Mercaderes del dolor

Lo he dicho anteriormente: soy tan viejo que hasta me acuerdo del Gran Consenso de la posguerra en mi país natal. Y de su tambaleamiento en los años ochenta. Hasta aquellos años, era imposible ser neoconservador ni socialista en buena sociedad: el espectro político comprendía solamente diferentes variedades de la triunfadora y acaparadora socialdemocracia, se estilaba el turno pacífico (Ha ha Mr Wilson! Ha ha Mr Heath!), y Keynes era el dios de la lluvia. Lo que siempre me chocó fue observar, dentro y fuera de mí mismo, el espectáculo de la indefensión intelectual general ante la llegada de las hordas thatcheritas. Las verdades que hasta el día de ayer fueran tomadas como evidentes, indiscutibles, que sólo un troglodita podría cuestionar (por ejemplo, que el lugar correcto de la opulencia era público, y de la escualidez, privado, según dicho de Galbraith), de repente al ser cuestionadas revelaron ser simples eslóganes huecos que si alguna vez se habían erigido sobre la base de una argumentación racional, éste se había podrido y desintegrado por falta de uso y mantenimiento.

Me sirvió de lección, aunque no inmediatamente. Fui descubriendo poco a poco que muchos "consensos" se basan en la pereza para pensar, a veces en el miedo a pensar. Es más cómodo que te dicten tus prejuicios con una arrulladora retórica de aburguesada biempensantería, que tener que enfrentarte a los rigores de la lógica y de la investigación. Y siempre, como arriére-pensée: "doctores tiene la Iglesia". Es decir, uno confía en que las arduas líneas de razonamiento que uno no quiere acometer, existen en alguna parte, que otros han hecho los deberes por ti. Cometemos la equivocación de pensar que los memes que más arrollan en sociedad serán los que más argumentos tienen en su apoyo (donde "sociedad" significa el subconjunto de personas que te caen bien).

Hasta que uno finalmente se cansa (siendo profesor) de leer redacciones de alumnos que apoyan la prohibición de fumar en público basándose en el argumento (presentado siempre con simpáticos aires de sabelotodo) de que "el cigarrillo hace más daño a los fumadores pasivos que a los activos". Es decir, que si yo fumo y tú estás sentado al lado mío, el humo te afecta más a ti que a mí... lo que equivale a decir que ese humo que tú respiras como fumador pasivo es impedido, de alguna manera evidentemente mágica, de entrar también en mis pulmones, a pesar de que yo también estoy respirando el mismo aire que tú a la vez que fumando. Es un poco como decir que si yo orino en la piscina, estando en ella, mis compañeros acuáticos van a terminar oliendo más a pipí que yo, pues el hecho de ser origen de tal contaminación amarilla me protege de algún modo. Podríamos citar también, a modo de ejemplo de absurdas verdades piadosas, eso que hace poco era cliché para los feministas radicales en EEUU, y para muchos fellow travellers inconscientes también, esa estadística que decía que el 96% de las familias estadounidenses eran disfuncionales. A nadie, al parecer, se le ocurría pensar que si ser disfuncional es apartarse de la norma, era imposible que una mayoría aritmética de cualquier cosa pudiera ser disfuncional. En fin. Con el tiempo uno aprende a desconfiar tanto de los memes populares, que a veces cae en la imprudencia de suponer que cualquier cosa que es creída por muchas personas a la fuerza tiene que ser falsa.

Todo ello me vino a la mente al leer lo último (imperdible, como siempre) de nuestro amigo Arellano Raffo en El Telégrafo. Se me ocurrió, al leerlo, que estamos ante un fenómeno parecido a esa "pérdida de vergüenza" que ocurrió en la angloparlantería en los años 80, cuando de repente llegó a ser posible decir cosas como "siempre hay dos puntos de vista sobre cualquier cuestión: el correcto y el falso", o "la sociedad no existe", o "la caridad empieza por casa", o "fin de la Historia", o "los desempleados no son víctimas: son vagos" y un gran etcétera de lo que (insisto) hasta aquellos años hubieran sido boutades, simples excentricidades que no merecían siquiera respuesta, pero que ahora asumían la categoría de obviedades, al encontrarse las trincheras de los defensores del cliché de antaño ignominiosamente desertadas, sus combatientes huidos en tropel ante la disyuntiva de ponerse a pensar o ponerse a salvo.

"Pero deben saber que existe una granítica voluntad dispuesta a ir a la guerra que han declarado los miserables que no se identifican con los intereses nacionales ni con el dolor ajeno. "

Also sprach Arellano. Léanse todo el artículo si no me creen: esto de "miserables" se dirige a todos aquellos que no apoyan la Revolución Ciudadana, exceptuando tal vez a los que no llegan a miserables por tratarse de simples manipulados. El que no está con Correa, aupándole, vitoreándole, es porque, primero, no se identifica con los "intereses nacionales" (interpretados por ya sabemos quién), y segundo, porque tampoco siente como suyo el dolor ajeno.

¿Será que en la vida política de este país nunca ha habido consenso sobre los límites del discurso? No me refiero a incontinencias puramente verbales tipo me te meo, sino a algún tipo de manual de demagogia demasiado obvia por ser aprovechable, y tal vez otro de cabezas de Turco demasiado explosivas para armarse. Tal vez no. (Aquí se sorprenderían de poder ver la situación en España, país donde hasta hace poco reinaba una libertad de expresión teóricamente absoluta, pero donde a ningún político se le ocurre acusar al bando contrario de flaquear en la lucha contra el terrorismo, pues existe un consenso explícito sobre ese punto: referencias a terrorismo en el discurso político, no, por favor. Contra esa lacra, todos somos unidos, y si no, haremos ver que lo somos.) Entonces, he de creer que hasta que aparecieron los correistas, esto de ser custodios en exclusivo del dolor ajeno no le competía a ningún partido, simplemente porque a nadie se le había ocurrido que disfrazarse de Jesucristo podía ser estrategia resultona. Y claro, como suele suceder en tales casos ni el propio Arellano se da cuenta de la magnitud de su descubrimiento. En la incontenible impetuosidad de su verborrea (el tipo es una auténtica fuerza de la naturaleza, eso es, dentro del género especializado de la coprolalia lisonjera), sólo le falta acusarle a la oposición de blasfemar contra su adorado caudillo. (Tal vez la tal identificación viene por otra parte. En un video del simpático hijo de Carlos Vera, se observa que la publicidad del gobierno en los Mundiales identificaba a los medios como serpiente, por ende "el demonio". Para mí, lo que se da a entender con eso es que los medios libres, cual árbol prohibido, dan acceso al Conocimiento, y es por eso que no hay que comer de esa fruta). De veras, ustedes dirán que soy anticuado, pero eso del dolor ajeno me chocó, y eso que me creía habituado a los excesos de ese incalificable juntaletras.

¿Qué tenemos que esperar ahora? ¿Enterarnos de que la oposición son caníbales que disfrutan en secreto de los primores de la carne de bebé?

No sé, el Evangelio nos dice que no juzguemos, pero a mí que me venga a decir que no me afecta el dolor ajeno un tipo babosillo que al parecer se dedica a hostigar y a acosar a las mujeres de su entorno, y a extraer de los magros sueldos de sus empleados suculentos diezmos dedicados a protervos fines propios, y que ahora se gana la vida insultándole a todo el mundo a cuenta del contribuyente, me parece un poco original. 

Pero no nos detengamos en eso. Como siempre, el artículo entero merece el fascinado respeto que merece toda escultura elaborada en excremento puro: en palabra de Dr Johnson, no es que esté bien hecho, sino que uno se admira de que se llegue a hacer tal cosa. Si no fuera por el tiempo, casi se merece un diagrama de divulgación científica este proceso, al que habría que llamarle pedosíntesis: una especie de ciclo natural donde el metano que se le escapa al esfínter presidencial es hondamente aspirado por el coprófilo telegrafista, que luego lo transforma en garabateos sobre el papel, que luego se publican y llegan a la mesa carondeletiana (a pocas mesas más, evidentemente, pero a ésa, sin faltar), donde el baile del más descarado servilismo y de la más desvergonzada adulación en pocas líneas estimula nuevamente los jugos gástricos del solitario caudillo, dando lugar a nuevas acumulaciones de gas con los cuales comienza otra vez el ciclo. Y aparte de la fascinación de dicho proceso, el sempiterno juego de adivinar al santo de qué viene un artículo que parece no tener más finalidad que la repartición aleatoria y pomposa de insultos. Creo que en este caso, la pista nos viene con la frase

ya no cabe que se siga culpando de todo lo malo del presente  al breve lapso de tiempo que el país disfruta de este régimen

Es decir, el articulista se ha encomendado la tarea de intentar explicar cómo es que después de cuatro años de Revolución Ciudadana, el país está a todas luces peor que antes, sobre todo en términos de desempleo y, notoriamente, de delincuencia. Frente a la imposibilidad de culpar a un pasado cada vez más remoto e irrelevante, nuestro polifacético intelectual aboga por la siguiente estrategia:

Si somos responsables y serios, si nos duele la historia recibida, debemos hacer un examen objetivo y reposado de qué es lo real y qué es lo inventado en los actuales días del convivir nacional. Sin olvidar que este gobierno no solo que está transformando al país, sino que también está transformando la manera de entenderlo y ordenarlo. Y quienes crean que poner orden en el Ecuador es tarea fácil, demuestran que desconocen la propensión del temperamento de los ecuatorianos.

Es decir (empezando con la última frase), culpemos primero al "temperamento de los ecuatorianos", que al parecer son genéticamente desordenados. Los males del país, demasiado evidentes, no son responsabilidad del gobierno, sino que parten del hecho de que lastimosamente éste ha heredado un pueblo horriblemente bruto, hasta el punto de que una pregunta perfectamente sencilla que el propio Arellano es capaz tanto de formular como de contestar, no puede ser formulada con idéntica claridad por el resto de la gente, sino que "flota en el inconsciente colectivo de las masas", pues propio de las masas es ser inconscientes. ¡Si solamente a Correa la suerte le hubiera regalado una población de suizos o de estadounidenses, no te imaginabas qué progresos hubieran visto! Pero como tenemos lo que tenemos, un pueblo retrógrado, lo que hay que hacer es examinar "qué es lo real y qué es lo inventado", sin olvidar que el gobierno es capaz de "transformar la manera de entender" el país. Es decir, la solución no pasa por cambiar las cosas, sino por cambiar nuestra visión de las cosas, nuestra "percepción". En una palabra: propaganda.

La historia no puede reescribirse de manera antojadiza.

Entrañable constatación de que, efectivamente, se trata de eso: de reescribir la historia, a la usanza orwelliana. Ya demostraron que hasta algo tan reciente como el 30-S se puede "reescribir" perfectamente, cambiando los hechos y los protagonistas, colocando a Carlos Vera en el nuevo papel de Emmanuel Goldstein. Si eso resultó fácil, ¡cuánto más fácil la reescritura de la historia más antigua! Así que prepárense: Bolívar fue socialista del s.XXI avant la lettre, a Lucio le sacó de Carondelet el propio Correa en persona, Cuba siempre ha sido y es democracia, León Febres Cordero nunca iba a ninguna parte sin su sombrero de copa, las víctimas de Dayuma fueron culpa de Carlos Vera, y PP El Verdadero verdaderamente tiene mucho más que trescientos y pico lectores. Todo es cuestión de dominar las ondas, para poder repetir los mensajes hasta que se tornen verdaderos. Por algo será que Chávez ahora se ha hecho con acciones de Globovisión. La guerra no es contra el crimen, sino contra las percepciones. Y si tras ser asaltado por quinta vez, o tras perder un empleo o un hijo, tienes la sensación de que algo en ti te duele, eso también, fíjate, es "pura percepción". ¿O aun no te habías dado cuenta?

No es por nada que lo llaman dolor ajeno. Más ajeno que para los señores de la Revolución predicada por Arellano, imposible.


P.D. Acabo de leer un demoledor artículo de Gabriela Calderón en El Universo que demuestra, con datos de la FLACSO y del  Centro de Análisis e Investigación de Políticas Públicas de Quito, que el gobierno de la Revolución Ciudadana ha fracasado estrepitosamente en lo que se supone era uno de sus mayores acometidos, la reducción de la pobreza. Eso ya lo intuíamos: ahora es un hecho verificable. De modo que tenemos, con Correa, un aumento espectacular en delincuencia e inseguridad, un aumento notable (si bien los cambios en el modo de calcularlo lo intentan disfrazar) en niveles de desempleo y subempleo; y una desaceleración igualmente llamativa en la reducción de la pobreza. Es decir, se hace patente que cualquier apoyo a este gobierno poco o nada tendrá que ver con una supuesta sensibilidad hacia el "dolor ajeno". Claro, nada de esto será noticia para quien haya compartido planeta con algún socialista durante los últimos 100 años. Son como el Equipo A en creación de miseria.

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