Sucias
Entre las observaciones a primera vista menos trascendentes del reconocido naturalista inglés Gilbert White (A Natural History of Selbourne) figura este interesante párrafo, que acabo de inventar totalmente:
Aquella mañana primaveral me regaló, a más del prometedor descubrimiento de un alegre y dicharachero pájaro carpintero verde en las inmediaciones de la Iglesia de San Telimondeno, una escena de lo más conmovedora: en medio de una extensa zona de barro circundante al río, justo detrás de la casa de Samuel Godoffell, alcancé a ver a dos muchachas de una veintena de años cada una, enzarzadas en una discusión cuyo motivo era bastante menos evidente, para el espectador casual, que ese notable empeño que tenían las dos en zanjar sus diferencias mediante arañazos, estirones de pelo, bofetones, y sobre todo (para mi honda alegría y satisfacción) maliciosos embadurnamientos recíprocos de lodo por ambas partes. En ese momento, envalentonado con la reflexión de que es deber cristiano prestar auxilio al prójimo, aunque sólo sea para ayudarle a ensuciarse, no pude resistirme a descender corriendo la cuesta que me separaba de esa encantadora e idílica escena, para enseguida ponerme a recoger lodo entre mis artríticos dedos y lanzarlo a las ropas de aquellas señoritas del pueblo, quienes hasta tal punto se entusiasmaron con la presencia de su nuevo contrincante, que me respondieron con un aluvión de misiles, entre los cuales figuraron puñados de arena y barro, pequeños reptiles de la familia Lacertidae, una anguila adulta y una lechuga. No recuerdo haber disfrutado de una mañana tan deliciosa y a la vez productiva desde hace muchísimo tiempo.
Lo que trasciende de este texto es algo que es de sobras conocido y que a la vez constituye una de las grandes tragedias de los tiempos modernos, es decir el hecho de que los hombres necesitamos de la presencia de mujeres sucias, cuanto más sucias mejor, mientras que las mujeres modernas, sea con intención de frustrarnos, sea por cualquier otro motivo, no hacen otra cosa que tornarse continuamente más limpias. Lo que con fuerza me sugirió esta reflexión fue un anuncio de la televisión el día de ayer, que daba a entender que, si bien hay determinadas manchas en la piel que pueden contribuir a la belleza de la mujer, ninguna mujer quisiera tener manchas por debajo de la axila, y que por tanto, el producto anunciado era de primordial necesidad, a fin de eliminar ese tipo de imperfección. Pues bien: yo no entiendo qué puede haber de malo en tener manchas por debajo de la axila, es más, me parece un excelente lugar para tener manchas, lo que sí sé es que se ha vuelto muy difícil últimamente (digamos, en los últimos 213 años) encontrar a mujeres que tengan manchada la ropa, o que tengan lodo en el cabello y en la cara, o que lleven las ropas hechas un asco. Y peor ahora, que en cualquier supermercado hay infinidad de productos cuya finalidad reside precisamente en evitar que esas descargas (anuncio televisivo, textual) propias del período de menstruación dejen constancia en la ropa interior o exterior; ignoro quién tuvo primero la desgraciada ocurrencia de que dichas descargas debieran ocultarse (la idea tiene su historial, vaya si la tiene: consulte con el Pentateuco) pero a quienquiera que fuese el que la tuviera, me place regalarle un bofetón, pues para mí no hay vista más encantadora y enternecedora que unas bragas manchadas de sangre, y de que no soy el único en pensar así, es testimonio el gran negocio que hace unas décadas descubrí por mediación de unas amigas inglesas, que me contaron que ellas mandaban sus calzones usados, envueltos en celofán, a una dirección postal japonesa a cambio de una suma no desdeñable pagada por medio de giro postal, con la finalidad de que dichas prendas interiores sirvieran para el goce privado, se supone olfativo, de unos señores empresarios nipones, que al parecer tenían la interesante pretensión de catar prendas interiores usadas como si de vinos nobles se tratara.
(Dicho sea de paso, eso es otra cosa que milita en contra de mi sueño

de que algún día, todas las mujeres anden puercas. Me refiero a que hoy en día, el simple hecho de ser mujer significa tener infinidad de posibilidades de ganar dinero fácilmente, dinero que luego, por desgracia, en muchos casos sirve para comprar jabones, champú y otros productos antiestéticos y antifemeninos. Me estoy acordando del caso de mi gran amiga Liz, que hace unos años, sin ser realmente muy aficionada al género, por curiosidad se suscribió a un grupo online de Bondage y Domination. Allí conoció a un inglés (tenía que ser) que se categorizaba como Sumiso, y que al poco tiempo de entablar conversación electrónica con ella ya le estaba rogando que ella le diera alguna “orden” para que él pudiera cumplirla y así afianzar su condición de esclavo suyo. Mi amiga se quedó un poco perpleja, sin que se le ocurriese ninguna “orden” cuyo cabal cumplimiento le diese el más mínimo placer, sin hablar de placer erótico. Al final, ella decidió ordenarle que le enviara, por correo convencional, un par de medias “panty” de nylon, nuevecitas. El hombre se quedó un poco decepcionado con eso (se supone que ansiaba algo más en la línea de “quítate toda la ropa, estírate en el suelo e imagina que estás besando mis pies”) pero como se preciaba de ser un buen Sumiso, no podía quejarse, así que una semana más tarde Liz recibió por correo un paquete de medias, de las caras. Allí empezó lo que llegó a ser una rutina semanal: hasta que el pobre hombre empezó a quejarse de que la compra y el envío de medias no era tarea apropiada para un Esclavo tan perfeccionado como él, y que por qué ella no permitía que se conocieran en persona, Liz ya se había acumulado varias docenas de paquetes, lo suficiente como para andar con las patas calientes durante un año, mínimo. Claro que ella, con lo escrupulosa que es, en ningún momento le pidió que enviara dinero (soy testigo de que se lo pensó, eso sí), pero aun así, con lo que se ahorró en la compra de medias tenía como para regalarse veinte botellas enteras de champú de salvado de trigo, cerveza, mantequilla de maní y queso emmenthal (o lo que fuere que ellas se echan en los cabellos últimamente). Claro que mi amiga Liz no es así: ella se lo gastó en tequila. Por eso (y por ser la pintora de más talento de Inglaterra y parte del extranjero) es mi amiga.)
Pero volviendo al tema: si me quejo de que las mujeres hoy en día son horrorosamente limpias, no me estoy refiriendo tanto a la higiene personal sino a ese otro estilo de limpieza que creo (aunque aquí hay lugar para discrepancias) que fue el que también le sobró al genial autor del siguiente De Profundis:
Ooh, I need a dirty woman
Ooh, I need a dirty girl
Me refiero a la aberrante limpieza mental o espiritual, esa limpieza que entre otras cosas se traduce en el trágico hecho de que las peleas entre mujeres (cat fights) apenas se pueden ver hoy en día excepto en las películas, en los libros clásicos o en los sitios web especializados en el tema. ¿Qué nos está pasando, en qué mundo vivimos ahora, para que esos maravillosos espectáculos tanto escaseen, para que tengamos que volver a ver From Russia With Love otras cien veces, soportando a ese plasta de Connery hasta llegar a la escena de las gitanas? ¿Qué ideología hay que fomentar, qué sistema económico hay que preconizar para que otra vez las mujeres vuelvan a estirarse de los pelos, y rasgarse mutuamente las ropas, dejando entrever interesantes y fugaces prendas íntimas, como en los buenos viejos tiempos? A veces pienso que quizás Correa tenga razón, y hay que ser socialistas, suicidamente socialistas, hasta el punto de no pagar la deuda externa y así conducir el país recto hacia el precipicio de la escasez, simplemente para que se dé en los mercados de pueblo esa escena que tan bien describió Orwell (Orwell de nuevo, ese man es un fenómeno, está metido en todo) donde dos mujeres se lleguen a las manos para conseguir la última cacerola del lote, o lo que es lo mismo, para llevarse la última botella de aceite de oliva, importada la víspera de la Declaración de No Pertenencia al Mundo Occidental de parte del gobierno del país. Es de esperar que, cuando por fin se empiecen a dar esas escenas tan refrescantes y poéticas en las plazas de pueblo, las protagonistas no se olviden de arrancarse recíprocamente las camisas, de usar zapatos de tacón como armas de combate, de dar varias vueltas abrazadas en el polvo y de ser posible (por favor) con un poco de barro también. Hay que tener presente que lo importante es terminar muy sucias, y con poca ropa. Sobre todo, esto último. Por favor.
Aquella mañana primaveral me regaló, a más del prometedor descubrimiento de un alegre y dicharachero pájaro carpintero verde en las inmediaciones de la Iglesia de San Telimondeno, una escena de lo más conmovedora: en medio de una extensa zona de barro circundante al río, justo detrás de la casa de Samuel Godoffell, alcancé a ver a dos muchachas de una veintena de años cada una, enzarzadas en una discusión cuyo motivo era bastante menos evidente, para el espectador casual, que ese notable empeño que tenían las dos en zanjar sus diferencias mediante arañazos, estirones de pelo, bofetones, y sobre todo (para mi honda alegría y satisfacción) maliciosos embadurnamientos recíprocos de lodo por ambas partes. En ese momento, envalentonado con la reflexión de que es deber cristiano prestar auxilio al prójimo, aunque sólo sea para ayudarle a ensuciarse, no pude resistirme a descender corriendo la cuesta que me separaba de esa encantadora e idílica escena, para enseguida ponerme a recoger lodo entre mis artríticos dedos y lanzarlo a las ropas de aquellas señoritas del pueblo, quienes hasta tal punto se entusiasmaron con la presencia de su nuevo contrincante, que me respondieron con un aluvión de misiles, entre los cuales figuraron puñados de arena y barro, pequeños reptiles de la familia Lacertidae, una anguila adulta y una lechuga. No recuerdo haber disfrutado de una mañana tan deliciosa y a la vez productiva desde hace muchísimo tiempo.
Lo que trasciende de este texto es algo que es de sobras conocido y que a la vez constituye una de las grandes tragedias de los tiempos modernos, es decir el hecho de que los hombres necesitamos de la presencia de mujeres sucias, cuanto más sucias mejor, mientras que las mujeres modernas, sea con intención de frustrarnos, sea por cualquier otro motivo, no hacen otra cosa que tornarse continuamente más limpias. Lo que con fuerza me sugirió esta reflexión fue un anuncio de la televisión el día de ayer, que daba a entender que, si bien hay determinadas manchas en la piel que pueden contribuir a la belleza de la mujer, ninguna mujer quisiera tener manchas por debajo de la axila, y que por tanto, el producto anunciado era de primordial necesidad, a fin de eliminar ese tipo de imperfección. Pues bien: yo no entiendo qué puede haber de malo en tener manchas por debajo de la axila, es más, me parece un excelente lugar para tener manchas, lo que sí sé es que se ha vuelto muy difícil últimamente (digamos, en los últimos 213 años) encontrar a mujeres que tengan manchada la ropa, o que tengan lodo en el cabello y en la cara, o que lleven las ropas hechas un asco. Y peor ahora, que en cualquier supermercado hay infinidad de productos cuya finalidad reside precisamente en evitar que esas descargas (anuncio televisivo, textual) propias del período de menstruación dejen constancia en la ropa interior o exterior; ignoro quién tuvo primero la desgraciada ocurrencia de que dichas descargas debieran ocultarse (la idea tiene su historial, vaya si la tiene: consulte con el Pentateuco) pero a quienquiera que fuese el que la tuviera, me place regalarle un bofetón, pues para mí no hay vista más encantadora y enternecedora que unas bragas manchadas de sangre, y de que no soy el único en pensar así, es testimonio el gran negocio que hace unas décadas descubrí por mediación de unas amigas inglesas, que me contaron que ellas mandaban sus calzones usados, envueltos en celofán, a una dirección postal japonesa a cambio de una suma no desdeñable pagada por medio de giro postal, con la finalidad de que dichas prendas interiores sirvieran para el goce privado, se supone olfativo, de unos señores empresarios nipones, que al parecer tenían la interesante pretensión de catar prendas interiores usadas como si de vinos nobles se tratara.
(Dicho sea de paso, eso es otra cosa que milita en contra de mi sueño

de que algún día, todas las mujeres anden puercas. Me refiero a que hoy en día, el simple hecho de ser mujer significa tener infinidad de posibilidades de ganar dinero fácilmente, dinero que luego, por desgracia, en muchos casos sirve para comprar jabones, champú y otros productos antiestéticos y antifemeninos. Me estoy acordando del caso de mi gran amiga Liz, que hace unos años, sin ser realmente muy aficionada al género, por curiosidad se suscribió a un grupo online de Bondage y Domination. Allí conoció a un inglés (tenía que ser) que se categorizaba como Sumiso, y que al poco tiempo de entablar conversación electrónica con ella ya le estaba rogando que ella le diera alguna “orden” para que él pudiera cumplirla y así afianzar su condición de esclavo suyo. Mi amiga se quedó un poco perpleja, sin que se le ocurriese ninguna “orden” cuyo cabal cumplimiento le diese el más mínimo placer, sin hablar de placer erótico. Al final, ella decidió ordenarle que le enviara, por correo convencional, un par de medias “panty” de nylon, nuevecitas. El hombre se quedó un poco decepcionado con eso (se supone que ansiaba algo más en la línea de “quítate toda la ropa, estírate en el suelo e imagina que estás besando mis pies”) pero como se preciaba de ser un buen Sumiso, no podía quejarse, así que una semana más tarde Liz recibió por correo un paquete de medias, de las caras. Allí empezó lo que llegó a ser una rutina semanal: hasta que el pobre hombre empezó a quejarse de que la compra y el envío de medias no era tarea apropiada para un Esclavo tan perfeccionado como él, y que por qué ella no permitía que se conocieran en persona, Liz ya se había acumulado varias docenas de paquetes, lo suficiente como para andar con las patas calientes durante un año, mínimo. Claro que ella, con lo escrupulosa que es, en ningún momento le pidió que enviara dinero (soy testigo de que se lo pensó, eso sí), pero aun así, con lo que se ahorró en la compra de medias tenía como para regalarse veinte botellas enteras de champú de salvado de trigo, cerveza, mantequilla de maní y queso emmenthal (o lo que fuere que ellas se echan en los cabellos últimamente). Claro que mi amiga Liz no es así: ella se lo gastó en tequila. Por eso (y por ser la pintora de más talento de Inglaterra y parte del extranjero) es mi amiga.)
Pero volviendo al tema: si me quejo de que las mujeres hoy en día son horrorosamente limpias, no me estoy refiriendo tanto a la higiene personal sino a ese otro estilo de limpieza que creo (aunque aquí hay lugar para discrepancias) que fue el que también le sobró al genial autor del siguiente De Profundis:
Ooh, I need a dirty woman
Ooh, I need a dirty girl
Me refiero a la aberrante limpieza mental o espiritual, esa limpieza que entre otras cosas se traduce en el trágico hecho de que las peleas entre mujeres (cat fights) apenas se pueden ver hoy en día excepto en las películas, en los libros clásicos o en los sitios web especializados en el tema. ¿Qué nos está pasando, en qué mundo vivimos ahora, para que esos maravillosos espectáculos tanto escaseen, para que tengamos que volver a ver From Russia With Love otras cien veces, soportando a ese plasta de Connery hasta llegar a la escena de las gitanas? ¿Qué ideología hay que fomentar, qué sistema económico hay que preconizar para que otra vez las mujeres vuelvan a estirarse de los pelos, y rasgarse mutuamente las ropas, dejando entrever interesantes y fugaces prendas íntimas, como en los buenos viejos tiempos? A veces pienso que quizás Correa tenga razón, y hay que ser socialistas, suicidamente socialistas, hasta el punto de no pagar la deuda externa y así conducir el país recto hacia el precipicio de la escasez, simplemente para que se dé en los mercados de pueblo esa escena que tan bien describió Orwell (Orwell de nuevo, ese man es un fenómeno, está metido en todo) donde dos mujeres se lleguen a las manos para conseguir la última cacerola del lote, o lo que es lo mismo, para llevarse la última botella de aceite de oliva, importada la víspera de la Declaración de No Pertenencia al Mundo Occidental de parte del gobierno del país. Es de esperar que, cuando por fin se empiecen a dar esas escenas tan refrescantes y poéticas en las plazas de pueblo, las protagonistas no se olviden de arrancarse recíprocamente las camisas, de usar zapatos de tacón como armas de combate, de dar varias vueltas abrazadas en el polvo y de ser posible (por favor) con un poco de barro también. Hay que tener presente que lo importante es terminar muy sucias, y con poca ropa. Sobre todo, esto último. Por favor.
Oye Endivio, unas para vos, como de tu edad:
ReplyDeleteLes Petroleuses: Brigitte Bardot vs Claudia Cardinale
Lo que es yo, prefiero esto
Gracias, Anónimo (lo digo por respeto, aunque la barba blanca se ve a la legua) no conocía esa película. Evidentemente, se trata de un "must have", al igual que la de Bond (por cierto, estoy en fase de revisión de toda la serie Connery. No me acordaba hasta volver a verla ayer de lo divertidamente mal que les salió la persecución de carros en Doctor No. El carro que persigue no guarda proporción con el perseguido, más o menos como si me metieras en un Morris Minor y proyectaras un primer plano de un Mercedes en una pantalla de cine tamaño gigante detrás de mí, y lo que es peor, el pobre de Connery se pone feliz como un niño de dos años con el volante, que gira alegremente sin que nada cambie de dirección. Quien salva el mundo se llama Arsula Undress, nombre que no tiene apenas nada que envidiar a Pussy Galore, y bien que nos salvamos.)
ReplyDeleteDe Bond sólo he visto las películas de Bierce Prosnan y Caniel Draig. Y una vez que pasaron en Ecuavisa la de Timothy Dalton, más conocido por su papel en el film protagonizado por Fran Drescher sobre una niñera que cuida a los hijos de un dictador de un país de Europa del Este y se roba su corazón. Octopussy me quiero ver. Y aquella donde sale el tipo con una trampa para osos en la boca.
ReplyDeleteDe Sssshhhhhhean Connery sólo sé lo que sobre él dice Sickboy en Trainspotting, y que las mujeres se mueren por cumplir fantasías incestuosas con él.
Este es otro must have