Maudlin
La palabra es sospechosa de ser una simple aproximación desde abajo, desde donde alcanza el léxico y la mirada vacuna.
La mía, muy parcial, apenas distingue ahora entre tus dos futuros: ése que tenías antes del accidente, y el que te espera ahora, posiblemente muy diferente. En el segundo, se te habrían roto algunos cables, imposibilitando así la fluidez en el hablar, la coordinación entre pensamiento y expresión. De lo que se derivaría, supuestamente, un tratamiento social idiotizado (sólo la sociedad sabe idiotizar; lo hace muy bien, es prácticamente lo único que sabe haber). No quiero pensar en lo que esto significaría para ti, pero en todo caso, sería tan sólo el agudizar de una misma tristeza, la que de todas maneras aun en el primer futuro subyace: la de seguir donde yo dejé.
Sentirás a veces que se te estalla la cabeza (el nerviosismo traicionero, ya se te nota, a tu madre le saca de quicio que te laves compulsivamente las manos en el aire, "como un loco", ella impone inocentemente patrones de conducta), de todo lo que queda por decir y por hacer, de todas las confusas y enmarañadas posibilidades que te rodean, y no sabrás si etiquetarlo como arrebato o como honda frustración. Tampoco entenderás la perversa tranquilidad de los demás: sospecharás, como yo siempre hice, algún decoro impuesto mediante mundial consenso, decoro tal vez necesario y sagrado, de túnica negra y ademán estilizado, como el de los asistentes al entierro del Conde Orgaz(mo). Poco a poco hallarás que bailas mejor solo, que el cuerpo pide desahogos y aspavientos que nadie entiende. Te parecerá curioso que la gente diga que eres tranquilo, cuando lo único que haces es remedar hipócritamente la bovina tranquilidad universal, como modo de supervivencia.
Entonces, se te ocurrirá que esa apremiante necesidad de volcar hacia fuera lo que tienes dentro, y la imposibilidad de hacerlo, impuesta tanto por la sociedad como por tus propios genes (ese defectuoso cableado, no ha sido sólo por el accidente, es heredado, como otras cosas), se sintetizan sólo en la droga, sea ésta la que sea, la música, el alcohol, el tabaco, el trabajo, el sexo, el caminar kilómetros a través de un mapa mitológico de elaboración propia, cualquier cosa a fin de diluir ese dulce ácido interior, a fin de poder dormir despierto como todo el mundo. No puedo aconsejarte otra salida: no conozco ninguno. Ten cuidado con la droga que eliges. Los mencionados son de aprendizaje rápido y más o menos fiables.
Soñaras con lluvias (tu imparable atracción hacia el agua ya despierta la atención de todos: ¿por qué demonios tienes que haber salido tan inmisericordemente yo?), con charcos y ríos, con ser querido y tener "tu lugar", visible en otros mapas. La persecución del amor te llevará a muchos despeñaderos: trate de que sean pintorescas, que armonicen con tu paisaje interior. Como ideal fiel y manejable del amor, el que nos tenemos. Si llegas, como yo, a abrazarte a la costumbre de nunca pedir nada a nadie, para no ser decepcionado, lo serás igualmente, de manera permanente. Recuerda (es imposible, ya lo sé) que a mí me pedías todo. No hay cómo no darte todo: si ella es de otra opinión, aléjala como sabes tan bien hacer.
(Ese triste don también lo heredaste.)
Siempre hay una alternativa a la vergüenza.
Si terminas tu vida llorando, como yo, tal vez significa simplemente que con estos genes no se puede hacer otra cosa, y mejor es que los dejes morir. En todo caso, siempre quedará Tubbilandia.
La mía, muy parcial, apenas distingue ahora entre tus dos futuros: ése que tenías antes del accidente, y el que te espera ahora, posiblemente muy diferente. En el segundo, se te habrían roto algunos cables, imposibilitando así la fluidez en el hablar, la coordinación entre pensamiento y expresión. De lo que se derivaría, supuestamente, un tratamiento social idiotizado (sólo la sociedad sabe idiotizar; lo hace muy bien, es prácticamente lo único que sabe haber). No quiero pensar en lo que esto significaría para ti, pero en todo caso, sería tan sólo el agudizar de una misma tristeza, la que de todas maneras aun en el primer futuro subyace: la de seguir donde yo dejé.
Sentirás a veces que se te estalla la cabeza (el nerviosismo traicionero, ya se te nota, a tu madre le saca de quicio que te laves compulsivamente las manos en el aire, "como un loco", ella impone inocentemente patrones de conducta), de todo lo que queda por decir y por hacer, de todas las confusas y enmarañadas posibilidades que te rodean, y no sabrás si etiquetarlo como arrebato o como honda frustración. Tampoco entenderás la perversa tranquilidad de los demás: sospecharás, como yo siempre hice, algún decoro impuesto mediante mundial consenso, decoro tal vez necesario y sagrado, de túnica negra y ademán estilizado, como el de los asistentes al entierro del Conde Orgaz(mo). Poco a poco hallarás que bailas mejor solo, que el cuerpo pide desahogos y aspavientos que nadie entiende. Te parecerá curioso que la gente diga que eres tranquilo, cuando lo único que haces es remedar hipócritamente la bovina tranquilidad universal, como modo de supervivencia.
Entonces, se te ocurrirá que esa apremiante necesidad de volcar hacia fuera lo que tienes dentro, y la imposibilidad de hacerlo, impuesta tanto por la sociedad como por tus propios genes (ese defectuoso cableado, no ha sido sólo por el accidente, es heredado, como otras cosas), se sintetizan sólo en la droga, sea ésta la que sea, la música, el alcohol, el tabaco, el trabajo, el sexo, el caminar kilómetros a través de un mapa mitológico de elaboración propia, cualquier cosa a fin de diluir ese dulce ácido interior, a fin de poder dormir despierto como todo el mundo. No puedo aconsejarte otra salida: no conozco ninguno. Ten cuidado con la droga que eliges. Los mencionados son de aprendizaje rápido y más o menos fiables.
Soñaras con lluvias (tu imparable atracción hacia el agua ya despierta la atención de todos: ¿por qué demonios tienes que haber salido tan inmisericordemente yo?), con charcos y ríos, con ser querido y tener "tu lugar", visible en otros mapas. La persecución del amor te llevará a muchos despeñaderos: trate de que sean pintorescas, que armonicen con tu paisaje interior. Como ideal fiel y manejable del amor, el que nos tenemos. Si llegas, como yo, a abrazarte a la costumbre de nunca pedir nada a nadie, para no ser decepcionado, lo serás igualmente, de manera permanente. Recuerda (es imposible, ya lo sé) que a mí me pedías todo. No hay cómo no darte todo: si ella es de otra opinión, aléjala como sabes tan bien hacer.
(Ese triste don también lo heredaste.)
Siempre hay una alternativa a la vergüenza.
Si terminas tu vida llorando, como yo, tal vez significa simplemente que con estos genes no se puede hacer otra cosa, y mejor es que los dejes morir. En todo caso, siempre quedará Tubbilandia.
Enjuga tus lágrimas en un viejo pañuelo. Tradúcelas en bondad y gestos de amor, que para ello, los genes dan de sobra. Esas lágrimas quedarán impregnadas en el corazón. Hazlo parte de tu legado.
ReplyDeleteEso y estas palabras tuyas.