Maestra

La canción requiere a Joyce para su cabal comprensión (final de Ulises), y se recomienda a Blake por lo de "arrows of desire", pero no es imprescindible. También, diría que algo de encarnación. La pura ciberpersona no llegaría demasiado lejos, aunque se autofelicite por entender lo de "going deep South". La misma canción lo dice: salgamos de la página. (De paso, reconozcamos que la letra en poco ayuda a distinguir entre esos dos conceptos que acá, en este país, generan tanta confusión en los medios populares: sensual y sexual. Será otra ocasión.)

Me he dado cuenta de que en todo lo escrito aquí he obviado lo principal. "Libertad pero ¿para qué?" En algún momento lo intentaré contestar. No podré traer a colación mi triste vida, pues aunque he vivido en diversos países, y no he votado nunca por nadie, y conseguí llegar a cumplir cuarenta sin casarme, no se me ha notado nunca demasiada libertad. He pasado sólo huyendo de los demonios personales, preso de ese nostalgie de la boue que en momentos cruciales me ha arrancado el timón, ha decidido por mí. Me he impuesto una moralidad arcaica, medieval, caballeresca, desesperación de sicoanalistas. Últimamente me viene a la mente con insistencia, a propósito de este fracaso vital que ahora me quiere definir, el recuerdo de cuando me gradué en Oxford: ellos querían que siguiera, que hiciera el doctorado, que me convirtiera en un don. No, dije: me falta graduarme en otras cosas primero. Me falta enlodarme. Y así hice: fui directo a Connah's Quay, el lugar más perdido de la mano de Dios del Reino hUnDido, el lugar de las lluvias, de la heroina, del desempleo y de la desesperación. Pero seguían insistentes esas voces: no sirves para esto. Sólo sirves para feto académico, arreglador de frases elegantes. Sólo sirves para discurrir narcóticamente sobre la fecha de composición del Poema de Mío Cid. Deje que los vivos entierren a sus vivos.

Di muchos cabezazos sin sentido. La mayoría tienen nombre de mujer.

En la película Karate Kid, el niño que quiere aprender a defenderse se pasa la tarde pintando una valla, hasta que le duele el brazo. Se nos enseña que para ser libre, tienes que someterte a una disciplina primero. Si quieres conducir, ser el Rey de la Carretera, tienes que pasar por un frustrante aprendizaje. Si quieres tocar piano, tienes que pasar por el purgatorio de las escalas. Si quieres ser poeta, primero afínate el oído, lee a los grandes, escribe mil sonetos y quémalos. Si nunca se te han sangrado las yemas de los dedos, nunca serás buen guitarrista. Todo idioma (que no sea el maternal) cuesta de aprender. El arte no es user-friendly.

Los gobernantes de todas las tendencias aprovechan esa verdad a favor suya. Ellos pretenden imponerte esa "disciplina" sin el cual, dicen, no serás nunca "libre de verdad". Apurados, se envuelven en la toga del maestro, con instinto de saltimbanquí. Es por ello que cobra importancia el chisme sobre la casta política. Es necesario a veces llamar la atención sobre el hecho de que el emperador no tiene ropa: ni exterior, ni interior (a nivel de amueblado cerebral). (Para satisfacer a JMLC, podría citar a Hayek en este sentido, pero paso.) Pero eso también nos vuelve obligada la pregunta: ¿y los maestros de verdad? ¿Dónde se esconden?

Ya por los años sesenta, un grupo musical británico se fue a la India con la idea de encontrar allí a un auténtico sabio en el arte de vivir. El resultado: la hilarante canción Sexy Sadie, en la que Lennon lanza los dardos de su ironía contra el farsante del Maharishi, que ya se nos ha convertido en arquetipo de todos los gurús lascivos, los Deepak Chopra, los Paulo Coelho, habidos y por haber. A partir de esa experiencia, podemos estar razonablemente seguros de que el maestro no es nunca quien dice serlo. La sabiduría nunca necesita autopublicitarse. Se conoce por sus frutos.

¿Por qué será que nunca aprendí a ser sabio, siquiera sabido? ¿Por qué siempre, en lo que fuera, con fatal constancia, perdedor?

Siempre tomé muy al pie de la letra, seguramente demasiado, aquello de busca dentro de ti. El sabido de Coelho le dedica todo un libro al cliché, con exasperantes aires de iniciado. (Leí El Alquimista hace algunos años: lo encontré aburrido, plomizo. Es un vademécum de la espiritualidad instantánea para analfabetos: éxito asegurado, evidentemente.) Para aprender algunas cosas, entre ellas la guitarra, prescindí casi completamente de tutores. Mi fallida técnica lo demuestra. Por supuesto, busca dentro de ti, pero si no encuentras... págate algunas clasecitas, hazte el favor. Hasta los grandes tuvieron quien les guiara.

Y no tiene por qué ser tan ardua la experiencia. Las clases de sexo, divertidísimas, si tienes buena maestra. La Carmen me enseñó a decir zorra, aunque no pudo (careciendo de la especialidad de logopedia) corregirme la pronunciación, que siempre recordaba a una historia perdida de la hermana descarrilada de Fairbanks (the Mark of Zorra). Pero la cuestión es ésta: la función del maestro no es solamente enseñar las técnicas, sino enseñar también los resultados, adónde puedes lícitamente aspirar. El virtuosismo que cautiva. En algunos artes eso se puede encontrar todavía (aunque a diferencia de la corte de los Habsburgos, los maestros vihuelistas de hoy, los Vai y De Lucía, raramente son buenos compositores), pero en el arte de vivir es lo que extraño, que siempre extrañé. Quien vive bien hoy en día se lo tiene muy callado. No hablo de ricos sino de aventureros. Nadie en sus cabales quiere ser obscenamente rico: con unos pocos millones la mayoría nos conformaríamos. Todos, en cambio, querríamos tener alguna aventura, descubrir algún continente. Pues bien: los aventureros de hoy son vilmente censurados. Nuestra civilización tiene terror de ellos. Todo lo que engrandece al ser humano es por ello mismo subversivo. Interesa que sigamos siendo simples consumidores, obedientes, predecibles y regulables como termóstatas. Sólo así puede más o menos funcionar un planeta con siete billones de habitantes. Y un cuerno.

¿Como lo hacen? Como decía Orwell: empiezan siempre por el idioma. Ninguno de los cambios son inocentes. Ayer mismo, en El Universo, la residente experta en lingüística nos decía que ya no se estila discapacitado, sino con discapacidad. Lo primero es insultante, lo segundo no. Ya veo. Álvaro Noboa ya no es un imbécil: es un miembro de la comunidad de las personas con imbecilidad. Y a todo esto, se olvida de recordarnos que el plural de malentendido no es malos entendidos, chucha, y que no puede ser posible es peor que una redundancia: es una redundancia redundante. Ya empecé a desesperarme cuando en España, hace años, escuché a una amiga describir a una compañera suya como invidente. Qué triste. De ser ciega, palabra recargadísima de connotaciones místicas, misteriosas, poéticas y sublimes (lean a Herrick), pasó a ser simplemente alguien incapaz de ver. Pero lo peor no es lo políticamente correcto, sino el cliché. Con esa arma nos quitan el código que hace palpable y valiosa la experiencia, que permite que vislumbremos continentes en medio de la cocina. Todo lo que podría entusiasmar, arrebatar, inspirar, es ninguneado por el cliché mediático. Vivimos la democracia de los dominios basura.

El mundo sensual, el único que se nos mantiene algo puro, en la medida en que las saetas de los puritanos no le llegan. La música también, aunque últimamente ha habido un esfuerzo por homogeneizarla, volverla aburrida y predecible al 100%. Con la disyuntiva delante, pudiendo hacer algunas cosas medianamente bien y careciendo de modelos de rol para las que siempre hacía muy mal, yo siempre transigí, fui por lo fácil y lo inmediato, por el placer.

Tal vez me faltaba una maestra.



Comments

Popular posts from this blog

Odio

Relaciones diplomáticas

The OK Salvadoran