Propiedad intelectual

El otro día fui a comprar una película en una de esas tiendas de DVDs piratas (las tiendas de DVDs no piratas, si es que hay alguna en Guayaquil, todavía no las he encontrado.) En la sección dedicada a series de TV, encuentro que existe, o existió, una serie, presumiblemente estadounidense, con el título Californication. Lo interesante de esto es que ya hace tiempo que tengo referencias de que la misma palabra se usó como título de una canción, hasta de un álbum, de un grupo llamado Red Hot Chili Peppers; y lo interesante de aquello (al menos para mí), es que la misma palabra fue usada con anterioridad por otra persona, concretamente un servidor, en un post que salió en un grupo de discusión en Internet, allá por el año 95 o 96 creo que fue.

Para los no entendidos en la materia, la palabra en cuestión pertenece al género de portmanteau words, o sea, palabras inventadas a base de combinar elementos de dos palabras distintas: en el caso que nos ocupa, se combina California con fornication para crear un compuesto que da a entender que existe una especie de libertinaje, digámoslo así, propia del estado en cuestión. Cuando yo inventé esa palabra, no me pareció ningún hallazgo: recuerdo haber pensado que si el elemento “forn” en “California” no había sido explotado antes de esa manera (se me ocurrió que igual sí), sería porque la palabra “fornication”, que a mí hacía tiempo que me sonaba en la cabeza cada vez que se nombraba ese estado, era una palabra con resonancias bíblicas, poco usada, a la que le calzaba mal la modernidad estadounidense. Así que eché la palabra al viento en ese post un poco a la maldita sea: de haber presumido, en ese entonces, de buen gusto literario, seguramente la hubiera suprimido antes de pulsar Enviar.

Cuando años más tarde me enteré de que la palabra, bajo pluma ajena, había gozado de tanta popularidad, se me ocurrió, durante un instante, la absurda idea de reivindicarla, de alguna forma, como “mía”. ¿Por qué? Pues simplemente porque uno se frustra a veces viendo cómo alguna idea que se te ha ocurrido y que has rechazado como carente de valor, luego le sirve a otra persona para pavonearse y presumir, en este caso de ingenioso, y hasta en algunos casos para hacerse plata. Lo que me hizo volver a la realidad, en parte, fue la siguiente reflexión: llevémoslo al campo material. Si yo, deliberadamente, saco de mi bolsillo un papel arrugado y lo boto en media calle, y luego alguien recoge ese papel y se da cuenta de que es un boleto de lotería, y que además es el ganador del premio gordo, ¿tengo derecho a exigir posteriormente que me lo devuelvan o que reparta las ganancias conmigo? Es evidente que no: el acto de botar algo en la calle significa, en términos formales, renunciar a la posesión de lo que sea. Pues de la misma manera, el acto de publicar, sin importar el medio, significa “hacer público”, o sea, transferir el contenido que sea del dominio privado al dominio público. Una vez que has publicado algo, puedes congratularte de ser el autor original, pero no puedes decir que todavía “te pertenece”, ni tampoco intentar poner límites a las maneras en que otras personas utilicen ese algo, peor todavía exigir que te paguen. Todo eso me parece de sentido común. Y aparte, siendo realistas, es muy poco probable que me hayan copiado esa palabrota: es mucho más probable que al letrista de Chili Peppers se le ocurrió independientemente. Al fin y al cabo, ese tipo de juego de palabras es el pan de cada día de ciertos periodistas de la prensa amarilla inglesa, que conjugan sin mayores dificultades esta forma de dudosa creatividad con una existencia de alcohólicos permanentemente afincados en unos pubs del West End londinense. No tiene nada de difícil ni de impresionante. Lo único impresionante, cuando uno se lo piensa, es que alguien tenga tan mal gusto como para usar esa ocurrencia intrascendente como título de un álbum, como dándole un valor de espectacular originalidad que no tiene. Pero como la música popular nunca ha sido patria del buen gusto, tampoco sorprende. Así que no hay, aquí, realmente nada que contar.

Ahora, si el lector conviene (creo que lo podrá hacer sin dificultad) en que es absurdo reivindicar la “propiedad intelectual” de una sola palabra, siquiera inventada, ¿qué decir de la “propiedad intelectual” de una frase como ésta?

I’m lovin’ it.

Por increíble que parezca, la compañía McDonalds considera que esta frase, en sus múltiples traducciones, es propiedad suya, o al menos eso se desprende de ese pequeño símbolo de marca comercial registrada que aparece en su publicidad. Confieso que no soy experto en leyes (“la Ley es un Burro”, Dickens dixit, y tiempo para conocer a tantos burros que hay en el mundo no es que me sobre), pero supongo que eso significa que, si bien aún puedo decir, en voz baja, que algo o alguien “me encanta” sin pedirle permiso al CEO de McDonalds, no puedo usar estas palabras en la publicidad de cualquier producto comestible, so pena de enfrentarme a un McJuicio. Esto debe ser noticia alarmante para algunas empresas, como concretamente una tal Productos Churraca SA, que al parecer ya estaban usando esa misma frase en su inmortal “Poster de los Enamorados” allá por el 98 (“Me encanta. Sólo pienso en él”). Otra vez, y para ahorrar tinta electrónica, creo que voy a apelar nomás al sentido común de mis lectores: prohibir el uso, en el medio que sea, de una frase que la gente ha hecho servir diariamente durante cientos de años, simplemente porque yo me llamo Ronald McDogShite y tengo más plata y mejores abogados que usted, y decido unilateralmente que esta frase me pertenece, es el colmo del ridículo: bien merecido lo tuvieron en aquel debacle con los lexicógrafos sobre la acepción de McJob.

No, por mucho que lo intento, no lo veo, eso de la propiedad intelectual: el concepto no cuadra, no casa con la realidad, en que lo que se llama propiedad por definición ha de ser algo que puedes guardar bajo siete llaves, pintar de amarillo, o (Chichos volente) quebrarle la pierna. Ahora, reconozco que esta toma de postura lleva ciertos inconvenientes. Por ejemplo, según mi mujer el agua embotellada que se vende en este país, en la mayoría de los casos es nociva para la salud, quizás no tanto para la mía (he bebido de todo en este mundo), pero sí para la de nuestro bebé. Por tanto, hay que comprar la única marca que realmente tiene garantía de ser libre de microbios, mercurio, restos de encebollado y cucarachas difuntas: se llama All Natural, y según la publicidad suya, a pesar de lo irritante del nombre (odio esos friggin’ anglicismos: ¿los latinos no tienen orgullo or what?) forma parte de una “cultura” de ésas ancestrales y milenarias. Fíjense si no:

Existe una cultura de beber agua embotellada, pero no existe una cultura de exigir calidad. ¡Exige All Natural!

Cierto escepticismo residual (el mismo que me hace dudar de que Zenda sea realmente una cervezota de tradición secular) me impidió tomar al pie de la letra la existencia de esta “cultura”, hasta que en una vitrina de exposición de un museo local vi que al lado de una serie de artefactos de la Cultura Chorrera y de la Tuncahuán, había otros claramente etiquetados como pertenecientes a la Cultura Bebeaguembotellada, oriunda ésta de las hermosas playas quiteñas: lo que para mi entender zanjó la cuestión de una vez por todas. En todo caso, el quid está en que si no hubiera propiedad intelectual de la marca en cuestión, cualquier graciosillo podría embotellar el orín de su hámster y venderla con la etiqueta All Natural, y en ese caso la salud (y quién sabe si también la cultura) de mi hijo dependería permanentemente de la de un anónimo roedor habitante de la misma comarca, situación que se me antoja algo menos que idónea. Verán, a veces me pasa esto, que mi sueño de que algún día todos los restos de la humanidad que queden podrán vivir en un mundo libre de gobiernos, de leyes y de comisiones de tránsito, se ve empañado por objeciones triviales que mi modesta capacidad intelectual no parece apta para resolver. (Aunque al escribir estas líneas, se me ocurre que el anarquismo aún sería posible si todo el mundo se acostumbrara a hervir el agua antes de tomarla, o alternativamente, si primero nos deshiciéramos de todos los hámsteres que hay en el mundo.) En fin, creo que a los que defienden la propiedad intelectual se les puede tomar en serio por lo menos cuando te hablan de riesgos para la salud (¿quién se acuerda de lo del aceite de colza en España?) pero, insisto, no cuando se quieren apropiar de frases banales o no tan banales simplemente porque sus escasas lecturas los han llevado a la conclusión de que son “originales”, o por un concepto mal entendido de que las producciones de la mente constituyan, de alguna forma, “trabajo” y merezcan, por tanto, remuneración. (Los que dicen eso no saben lo que es el trabajo de verdad.)

Ahora, al sostener que todo lo que sea publicado es de dominio público (me parece hasta una redundancia), no quisiera dar a entender que apruebo el plagio: simplemente, creo que los merecidos insultos que se gana a pulso quien miente sobre la autoría de lo que sea, entran mejor en la cabeza de éste con ayuda de una jarra cervecera rota, que no mediante juicio, pues está visto que todo lo que se erija en ley y sea manejado por abogados se convierte ineluctablemente en estupidez. La verdad, si alguien me quisiera plagiar a mí, hasta se lo agradecería, pues de tener conocimiento del asunto podría gozar de la agradable sensación de haber originado algo que a los demás les interesa, sensación hasta la fecha desconocida por mí; sin embargo, no puedo generalizar a partir de mi propio temperamento y dictar que otros piensen y sientan lo mismo. Por tanto, creo que está muy bien vestirse de pingüino (a lo Cobrador del Frac) y hacerse sombra del arquetípico diputado ecuatoriano que se robó el Señor Licenciado con tesis copiado, para recordarle cincuenta veces al día su mísera naturaleza de bufón mentiroso, o lo que sea, mientras la cosa no caiga en manos de los legistas, que a poco están de dejar que Microsoft, por ejemplo, se haga propietario mediante Marca Registrada del artículo indefinido masculino o de cualquier desinencia del verbo ser; por no hablar de esos hijos de su madre que quieren que se les pague tributo por ser “propietarios” de la fórmula de un medicamento capaz de salvar vidas. Que los conocimientos útiles puedan tener propietarios es la gilipollez más requetegilipuertísima que jamás he escuchado, y he escuchado unas cuantas en mi tiempo.

En fin.

Una rápida consulta en Wikipedia y tengo el alma tranquila: resulta que lo de “Californication” tiene fecha nada menos que del año 1972, de un artículo de Time Magazine; no lo inventé yo, por tanto. Pero ahí, además, resulta que tenemos ópera bufa gratis, con el poco edificante espectáculo de unos reverendos idiotas, concretamente esos Red Hot Chili Peppers, que se han lanzado desde el precipicio de lo absurdo, de ése mismo de que yo me retiré tras unos cinco segundos de reflexión calmada, con el argumento de que la dichosa palabra es de ellos, y de nadie más que ellos, y que por tanto la serie, que ya fue emitida, tiene que cambiar de nombre. Chuta, que este mundo es para reírse a veces.

Comments

  1. Es por esas cositas que tiendo a odiar a las celebridades. Si me caen bien los chicos de South Park es precisamente porque se burlan de ese tipo de canalladas.

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  2. En eso de los copy-rights yo también tengo mi cuota de desobligo. En los USA existe una bebida de café frío de la marca Starbucks (R)(c)(TM)... Esta no es otra cosa que café con agua y azúcar embotellada, y que se vende por $2.50 la botellita del tamaño similar a las "quíntuples" de la Guitig (R)(c)(TM). Ese producto no lleva en el mercado mas de 10 años. No obstante, hubimos quienes durante nuestra infancia, 20 ó mas años atrás, ya mezclábamos leche, agua fría, café instantáneo y azúcar, y lo bebíamos como refresco, a falta de una buena Coca-Cola (R)(c)(TM). Nunca se nos hubiese ocurrido que a ese invento tan casero, por el simple hecho de embotellarlo y etiquetarlo, podría ser un rentable negocio que hoy representa millones de dólares para una compañía que vende mi fórmula casera como pan caliente a una sarta de gringos, que en otras circunstancias, no la hubiesen bebido, ni así se les ofreciese de gratis.

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  3. En turco el nombre del país es Turkiye y se pronuncia turkiie, talvez por eso no pusieron la demanda.

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