Ready-Brexit and other alternatives to porridge
Qué quieren, me cae bien el Sr Hannan, y eso que es político (como dato curioso: el tipo nació, al igual que Vargas Llosa y Paddington Bear, en Darkest Peru). Este video ni llega a diez mil visitas al cabo de una semana: no influirá entonces, pero uno espera, sin echarle mucha fe al asunto, que refleja el sentir de una mayoría de los llamados a votar. Digo "sin mucha fe": me persigue, casi como obsesión, el desglose porcentual de los resultados inexpugnables (?) de Milgram, pero bueno, a veces la vida depone sorpresas.
La cuestión es que la salida de la UE es, entre todas las cuestiones políticas que te pueden asaltar desde la portada de algún diario estos días, la más fácil que se me ocurre. Primero, porque, como documentan Booker y North en The Great Deception, el ingreso del R.hU. en la UE fue, desde un principio, la consecuencia de un engaño masivo practicado sobre los votantes de aquellos tempranos años 70, con un tal Edward Heath en el papel de Cuentero de Muisne. Yo sí me acuerdo. Les vendió a los votantes de aquel entonces un "mercado común", sin compromisos políticos de ningún género, sabiendo perfectamente que los tiros no iban por ahí. Los llamados a votar ahora son otra generación: muchos entre ellos nacieron en un Reino hUnDido europeo y no han conocido otra cosa, como un niño que nació en una cárcel y nunca ha visto el mundo al exterior de las torres perimetrales. Ya se imaginan lo que ha dicho todos estos días la campaña por la permanencia: "hijo, el mundo allá fuera es cruel, es lleno de peligros. Quédese aquí, donde los más peligrosos por lo menos son identificables, y donde ningún día te faltará el plato de comida, aunque no sea esto el Ritz". A eso se reduce el mensaje, pues ni los más eurófilos son capaces de idear una visión inspiradora, peor romántica, peor idílica, de ese horrible gâchis que es la UE actual.
La segunda cuestión es la de la democracia. Un voto por la permanencia sería, desde esta óptica, un voto en contra de la democracia como proceso o como base de legitimidad para un gobierno, pues hasta Chomsky se ha percatado de que la Comisión Europea (no elegida, y exclusivamente capacitada para proponer legislación) no le debe ninguna consideración a la voluntad de ningún electorado (de hecho, los miembros tienen que jurar que no tomarán en cuenta las opiniones de ningún colectivo meramente humano), quedándoles como único objeto de lealtad posible una ideología, un modo de hacer, un prejuicio, un banco central. De hecho, ni en las peores dictaduras podríase encontrar uno con un desprecio tan absoluto, tan cándido hacia ese tonto inútil e inservible que es el votante de a pie, sea del "país miembro" que sea, como el que habitualmente manifiestan los eurócratas y eurolegisladores de Bruselas (el ejemplo que propone Chomsky es decidor al respecto, pero hay muchísimos). Votar por la permanencia, pues, es votar a favor de que tu voto no cuente: Argelia te viene a la memoria. Es votar por la genuflexión como estilo de vida. Un poco como votar por Alianza País acá, pero al cuadrado, digamos.
Para lo único que habrá servido la UE, si se cumplen mis deseos póstumos y se cae en pedazos en poco tiempo, es para recordarnos que cualquier tipo de supra-estado, de supra-gobierno, peor el ocasionalmente invocado "gobierno mundial", es y siempre será por definición una pesadilla orwelliana. Otra más en la creciente colección de estatuas de fallidos Ozymandiases que nos depara la historia de ese continente que no quiere aprender, del pueblo que no quería crecer.
Tengo 55 años y abandoné el R.hU. a los 25. He vivido más años fuera que dentro de ese supuesto país. A veces me preguntan si extraño al viejo Blighty. Mi respuesta habitualmente vierte sobre los restaurantes hindúes: cualquiera que haya probado un Chicken Madras en un buen Tandoori sabrá a lo que me refiero. Eso, y la lluvia. Extraño la lluvia. Y cuando digo lluvia, son modos de hablar: lo que tengo en la cabeza es más bien un cuadro de Monet, es todo, es ese horizonte desdibujado, acuoso, ese Támesis apestoso, ese pub dickensiano donde todavía (tiene que haber uno) se puede fumar, y donde nadie se extraña si hundes la cabeza en una novela. Extraño, incluso, ahora que pienso, los televisores aquéllos donde todos los lectores de noticias tienen la nariz purpúrea, porque con el control de saturación es donde los ingleses se muestran más totalitarios. Sí, extraño algunas cosas. Hasta al bueno de Delius. Pero un país que vota por quedarse encerrado pierde rápidamente mi respeto e interés. Ahora bien, sería una magnífica ironía si precisamente cuando yo estoy por salir de la fiesta, llegan dos nuevos invitados, un Reino hUnDido liberado y un Ecuador ídem (nunca se sabe). ¡Cuánto me hubiera gustado quedarme por poder conocer a ambos, ahora sí, personajes interesantes y encantadores como pocos! Pero el taxi espera. En fin, será en otra ocasión, o no será.
Comments
Post a Comment