El laboratorio de la envidia

Los jesuitas llegaron aquí primero, ya lo ves. Y yo sin defensas. Hawkeye da un par de vueltas por el asentamiento: cachivaches botados, restos de muebles todavía humeantes, sangre: se agacha y examina una huella de pie, un traicionero rosario. “Jesuitas.”

Ni pude terminar de comer.

Ahora, imposible que piense como los demás, que tenga sentimientos humanos normales, que funcione correctamente. No es que todavía crea en Dios ni nada de eso: hace años que uso solamente prestobarbas Occam ™ para conseguir día tras día ese ateísmo suave y liso que las mujeres adoran. El infierno jesuita de Stephen tampoco me traumó como es debido, por lo menos no en comparación con ese otro de la (boschiana donde las haya) sala de profesores nuestra, que fue mucho más inmediato y menos negociable. No es nada de eso. Es el pecado.

Nadie que fuera educado en una sociedad de derechos ™ lo podrá entender nunca. ¿Cómo explicar una puesta de sol a una persona ciega de nacimiento? ¿Cómo explicar el sentimiento de culpabilidad postridentino a quien no haya tenido nunca un jesuita en su vida? Digamos: es un poco como lo que siente una treintañera soltera frente a las ruinas de un pastel de chocolate con nata: pero es más que eso. Es un poco lo que siente un niño cuando acaba de romper, después de breves minutos, el nuevo y caro juguete que le consiguió su mamá tras discutir con el papá; pero es menos que eso. No, no atino. Tendrás que haberlo vivido.

De la misma manera, supongo que ese sentimiento humano que me falta, ése que los jesuitas llamaban pecado capital, que los teóricos del progreso postulan como motor de cambio social, el que otorga argumentos a la publicidad de automóviles y a que Barry Humphries le diera vida en alguna ocasión, es algo que yo nunca podré entender en toda su moderna majestuosidad, por pedante que sea la explicación.

No olviden que soy de clase social media naufragada (en la Inglaterra de la maravillosa Barbara Pym, sería la de las ayudantes de biblioteca solteronas y miopes con numerosos gatos a cargo). Sub specie aeternitatis, poco importa que alguien de mi calaña entienda o no por qué el guindamocos tiene “derecho” a un trato insulsamente amable por parte de la funcionaria afirmativamente accionada de turno, cuando lo que está deseando con todo su alma es que le digan “oye, guindamocos”, para así poder liberar toda esa bilis que le está estorbando el tránsito pilórico de la última tarta de limón. (A propósito, es una persona, si no real, legendaria: salía en los videos de entrenamiento del Citizens Advice Bureau: te aconsejaban que le miraras “entre las cejas”, para que la ilusión óptica de sostenerle la mirada no quebrara. También, por si quebrara alguna otra cosa, que no cruzaras las manos debajo de su nariz.) Pese a lo cual, que seamos todos “iguales ante la ley” me parece, si no intensamente deseable, por lo menos discretamente apto: la ley es un burro (Dickens dixit), y es propio de burros no hacer distinción de personas. Hasta ahí soy ortodoxo, creo, al menos en la formas.

Incluso estoy dispuesto a conceder que exista algo que se llama “sana envidia”:

I’ll have what she’s having. (When Harry met Sally)

Fíjense bien: no hay ningún deseo de quitarle a ella lo suyo. Se supone que hay más, que hay para todas. Es un supuesto racional, en cierto tipo de universo, con cierto tipo de sangre. Cuando todavía hay wildebeest hasta el horizonte. Yo otorgaría a la sana envidia un lugar bien alto en el ránking de los reflejos evolutivamente beneficiosos. Miren si no:

MRS THOG (dudosamente hermoso ejemplar de Homo neanderthalis): Mira, Thog, otra vez los vecinos, esos malditos Homo erectus, están comiendo mamút. Y nosotros siempre lo mismo, rata cada día, rata y rata y más rata. Ya estoy harta. ¿De dónde sacan ellos tanto mamút? ¿Cómo pueden matarlo, si el animal es más grande que ellos? Te digo que ya no puedo más con esto.

MR THOG (con un suspiro furtivo): Ya, ya, cariño, mañana iré a ver si puedo averiguar algo. Déjame ver el futroc, por lo menos. Es la semifinal de la Piedra Cóncava Mundial.

Donde no puedo entrar es en el Sanctum Sanctorum de la envidia colectiva, la malsana, la verde, la de la “redistribución”, de la “acción positiva”, la que campea impenitente y furiosa donde se ha comprobado que no hay para todos o para todas, la que quiere arrebatar el fin a los que aprendieron primero el medio (and have scars to show for it): la hiena. Ahí no. Culpe a los jesuitas.

Y si ha de haber una cosa peor que la envidia misma, sería sin duda la envidia vicaria. “¿Acción afirmativa? No, gracias. Soy mi propia acción afirmativa.” “Pues quédese excluida de nuestra sociedad empalagosamente incluyente. No mereces mi caridad. No naciste en una caja de zapatos en el M1. Hay más merecedoras que tú. Fuck off.”

De nuevo, fuera. Al otro lado de la puerta metálica se escucha un ruido como de ciento cincuenta bocas zampando gelatina en medio de un religioso silencio. De vez en cuando, una risita sofocada.

Comments

  1. Pues yo, hablando como parte de una minoría minoritaria, opino que esa clase de políticas privilegiantes que promueven esos biempensantes proxenetas (porque son farsantes y no piensan lo suficente) hacia esos grupos expresan en cierta manera un solapado menosprecio. Pretender dividir el mundo entre oprimidos y opresores, buenos y malos, víctimas y victimarios, auspiciando esas exhacerbaciones identitarias dede la ley, lejos, pero bien lejos está de sanear los odios y los conflictos. Lo que hace es agravar su relieve. Y quien diga que no pues está negando lo evidente. Pero bueno, es buen negocio para los interesados en litigios.

    ReplyDelete

Post a Comment

Popular posts from this blog

Odio

Relaciones diplomáticas

The OK Salvadoran