Los pecados de los padres
We laugh at dead men's jokes, and cry at dead men's pathos!
Así Hawthorne, en The House of the Seven Gables, en el personaje de Holgrave (léetelo todo). Y es cierto. Más allá de que una refundación generacional universal cada veinte años luce poco práctica, y que se supone que entre toda esa basura, esa buhardilla llena de trastos, que nuestros abuelos nos legaron, debe yacer esa joya, ese diario, esa fotografía sepia que rescata la anécdota de nuestra fugaz existencia del peligro de no tener ningún sentido; más allá de todo eso, insisto, palpita la sospecha de que nuestros antepasados alguna broma pesada nos han practicado, y que estamos, efectivamente, pagando los platos rotos de unos muertos a quienes los platos, rotos o no, ya de muy poco les van a servir.
Y tal vez esta sospecha sea en parte porque estamos más que dispuestos a cargarles el muerto a nuestros propios descendientes. No miren ahora, pero todo el sistema financiero mundial actual está construido sobre la premisa de que de aquí a 50 o a 120 años habrá alguien que sepa pagar las deudas que alegremente estamos contrayendo. Es la esencia de lo que hacen los bancos centrales, notablemente el europeo: aprovecharse del supuesto supersticioso de que en tal o cual país o unión de países, las próximas generaciones serán tan felices y enormemente productivos que pagarles las cuentas a sus derrochadores abuelos no les costará nada: lo harán hasta con una sonrisa no exenta de ternura: así que a imprimir billetes a cuenta suya se ha dicho (y gracias). Hoy en día, hasta quienes no tienen hijos ni quieren tenerlos confían en que "sus hijos" les pagarán, algún día, la cuenta de la tarjeta. Por eso los economistas lucen esa sonrisa tan suya, tan condescendiente, cuando les increpas con un "¡pero nadie puede ni nunca podrá pagar todo esto!" Y la verdad, sospecho, no es que ellos crean que algún día la deuda nacional se vaya a cancelar, con recibo y un After Eight de propina; sino que saben que todo el castillo de naipes depende de esa sonrisa, depende de que sea así de condescendiente y burlona. Quiero decir que la carrera alocada del crédito depende de lo que en círculos financieros se llama la confianza, o sea, la capacidad que tienen algunos señores de mediocres luces y ternos de Pierre Cardin de seguir creyendo en Santa Claus, y en las hadas al fondo del jardín. Y para eso, contratan a otros señores, que se llaman economistas, para cumplir con la tarea de sonreír burlonamente a todo aquel que ose insinuar que las hadas, realmente, nunca estuvieron ni van a aparecer en algún futuro previsible.
¿Así que nada de esto se va a poder pagar? Que me quiten, pues, lo bailado. Tal vez esta frase resume para algunos lo que hoy se entiende por sabiduría, junto con el famoso dicho de Keynes: a largo plazo todos somos muertos. La última persona de quien tengo constancia que se atrevió a sugerir, tímidamente, que uno no debe de gastar de lo que uno no tiene, fue Margaret Thatcher: ahora ella es al hazmeestornudar de una generación de economistas jóvenes, para quienes el gastar de lo que uno no tiene es prácticamente la definición de la virtud (coming soon to a sabatina near you). Si tú no lo haces, otros lo harán por ti. De modo que vivimos en un mundo en que todo niño que nace, nace endeudado; y cuando crece, y se pone a trabajar, se encuentra inmerso en un sistema de trueque de oscuras confianzas tan opaco que nunca alcanza a saber lo que realmente vale - más allá de subsidios, créditos, inflaciones, alzas de impuestos, contrapartidas de impuestos, deudas nacionales, deudas de solidaridad escritas en tinta roja en el libro negro de la contabilidad moral - su trabajo, y por tanto, cuánto de todo aquello que tiene realmente es suyo.
Y es en este punto donde aparecen unos señores sonrientes que le dicen que, en realidad, nada es suyo, que todo es prestado a cuenta de la sociedad, a la que todo se le debe. Y uno termina creyéndolo, hasta que un día, se le ocurre seguir a esos señores, después de que le hayan vaciado los bolsillos a cuenta de la sociedad, que necesita esa plata más que él, y a la vuelta de la esquina los encuentra comiendo en un restaurante caro y tomando vino y riéndose del pobre cojudo cuya credulidad les permite no solamente vivir así, sino decretar que ese vino que ellos mismos toman no debe ser demasiado asequible a quienes les están financiando la juerga, pues si se ponen a tomar podrían hasta trabajar menos, y ellos por tanto tener que prescindir de profiteroles.
Y uno musita: si nada es de nadie, ¿cómo es que algunos se montan tan bien la vida como ladrones, o como poderosos, que significa exactamente lo mismo?
Confianza, señores, confianza. Las primeras tres letras por lo menos.
Hay quien nace entendiendo ese asunto de la confianza, y hay quien está condenado, por su particular configuración cerebral, por sus leves matices autistas, por su literalidad y poca destreza fisonómica, a no entenderlo nunca. Los primeros se hacen economistas, vendedores, políticos: los segundos, matemáticos, mineros, menesterosos, o cojudos profesores universitarios. Los primeros triunfan, los segundos, con suerte, sobreviven: pues ellos también son necesarios. Confianza y cojudez son el yin y el yang de cualquier sociedad contemporánea. Sabidos y cojudos nos necesitamos mutuamente para que todo siga dando vuelta.
Todo esto, a cuenta de las recriminaciones que han sabido atraer, a nivel mundial, los británicos que votaron por la opción Leave, y así, supieron conjurar sobre su "país" el anatema de la desconfianza de los señores creyentes en hadas, de los inversores en cojudeces futuras. Un país que vota en contra del consenso de políticos, de multinacionales, del Presidente de EEUU, del Banco Mundial, de periodistas, de prácticamente todo el mundo que cuenta, es un país en que no se puede tener confianza. Es un país que se ha vuelto un poco menos predecible que ayer. Es un país del cual uno no se siente tan, tan seguro como antes de poder seguir sacando pingües ganancias. Eso, y la estampida que sigue, es comprensible. Yo, si fuera inversor, si fuera George Soros, ahora mismo no apostaría ni cinco sobre el futuro del Reino hUnDido en tanto centro financiero mundial... a menos que, contra costumbre, se eligieran a unos políticos más sensatos y más liberales, capaces de entender que lo que más se necesita ahora a nivel mundial, luego del fiasco de Panamá, es un paraíso fiscal más robusto y un poco más grande que los otros. Ahí tal vez sí. Veremos.
El artículo de Gándara Gallegos supongo que marca la pauta de lo que será la cantaleta de la biempensantoisie en los próximos meses, hasta que se active el Artículo 50. Obviando las lecturas telepáticas ("muchos de los separatistas se muestran hoy arrepentidos") y centrándonos en la tesis:
El que este caos generalizado se presente en una nación de tanta tradición, de la más antigua institucionalidad democrática de Occidente, le sorprende al mundo entero. Pienso que la soberbia es la principal causante (...) ¡Aun una nación madura puede caer víctima de la soberbia y la demagogia de sus dirigentes!
lo que llama la atención es el doublethink, en el sentido orwelliano, que salta a la vista en las dos primeras frases citadas. El Sr Gándara debe saber, porque a estas alturas todo el mundo sabe, que la Unión Europea no es precisamente un ejemplo de "institucionalidad democrática": su estructura orgánica se parece hasta sospechosamente a la de la extinta Unión Soviética, con un Soviet Supremo ("Parlamento europeo") como mecanismo de representación puramente simbólica, desprovisto de poder real (no puede siquiera proponer legislación) que a su vez nombra a un praesidium (la famosa "Comisión"), una colección de políticos fracasados y rechazados por sus propios electorados (con los lógicos rencores como secuela), que detentan todo el poder real y hacen y deshacen a su antojo, sin ningún mecanismo ni de transparencia, ni de responsabilidad, ni de rendición de cuentas ante el electorado que en este caso no existe, pues nunca son elegidos. Entonces, visto que de democrática la Unión Europea no tiene nada, y que de hecho se vuelve con cada día que pasa más rígida, más centralista, más autoritaria y cabe decir más dictatorial (en el sentido de querer controlar hasta el más nimio detalle de la vida de los "ciudadanos"), lo lógico sería suponer que una nación de "tanta tradición", y de "antigua institucionalidad democrática" sería la primera en cuestionar su papel dentro de una "unión" no solamente económicamente fracasada, sino democráticamente impresentable. Y así ha sido. De sorpresivo nada tiene, o mejor dicho, nada tendría, a no ser por la ferocidad de la campaña en contra del Brexit, que hasta a mi me hizo dudar del resultado hasta el último momento.
Lo que tal vez Gándara no sabe es que la elección no fue entre salirse de la UE y el actual status quo. Como repetía incansablemente Daniel Hannan, el "quedarnos como estamos" nunca fue una opción en ese referéndum, pues de haber votado Remain, el R.hU. se habría quedado definitivamente sin cartas para jugar, y sin armas para defenderse. ¿Qué hubiera seguido? La adopción forzosa del euro, posiblemente, lo que hubiera generado un colapso económico aun más grande que lo que hemos visto hasta ahora. (No sé se aun queda alguien en el mundo que piense que el euro fue una buena idea.) El "ejército europeo" del cual últimamente se habla (para usarse, obviamente, en contra de los mismos europeos en caso de necesidad). Un fisco europeo con toda la maquinaria burocrática asociada. Pero más que nada, el adiós definitivo a toda noción de control democrático. Y yo me pregunto: el Sr Gándara (suponiendo que es ecuatoriano) estaría contento con que Ecuador formara parte de un superestado latinoamericano donde en la práctica todo sería controlado y decidido por Argentina en pro de la estabilidad financiera de dicho país, y donde no existiera ninguna manera de influir siquiera indirectamente en las decisiones tomadas en Montevideo y dictadas desde Buenos Aires?
Se supone que sí, pues para él, querer uno como individuo o incluso como país decidir sobre las cuestiones que atañen exclusivamente a uno... es soberbia. De modo que si Ecuador, pongamos, quiere decidir su propia política exterior sin tener en cuenta la opinión ni de Washington ni de Caracas, eso fuera soberbia. Si yo como empresa importadora quiero comprar vodka rusa y no polaca, por cuestiones de nostalgia o de esnobismo, y unos señores por quienes nadie votó me dicen que no puedo, porque, pues porque ellos tienen más amigos polacos que rusos, y en éstas se me ocurre que los gustos de mis clientes deben de pesarme más que las adhesiones sentimentales de unos desconocidos, eso fuera soberbia. No sé cómo interpretar esto otramente que una invitación a vivir de rodillas, y si no me sorprende mucho es porque hace mucho que con Milgram en mano, uno espera esto, estas actitudes de servilismo antes las "autoridades" constituidas (Banco Mundial, Soros y Obama, verbigracia), de parte de un sesenta y pico de la población, lo que lógicamente incluye la población de columnistas hasta de la prensa no gubernamental.
Pero a fin de cuentas, uno sospecha o vislumbra que detrás de esta especie de servilismo by proxy que manifiesta el Sr Gándara lo que se esconde es un simple y vulgar estereotipo. El británico (mejor digamos: el inglés, vista la pronta y por mí anhelada separación de Escocia) es, siempre fue, un soberbio, y la prueba es que él invadió medio mundo, estableció colonias, condujo matanzas, repartió con sus amigos el continente africano, etcétera. Que entre esos 17 millones de votantes en el referendo apenas habría un centenar que algo tuvo que ver, en su remota juventud, con ese terrible historial colonial no importa: el estereotipo nacional, ya forjado, se alza indómito y se muestra incombustible. De ahí que de todos los países de Europa, el R.hU. es el único donde portar una bandera equivale a confesarse de extrema derecha, donde llamarse "patriota" se considera (y sin duda realmente es) equivalente a confesarse nacionalsocialista, donde la historia de la nación se enseña en las escuelas como un historial de vergüenza familiar. Ni un alemán, creo, sentirá la décima parte de la vergüenza que siente un británico al tener que reconocer, en algún otro país, el origen de su pasaporte, con todas las cargas de conciencia heredadas que ello supone. De modo que, tal como pregunta Hannan en el debate citado, ¿no sería ahora el momento de preguntar por qué hay tantos países (Ecuador, verbigracia) donde la soberanía es prácticamente por definición y por consenso unánime algo deseable, y por el otro lado, un único país que por consenso internacional cualquier modesta aspiración a la misma soberanía (ni más, ni menos) es condenable en alto grado? ¿No sería el momento de cuestionar seriamente si los pecados de los padres deben recibir castigo en las generaciones venideras, hasta siete veces siete? ¿No sería el momento de dejar de reírse con los chistes de los muertos?
PD: Éramos pocos y parió la abuela: ahora hasta Nelsa Curbelo, de quien hubiera esperado mejor, se ha subido al carro de la indignación moral contra esos "aislados" ingleses que votaron Leave:
Quizás el resultado de la votación sea un triunfo camuflado de los movimientos terroristas.
No solamente "soberbios", entonces, sino aislacionistas, nostálgicos, y hasta camufladamente terroristas. A esta paso, tengan por seguro que el próximo terremoto en Ecuador también será culpa de los ingleses mayores de 26 años. Y todo por el simple anhelo de ejercer un control democrático sobre la función legislativa del estado donde residen y pagan impuestos, al igual que hace un ciudadano, digamos, de Ecuador. Por si acaso, esto no lo digo yo, lo dicen los sondeos, que desde el inicio de la campaña han dejado claro que el movimiento por salir de la Unión Europea no está motivado principalmente por racismo ni xenofobia alguna (yo, personalmente, como he dicho docenas de veces en este blog, estoy a favor de la absoluta libertad de movimientos y la ausencia de todo tipo de control migratorio en el país que sea: las fronteras, como correctamente dice Curbelo, son anacrónicas en la era de Internet). El deseo de salir de UE es el deseo de recuperar el control sobre la propia vida que, por una serie de engaños o equívocos a través de las décadas, se ha cedido a una burocracia inútil, remota, autoritaria y además costosísima. Pero como esas realidades lucen menos interesantes y entretenidos que el recurso al estereotipo, les prometo que no escucharán ni leerán nada al respecto en la prensa de este país en el futuro previsible. Ya me acostumbraré, supongo.
Así Hawthorne, en The House of the Seven Gables, en el personaje de Holgrave (léetelo todo). Y es cierto. Más allá de que una refundación generacional universal cada veinte años luce poco práctica, y que se supone que entre toda esa basura, esa buhardilla llena de trastos, que nuestros abuelos nos legaron, debe yacer esa joya, ese diario, esa fotografía sepia que rescata la anécdota de nuestra fugaz existencia del peligro de no tener ningún sentido; más allá de todo eso, insisto, palpita la sospecha de que nuestros antepasados alguna broma pesada nos han practicado, y que estamos, efectivamente, pagando los platos rotos de unos muertos a quienes los platos, rotos o no, ya de muy poco les van a servir.
Y tal vez esta sospecha sea en parte porque estamos más que dispuestos a cargarles el muerto a nuestros propios descendientes. No miren ahora, pero todo el sistema financiero mundial actual está construido sobre la premisa de que de aquí a 50 o a 120 años habrá alguien que sepa pagar las deudas que alegremente estamos contrayendo. Es la esencia de lo que hacen los bancos centrales, notablemente el europeo: aprovecharse del supuesto supersticioso de que en tal o cual país o unión de países, las próximas generaciones serán tan felices y enormemente productivos que pagarles las cuentas a sus derrochadores abuelos no les costará nada: lo harán hasta con una sonrisa no exenta de ternura: así que a imprimir billetes a cuenta suya se ha dicho (y gracias). Hoy en día, hasta quienes no tienen hijos ni quieren tenerlos confían en que "sus hijos" les pagarán, algún día, la cuenta de la tarjeta. Por eso los economistas lucen esa sonrisa tan suya, tan condescendiente, cuando les increpas con un "¡pero nadie puede ni nunca podrá pagar todo esto!" Y la verdad, sospecho, no es que ellos crean que algún día la deuda nacional se vaya a cancelar, con recibo y un After Eight de propina; sino que saben que todo el castillo de naipes depende de esa sonrisa, depende de que sea así de condescendiente y burlona. Quiero decir que la carrera alocada del crédito depende de lo que en círculos financieros se llama la confianza, o sea, la capacidad que tienen algunos señores de mediocres luces y ternos de Pierre Cardin de seguir creyendo en Santa Claus, y en las hadas al fondo del jardín. Y para eso, contratan a otros señores, que se llaman economistas, para cumplir con la tarea de sonreír burlonamente a todo aquel que ose insinuar que las hadas, realmente, nunca estuvieron ni van a aparecer en algún futuro previsible.
¿Así que nada de esto se va a poder pagar? Que me quiten, pues, lo bailado. Tal vez esta frase resume para algunos lo que hoy se entiende por sabiduría, junto con el famoso dicho de Keynes: a largo plazo todos somos muertos. La última persona de quien tengo constancia que se atrevió a sugerir, tímidamente, que uno no debe de gastar de lo que uno no tiene, fue Margaret Thatcher: ahora ella es al hazmeestornudar de una generación de economistas jóvenes, para quienes el gastar de lo que uno no tiene es prácticamente la definición de la virtud (coming soon to a sabatina near you). Si tú no lo haces, otros lo harán por ti. De modo que vivimos en un mundo en que todo niño que nace, nace endeudado; y cuando crece, y se pone a trabajar, se encuentra inmerso en un sistema de trueque de oscuras confianzas tan opaco que nunca alcanza a saber lo que realmente vale - más allá de subsidios, créditos, inflaciones, alzas de impuestos, contrapartidas de impuestos, deudas nacionales, deudas de solidaridad escritas en tinta roja en el libro negro de la contabilidad moral - su trabajo, y por tanto, cuánto de todo aquello que tiene realmente es suyo.
Y es en este punto donde aparecen unos señores sonrientes que le dicen que, en realidad, nada es suyo, que todo es prestado a cuenta de la sociedad, a la que todo se le debe. Y uno termina creyéndolo, hasta que un día, se le ocurre seguir a esos señores, después de que le hayan vaciado los bolsillos a cuenta de la sociedad, que necesita esa plata más que él, y a la vuelta de la esquina los encuentra comiendo en un restaurante caro y tomando vino y riéndose del pobre cojudo cuya credulidad les permite no solamente vivir así, sino decretar que ese vino que ellos mismos toman no debe ser demasiado asequible a quienes les están financiando la juerga, pues si se ponen a tomar podrían hasta trabajar menos, y ellos por tanto tener que prescindir de profiteroles.
Y uno musita: si nada es de nadie, ¿cómo es que algunos se montan tan bien la vida como ladrones, o como poderosos, que significa exactamente lo mismo?
Confianza, señores, confianza. Las primeras tres letras por lo menos.
Hay quien nace entendiendo ese asunto de la confianza, y hay quien está condenado, por su particular configuración cerebral, por sus leves matices autistas, por su literalidad y poca destreza fisonómica, a no entenderlo nunca. Los primeros se hacen economistas, vendedores, políticos: los segundos, matemáticos, mineros, menesterosos, o cojudos profesores universitarios. Los primeros triunfan, los segundos, con suerte, sobreviven: pues ellos también son necesarios. Confianza y cojudez son el yin y el yang de cualquier sociedad contemporánea. Sabidos y cojudos nos necesitamos mutuamente para que todo siga dando vuelta.
Todo esto, a cuenta de las recriminaciones que han sabido atraer, a nivel mundial, los británicos que votaron por la opción Leave, y así, supieron conjurar sobre su "país" el anatema de la desconfianza de los señores creyentes en hadas, de los inversores en cojudeces futuras. Un país que vota en contra del consenso de políticos, de multinacionales, del Presidente de EEUU, del Banco Mundial, de periodistas, de prácticamente todo el mundo que cuenta, es un país en que no se puede tener confianza. Es un país que se ha vuelto un poco menos predecible que ayer. Es un país del cual uno no se siente tan, tan seguro como antes de poder seguir sacando pingües ganancias. Eso, y la estampida que sigue, es comprensible. Yo, si fuera inversor, si fuera George Soros, ahora mismo no apostaría ni cinco sobre el futuro del Reino hUnDido en tanto centro financiero mundial... a menos que, contra costumbre, se eligieran a unos políticos más sensatos y más liberales, capaces de entender que lo que más se necesita ahora a nivel mundial, luego del fiasco de Panamá, es un paraíso fiscal más robusto y un poco más grande que los otros. Ahí tal vez sí. Veremos.
El artículo de Gándara Gallegos supongo que marca la pauta de lo que será la cantaleta de la biempensantoisie en los próximos meses, hasta que se active el Artículo 50. Obviando las lecturas telepáticas ("muchos de los separatistas se muestran hoy arrepentidos") y centrándonos en la tesis:
El que este caos generalizado se presente en una nación de tanta tradición, de la más antigua institucionalidad democrática de Occidente, le sorprende al mundo entero. Pienso que la soberbia es la principal causante (...) ¡Aun una nación madura puede caer víctima de la soberbia y la demagogia de sus dirigentes!
lo que llama la atención es el doublethink, en el sentido orwelliano, que salta a la vista en las dos primeras frases citadas. El Sr Gándara debe saber, porque a estas alturas todo el mundo sabe, que la Unión Europea no es precisamente un ejemplo de "institucionalidad democrática": su estructura orgánica se parece hasta sospechosamente a la de la extinta Unión Soviética, con un Soviet Supremo ("Parlamento europeo") como mecanismo de representación puramente simbólica, desprovisto de poder real (no puede siquiera proponer legislación) que a su vez nombra a un praesidium (la famosa "Comisión"), una colección de políticos fracasados y rechazados por sus propios electorados (con los lógicos rencores como secuela), que detentan todo el poder real y hacen y deshacen a su antojo, sin ningún mecanismo ni de transparencia, ni de responsabilidad, ni de rendición de cuentas ante el electorado que en este caso no existe, pues nunca son elegidos. Entonces, visto que de democrática la Unión Europea no tiene nada, y que de hecho se vuelve con cada día que pasa más rígida, más centralista, más autoritaria y cabe decir más dictatorial (en el sentido de querer controlar hasta el más nimio detalle de la vida de los "ciudadanos"), lo lógico sería suponer que una nación de "tanta tradición", y de "antigua institucionalidad democrática" sería la primera en cuestionar su papel dentro de una "unión" no solamente económicamente fracasada, sino democráticamente impresentable. Y así ha sido. De sorpresivo nada tiene, o mejor dicho, nada tendría, a no ser por la ferocidad de la campaña en contra del Brexit, que hasta a mi me hizo dudar del resultado hasta el último momento.
Lo que tal vez Gándara no sabe es que la elección no fue entre salirse de la UE y el actual status quo. Como repetía incansablemente Daniel Hannan, el "quedarnos como estamos" nunca fue una opción en ese referéndum, pues de haber votado Remain, el R.hU. se habría quedado definitivamente sin cartas para jugar, y sin armas para defenderse. ¿Qué hubiera seguido? La adopción forzosa del euro, posiblemente, lo que hubiera generado un colapso económico aun más grande que lo que hemos visto hasta ahora. (No sé se aun queda alguien en el mundo que piense que el euro fue una buena idea.) El "ejército europeo" del cual últimamente se habla (para usarse, obviamente, en contra de los mismos europeos en caso de necesidad). Un fisco europeo con toda la maquinaria burocrática asociada. Pero más que nada, el adiós definitivo a toda noción de control democrático. Y yo me pregunto: el Sr Gándara (suponiendo que es ecuatoriano) estaría contento con que Ecuador formara parte de un superestado latinoamericano donde en la práctica todo sería controlado y decidido por Argentina en pro de la estabilidad financiera de dicho país, y donde no existiera ninguna manera de influir siquiera indirectamente en las decisiones tomadas en Montevideo y dictadas desde Buenos Aires?
Se supone que sí, pues para él, querer uno como individuo o incluso como país decidir sobre las cuestiones que atañen exclusivamente a uno... es soberbia. De modo que si Ecuador, pongamos, quiere decidir su propia política exterior sin tener en cuenta la opinión ni de Washington ni de Caracas, eso fuera soberbia. Si yo como empresa importadora quiero comprar vodka rusa y no polaca, por cuestiones de nostalgia o de esnobismo, y unos señores por quienes nadie votó me dicen que no puedo, porque, pues porque ellos tienen más amigos polacos que rusos, y en éstas se me ocurre que los gustos de mis clientes deben de pesarme más que las adhesiones sentimentales de unos desconocidos, eso fuera soberbia. No sé cómo interpretar esto otramente que una invitación a vivir de rodillas, y si no me sorprende mucho es porque hace mucho que con Milgram en mano, uno espera esto, estas actitudes de servilismo antes las "autoridades" constituidas (Banco Mundial, Soros y Obama, verbigracia), de parte de un sesenta y pico de la población, lo que lógicamente incluye la población de columnistas hasta de la prensa no gubernamental.
Pero a fin de cuentas, uno sospecha o vislumbra que detrás de esta especie de servilismo by proxy que manifiesta el Sr Gándara lo que se esconde es un simple y vulgar estereotipo. El británico (mejor digamos: el inglés, vista la pronta y por mí anhelada separación de Escocia) es, siempre fue, un soberbio, y la prueba es que él invadió medio mundo, estableció colonias, condujo matanzas, repartió con sus amigos el continente africano, etcétera. Que entre esos 17 millones de votantes en el referendo apenas habría un centenar que algo tuvo que ver, en su remota juventud, con ese terrible historial colonial no importa: el estereotipo nacional, ya forjado, se alza indómito y se muestra incombustible. De ahí que de todos los países de Europa, el R.hU. es el único donde portar una bandera equivale a confesarse de extrema derecha, donde llamarse "patriota" se considera (y sin duda realmente es) equivalente a confesarse nacionalsocialista, donde la historia de la nación se enseña en las escuelas como un historial de vergüenza familiar. Ni un alemán, creo, sentirá la décima parte de la vergüenza que siente un británico al tener que reconocer, en algún otro país, el origen de su pasaporte, con todas las cargas de conciencia heredadas que ello supone. De modo que, tal como pregunta Hannan en el debate citado, ¿no sería ahora el momento de preguntar por qué hay tantos países (Ecuador, verbigracia) donde la soberanía es prácticamente por definición y por consenso unánime algo deseable, y por el otro lado, un único país que por consenso internacional cualquier modesta aspiración a la misma soberanía (ni más, ni menos) es condenable en alto grado? ¿No sería el momento de cuestionar seriamente si los pecados de los padres deben recibir castigo en las generaciones venideras, hasta siete veces siete? ¿No sería el momento de dejar de reírse con los chistes de los muertos?
PD: Éramos pocos y parió la abuela: ahora hasta Nelsa Curbelo, de quien hubiera esperado mejor, se ha subido al carro de la indignación moral contra esos "aislados" ingleses que votaron Leave:
Quizás el resultado de la votación sea un triunfo camuflado de los movimientos terroristas.
No solamente "soberbios", entonces, sino aislacionistas, nostálgicos, y hasta camufladamente terroristas. A esta paso, tengan por seguro que el próximo terremoto en Ecuador también será culpa de los ingleses mayores de 26 años. Y todo por el simple anhelo de ejercer un control democrático sobre la función legislativa del estado donde residen y pagan impuestos, al igual que hace un ciudadano, digamos, de Ecuador. Por si acaso, esto no lo digo yo, lo dicen los sondeos, que desde el inicio de la campaña han dejado claro que el movimiento por salir de la Unión Europea no está motivado principalmente por racismo ni xenofobia alguna (yo, personalmente, como he dicho docenas de veces en este blog, estoy a favor de la absoluta libertad de movimientos y la ausencia de todo tipo de control migratorio en el país que sea: las fronteras, como correctamente dice Curbelo, son anacrónicas en la era de Internet). El deseo de salir de UE es el deseo de recuperar el control sobre la propia vida que, por una serie de engaños o equívocos a través de las décadas, se ha cedido a una burocracia inútil, remota, autoritaria y además costosísima. Pero como esas realidades lucen menos interesantes y entretenidos que el recurso al estereotipo, les prometo que no escucharán ni leerán nada al respecto en la prensa de este país en el futuro previsible. Ya me acostumbraré, supongo.
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