Only connect
Lo veo cada día. Los que somos tan viejos como para recordar el mundo antes del Internet somos una especie salvaje, imposible de asimilar. Nuestras orejas largas y peludas nos delatan. Hasta a mí me choca el recuerdo de un tiempo en que, si querías pornografía, tenías que dibujarla.
Hace algunos meses escribí una carta privada, larga y muy sincera, a la dueña de un sitio web en contra de la pornografía y a favor de la censura. Le dije más o menos esto: usted se vanagloria de su vida sexual "sana", llena de amor y de respeto y no sé cuántos valores cristianos más. Usted quiere obligar a los demás a seguir la misma pauta. Pero ¿y los deformes, los grotescos, los tullidos, los incasables? ¿No tienen derecho siquiera a soñar? ¿Siquiera a aliviarse antes de salir de casa? Usted, señora, reconozco sus buenas intenciones, su deseo de que otros no caigan en la trampa de su marido, en la nocturna adicción a un porno brutal, mezquino y nihilista. Pero usted, señora, está siendo hitleriana. No todo el mundo es ario, fornido, metro noventa, alegremente bruto, capaz de arrasar en el grupo de Bible Youth. Deje de querer legislar para gente que no es de su tribu y a que nunca entenderás.
Todos los conocemos. En mayo viene a verme un amigo de Inglaterra (con suerte iremos a Galápagos). 40 años, epiléptico, cree que lo suyo aparta toda posibilidad de una relación íntima con fembra plazentera (es virgen). Discrepo, pero reconozco que no me asiste derecho a juzgar, no puedo meterme en su piel para saber la verdad del asunto. Lo mío, otra manera de ser deforme, me mantuvo soltero hasta los cuarenta y cuatro, y en mi imaginación (que es lo único que cuenta en estos temas) imposibilitaba toda relación estable con europeas o gringas. En fin. No hay ciencia para estos casos.
Se me ha ocurrido la loca idea, estos días, de solicitar audiencia con Su Majestad Kim Il-Correa, a fin de informarle (por su no ha caido en cuenta) de que si ya no hay ATPDEA, entonces no hay razón por seguir con esa idiotez de la guerra contra las drogas. Cada vez que en la tele sale que la policía antinarcótica ha capturado otra tonelada, siento ganas de llorar. ¡Cuánto trabajo humano perdido! ¡Cuánto desperdicio! Con esa obsesión con la soberanía, Correa está inmejorablemente ubicado para liderar el mundo en la guerra a favor de las drogas, industria que de explotar sabiamente su potencial redundaría positivamente sobre la economía. Porque, reconozcámoslo, nadie puede decir que la droga es mala. Yo me drogo cada día (café, dos por la mañana y uno después de comer) y no concibo la vida sin esa ayudita. También fumo, lo poco que mi emfisemia me permite. Antes tomaba. Son cosas que hacen que la vida valga más. Mi madre, antes de morir, consumía morfina: los mismos médicos se la daban, a fin de distraerle de sus múltiples dolores y amortiguarlos. No hay apenas droga recreacional que no les sirva a los médicos en casos determinados, que ellos escogen porque sus pacientes acostumbran cederles soberanía. Lo que estoy diciendo es que un adulto, entre otros atributos de su estado, tiene que aprender a ser su propio médico. No hay ciencia para estos casos. Los que quisieran prohibir el consumo del tabaco no entienden que hay configuraciones genéticas, entre ellas la mía, que producen seres de un intenso nerviosismo, de una química cerebral displicente: seres con deficiencias en la metabolización de la acetilcolina, que sin la ayuda de la nicotina autoadministrada (necesariamente) son destinados a una vida apagada, atontada y deprimida, con accesos bipolares. (Además, está demostrado que, lejos de ser una carga para la sociedad, los fumadores le hacemos un inmenso favor muriéndonos anticipadamente. Los ahorros netos se cifran en miles de dólares por persona).
En el fondo de todo esto resuena el eco de la tribu. Sí, señora. Usted quiere que los demás sean como usted, porque de tal manera tiene la sensación de que su tribu, el de los treintañeros biempensantes cuyos hijos van a colegios progres, se afianza sobre un territorio en expansión. Es hilarante, hasta tierno a veces, ver cómo los adalides de la diversidad, de lo multi-culti, resultan siempre ser la gente más intolerante que hay sobre la faz de la tierra. Lo que ellos toleran, a fin de cuentas, es que uno se pinte la cara, que blanda sus saberes ancestrales, en fin, que sea pintoresco y que sepa de aromaterapias. Toda tribu tiene sus tótems, sus mascotas, sus bestias sagradas, biscornues. Muchas gracias, señora, por permitirme que sea pintoresco. Pero si ambiciono algo más que ser un animal doméstico suyo...
Cómprese un paraguas inusualmente grande. La sombra que éste proyecta sobre el suelo, ésta es su círculo. Hasta que yo no lo cruce (siquiera en forma de partículas de humo), usted no tiene siquiera por qué verme, mucho menos legislar por mí. Prefiero que no me vea. Espere que vuelva a llover, y con la lluvia aprenderá la humildad, necesaria para la convivencia humana. Cada uno con nuestro paraguas. Si siente necesidad de compartir paraguas, de ser "social", reconozca que es una debilidad, no pecado, pero sí debilidad, y así aprende a entender mejor la debilidad ajena ante la tormenta.
Tony Blair, antes de dejar el cargo de Mentiroso En Jefe del Reino hUnDido, dio un discurso sobre la prensa. Decía: ellos persiguen lo fácil, que es lo exagerado, lo hiperbólico. No puede haber error, tiene que haber mala fe. No puede haber problemas, se precisan crisis. Su solución: la censura, el control estatal. La mía, como la de Forster: only connect. Dejémosles atrás. Conozcámonos. Eso es lo que ha traido la tecnología, lo que antes no era posible. La gente antes era más tolerante, pero en parte era porque nunca se salía de la tribu. Ningún forastero representaba una amenaza. Ahora, todo el mundo tiene miedo del otro que no es como él, y que trae consigo sus hordas. Pero si ahora, por primera vez, tenemos la posibilidad de saber realmente cómo es ese otro. Aprovechémoslo. Armados, eso sí, con paraguas y pistola, rompamos estas barreras. Conozcámonos.
Hace algunos meses escribí una carta privada, larga y muy sincera, a la dueña de un sitio web en contra de la pornografía y a favor de la censura. Le dije más o menos esto: usted se vanagloria de su vida sexual "sana", llena de amor y de respeto y no sé cuántos valores cristianos más. Usted quiere obligar a los demás a seguir la misma pauta. Pero ¿y los deformes, los grotescos, los tullidos, los incasables? ¿No tienen derecho siquiera a soñar? ¿Siquiera a aliviarse antes de salir de casa? Usted, señora, reconozco sus buenas intenciones, su deseo de que otros no caigan en la trampa de su marido, en la nocturna adicción a un porno brutal, mezquino y nihilista. Pero usted, señora, está siendo hitleriana. No todo el mundo es ario, fornido, metro noventa, alegremente bruto, capaz de arrasar en el grupo de Bible Youth. Deje de querer legislar para gente que no es de su tribu y a que nunca entenderás.
Todos los conocemos. En mayo viene a verme un amigo de Inglaterra (con suerte iremos a Galápagos). 40 años, epiléptico, cree que lo suyo aparta toda posibilidad de una relación íntima con fembra plazentera (es virgen). Discrepo, pero reconozco que no me asiste derecho a juzgar, no puedo meterme en su piel para saber la verdad del asunto. Lo mío, otra manera de ser deforme, me mantuvo soltero hasta los cuarenta y cuatro, y en mi imaginación (que es lo único que cuenta en estos temas) imposibilitaba toda relación estable con europeas o gringas. En fin. No hay ciencia para estos casos.
Se me ha ocurrido la loca idea, estos días, de solicitar audiencia con Su Majestad Kim Il-Correa, a fin de informarle (por su no ha caido en cuenta) de que si ya no hay ATPDEA, entonces no hay razón por seguir con esa idiotez de la guerra contra las drogas. Cada vez que en la tele sale que la policía antinarcótica ha capturado otra tonelada, siento ganas de llorar. ¡Cuánto trabajo humano perdido! ¡Cuánto desperdicio! Con esa obsesión con la soberanía, Correa está inmejorablemente ubicado para liderar el mundo en la guerra a favor de las drogas, industria que de explotar sabiamente su potencial redundaría positivamente sobre la economía. Porque, reconozcámoslo, nadie puede decir que la droga es mala. Yo me drogo cada día (café, dos por la mañana y uno después de comer) y no concibo la vida sin esa ayudita. También fumo, lo poco que mi emfisemia me permite. Antes tomaba. Son cosas que hacen que la vida valga más. Mi madre, antes de morir, consumía morfina: los mismos médicos se la daban, a fin de distraerle de sus múltiples dolores y amortiguarlos. No hay apenas droga recreacional que no les sirva a los médicos en casos determinados, que ellos escogen porque sus pacientes acostumbran cederles soberanía. Lo que estoy diciendo es que un adulto, entre otros atributos de su estado, tiene que aprender a ser su propio médico. No hay ciencia para estos casos. Los que quisieran prohibir el consumo del tabaco no entienden que hay configuraciones genéticas, entre ellas la mía, que producen seres de un intenso nerviosismo, de una química cerebral displicente: seres con deficiencias en la metabolización de la acetilcolina, que sin la ayuda de la nicotina autoadministrada (necesariamente) son destinados a una vida apagada, atontada y deprimida, con accesos bipolares. (Además, está demostrado que, lejos de ser una carga para la sociedad, los fumadores le hacemos un inmenso favor muriéndonos anticipadamente. Los ahorros netos se cifran en miles de dólares por persona).
En el fondo de todo esto resuena el eco de la tribu. Sí, señora. Usted quiere que los demás sean como usted, porque de tal manera tiene la sensación de que su tribu, el de los treintañeros biempensantes cuyos hijos van a colegios progres, se afianza sobre un territorio en expansión. Es hilarante, hasta tierno a veces, ver cómo los adalides de la diversidad, de lo multi-culti, resultan siempre ser la gente más intolerante que hay sobre la faz de la tierra. Lo que ellos toleran, a fin de cuentas, es que uno se pinte la cara, que blanda sus saberes ancestrales, en fin, que sea pintoresco y que sepa de aromaterapias. Toda tribu tiene sus tótems, sus mascotas, sus bestias sagradas, biscornues. Muchas gracias, señora, por permitirme que sea pintoresco. Pero si ambiciono algo más que ser un animal doméstico suyo...
Cómprese un paraguas inusualmente grande. La sombra que éste proyecta sobre el suelo, ésta es su círculo. Hasta que yo no lo cruce (siquiera en forma de partículas de humo), usted no tiene siquiera por qué verme, mucho menos legislar por mí. Prefiero que no me vea. Espere que vuelva a llover, y con la lluvia aprenderá la humildad, necesaria para la convivencia humana. Cada uno con nuestro paraguas. Si siente necesidad de compartir paraguas, de ser "social", reconozca que es una debilidad, no pecado, pero sí debilidad, y así aprende a entender mejor la debilidad ajena ante la tormenta.
Tony Blair, antes de dejar el cargo de Mentiroso En Jefe del Reino hUnDido, dio un discurso sobre la prensa. Decía: ellos persiguen lo fácil, que es lo exagerado, lo hiperbólico. No puede haber error, tiene que haber mala fe. No puede haber problemas, se precisan crisis. Su solución: la censura, el control estatal. La mía, como la de Forster: only connect. Dejémosles atrás. Conozcámonos. Eso es lo que ha traido la tecnología, lo que antes no era posible. La gente antes era más tolerante, pero en parte era porque nunca se salía de la tribu. Ningún forastero representaba una amenaza. Ahora, todo el mundo tiene miedo del otro que no es como él, y que trae consigo sus hordas. Pero si ahora, por primera vez, tenemos la posibilidad de saber realmente cómo es ese otro. Aprovechémoslo. Armados, eso sí, con paraguas y pistola, rompamos estas barreras. Conozcámonos.
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