrentar a cleavage que escote. Si me olvido de la de anteayer, o Jerusalén, que mi lengua se quede pegada a mi paladar.

Comments

Popular posts from this blog

Odio

Relaciones diplomáticas

The OK Salvadoran