Fair Comment? (3)
La defensa del Fair Comment pertenece al sistema legal anglosajón (Common Law) basado a su vez en el estatus de una jurisprudencia que se supone obvia la necesidad de codificación en muchas esferas. En en Reino hUnDido esta defensa se aplica tal cual, mientras que en EEUU ha sido parcialmente sustituida por la de Actual Malice. En todo caso la distinción es académica. Básicamente, tal defensa garantiza la libertad de expresión en cuanto vierta sobre las figuras públicas, excepto en casos donde se puede demostrar que el demandado haya actuado con malicia (Fair Comment) o que haya proferido informaciones falsas a sabiendas de que eran falsas (Actual Malice). En ausencia de tal demostración, hasta las expresiones más robustas gozan de protección legal.
En el caso que nos ocupa, está claro que en una jurisdicción que contara con esta defensa, y con jueces de criterio independiente, la demanda de Correa tendría que ser desechada. No existe manera de demostrar, ni que lo expresado por Palacios en el artículo de marras sea una falsedad, peor que él mismo fuera consciente de tal supuesta falsedad. A fin de cuentas, se trata de una conclusión eminentemente racional, v.gr.:
1. En el exterior del hospital militar donde estaba Correa en la tarde del 30-S, hubo intercambio de disparos, presenciado por telespectadores en vivo.
2. Si algunos de estos disparos eran atribuibles a elementos rebeldes, otros habrían sido efectuados presumiblemente por fuerzas militares leales a Correa.
3. Siendo el Presidente Jefe supremo de las FFAA, es lógico suponer que en una situación de crisis, donde se ha demostrado que el mandatario disponía de vías de comunicación libres al exterior, el propio Presidente haya sido el que daba las órdenes.
4. Si efectivamente Correa fue quien dio las órdenes a sus militares o a sus policías de disparar contra las fuerzas rebeldes (así sea en defensa propia), tal orden podría ser interpretada en algún futuro por un enemigo suyo como un acto criminal, dada la proximidad del hospital y el riesgo que esos disparos representaban a los pacientes y visitantes.
A esto habría que sumar el hecho constatable de que Palacio no acusa directamente a Correa de haber "ordenado fuego a discreción", etcétera, sino que se limita a airear la posibilidad de que tal acusación se ventile más adelante por parte de "un nuevo presidente, quizás enemigo suyo". Como quien dijera: ojo, hay maneras y maneras de interpretar los hechos. Lo cual está en consonancia con el mensaje de todo el artículo, que concluye tras un breve análisis de ciertos hechos relevantes, que
el 30 de septiembre se cometieron demasiadas estupideces, de parte y parte, y que sería injusto condenar a unos y premiar a otros.
Conclusión discutible, sin duda, pero que difícilmente puede interpretarse como "apología" de ningún "delito", tal como sostiene la querella de Correa.
Ahora bien, no sé hasta qué punto el sistema legal ecuatoriano alberga una defensa del tipo mencionado: me imagino que aquí no existe nada parecido, por mucho que Pablo Lucio Paredes, en un artículo elocuente y conciso, la sostenga como un "principio básico de la libertad de expresión", de reconocimiento "internacional". Todos los comentaristas leales al gobierno coinciden en que Palacio es quien tiene que demostrar la verdad de lo afirmado en su artículo, respecto a la órden de Correa a las FFAA, en lugar de ser Correa el llamado a demostrar la falsedad de lo dicho y, encima, la deliberada intención del articulista de falsear una realidad conocida por él. De ser así como dicen los acólitos del Caudillo, entonces habría que concluir que cualquier hipótesis, cualquier presunción, cualquier especulación no demostrada y que disguste a algún gobernante puede ser materia de querella, lo que en la práctica haría imposible el ejercicio del periodismo crítico e independiente, pues las evidencias que avalen prácticas políticas corruptas e inmorales raramente son irrebatibles desde un principio, sino que es precisamente la libre y pública discusión sobre hechos de por sí fragmentarios y no concluyentes lo que suele envalentonar a los testigos de mayor relevancia a romper silencio.
Pero es curioso constatar que en su querella, Correa parece anticiparse a una defensa precisamente de este tipo. Es decir, no contento con calificar de mentira lo expresado por Palacio en el artículo, insiste (apartado 5.3) en que Palacios conocía la verdad sobre los hechos del 30-S y que la falseó deliberada y maliciosamente, e incluso cita textualmente el criterio señalado:
Esta conducta de los querellados demuestra la real malicia ("actual malice" o "real malice" en los EEUU) de sus actos...
En realidad, no se "demuestra" tal cosa, e incluso unas líneas más arriba dice que "hasta podemos casi asegurar que pretenden encubrir la verdad..." ¿Casi asegurar? En tal caso, no sería mejor presentar una casi demanda?
En fin. Lo que llama la atención es que Correa, en lugar de limitarse al artículo motivo de la querella y a las imputaciones que supuestamente contiene, ocupa muchísimas páginas con extensas citas de editoriales de EL Universo, a modo de evidencias suplementarias de la mala fe de los querellados, a más de guardarse el derecho de incluir posteriormente otras citas de otros artículos del mismo diario, con diversas firmas, según él, todos ellos escritos con el afán de desprestigiarle a él, a Correa, de quitarle algo de esa fama y esa fina reputación que tan importantes resultan en la vida de un estadista de alto vuelo. Imagínense. El culpable de la mala fama de Correa no es el mismo Correa, ni siquiera es sólo ese monstruo de Palacio, sino toda una lista de columnistas del mismo Diario, que abarcarían presumiblemente desde la excelsa Gabriela Calderón hasta el soporífero Parducci, pasando por el buenazo de Bernard Fougéres y ese pomposo cura que a veces aparece por ahí para sermonearnos sobre los designios abortistas de las empresas farmaceúticas. All human life is here. Resulta que Correa es víctima no de un periodista gatillero sino de una enorme conspiración que engloba algunos de los nombres más conocidos del periodismo ecuatoriano. Sólo falta que se ponga a lloriquear: ustedes, todo el mundo, están contra mí. Todos me odian. Por qué. Por ¿¿¿QUEEÉ???
(continuará)
En el caso que nos ocupa, está claro que en una jurisdicción que contara con esta defensa, y con jueces de criterio independiente, la demanda de Correa tendría que ser desechada. No existe manera de demostrar, ni que lo expresado por Palacios en el artículo de marras sea una falsedad, peor que él mismo fuera consciente de tal supuesta falsedad. A fin de cuentas, se trata de una conclusión eminentemente racional, v.gr.:
1. En el exterior del hospital militar donde estaba Correa en la tarde del 30-S, hubo intercambio de disparos, presenciado por telespectadores en vivo.
2. Si algunos de estos disparos eran atribuibles a elementos rebeldes, otros habrían sido efectuados presumiblemente por fuerzas militares leales a Correa.
3. Siendo el Presidente Jefe supremo de las FFAA, es lógico suponer que en una situación de crisis, donde se ha demostrado que el mandatario disponía de vías de comunicación libres al exterior, el propio Presidente haya sido el que daba las órdenes.
4. Si efectivamente Correa fue quien dio las órdenes a sus militares o a sus policías de disparar contra las fuerzas rebeldes (así sea en defensa propia), tal orden podría ser interpretada en algún futuro por un enemigo suyo como un acto criminal, dada la proximidad del hospital y el riesgo que esos disparos representaban a los pacientes y visitantes.
A esto habría que sumar el hecho constatable de que Palacio no acusa directamente a Correa de haber "ordenado fuego a discreción", etcétera, sino que se limita a airear la posibilidad de que tal acusación se ventile más adelante por parte de "un nuevo presidente, quizás enemigo suyo". Como quien dijera: ojo, hay maneras y maneras de interpretar los hechos. Lo cual está en consonancia con el mensaje de todo el artículo, que concluye tras un breve análisis de ciertos hechos relevantes, que
el 30 de septiembre se cometieron demasiadas estupideces, de parte y parte, y que sería injusto condenar a unos y premiar a otros.
Conclusión discutible, sin duda, pero que difícilmente puede interpretarse como "apología" de ningún "delito", tal como sostiene la querella de Correa.
Ahora bien, no sé hasta qué punto el sistema legal ecuatoriano alberga una defensa del tipo mencionado: me imagino que aquí no existe nada parecido, por mucho que Pablo Lucio Paredes, en un artículo elocuente y conciso, la sostenga como un "principio básico de la libertad de expresión", de reconocimiento "internacional". Todos los comentaristas leales al gobierno coinciden en que Palacio es quien tiene que demostrar la verdad de lo afirmado en su artículo, respecto a la órden de Correa a las FFAA, en lugar de ser Correa el llamado a demostrar la falsedad de lo dicho y, encima, la deliberada intención del articulista de falsear una realidad conocida por él. De ser así como dicen los acólitos del Caudillo, entonces habría que concluir que cualquier hipótesis, cualquier presunción, cualquier especulación no demostrada y que disguste a algún gobernante puede ser materia de querella, lo que en la práctica haría imposible el ejercicio del periodismo crítico e independiente, pues las evidencias que avalen prácticas políticas corruptas e inmorales raramente son irrebatibles desde un principio, sino que es precisamente la libre y pública discusión sobre hechos de por sí fragmentarios y no concluyentes lo que suele envalentonar a los testigos de mayor relevancia a romper silencio.
Pero es curioso constatar que en su querella, Correa parece anticiparse a una defensa precisamente de este tipo. Es decir, no contento con calificar de mentira lo expresado por Palacio en el artículo, insiste (apartado 5.3) en que Palacios conocía la verdad sobre los hechos del 30-S y que la falseó deliberada y maliciosamente, e incluso cita textualmente el criterio señalado:
Esta conducta de los querellados demuestra la real malicia ("actual malice" o "real malice" en los EEUU) de sus actos...
En realidad, no se "demuestra" tal cosa, e incluso unas líneas más arriba dice que "hasta podemos casi asegurar que pretenden encubrir la verdad..." ¿Casi asegurar? En tal caso, no sería mejor presentar una casi demanda?
En fin. Lo que llama la atención es que Correa, en lugar de limitarse al artículo motivo de la querella y a las imputaciones que supuestamente contiene, ocupa muchísimas páginas con extensas citas de editoriales de EL Universo, a modo de evidencias suplementarias de la mala fe de los querellados, a más de guardarse el derecho de incluir posteriormente otras citas de otros artículos del mismo diario, con diversas firmas, según él, todos ellos escritos con el afán de desprestigiarle a él, a Correa, de quitarle algo de esa fama y esa fina reputación que tan importantes resultan en la vida de un estadista de alto vuelo. Imagínense. El culpable de la mala fama de Correa no es el mismo Correa, ni siquiera es sólo ese monstruo de Palacio, sino toda una lista de columnistas del mismo Diario, que abarcarían presumiblemente desde la excelsa Gabriela Calderón hasta el soporífero Parducci, pasando por el buenazo de Bernard Fougéres y ese pomposo cura que a veces aparece por ahí para sermonearnos sobre los designios abortistas de las empresas farmaceúticas. All human life is here. Resulta que Correa es víctima no de un periodista gatillero sino de una enorme conspiración que engloba algunos de los nombres más conocidos del periodismo ecuatoriano. Sólo falta que se ponga a lloriquear: ustedes, todo el mundo, están contra mí. Todos me odian. Por qué. Por ¿¿¿QUEEÉ???
(continuará)
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