Navidades
Si, como dicen algunas malas lenguas, la "Virgen" María en ese entonces (pongamos, Dies Natalis Solis o allá por marzo, según gusto) tenía como catorce o quince años, entonces deduzco que lo que se celebra es la consecuencia de un abuso sexual de una menor de edad, donde los principales sospechosos son un carpintero judío de nombre José, y un siniestro personaje que en el mundo del hampa se conoce como Espíritu Santo, buscado por la justicia desde hace tiempo por la autoría de algunos panfletos sediciosos. Estoy esperando la apertura de una investigación por parte del juez Baltasar Garzón (si bien ese nombre pudiera sugerir para algunos cierto conflicto de interés) para aclarar el caso, pues ese tal Espíritu Santo se rumorea que todavía sigue vivo en alguna parte y tal vez no sería tarde para que reciba la condena y el castigo ejemplar que se merece por tan notorio y atroz crimen sexual.
Pero no hay justicia en el mundo. Ayer, fue cuestión de encender la tele y tener que soportar la voz de ese desquiciado que ocupa la Presidencia de este país, farfullando algo sobre "solidaridad", mientras por otro lado el acostumbrado de Emilio Palacio nos recordaba que estas Navidades se las pasará en la cárcel un tipo cuyo único crimen fue ser director de un hospital militar en el momento en que Correa quiso montar toda esa farsa del "secuestro" (el primero en el mundo donde el secuestrado se pasa el tiempo dictando Estado de Emergencia), junto con una treintena más de personas a las que no se les ha acusado de nada aparte de haber ofendido a las narices parnasianas de la misma Presidencia. Habría sido bonito que tal "solidaridad" se hubiese manifestado en un permiso para que ciertos presidiarios notoriamente inofensivos pasen con su familia; pero reconozcamos que con alguna gente es imposible, desde aquellas alturas, solidarizarse. No pidamos peras al peral.
Para JMLC, la Navidad es la época en la que los católicos y otros burgueses oprimidos por el peso de la tradición judeocristiana se sientan medio obligados a expiar su sentimiento de culpa dando ayuditas a "la gente necesitada", de la que en otras fechas se olvidan olímpicamente. Si es así, de acuerdo en que tal vez no sirva de mucho, pues una generosidad que se activa puntualmente por influencias del calendario lo más probable es que le falte puntería por completo. Aunque realmente, no creo que ése sea el mayor problema. Recuerdo que en el Colegio Ornitorrincos del Saber (pensión: más de 300 pavos y no de los navideños), en estas fechas tan señaladas se invitaba a los niños de una escuela fiscal del suburbio a ingresar en sus impresionantes terrenos, recoger los regalos (Made in China) recolectados por cada paralelo, y asisitir a un espectáculo en que se les invitaba a los niños a bailar por el premio de Míster y Miss Auténtico Primor Barriobajero. Esto, sin duda, es lo que le da mal timbre a la palabra caridad. Gente "que tiene" restregando tal hecho en la cara de los que "no tienen", con el mensaje subyacente de que si algo llegan a "tener", será siempre por obra y gracia de los primeros, quienes hasta pueden acceder al insospechado lujo de sentirse "generosos" por tal ostentación. Yo mismo recuerdo que en mi adolescencia, decidí por capricho dedicar una Navidad a ayudar, terminando en un hospital geriátrico donde lo único que recuerdo es haber tenido que ir de un lado a otro durante todo el día con enormes pilas de ropa de cama lavada y planchada, es decir, ejercer de portero lavandero. Aparte, me invitaron más de una vez a tomar té. Acepté con gusto, pero no pude evitar de pensar que lo que se gastó en proveerme de tickets canjeables por bolsitas de té, leche y agua tal vez fuera más que lo que yo había aportado con el valor de mi dudoso trabajo de reubicasábanas, con lo cual empecé a pensar que mi pretendida "ayuda" en términos fríos y económicos tal vez fuera más estorbo que ayuda. No pude evitar de notar que, en lugar de felicitarme por mi afán de servicio, los enfermeros de allí más parecían resignarse ante la mala noticia de mi llegada: "vaya, otro mocoso que quiere ser Madre Teresa, otro estorbo más que nos quitará tiempo. Odio las Navidades". Idéntica experiencia tuve algo más tarde, cuando fui a pasar un año en Segovia y me ofrecí, a unos días de mi llegada (que ni fue por Navidad, sino en septiembre), a todos los hospitales de la ciudad, incluido uno militar y un hospicio, para hacer "cualquier trabajo voluntario que me encomienden". Recuerdo la misma pregunta burlona que me hicieron todos: "pero... usted ni es médico. ¿Qué cosa, exactamente, sabe hacer?"
Se me quedó grabada la lección: si quieres ayudar a la gente, aprende un oficio, o venga con algún dinerito. A los aficionados, a los De Buena Voluntad y nada más, no los quiere nadie. Más tarde, aprendí que hay organizaciones caritativas, entre ellas la Cruz Roja y la CAB británica, que sí aceptan voluntarios a condición de que sean lo bastante serios como para acceder a formarse primero. Trabajé para las dos organizaciones, y alguna más, bajo esa condición. Valió la pena. Pero para lo que más valió tal vez fue para saber que lo que cuenta no son intenciones, sino resultados; y que como algún sabio alguna vez puntualizó, de buenas intenciones están pavimentadas las carreteras al Infierno. En el Citizens Advice Bureau, sobre todo, recuerdo el estereotipo corriente en ese gremio de la Twinset & Pearls Brigade, es decir, la típica señorona menopausica de alta sociedad que quiere "ayudar" haciéndose voluntaria, y lo único que consigue es entorpecer y ofender a todo el mundo con sus rancios prejuicios sociales.
Si la Navidad es, efectivamente, la época de los aficionados en lo del servicio humanitario, Dios nos libre, y venga el Año Nuevo con su redivivo y saludable egoismo.
Ahora bien, hay otro tipo de solidaridad que sí impresiona. Fui beneficiario de ella aquel mismo año, en Segovia, cuando después de haber trabajado (es un decir) de asistente de inglés en un Instituto (Giner de los Ríos, se llamaba) durante pocos meses, al acercarse la Navidad una de mis alumnas, que tendría como unos catorce años, me preguntó cómo pasaría la Navidad, mientras otros me preguntaban si quería algún regalo. Tuve que confesar ante todos que no tenía plata para volver a mi país, así que pasaría solo las Navidades, comiendo tal vez garbanzos; y medio en broma, que para mí el mejor regalo sería algo de chorizo de Cantimpalos. Cuál fue mi sorpresa cuando unos días antes de Navidad, los alumnos me regalaron ese chorizo, en cantidad impresionante, y por otro lado esa maravillosa niña me extendió una invitación formal de parte de sus padres a ir a comer con ellos el día de Navidad. Resultó que la familia era religiosa (tuve que asistir a una misa con ellos) pero ese detalle feo no empañó para nada el valor que tuvo para mí tal invitación, que siempre recordaré con gratitud.
El quid era que yo no presentaba todavía, en ese entonces, ninguna de las cualidades estereotipos de un necesitado. Tenía un trabajo (eso sí, ridículo), estaba en medio de una carrera universitaria, tenía piso alquilado (eso sí, compartido entre cuatro). Era un simple estudiante. Con lo cual lo de la niña se me antojó, no caridad, sino delicadeza, natural generosidad del alma. Algo así.
Desde entonces, he pasado bastantes Navidades solas y otras en compañía, lo que me ha inclinado ligeramente a favor de las primeras, es decir, creo que estas fiestas es mejor pasarlas a solas si puedes, eso sí, rodeado de gente pero a solas, a solas con tu copa, claro está, con ese fiel compañero que por estas fechas siempre tanto da de sí. Es la época ideal para sentirte sentimental, llorón, maudlin es la palabra, contemplando con filosofía parda la extraordinaria multiplicación de esas familias que brotan como hongos por todos lados, y preguntándote a quoi bon tanto empeño en replicar tanta insulsa y esperpéntica receta de felicidad instantánea "just add water".
Familias. No me hagan hablar.
Lo he dicho antes: toda la sabiduría alcanzable por el hombre se resume, lo presiento, en la iluminación de que la vida es una puta mierda (por si acaso, la frase es mía, quiero la patente), y no una cualquiera sino una tan mierda, tan mierda, que mejor que dejemos de hacerla más mierda todavía, sino que dentro de nuestras limitadas posibilidades intentemos aliviarnos mútuamente la travesía por este valle de excremento como sea. El problema de los caritativos, sean de la especie menopausica-bondadosa, como de la estatista-autoritaria es que, simplemente, les falta enmerdarse más, familiarizarse con lo que se vive acá abajo, para darse cuenta de lo inútil y ridículo de sus bienintencionadas soluciones. Mi consejo para ellos sería: dejen al lado la magnilocuencia, dejen de pretender arreglarles la vida a gente que ni conoce, y dedíquense a sus semejantes, que también entre ellos algún puntualmente necesitado habrá.
Y dejen de impedir que hagamos lo propio con los de nuestra propia especie. (El anuncio del Ministerio de Inclusión (sic) en la tele, "no ayude a la gente, deje para nosotros", lo más insultante y obsceno que he visto en la vida en materia de propaganda estatista.)
Yo estoy con la Gabriela Calderón: la especie humana sí tiene posibilidades, si solamente se le deja hacer a su acostumbrada manera, entre semejantes, entre iguales.
Felices Navidades.
Pero no hay justicia en el mundo. Ayer, fue cuestión de encender la tele y tener que soportar la voz de ese desquiciado que ocupa la Presidencia de este país, farfullando algo sobre "solidaridad", mientras por otro lado el acostumbrado de Emilio Palacio nos recordaba que estas Navidades se las pasará en la cárcel un tipo cuyo único crimen fue ser director de un hospital militar en el momento en que Correa quiso montar toda esa farsa del "secuestro" (el primero en el mundo donde el secuestrado se pasa el tiempo dictando Estado de Emergencia), junto con una treintena más de personas a las que no se les ha acusado de nada aparte de haber ofendido a las narices parnasianas de la misma Presidencia. Habría sido bonito que tal "solidaridad" se hubiese manifestado en un permiso para que ciertos presidiarios notoriamente inofensivos pasen con su familia; pero reconozcamos que con alguna gente es imposible, desde aquellas alturas, solidarizarse. No pidamos peras al peral.
Para JMLC, la Navidad es la época en la que los católicos y otros burgueses oprimidos por el peso de la tradición judeocristiana se sientan medio obligados a expiar su sentimiento de culpa dando ayuditas a "la gente necesitada", de la que en otras fechas se olvidan olímpicamente. Si es así, de acuerdo en que tal vez no sirva de mucho, pues una generosidad que se activa puntualmente por influencias del calendario lo más probable es que le falte puntería por completo. Aunque realmente, no creo que ése sea el mayor problema. Recuerdo que en el Colegio Ornitorrincos del Saber (pensión: más de 300 pavos y no de los navideños), en estas fechas tan señaladas se invitaba a los niños de una escuela fiscal del suburbio a ingresar en sus impresionantes terrenos, recoger los regalos (Made in China) recolectados por cada paralelo, y asisitir a un espectáculo en que se les invitaba a los niños a bailar por el premio de Míster y Miss Auténtico Primor Barriobajero. Esto, sin duda, es lo que le da mal timbre a la palabra caridad. Gente "que tiene" restregando tal hecho en la cara de los que "no tienen", con el mensaje subyacente de que si algo llegan a "tener", será siempre por obra y gracia de los primeros, quienes hasta pueden acceder al insospechado lujo de sentirse "generosos" por tal ostentación. Yo mismo recuerdo que en mi adolescencia, decidí por capricho dedicar una Navidad a ayudar, terminando en un hospital geriátrico donde lo único que recuerdo es haber tenido que ir de un lado a otro durante todo el día con enormes pilas de ropa de cama lavada y planchada, es decir, ejercer de portero lavandero. Aparte, me invitaron más de una vez a tomar té. Acepté con gusto, pero no pude evitar de pensar que lo que se gastó en proveerme de tickets canjeables por bolsitas de té, leche y agua tal vez fuera más que lo que yo había aportado con el valor de mi dudoso trabajo de reubicasábanas, con lo cual empecé a pensar que mi pretendida "ayuda" en términos fríos y económicos tal vez fuera más estorbo que ayuda. No pude evitar de notar que, en lugar de felicitarme por mi afán de servicio, los enfermeros de allí más parecían resignarse ante la mala noticia de mi llegada: "vaya, otro mocoso que quiere ser Madre Teresa, otro estorbo más que nos quitará tiempo. Odio las Navidades". Idéntica experiencia tuve algo más tarde, cuando fui a pasar un año en Segovia y me ofrecí, a unos días de mi llegada (que ni fue por Navidad, sino en septiembre), a todos los hospitales de la ciudad, incluido uno militar y un hospicio, para hacer "cualquier trabajo voluntario que me encomienden". Recuerdo la misma pregunta burlona que me hicieron todos: "pero... usted ni es médico. ¿Qué cosa, exactamente, sabe hacer?"
Se me quedó grabada la lección: si quieres ayudar a la gente, aprende un oficio, o venga con algún dinerito. A los aficionados, a los De Buena Voluntad y nada más, no los quiere nadie. Más tarde, aprendí que hay organizaciones caritativas, entre ellas la Cruz Roja y la CAB británica, que sí aceptan voluntarios a condición de que sean lo bastante serios como para acceder a formarse primero. Trabajé para las dos organizaciones, y alguna más, bajo esa condición. Valió la pena. Pero para lo que más valió tal vez fue para saber que lo que cuenta no son intenciones, sino resultados; y que como algún sabio alguna vez puntualizó, de buenas intenciones están pavimentadas las carreteras al Infierno. En el Citizens Advice Bureau, sobre todo, recuerdo el estereotipo corriente en ese gremio de la Twinset & Pearls Brigade, es decir, la típica señorona menopausica de alta sociedad que quiere "ayudar" haciéndose voluntaria, y lo único que consigue es entorpecer y ofender a todo el mundo con sus rancios prejuicios sociales.
Si la Navidad es, efectivamente, la época de los aficionados en lo del servicio humanitario, Dios nos libre, y venga el Año Nuevo con su redivivo y saludable egoismo.
Ahora bien, hay otro tipo de solidaridad que sí impresiona. Fui beneficiario de ella aquel mismo año, en Segovia, cuando después de haber trabajado (es un decir) de asistente de inglés en un Instituto (Giner de los Ríos, se llamaba) durante pocos meses, al acercarse la Navidad una de mis alumnas, que tendría como unos catorce años, me preguntó cómo pasaría la Navidad, mientras otros me preguntaban si quería algún regalo. Tuve que confesar ante todos que no tenía plata para volver a mi país, así que pasaría solo las Navidades, comiendo tal vez garbanzos; y medio en broma, que para mí el mejor regalo sería algo de chorizo de Cantimpalos. Cuál fue mi sorpresa cuando unos días antes de Navidad, los alumnos me regalaron ese chorizo, en cantidad impresionante, y por otro lado esa maravillosa niña me extendió una invitación formal de parte de sus padres a ir a comer con ellos el día de Navidad. Resultó que la familia era religiosa (tuve que asistir a una misa con ellos) pero ese detalle feo no empañó para nada el valor que tuvo para mí tal invitación, que siempre recordaré con gratitud.
El quid era que yo no presentaba todavía, en ese entonces, ninguna de las cualidades estereotipos de un necesitado. Tenía un trabajo (eso sí, ridículo), estaba en medio de una carrera universitaria, tenía piso alquilado (eso sí, compartido entre cuatro). Era un simple estudiante. Con lo cual lo de la niña se me antojó, no caridad, sino delicadeza, natural generosidad del alma. Algo así.
Desde entonces, he pasado bastantes Navidades solas y otras en compañía, lo que me ha inclinado ligeramente a favor de las primeras, es decir, creo que estas fiestas es mejor pasarlas a solas si puedes, eso sí, rodeado de gente pero a solas, a solas con tu copa, claro está, con ese fiel compañero que por estas fechas siempre tanto da de sí. Es la época ideal para sentirte sentimental, llorón, maudlin es la palabra, contemplando con filosofía parda la extraordinaria multiplicación de esas familias que brotan como hongos por todos lados, y preguntándote a quoi bon tanto empeño en replicar tanta insulsa y esperpéntica receta de felicidad instantánea "just add water".
Familias. No me hagan hablar.
Lo he dicho antes: toda la sabiduría alcanzable por el hombre se resume, lo presiento, en la iluminación de que la vida es una puta mierda (por si acaso, la frase es mía, quiero la patente), y no una cualquiera sino una tan mierda, tan mierda, que mejor que dejemos de hacerla más mierda todavía, sino que dentro de nuestras limitadas posibilidades intentemos aliviarnos mútuamente la travesía por este valle de excremento como sea. El problema de los caritativos, sean de la especie menopausica-bondadosa, como de la estatista-autoritaria es que, simplemente, les falta enmerdarse más, familiarizarse con lo que se vive acá abajo, para darse cuenta de lo inútil y ridículo de sus bienintencionadas soluciones. Mi consejo para ellos sería: dejen al lado la magnilocuencia, dejen de pretender arreglarles la vida a gente que ni conoce, y dedíquense a sus semejantes, que también entre ellos algún puntualmente necesitado habrá.
Y dejen de impedir que hagamos lo propio con los de nuestra propia especie. (El anuncio del Ministerio de Inclusión (sic) en la tele, "no ayude a la gente, deje para nosotros", lo más insultante y obsceno que he visto en la vida en materia de propaganda estatista.)
Yo estoy con la Gabriela Calderón: la especie humana sí tiene posibilidades, si solamente se le deja hacer a su acostumbrada manera, entre semejantes, entre iguales.
Felices Navidades.
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