Mis nombres
Al niño le sedujeron los nombres aliterativos: Clark Kent, Peter Parker. A ratos se le daba por salvar el mundo. Antes de acostarse solía vencer al Duende Verde o al Doctor Pulpo, era festejado y las chicas se desmayaban por tener su bebé. En otra época quiso ser Robin Hood un día, Tarzán otro: total, la cuestión era trepar en los árboles.
Los bosques brindan un entorno de lo que se ha dado en llamar privacidad, comprensible y entrañable. Tu privacidad te la ganas trepando. Quieres ser menos visto, menos asequible, subes más, otra rama, otra más. Tras ti se cierran las hojas amigas en probabilísticas cortinas. Desde tu atalaya, observas pasar, observas hacer. A partir de cierta rama ya no tienes nombre. Eres simple vista, un ojo en el cielo. Eres un cuervo. No importa en realidad lo que eres. Un halcón peregrino, tal vez, a partir del libro de Robert Murphy, que devoraste como unas quince veces, con infantil glotonería.
Más adelante, descubres otro tipo de libros. Yo pasé cierto tiempo, parece que meses, siendo Sir Lancelot, en la versión de TH White (en cuya traducción en castellano, el nombre vacila entre Lancelot y Lanzarote, según a cuál traductor le tocó ese capítulo). Mi pesada armadura me impedía trepar. Era increíblemente feo (bien por los autores que se acuerdan de esos niños), pero era invencible, y tenía a dos mujeres, una de ellas reina de Albión. Un día ellas se pusieron de acuerdo para enloquecerme. Me convertí en el Hombre Salvaje, que andaba por esos pueblos medievales totalmente desnudo. La desnudez no importaba: iba vestido de anonimato, el mejor ropaje del mundo. A Sir Lancelot al final le reconocen, le visten, se apiadan de él, y el episodio salvaje queda en anécdota. No así conmigo.
En el colegio pasé por varios apodos. El último, el que más me gustaba, había sido sugerido por una de esas mariconadas de canciones eduardianas que nos hacían cantar con lo que nos quedaba de tiple en las clases de música. Era un reconocimiento tácito de que los demás apodos no habían dado en el blanco. En casa no me llamaban de ningún modo. Las fuerzas centrífugas de mi familia, o lo que quedaba de ella, se aseguraron de eso. Ahí sólo era soledad.
En todo caso, el nombre con que me bautizaron siempre ha sido inservible. Sale en algunos documentos de poca monta: cédula, pasaporte, ese tipo de cosas. Cuando escribo cartas de solicitud de empleo, tengo que hacer memoria de él: me da cosa escribirlo, siente como un engaño. La única persona que lo utilizaba era mi madre (creo que fue idea suya: ella siempre tenía gustos estrambóticos), y eso, sólo para llamarme la atención en los supermercados, para hacerme pasar mal rato.
Fue mi primera novia, la Yvonne, que me lo trocó por la versión irlandesa, infinitamente más sobrellevable. Me sirvió en diferentes momentos para granjearme más novias (tener novia siempre ha sido mi versión arisca y displicente de "hacer vida social"). Igualmente sirve en el trabajo. Esos nombres los franceses los llaman noms de guerre. Son como estandartes: insípidas ridiculeces que sirven a los cojudos, a los Abdón Calderón, para ganarse renombre de tenaz, para ser recordados. Son símbolos públicos, a los que se supone hay que aferrarse, llevar en alto, no manchar.
Así que cambié mi nombre de bautizo por un monosílabo equivalente, más económico y menos fantasioso. Eso fue todo. Tal vez me faltó esa imaginación que hace nacer de las cenizas de un Marion Mitchell Morrison un John Wayne, de los restos de un Samuel L. Clemens un Mark Twain, o un Lewis Carroll de la agonía de un reverendo Charles Dodgson. Sin hablar de la oscura génesis de un Dick Van Dyke, o de la condenable malicia que hace que unos padres Woodward al hijo le encombren con un Edward, dando lugar a un nombre que a todo el que le escucha le recuerda ineluctablemente un pedo en la bañera. La verdad, tener nombre siempre me ha parecido lo de menos. Pero aún no había descubierto el Internet.
En el Internet, y en la informática en general, rápidamente descubres que la cuestión no es tener nombre, sino tener asa (handle). Los portales tienen que identificarte de alguna manera. Las personas (si es que te interesan las personas) también. Cada portal viene con su dominio respectivo, dentro del cual has de ser único. Si te llamas John Smith, Paco González o Helmut Müller, mejor olvídate del literalismo. A la fuerza nos tenemos que reinventar, ora mezclando nuestro nom de guerre con capciosos numerales, ora poniendo a trabajar la fantasía, el ego o el capricho, y siempre respetando la democracia de la longitud de campo máxima y mínima. En mis primeros pinitos en Internet (más precisamente en Usenet), me identifiqué con el apelativo modesto y poco inspirado de Ordinary Bloke (tipo normal), el cual con el tiempo se redujo a OB, hasta que me harté de ser comparado (avejentadamente o no, según el caso) con cierta marca de prenda íntima femenina. Hablando de lo cual, para variar de vez en cuando usaba por capricho algún nombre femenino, apareciendo con el alter ego de Gwendoline Cakesniffe, o en otro momento como Two Old Ladies (Dos Señoras Ancianas). También he llegado a postear bajo el nombre asumido de The Entire Population of Liechtenstein. Es decir, en el Internet he sido (de cara a los bobos desprovistos de sentido de humor, claro está) hombre y mujer, singular y plural, y hasta he sido población de un país entero. Lo único que no he hecho nunca es identificarme con ese nombre que, con variantes, me identifica en el trabajo, en el banco y en las instancias burocráticas. ¿Por qué? Muy sencillo: porque no sirve para nada (las personas que me conocen en el trabajo, etcétera, es poco probable que frecuenten los mismos dominios que yo en Internet) y aumenta innecesariamente el riesgo de llegar a ser víctima de algún crimen de suplantación de identidad. Allá en los noventa, cuando Internet todavía era una aventura donde triunfaban quienes iban provistos de ciertos conocimientos, existía un amplio consenso según el cual el que utilizaba su propio nombre para identificarse en Internet era, en el mejor de los casos, un ingenuo (algunos usaban calificativos más feos). Los internautas entonces venían en tres sabores: los sabidos que usaban un nombre que parecía auténtico pero que no era el suyo (la mayoría, si se atenía a las revelaciones proporcionadas en privado por correo), los anticuados que teníamos escrúpulos y preferíamos identificarnos con apodos caprichosos de nulo valor persuasivo; y los cojudos que alegremente adelantaban su nombre de cédula sin preocuparse de las posibles consecuencias derivadas del creciente número de estafadores, espameros, ladrones y psicópatas que ya empezaban a pulular por la Red. Supongo que en poco habrá cambiado la situación desde entonces.
De modo que quien recrimina a los que "no se atreven a dar la cara" o "se esconden bajo seudónimos" en la Red lo único que revelan es su ignorancia respecto a las convenciones y costumbres que rigen en la misma.
O tal vez sea algo más que eso.
Hace algún tiempito salió un comentario bajo uno de mis posts donde un defensor del Regimen me recriminó el ser de poca o nula fiabilidad, puesto que mi handle es claramente el nombre de un plato de comida (con lo que se quiso transmitir, en ese entonces, no tanto la comestibilidad de las opiniones que pensaba regalar al lector, sino la elegante sencillez y brevedad de las mismas. Ay, que la experiencia decepciona a veces); o sea, no es un nombre que se esperaría encontrar en una cédula. Y entonces me pregunté: ¿en qué incide el nombre de una persona en la fiabilidad de sus expresiones? Para mí, la única manera de relacionar las dos cosas es mediante el recurso del argumentum ad hominem: es decir, tus opiniones valen en la medida en que no tienes el mismo nombre que algún miembro de la antigua partidocracia, o tal vez (¿quién sabe) el valor de tus expresiones tendrá proporción inversa con la similitud entre tu apellido y alguno de esos apellidos altos en grasas trans tipo Febres Cordero o Palacios o Viteri. ¿Será eso? ¿O tal vez estoy buscando la quinta pata al gato, y la explicación sencilla es que el tipo quiso indagar en mis circunstancias personales o laborales con la finalidad de encontrar materia aprovechable, denunciable? Si es así, razón de más para despreciar a quienes se alardean de ser solidarios con los compatriotas indocumentados en otros lados, pero que se convierten en soplones de inmigrantes en su propio país.
Hay que decirlo clarito: los únicos que se preocupan por los nombres de quienes escriben en la Red son policías (o seres con vocación de tal), chismosos, morbosos, o tarados mentales que piensan que algunos nombres confieren, o restan, autoridad a las palabras emitidas.
A esas personas lo único que les puedo aconsejar es que se hagan un baño de literatura. Navidad: tiempo ideal para agarrar un libro (si es que la plata te llega). Yo, si pudiera, en estos días volvería a leer la que para algunos es la mejor novela en lengua inglesa del s. XIX: Middlemarch, de un tal George Eliot, que para los chismosos siempre será Mary Ann Evans. Lástima que quien profundizara más en sicología humana que cualquier otro autor de su época no haya querido (al igual que los hermanos Bell, aka hermanas Brontë) dar la cara. Si no, tal vez esas novelas fueran fiables y todo.
Los bosques brindan un entorno de lo que se ha dado en llamar privacidad, comprensible y entrañable. Tu privacidad te la ganas trepando. Quieres ser menos visto, menos asequible, subes más, otra rama, otra más. Tras ti se cierran las hojas amigas en probabilísticas cortinas. Desde tu atalaya, observas pasar, observas hacer. A partir de cierta rama ya no tienes nombre. Eres simple vista, un ojo en el cielo. Eres un cuervo. No importa en realidad lo que eres. Un halcón peregrino, tal vez, a partir del libro de Robert Murphy, que devoraste como unas quince veces, con infantil glotonería.
Más adelante, descubres otro tipo de libros. Yo pasé cierto tiempo, parece que meses, siendo Sir Lancelot, en la versión de TH White (en cuya traducción en castellano, el nombre vacila entre Lancelot y Lanzarote, según a cuál traductor le tocó ese capítulo). Mi pesada armadura me impedía trepar. Era increíblemente feo (bien por los autores que se acuerdan de esos niños), pero era invencible, y tenía a dos mujeres, una de ellas reina de Albión. Un día ellas se pusieron de acuerdo para enloquecerme. Me convertí en el Hombre Salvaje, que andaba por esos pueblos medievales totalmente desnudo. La desnudez no importaba: iba vestido de anonimato, el mejor ropaje del mundo. A Sir Lancelot al final le reconocen, le visten, se apiadan de él, y el episodio salvaje queda en anécdota. No así conmigo.
En el colegio pasé por varios apodos. El último, el que más me gustaba, había sido sugerido por una de esas mariconadas de canciones eduardianas que nos hacían cantar con lo que nos quedaba de tiple en las clases de música. Era un reconocimiento tácito de que los demás apodos no habían dado en el blanco. En casa no me llamaban de ningún modo. Las fuerzas centrífugas de mi familia, o lo que quedaba de ella, se aseguraron de eso. Ahí sólo era soledad.
En todo caso, el nombre con que me bautizaron siempre ha sido inservible. Sale en algunos documentos de poca monta: cédula, pasaporte, ese tipo de cosas. Cuando escribo cartas de solicitud de empleo, tengo que hacer memoria de él: me da cosa escribirlo, siente como un engaño. La única persona que lo utilizaba era mi madre (creo que fue idea suya: ella siempre tenía gustos estrambóticos), y eso, sólo para llamarme la atención en los supermercados, para hacerme pasar mal rato.
Fue mi primera novia, la Yvonne, que me lo trocó por la versión irlandesa, infinitamente más sobrellevable. Me sirvió en diferentes momentos para granjearme más novias (tener novia siempre ha sido mi versión arisca y displicente de "hacer vida social"). Igualmente sirve en el trabajo. Esos nombres los franceses los llaman noms de guerre. Son como estandartes: insípidas ridiculeces que sirven a los cojudos, a los Abdón Calderón, para ganarse renombre de tenaz, para ser recordados. Son símbolos públicos, a los que se supone hay que aferrarse, llevar en alto, no manchar.
Así que cambié mi nombre de bautizo por un monosílabo equivalente, más económico y menos fantasioso. Eso fue todo. Tal vez me faltó esa imaginación que hace nacer de las cenizas de un Marion Mitchell Morrison un John Wayne, de los restos de un Samuel L. Clemens un Mark Twain, o un Lewis Carroll de la agonía de un reverendo Charles Dodgson. Sin hablar de la oscura génesis de un Dick Van Dyke, o de la condenable malicia que hace que unos padres Woodward al hijo le encombren con un Edward, dando lugar a un nombre que a todo el que le escucha le recuerda ineluctablemente un pedo en la bañera. La verdad, tener nombre siempre me ha parecido lo de menos. Pero aún no había descubierto el Internet.
En el Internet, y en la informática en general, rápidamente descubres que la cuestión no es tener nombre, sino tener asa (handle). Los portales tienen que identificarte de alguna manera. Las personas (si es que te interesan las personas) también. Cada portal viene con su dominio respectivo, dentro del cual has de ser único. Si te llamas John Smith, Paco González o Helmut Müller, mejor olvídate del literalismo. A la fuerza nos tenemos que reinventar, ora mezclando nuestro nom de guerre con capciosos numerales, ora poniendo a trabajar la fantasía, el ego o el capricho, y siempre respetando la democracia de la longitud de campo máxima y mínima. En mis primeros pinitos en Internet (más precisamente en Usenet), me identifiqué con el apelativo modesto y poco inspirado de Ordinary Bloke (tipo normal), el cual con el tiempo se redujo a OB, hasta que me harté de ser comparado (avejentadamente o no, según el caso) con cierta marca de prenda íntima femenina. Hablando de lo cual, para variar de vez en cuando usaba por capricho algún nombre femenino, apareciendo con el alter ego de Gwendoline Cakesniffe, o en otro momento como Two Old Ladies (Dos Señoras Ancianas). También he llegado a postear bajo el nombre asumido de The Entire Population of Liechtenstein. Es decir, en el Internet he sido (de cara a los bobos desprovistos de sentido de humor, claro está) hombre y mujer, singular y plural, y hasta he sido población de un país entero. Lo único que no he hecho nunca es identificarme con ese nombre que, con variantes, me identifica en el trabajo, en el banco y en las instancias burocráticas. ¿Por qué? Muy sencillo: porque no sirve para nada (las personas que me conocen en el trabajo, etcétera, es poco probable que frecuenten los mismos dominios que yo en Internet) y aumenta innecesariamente el riesgo de llegar a ser víctima de algún crimen de suplantación de identidad. Allá en los noventa, cuando Internet todavía era una aventura donde triunfaban quienes iban provistos de ciertos conocimientos, existía un amplio consenso según el cual el que utilizaba su propio nombre para identificarse en Internet era, en el mejor de los casos, un ingenuo (algunos usaban calificativos más feos). Los internautas entonces venían en tres sabores: los sabidos que usaban un nombre que parecía auténtico pero que no era el suyo (la mayoría, si se atenía a las revelaciones proporcionadas en privado por correo), los anticuados que teníamos escrúpulos y preferíamos identificarnos con apodos caprichosos de nulo valor persuasivo; y los cojudos que alegremente adelantaban su nombre de cédula sin preocuparse de las posibles consecuencias derivadas del creciente número de estafadores, espameros, ladrones y psicópatas que ya empezaban a pulular por la Red. Supongo que en poco habrá cambiado la situación desde entonces.
De modo que quien recrimina a los que "no se atreven a dar la cara" o "se esconden bajo seudónimos" en la Red lo único que revelan es su ignorancia respecto a las convenciones y costumbres que rigen en la misma.
O tal vez sea algo más que eso.
Hace algún tiempito salió un comentario bajo uno de mis posts donde un defensor del Regimen me recriminó el ser de poca o nula fiabilidad, puesto que mi handle es claramente el nombre de un plato de comida (con lo que se quiso transmitir, en ese entonces, no tanto la comestibilidad de las opiniones que pensaba regalar al lector, sino la elegante sencillez y brevedad de las mismas. Ay, que la experiencia decepciona a veces); o sea, no es un nombre que se esperaría encontrar en una cédula. Y entonces me pregunté: ¿en qué incide el nombre de una persona en la fiabilidad de sus expresiones? Para mí, la única manera de relacionar las dos cosas es mediante el recurso del argumentum ad hominem: es decir, tus opiniones valen en la medida en que no tienes el mismo nombre que algún miembro de la antigua partidocracia, o tal vez (¿quién sabe) el valor de tus expresiones tendrá proporción inversa con la similitud entre tu apellido y alguno de esos apellidos altos en grasas trans tipo Febres Cordero o Palacios o Viteri. ¿Será eso? ¿O tal vez estoy buscando la quinta pata al gato, y la explicación sencilla es que el tipo quiso indagar en mis circunstancias personales o laborales con la finalidad de encontrar materia aprovechable, denunciable? Si es así, razón de más para despreciar a quienes se alardean de ser solidarios con los compatriotas indocumentados en otros lados, pero que se convierten en soplones de inmigrantes en su propio país.
Hay que decirlo clarito: los únicos que se preocupan por los nombres de quienes escriben en la Red son policías (o seres con vocación de tal), chismosos, morbosos, o tarados mentales que piensan que algunos nombres confieren, o restan, autoridad a las palabras emitidas.
A esas personas lo único que les puedo aconsejar es que se hagan un baño de literatura. Navidad: tiempo ideal para agarrar un libro (si es que la plata te llega). Yo, si pudiera, en estos días volvería a leer la que para algunos es la mejor novela en lengua inglesa del s. XIX: Middlemarch, de un tal George Eliot, que para los chismosos siempre será Mary Ann Evans. Lástima que quien profundizara más en sicología humana que cualquier otro autor de su época no haya querido (al igual que los hermanos Bell, aka hermanas Brontë) dar la cara. Si no, tal vez esas novelas fueran fiables y todo.
Qué me va a contar, amigo Endivio, que yo no sepa.
ReplyDeleteQuise darme un paseo por el balcón antes de celebrar la navidad, para, abusando de convencionalismos ñoños, agradecerle por todo lo que disfruto sus escritos, y desear que alcance todas sus secretas ambiciones que sospecho, como las mías, deambulan en el sencillo vecindario de los placeres mundanos.
Un fortísimo abrazo, mi admirado emperador, para Ud y todos aquellos que signifiquen algo bueno en su vida.
Felices Fiestas.