Cochina envidia
"Freedom of the press is guaranteed only to those who own one"
(AJ Liebling)
Al señor López (el de los chanchos) le encantó el regalo. ¡Ah, - dijo, - una prensa! Es justo lo que siempre había deseado tener. Ahora podré: (a) torturar a herejes medievales (si es que algún día se me cruzan algunos), (b) ser vinicultor (necesitaré unas uvas), o (c) imprimir periódicos (necesitaré algunas mentiras). Nótese bien el uso de la disyuntiva: implica que los que tienen prensa no suelen darle a ese objeto en la mayoría de los casos multiplicidad de usos, pues si intentas usar una sola prensa para torturar, hacer vino e imprimir diarios, corres el riesgo de emborrachar a tus prisioneros, sangrar tus columnas y lo peor de todo, embotellar la verdad (“in vino veritas”, triste constatación). Gracias a todos, compañeros: nunca me olvidaré de este regalo. ¿Un poco de tocino?
Unos días después, el bueno del señor López ya tenía lista la edición debut del nuevo diario Universus Chanchibus. Invitó a un grupo reducido de amigos a celebrar con él la primera tirada. Con qué goce, con qué jolgorio vieron moverse los férreos brazos de la pesada máquina. Cuán felices estos buenos y honestos amigos fueron, con sendas copas de usquebaugh en la mano, mientras contemplaban con mirada pasmada el lento y sosegado etc etc; etc etc; etc etc de la máquina. El día siguiente, Universus Chanchibus fue la gran noticia del pueblo. Claro que no podía ser menos, con artículos de portada de la siguiente índole:
“Fiesta cochina en Puerto Yépez”
Nuevo proyecto municipal: una porquería.
Agricultores de la comarca: “más marranos que nunca”.
“La culpa fue de la chancha” (p. 3)
Es decir, el diario era la mar de entretenido, con variedad de artículos y de firmas (pongamos: pezuñas), excelentemente ilustrado, y con algunas informaciones, como la de la feria chanchera, que hasta resultaron ser veraces y todo. En contra, sólo eso, que a decir verdad se le notaba cierto sesgo porcino, cierta tendencia a destacar marranadas, junto con un marcado desinterés por todo lo que carecía de rabito rizadote. Sólo era eso.
Lo que no era de esperar fue el fulminante éxito a nivel nacional que tuvo este diario, una vez que los recién abultados ingresos del Sr. López le permitieron ampliar la tirada y colocar su oferta periodística en las gasolineras y en las rotondas a lo largo y ancho del país. Se diría que la nación entera, harta de personalidades, de chismes y farándula, de politiqueo y de demagogia, de mentalistas y de amintalistas, se volcó con entusiasmo en las sencillas cualidades y en la bucólica vida de nuestros hermanos porcinos.
Luego vinieron las elecciones presidenciales.
El Señor López despachó a su mejor reportero, un tal Dalias, a “cubrir” las elecciones desde la señorial ciudad capital del país. En la noche de las elecciones, le llamó a su oficina.
- Bueno, Dalias, ¿qué tienes?
- Señor López, lamento decirle que esta vez ni un solo chancho se ha postulado ni para presidente ni siquiera para asambleísta. Burros todos los que quisiere, halcones creo que alguno también, pero lo que se dice chancho, chancho de verdad…
- No importa. ¿Quién comió fritada la víspera?
- Esta vez, nadie. Señor, si me permite…
- No, Dalias. Ya sé, pero no. A mí hace cuarenta años que las personas me importan un rábano. Son mezquinas, crueles y mentirosas. Si lo sabré yo, que soy persona al fin y al cabo. Nada, si no hay chanchos, no hay noticia. La portada se la daremos a Mercedes, que está cubriendo la feria.
De modo que Dalias tuvo que abandonar su brillante artículo de análisis sobre las perspectivas de victoria de los diferentes candidatos, no sin antes enviar una carta de protesta a una organización de reporteros que había. El día siguiente salió el gran titular:
PUERCO GANADOR
La ira del recién elegido Presidente de la República, una vez que se cercioró que la tirada de esta edición había batido todos los récords, no se hizo esperar.
- Con el Sr López, por favor.
- Con el mismo. ¿Qué desea?
- Dejémonos de bromas. ¿Qué significa esta portada?
- Significa, señor Presidente, que el ganador de la feria porcina anual de Puerto Yépez fue el lindo cochino que se ve en la fotografía. Un peso nada menos que de doscientos treinta y…
- ¡Silencio! Usted me ha llamado públicamente puerco. Exijo una explicación.
- Nada de eso, señor Presidente. Si usted fuera puerco tendría todos mis respetos…
- Así que no los tengo, entonces. Eso se llama desacato: por mucho menos se ha encarcelado a gente como usted.
- Entendámonos, Presidente. El artículo no hablaba de usted.
- Sandeces. Acabamos de tener unas elecciones presidenciales a nivel nacional y quiere hacerme creer que su portada no hablaba de mí. Si eso fuera cierto, su diario sería el peor de la historia del país.
- ¿Por qué, si se puede saber?
- Pues porque la prensa tiene el deber de informar a la ciudadanía.
- Y un cuerno.
- Ajá. Así recompensa usted la confianza de sus lectores. Despreciándolos.
- Señor Presidente, despreciar es creerse por encima del otro. Yo no me creo por encima de mis lectores. Por el contrario, insisto en que ellos son tan dueños de sus palabras como yo. Si no están de acuerdo con lo que dicen mis diarios, o quieren ver otro tipo de información, que dejen de comprarme y pasquinen. Si sus opiniones son comerciales y se agotan, a diez centavos el pasquín vendido y cinco la fotocopia ya tienen una ganancia de 100%, suficiente para ampliar el tamaño, la tirada y el precio. En menos que nada, tienen su propio diario nacional. Claro, también podrán postular para Presidente y luego expropiar los medios que quieran. Más fácil, aunque menos honesto. La cuestión es que en una sociedad libre, quien no tenga su propio Universus es porque no quiere, o porque sus puntos de vista no son tan interesantes para que la gente esté dispuesta a pagar por leerlos o por anunciarse junto a ellos, lo que al final es problema de cada cual. Todos tenemos derecho a expresarnos, pero nadie tiene derecho a exigir que le escuchen, ni a disfrutar de un público masivo porque sí. El público uno se lo gana a pulso en el mercado día a día. Repito: a menos que uno sea Presidente, y vaya por las ondas con su séquito de policías secuestrando público de otros medios.
- Yo lo que hago es informar a la ciudadanía sobre cosas que realmente les importan. Usted publica frivolidades y mentiras.
- Es posible.
- Hoy ha dicho en su editorial que el campeón mundial de ajedrez es un chancho llamado Iggy Dudley, y que desde hace medio siglo los mejores ajedrecistas del mundo todos son cochinos. También dice que nuestra galaxia tiene forma de oreja de cerdo, y que comer basura es bueno para la circulación. Eso es una retahíla de falsedades a cuál más delirante.
- Por supuesto. ¿Algún problema?
- Está engañando a la gente.
- Se nota que usted de la gente tiene un concepto muy bajo, hasta más bajo que yo, que ya es decir. Es de suponer que por lo mismo se hizo político. Yo no estoy enterado de que nadie se haya puesto a comer basura por causa de mi editorial. No me consta que la gente, en general, se crea todo lo que se les dice, pues tal forma de proceder supondría cargar con una desventaja evolutiva asaz autoaniquiladora. Sin embargo, si llega a mis oídos que mi editorial fue responsable de que algún infeliz se haya puesto a devorar restos orgánicos en avanzado estado de descomposición, tenga por seguro que me reiré a carcajadas de ese pobre gil, tal como usted se ha de gozar en petit comité de los crédulos que le votaron. ¿Alguna pregunta más?
- Con la constitución en la mano, podría clausurar su medio por faltar a la verdad, por no hablar del atentado contra mi honra de que ha sido culpable en la portada de la edición de hoy.
- Vamos, Presidente. No es bueno ir por el mundo con los complejos tan al aire, resfriarse es poco con lo que le podría llegar a pasar. Fíjense en lo que le pasó al desgraciado de Ledesma, que ya tiene fama internacional de querer clausurar toda boca que no cante sus alabanzas. Dice querer a su patria, y sin embargo, hace lo posible para que sea conocida como el país de las tijeras, de las camisas marrones y del pensamiento único. No sea así.
No sea así: sea como los chanchos, que no hacen daño a nadie, que a pesar de ocupar ínfimos y desconsoladores espacios vitales coexisten en benemérita fraternidad. Sea como los chanchos, que en su piel llevan con ejemplar mansedumbre pequeños objetos adheridos, que hacen recordar melancólicos caballeros miembros de exclusivos clubes londinenses a la hora del té. Sea como los chanchos, que combinan los placeres del retozar amoroso con los del contacto lodoso sobre la piel desnuda. Sea…
Pero ya le habían colgado.
- Un lector menos, qué pena – suspiró. Y se puso a preparar un sánduche con lechuga, tomate y beicon.
- Qué pena - repitió, comiendo.
(AJ Liebling)
Al señor López (el de los chanchos) le encantó el regalo. ¡Ah, - dijo, - una prensa! Es justo lo que siempre había deseado tener. Ahora podré: (a) torturar a herejes medievales (si es que algún día se me cruzan algunos), (b) ser vinicultor (necesitaré unas uvas), o (c) imprimir periódicos (necesitaré algunas mentiras). Nótese bien el uso de la disyuntiva: implica que los que tienen prensa no suelen darle a ese objeto en la mayoría de los casos multiplicidad de usos, pues si intentas usar una sola prensa para torturar, hacer vino e imprimir diarios, corres el riesgo de emborrachar a tus prisioneros, sangrar tus columnas y lo peor de todo, embotellar la verdad (“in vino veritas”, triste constatación). Gracias a todos, compañeros: nunca me olvidaré de este regalo. ¿Un poco de tocino?
Unos días después, el bueno del señor López ya tenía lista la edición debut del nuevo diario Universus Chanchibus. Invitó a un grupo reducido de amigos a celebrar con él la primera tirada. Con qué goce, con qué jolgorio vieron moverse los férreos brazos de la pesada máquina. Cuán felices estos buenos y honestos amigos fueron, con sendas copas de usquebaugh en la mano, mientras contemplaban con mirada pasmada el lento y sosegado etc etc; etc etc; etc etc de la máquina. El día siguiente, Universus Chanchibus fue la gran noticia del pueblo. Claro que no podía ser menos, con artículos de portada de la siguiente índole:
“Fiesta cochina en Puerto Yépez”
Nuevo proyecto municipal: una porquería.
Agricultores de la comarca: “más marranos que nunca”.
“La culpa fue de la chancha” (p. 3)
Es decir, el diario era la mar de entretenido, con variedad de artículos y de firmas (pongamos: pezuñas), excelentemente ilustrado, y con algunas informaciones, como la de la feria chanchera, que hasta resultaron ser veraces y todo. En contra, sólo eso, que a decir verdad se le notaba cierto sesgo porcino, cierta tendencia a destacar marranadas, junto con un marcado desinterés por todo lo que carecía de rabito rizadote. Sólo era eso.
Lo que no era de esperar fue el fulminante éxito a nivel nacional que tuvo este diario, una vez que los recién abultados ingresos del Sr. López le permitieron ampliar la tirada y colocar su oferta periodística en las gasolineras y en las rotondas a lo largo y ancho del país. Se diría que la nación entera, harta de personalidades, de chismes y farándula, de politiqueo y de demagogia, de mentalistas y de amintalistas, se volcó con entusiasmo en las sencillas cualidades y en la bucólica vida de nuestros hermanos porcinos.
Luego vinieron las elecciones presidenciales.
El Señor López despachó a su mejor reportero, un tal Dalias, a “cubrir” las elecciones desde la señorial ciudad capital del país. En la noche de las elecciones, le llamó a su oficina.
- Bueno, Dalias, ¿qué tienes?
- Señor López, lamento decirle que esta vez ni un solo chancho se ha postulado ni para presidente ni siquiera para asambleísta. Burros todos los que quisiere, halcones creo que alguno también, pero lo que se dice chancho, chancho de verdad…
- No importa. ¿Quién comió fritada la víspera?
- Esta vez, nadie. Señor, si me permite…
- No, Dalias. Ya sé, pero no. A mí hace cuarenta años que las personas me importan un rábano. Son mezquinas, crueles y mentirosas. Si lo sabré yo, que soy persona al fin y al cabo. Nada, si no hay chanchos, no hay noticia. La portada se la daremos a Mercedes, que está cubriendo la feria.
De modo que Dalias tuvo que abandonar su brillante artículo de análisis sobre las perspectivas de victoria de los diferentes candidatos, no sin antes enviar una carta de protesta a una organización de reporteros que había. El día siguiente salió el gran titular:
PUERCO GANADOR
La ira del recién elegido Presidente de la República, una vez que se cercioró que la tirada de esta edición había batido todos los récords, no se hizo esperar.
- Con el Sr López, por favor.
- Con el mismo. ¿Qué desea?
- Dejémonos de bromas. ¿Qué significa esta portada?
- Significa, señor Presidente, que el ganador de la feria porcina anual de Puerto Yépez fue el lindo cochino que se ve en la fotografía. Un peso nada menos que de doscientos treinta y…
- ¡Silencio! Usted me ha llamado públicamente puerco. Exijo una explicación.
- Nada de eso, señor Presidente. Si usted fuera puerco tendría todos mis respetos…
- Así que no los tengo, entonces. Eso se llama desacato: por mucho menos se ha encarcelado a gente como usted.
- Entendámonos, Presidente. El artículo no hablaba de usted.
- Sandeces. Acabamos de tener unas elecciones presidenciales a nivel nacional y quiere hacerme creer que su portada no hablaba de mí. Si eso fuera cierto, su diario sería el peor de la historia del país.
- ¿Por qué, si se puede saber?
- Pues porque la prensa tiene el deber de informar a la ciudadanía.
- Y un cuerno.
- Ajá. Así recompensa usted la confianza de sus lectores. Despreciándolos.
- Señor Presidente, despreciar es creerse por encima del otro. Yo no me creo por encima de mis lectores. Por el contrario, insisto en que ellos son tan dueños de sus palabras como yo. Si no están de acuerdo con lo que dicen mis diarios, o quieren ver otro tipo de información, que dejen de comprarme y pasquinen. Si sus opiniones son comerciales y se agotan, a diez centavos el pasquín vendido y cinco la fotocopia ya tienen una ganancia de 100%, suficiente para ampliar el tamaño, la tirada y el precio. En menos que nada, tienen su propio diario nacional. Claro, también podrán postular para Presidente y luego expropiar los medios que quieran. Más fácil, aunque menos honesto. La cuestión es que en una sociedad libre, quien no tenga su propio Universus es porque no quiere, o porque sus puntos de vista no son tan interesantes para que la gente esté dispuesta a pagar por leerlos o por anunciarse junto a ellos, lo que al final es problema de cada cual. Todos tenemos derecho a expresarnos, pero nadie tiene derecho a exigir que le escuchen, ni a disfrutar de un público masivo porque sí. El público uno se lo gana a pulso en el mercado día a día. Repito: a menos que uno sea Presidente, y vaya por las ondas con su séquito de policías secuestrando público de otros medios.
- Yo lo que hago es informar a la ciudadanía sobre cosas que realmente les importan. Usted publica frivolidades y mentiras.
- Es posible.
- Hoy ha dicho en su editorial que el campeón mundial de ajedrez es un chancho llamado Iggy Dudley, y que desde hace medio siglo los mejores ajedrecistas del mundo todos son cochinos. También dice que nuestra galaxia tiene forma de oreja de cerdo, y que comer basura es bueno para la circulación. Eso es una retahíla de falsedades a cuál más delirante.
- Por supuesto. ¿Algún problema?
- Está engañando a la gente.
- Se nota que usted de la gente tiene un concepto muy bajo, hasta más bajo que yo, que ya es decir. Es de suponer que por lo mismo se hizo político. Yo no estoy enterado de que nadie se haya puesto a comer basura por causa de mi editorial. No me consta que la gente, en general, se crea todo lo que se les dice, pues tal forma de proceder supondría cargar con una desventaja evolutiva asaz autoaniquiladora. Sin embargo, si llega a mis oídos que mi editorial fue responsable de que algún infeliz se haya puesto a devorar restos orgánicos en avanzado estado de descomposición, tenga por seguro que me reiré a carcajadas de ese pobre gil, tal como usted se ha de gozar en petit comité de los crédulos que le votaron. ¿Alguna pregunta más?
- Con la constitución en la mano, podría clausurar su medio por faltar a la verdad, por no hablar del atentado contra mi honra de que ha sido culpable en la portada de la edición de hoy.
- Vamos, Presidente. No es bueno ir por el mundo con los complejos tan al aire, resfriarse es poco con lo que le podría llegar a pasar. Fíjense en lo que le pasó al desgraciado de Ledesma, que ya tiene fama internacional de querer clausurar toda boca que no cante sus alabanzas. Dice querer a su patria, y sin embargo, hace lo posible para que sea conocida como el país de las tijeras, de las camisas marrones y del pensamiento único. No sea así.
No sea así: sea como los chanchos, que no hacen daño a nadie, que a pesar de ocupar ínfimos y desconsoladores espacios vitales coexisten en benemérita fraternidad. Sea como los chanchos, que en su piel llevan con ejemplar mansedumbre pequeños objetos adheridos, que hacen recordar melancólicos caballeros miembros de exclusivos clubes londinenses a la hora del té. Sea como los chanchos, que combinan los placeres del retozar amoroso con los del contacto lodoso sobre la piel desnuda. Sea…
Pero ya le habían colgado.
- Un lector menos, qué pena – suspiró. Y se puso a preparar un sánduche con lechuga, tomate y beicon.
- Qué pena - repitió, comiendo.
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