Back to the Future

Cuando volvimos a Durán, después de un año de alquiler en Sauces, de nuevo echamos mano de aquellas amistades que tiene mi esposa con agentes de policía local, volviendo a fletar un camión de la policía para hacer el traslado a un precio competitivo (creo que les dimos $20 o algo así, “pa las colas”). No sé si esto constituiría un acto de corrupción, lo cierto es que esos agentes no querían que tal uso del vehículo trascendiera entre sus superiores, pero bueno, el caso es que durante aquella hora que duró el traslado el camión no podía ser usado para cometer ese tipo de fechorías propias de la institución policial, v.gr. detener a gente por fumar hierba, etcétera, así que supongo que el flete del vehículo se podría clasificar como una buena obra. Lo que más recuerdo, en todo caso, fue ese viaje por el Terminal, por los puentes, donde a partir de cierto momento nos vimos acompañados por una insólita viajera. Era una serrana vieja que comandaba un triciclo modificado, cuya parte frontal llevaba una olla enorme, una olla de cantina que traía dentro algo que, al parecer, requería de remoción constante, por lo cual la atención de la señora se dividía entre el manejo del triciclo (mano derecha) y el uso del cucharón (mano izquierda), suerte de multitasking para la que las mujeres se han demostrado notoriamente más aptas que los hombres (ellas hasta pueden conducir y hablar por celular a la vez. Yo ni puedo visualizarme haciendo eso. La idea de hacer dos cosas al mismo tiempo se me antoja perverso, gótico, atentatorio contra la unidad e integridad personales, levemente siniestro a la manera de los extraviados ojos del Claudius de Hamlet).

Y lo recuerdo más ahora porque, hace unos días, tuve la misma experiencia de viajar en la parte de atrás de un camión (para ser exactos, una furgoneta) aunque en este caso sin tener que sostener un pesado espejo con una mano y con un pie impedir la calamitosa caída de una estantería de libros. Esta vez no hubo ninguna vieja bruja pedaleando furiosamente detrás del vehículo, desapareciendo por momentos en las esquinas sólo para volver a nadar hacia el centro del escenario, cual avispa cervecera, recordando irresistiblemente con su frenético pedaleo escenas antológicas del Mago de Oz. Tampoco hubo un archiduque centroeuropeo muerto, flotando con todas sus medallas cerca de la ribera del Guayas, arrullado por las olas y medio escondido entre lechugas acuáticas. No hubo nada de eso. Esta vez, mientras miraba con embelesamiento el serpenteo de la carretera recorrida, me puse a pensar de nuevo en Orwell. Ya saben, esa escena de 1984 en que Winston es interrogado sobre sus nociones filosóficas del pasado.

“Is it your opinion, Winston, that the past has real existence?”

“…I will put it more precisely. Does the past exist concretely, in space? Is there somewhere or other a place, a world of solid objects, where the past is still happening?”

Pues claro, estamos acostumbrados a decir. El pasado es eso, es esa carretera llena de traicioneros huecos, ya evitados, o no, según el caso, es esa Terminal que medio se esconde entre la llovizna, simbolizando fugas y llegadas eternamente desaprovechadas. Pero frente a un interlocutor del calibre de O’Brien, yo también siento la necesidad de “plantearlo con más precisión”: el pasado puede que ya no esté “pasando”, pero eso a nosotros poco nos importa, porque aquello que sí está pasando en este momento nunca, nunca lo sabremos ni lo podremos saber. El presente es una construcción metafísica, un punto en el tiempo infinitamente pequeño: para saber que algo pasa en ese supuesto “presente”, primero ese algo tiene que dejar huella en nuestros sentidos, y luego hemos de esperar esos nanosegundos que tarda la señal en llegar a nuestro cerebro, sin hablar del procesamiento posterior que demora lo suyo: todo lo que hemos llegado a captar y a procesar internamente ya pasó, hace poquísimo tiempo si quieren, pero ya pasó. El pasado, por tanto, es todo lo que sabemos: no somos más que arqueólogos del instante fosilizado. Si normalmente no somos conscientes de este hecho es porque las cosas que nos importan suelen ser eventos que cabalgan patizambos a lomas de un espacio temporal ancho, plácido y rollizo, cosas que nos permiten influir en su conclusión aunque ya nos perdimos su arranque. Diferente sería si todos estuviéramos permanentemente borrachos y todo lo que nos pasaba lo hacía con la rapidez de ese puño que de repente salió de algún lugar detrás de la chica a la que intentábamos ligarnos en ese bar anoche. Creo que en un mundo así, “el presente” tendría peor reputación de la que actualmente goza.

Que somos seres lentos, anclados a un pasado reciente, es demostrable experimentalmente. Acuéstate y dedícate a conciliar el sueño. Asegúrate de tener alrededor muebles de madera. Justo en esos momentos que son la antesala del sueño, un mueble relaja algún esfínter interno taladrado: se oye un “crac”. Lo interesante en este caso es que primero, tu cuerpo dará una especie de sobresalto. A continuación, serás consciente del sobresalto: te despertarás por completo. Y después, sí, después, oirás el “crac”. El mecanismo “fight or flight” reacciona primero, postergando el procesamiento aural. Lo que da la impresión subjetiva de que tu cuerpo ha sabido de alguna manera predecir el ruido antes de que sucediera.

Como hay diferentes tipos de procesamiento interno de los eventos, no sería de extrañar que el mismo efecto descrito se pudiera observar en cámara lenta en algunas circunstancias de la vida. Es decir, algo nos sucede, y reaccionamos a algún nivel más o menos instintivo, pero sólo al cabo de un tiempo apreciable nos damos plena cuenta de qué es lo que nos había sucedido: y ese “darse plena cuenta” lo vivimos como “el verdadero presente”, a pesar de que ya pasó, y que ya no podemos cambiarlo. Me remito a la experiencia de cualquiera que haya conocido, en algún momento de su vida, a su verdadero amor, para después perderla, y más tarde conocerla; me remito también a la experiencia de cualquier poeta que haya avanzado a entender, a través de la práctica, lo que quería decir Wordsworth en su Prefacio a la segunda edición de las Lyrical Ballads.

Que ese presente virtual, el que vivimos, se componga de eventos en curso (y por tanto, sujetos a intervención) o no, es lo que nos hace engagés o dégagés, proactivos o nostálgicos.

Soy de los últimos. Insisto en que se compongan los eventos, que se sosieguen, para conocerlos, para vivirlos. En los vaivenes y en las fiestas soy pasivo. Después, vomito. Algunos, con alarde de diplomática cortesía, nos llaman “contemplativos”. El grado de intimidad que hubo entre Jackson Pollock y sus jugos gástricos se ha vuelto legendario.

En la capacitación de profesores de idiomas nunca falta el “lenguaje de los signos”, supuestamente universal, donde destaca la semiótica temporal: “el pasado” se hace entender, dicen, con un pulgar izquierdo lanzado (¿despectivamente?) hacia atrás, por encima del hombro. ¿Universal? En Quechua, el adverbio qhipa significa tanto "atrás" como "futuro", mientras que ñawpa significa "hacia adelante" y también "pasado": lo mismo sucede en Aymara. Es decir, aquello de que el pasado queda atrás, susceptible a revisión voluntaria pero básicamente irrelevante por lo superado, es, en este continente, un concepto al fin y al cabo de lujosa y costosa importación.

De que los incas hayan caminado siempre hacia atrás, como pretenden algunos, no hay constancia histórica. Mejor supongamos que la metáfora de un caminar por la vida (siquiera “haciendo camino al andar”) no les servía; quizás fueron contemplativos (los contemplativos andamos mucho, eso sí, pero sólo porque no nos pagan lo suficiente para ir en taxi). O mejor aun, supongamos que en este continente se instituyó temprano, ya en tiempos precolombinos, aquella costumbre tan sudamericana de viajar en la parte de detrás de un camión o de una furgoneta, de culo al futuro, dejando desplegarse delante de nosotros el camino ya caminado en toda su accidentada hermosura, con o sin brujas removedoras de sancocho montadas en triciclos de por medio.

Sea como sea, la tradición, lo ancestral, y todos aquellos otros recovecos “culturales” tan constitucionales como actualmente despreciados parecen apuntar hacia la idea de que el pasado sí sirve para algo, aunque sólo sea para contemplarlo, y tal vez aprender algo de él. De hecho, hasta me han dicho (no lo he podido observar en la realidad, pero si es mito, es mito potente) que en las culturas ancestrales los ancianos, por el hecho de tener mucho pasado en su campo de visión, eran objetos de cierta veneración, o como mínimo, de respeto. Ahora bien, yo, que soy viejo, no pienso engañarles al respecto: la vejez no me ha traído sabiduría, ni siquiera en el sentido coloquial de “ser un sabido”, peor en el otro. Tampoco (y esto creo que sería algo razonablemente exigible) me ha fortalecido el carácter. Más bien me he vuelto más impaciente, más nervioso, más descontrolado con los años. Es como si al carácter le pasa lo mismo que a las muelas: el tiempo se encarga de descubrir las fisuras y trabajar sobre ellas, dejando orgullosas ruinas. No creo que nunca seré un viejo sabio al estilo “hijo mío, mira dentro de ti mismo y descubrirás por qué la ardilla de orejas negras da tres vueltas antes de comerse el borojó”. No lo veo. Esto no es lo que me está pasando.

Sin embargo, sí creo que los viejos se merecen algo mejor que esto.

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