¿Necroturismo o Relinchamiento?
La primera vez que fui de campamento con Yvonne, llegamos (mediante autostop) a un pueblo de la costa de East Anglia a eso de la medianoche. Dentro de una oscuridad perturbadora, nos dedicamos a buscar un lugar para poner la tienda: pueblo afuera, al final se presentó algo que por el tacto parecía un campo, esperábamos que sin toro. Dormimos mal esa primera noche, por los estertores de algunos animalitos cercanos (¿conejos, tejones?). Al amanecer, saqué la cabeza, y me sorprendió hallarme acampado en medio de un cementerio.
Encontrarse en un camposanto no es óbice, valladar ni cortapisas para que se haga escuchar el perentorio clamor de la uretra (el chófer, aparente bigwig local, nos había dado licencia para tomarnos el chaser en el pub del pueblo, oficialmente cerrado, antes de emprender la búsqueda de terreno baldío la noche anterior). Fue cuando descubrí por primera vez lo dulce, lo decoroso y lo tierno que se siente al orinar sobre la tumba de un desconocido al amanecer. Entre el muerto, que podía haber sido un rudo pueblerino, con el aliento apestoso a cebolla, para quien una radio era algo que se tenía que acariciar con alambre bigote de gato y un político era otro bigote, enorme, con algo blanco, húmedo y pegajoso detrás capaz de nombrar varias veces, sin sonrojarse, el canal de Suez, entre éste y el vivo, simple crisol de neurosis y de atropelladas hormonas, se estableció fugazmente ese maravilloso y mágico arco de agua cristalina, surcando el aire helado del alba, misterioso puente de comunicación entre mundos dispares. Fue para mí un momento único, inolvidable; aunque el momento quedó teñido anacrónicamente en la memoria por el negro brilloso del bañador de Yvonne, que ese día, más tarde, estaba destinado a convertirme en priapista espiritual, al parecer ya para siempre, en algún lugar de esas inmensas y desiertas playas (Blakeney Point, para ser exactos).
Si lo menciono es para que quede claro que mis remilgos con Baltasar Garzón no se deben al supuesto de que éste sea necroturista. Claro que algo de eso hay. Uno no abre una investigación sobre crímenes cometidos hace setenta años con la esperanza de jalar ante los tribunales a reos vivos, a menos que uno sea la mar de optimista y un poco gil. Veamos: hasta ese caracol humano (es un decir) que quedó atrincherado en una casa prestada en Londres mientras los Lard Lords discurrían sobre su suerte, tenía ya más de cadáver pestilente que otra cosa. Eso sí, la anécdota sirvió para que a la Tacha de los cojones (es un maldecir) se le escapara eso de que el enjuiciado era un "pobre anciano", lo que demuestra que yo crecí en un país gobernado desde otro planeta, menuda desazón. Pero si eso es justicia presta y oportuna, ¿entonces Clint Eastwood qué? ¿Eyaculador precoz? No, convengamos en que lo de Garzón no tiene mucho que ver con ninguna justicia en el sentido popular y justiciero de la palabra. Entonces se trataría presumiblemente de un conato de micción tardía, crepuscular, sobre los ataudes de los asesinos de Lorca y de sus incontables correligionarios republicanos. No veo nada de malo en ello, a título personal. Es más: si yo tuviera una compañía de viajes, promocionaría fuertemente el necroturismo, que se anuncia la próxima moda arrasadora, capaz de desplazar al ya gastado ecoturismo y hasta al turismo sexual. Me están llegando... sí: hermosas y alentadoras visiones de un futuro en que una anciana pareja norteamericana, recién apeados de su viaje a Cuba, ahora república democrática, contaría su peregrinaje a Santa Clara para mear, frente a una larga columna, sobre el mausoleo de un tal Jay Güevara o J. Huevara, de quien carecerían totalmente de orientaciones biográficas, pero que se había demostrado capaz de atraer a decenas de miles de latinoamericanos ansiosos de regar la última morada de tal siniestro personaje con Pony Malta filtrado, y de abonarlo con estiércol yuquero. (El año que viene, querida, qué tal esto de Highgate y Pére Lachaise.) En ese sentido, aplaudo o por lo menos le entiendo a Garzón: ¿quién, si pudiera, no se dedicaría a marcar territorio sobre cuanta tumba de infame dictador encuentre a su paso?
Pero puede que algo más de eso haya.
En otra entrada de este blog ya dije sobre el Todosomosismo, auténtico azote de nuestra civilización, y en cuanto a que lo de Garzón sea un poco eso, me dan la razón tantas manifestaciones recientes de españolitos hijos de La Transición con sus velas y sus pancartas de Todos Somos Baltasar Garzón, o para los más avispados, Todos Somos Víctimas de la Franquicia Franquista. Respecto a tales burdos intentos de vampirismo biográfico, el viejo Rey Salomón tuvo la solución: sírvase colocarse a veinte pasos del verdugo (o de su ataúd) y lance el cuchillo. Quien acierte entre sexta y séptima costilla es víctima real (o hijo de, o mutatis mutandis), por aquello de haber pasado lustros ensayando el golpe; en cambio, el todosomosista, saltimbanqui de rencores, oportunista, fashion victim de causas "sociales" de última tendencia, dará en cualquier parte menos en el blanco. El odio, viejo tutor, nos enseña a quien corresponde odiar, y afina puntería. Hace diez años, un dominical británico se lanzó a la caza y captura de nuevos lectores mediante la campaña Name and Shame, contra "pedófilos" ex convictos: tuvo tanto éxito que el público llegó a considerar trivial la distinción entre pedófilo (ese ser que, de reincidente eso sí, le va de perlas el collar) y pediátrico, total, son gente de lo último, vandalizables. Convengamos en que "turba enloquecida" es casi un oximoron (aunque los libros de historia ecuatoriana estén llenos de ellas): los linchadores, no, los colectivos en general, son así. Entonces, digo relinchador de quien explote conscientemente esas tendencias, de quien azuce macedónicamente a las chusmas presas de repentina e intachable rectitud, organiza Five Minute Hates y Three Day Belonging Experiences, y parece deleitarse pidiendo siempre más y más turba. Que Garzón sea así no me consta, pero encuentro en su discurso por lo menos una grave omisión que conduce hacia similares derroteros.
La Biblia sí lo dice, y la saeta lo repite: No hay dolor como este mío.
Todos no somos víctimas de todo: y el querer serlo es síntoma de una civilización enferma. Que se procese a quien corresponda no es para que todos subamos al carro de la indignación, peor, de la solidaridad, esa falsa virtud que no es más que una estrategia mauvaise foi de burlar la soledad y por ende la condición humana. Solidario es quien no aguanta estar solo, igual que libertario es quien no aguanta estar libre. Desconfiemos siempre de las sílabas de más. Antes de solidario prefiero ser caritativo, pues lo segundo no implica mentir, ni que me cuelgue medallas de víctima en segundo grado. Nunca habrá dolor como ese suyo: dejemos, entonces, de intentar compartirlo, y limitémonos a prestar ayuda en cuanto existan posibles paliativos.
¿A Dawkins le hizo algo el Papa?
Las causas son para los afectados, y nadie más. Fin del espectáculo y principio de la sensatez. En la España actual no creo que haya habido desmemoria, más bien una fundada cautela respecto al papel de las cajas de Pandora en una democracia nueva y todavía frágil. Ahora, con el paso del tiempo, quedan cada vez menos afectados por el franquismo, por lo menos para que al respecto suyo haya restitución factible. Claro que no estoy con Reece cuando dice
Esperamos que a Garzón se lo sancione por el bien de la democracia en todo el mundo, porque se debe entender que esta se edifica sobre la concordia y el consenso, no sobre el rencor.
No veo motivo para que a Garzón se le sancione: el pobre de Reece parece sobremanera afectado por no sé qué asunto de anticlericalismo ibérico, olvidando que los más anticlericales hace tiempo que son los propios clérigos, frente a quienes los demás siempre seremos meros neófitos en el tema de desacreditar a la Iglesia. Pero sobre todo, no creo que tener legítimos rencores hacia (pongamos por caso) los verdugos de un abuelo sea algo vergonzoso ni antidemocrático. Simplemente, los rencores son asunto de cada uno, y la búsqueda de resarcimiento, también. No es para armar espectáculos mediáticos, y si éstos se dan, de seguro que detrás esté algún desaprensivo ansioso de poder: de ese poder que se construye sobre la base de la atropellada huida de la soledad que cada uno emprendemos en algún momento.
Encontrarse en un camposanto no es óbice, valladar ni cortapisas para que se haga escuchar el perentorio clamor de la uretra (el chófer, aparente bigwig local, nos había dado licencia para tomarnos el chaser en el pub del pueblo, oficialmente cerrado, antes de emprender la búsqueda de terreno baldío la noche anterior). Fue cuando descubrí por primera vez lo dulce, lo decoroso y lo tierno que se siente al orinar sobre la tumba de un desconocido al amanecer. Entre el muerto, que podía haber sido un rudo pueblerino, con el aliento apestoso a cebolla, para quien una radio era algo que se tenía que acariciar con alambre bigote de gato y un político era otro bigote, enorme, con algo blanco, húmedo y pegajoso detrás capaz de nombrar varias veces, sin sonrojarse, el canal de Suez, entre éste y el vivo, simple crisol de neurosis y de atropelladas hormonas, se estableció fugazmente ese maravilloso y mágico arco de agua cristalina, surcando el aire helado del alba, misterioso puente de comunicación entre mundos dispares. Fue para mí un momento único, inolvidable; aunque el momento quedó teñido anacrónicamente en la memoria por el negro brilloso del bañador de Yvonne, que ese día, más tarde, estaba destinado a convertirme en priapista espiritual, al parecer ya para siempre, en algún lugar de esas inmensas y desiertas playas (Blakeney Point, para ser exactos).
Si lo menciono es para que quede claro que mis remilgos con Baltasar Garzón no se deben al supuesto de que éste sea necroturista. Claro que algo de eso hay. Uno no abre una investigación sobre crímenes cometidos hace setenta años con la esperanza de jalar ante los tribunales a reos vivos, a menos que uno sea la mar de optimista y un poco gil. Veamos: hasta ese caracol humano (es un decir) que quedó atrincherado en una casa prestada en Londres mientras los Lard Lords discurrían sobre su suerte, tenía ya más de cadáver pestilente que otra cosa. Eso sí, la anécdota sirvió para que a la Tacha de los cojones (es un maldecir) se le escapara eso de que el enjuiciado era un "pobre anciano", lo que demuestra que yo crecí en un país gobernado desde otro planeta, menuda desazón. Pero si eso es justicia presta y oportuna, ¿entonces Clint Eastwood qué? ¿Eyaculador precoz? No, convengamos en que lo de Garzón no tiene mucho que ver con ninguna justicia en el sentido popular y justiciero de la palabra. Entonces se trataría presumiblemente de un conato de micción tardía, crepuscular, sobre los ataudes de los asesinos de Lorca y de sus incontables correligionarios republicanos. No veo nada de malo en ello, a título personal. Es más: si yo tuviera una compañía de viajes, promocionaría fuertemente el necroturismo, que se anuncia la próxima moda arrasadora, capaz de desplazar al ya gastado ecoturismo y hasta al turismo sexual. Me están llegando... sí: hermosas y alentadoras visiones de un futuro en que una anciana pareja norteamericana, recién apeados de su viaje a Cuba, ahora república democrática, contaría su peregrinaje a Santa Clara para mear, frente a una larga columna, sobre el mausoleo de un tal Jay Güevara o J. Huevara, de quien carecerían totalmente de orientaciones biográficas, pero que se había demostrado capaz de atraer a decenas de miles de latinoamericanos ansiosos de regar la última morada de tal siniestro personaje con Pony Malta filtrado, y de abonarlo con estiércol yuquero. (El año que viene, querida, qué tal esto de Highgate y Pére Lachaise.) En ese sentido, aplaudo o por lo menos le entiendo a Garzón: ¿quién, si pudiera, no se dedicaría a marcar territorio sobre cuanta tumba de infame dictador encuentre a su paso?
Pero puede que algo más de eso haya.
En otra entrada de este blog ya dije sobre el Todosomosismo, auténtico azote de nuestra civilización, y en cuanto a que lo de Garzón sea un poco eso, me dan la razón tantas manifestaciones recientes de españolitos hijos de La Transición con sus velas y sus pancartas de Todos Somos Baltasar Garzón, o para los más avispados, Todos Somos Víctimas de la Franquicia Franquista. Respecto a tales burdos intentos de vampirismo biográfico, el viejo Rey Salomón tuvo la solución: sírvase colocarse a veinte pasos del verdugo (o de su ataúd) y lance el cuchillo. Quien acierte entre sexta y séptima costilla es víctima real (o hijo de, o mutatis mutandis), por aquello de haber pasado lustros ensayando el golpe; en cambio, el todosomosista, saltimbanqui de rencores, oportunista, fashion victim de causas "sociales" de última tendencia, dará en cualquier parte menos en el blanco. El odio, viejo tutor, nos enseña a quien corresponde odiar, y afina puntería. Hace diez años, un dominical británico se lanzó a la caza y captura de nuevos lectores mediante la campaña Name and Shame, contra "pedófilos" ex convictos: tuvo tanto éxito que el público llegó a considerar trivial la distinción entre pedófilo (ese ser que, de reincidente eso sí, le va de perlas el collar) y pediátrico, total, son gente de lo último, vandalizables. Convengamos en que "turba enloquecida" es casi un oximoron (aunque los libros de historia ecuatoriana estén llenos de ellas): los linchadores, no, los colectivos en general, son así. Entonces, digo relinchador de quien explote conscientemente esas tendencias, de quien azuce macedónicamente a las chusmas presas de repentina e intachable rectitud, organiza Five Minute Hates y Three Day Belonging Experiences, y parece deleitarse pidiendo siempre más y más turba. Que Garzón sea así no me consta, pero encuentro en su discurso por lo menos una grave omisión que conduce hacia similares derroteros.
La Biblia sí lo dice, y la saeta lo repite: No hay dolor como este mío.
Todos no somos víctimas de todo: y el querer serlo es síntoma de una civilización enferma. Que se procese a quien corresponda no es para que todos subamos al carro de la indignación, peor, de la solidaridad, esa falsa virtud que no es más que una estrategia mauvaise foi de burlar la soledad y por ende la condición humana. Solidario es quien no aguanta estar solo, igual que libertario es quien no aguanta estar libre. Desconfiemos siempre de las sílabas de más. Antes de solidario prefiero ser caritativo, pues lo segundo no implica mentir, ni que me cuelgue medallas de víctima en segundo grado. Nunca habrá dolor como ese suyo: dejemos, entonces, de intentar compartirlo, y limitémonos a prestar ayuda en cuanto existan posibles paliativos.
¿A Dawkins le hizo algo el Papa?
Las causas son para los afectados, y nadie más. Fin del espectáculo y principio de la sensatez. En la España actual no creo que haya habido desmemoria, más bien una fundada cautela respecto al papel de las cajas de Pandora en una democracia nueva y todavía frágil. Ahora, con el paso del tiempo, quedan cada vez menos afectados por el franquismo, por lo menos para que al respecto suyo haya restitución factible. Claro que no estoy con Reece cuando dice
Esperamos que a Garzón se lo sancione por el bien de la democracia en todo el mundo, porque se debe entender que esta se edifica sobre la concordia y el consenso, no sobre el rencor.
No veo motivo para que a Garzón se le sancione: el pobre de Reece parece sobremanera afectado por no sé qué asunto de anticlericalismo ibérico, olvidando que los más anticlericales hace tiempo que son los propios clérigos, frente a quienes los demás siempre seremos meros neófitos en el tema de desacreditar a la Iglesia. Pero sobre todo, no creo que tener legítimos rencores hacia (pongamos por caso) los verdugos de un abuelo sea algo vergonzoso ni antidemocrático. Simplemente, los rencores son asunto de cada uno, y la búsqueda de resarcimiento, también. No es para armar espectáculos mediáticos, y si éstos se dan, de seguro que detrás esté algún desaprensivo ansioso de poder: de ese poder que se construye sobre la base de la atropellada huida de la soledad que cada uno emprendemos en algún momento.
Me regresaste de Paris!!
ReplyDeleteEspectacular ! yo que tenìa la pendeja idea de ir disque a la tumba de Cortàzar! gracias a este post no se cristalizò tal asunto absurdo.
Otra vez en el piso, me he matado de la risa!!
Pues yo recuerdo a una pareja de aspecto gótico paseando con lo que supuse eran siniestras intenciones necrofílicas, por Highgate Cementery, no muy lejos del cabezón que preside lo que queda de Karl Marx.
ReplyDeleteMis 16 primaveras envenenadas del discurso socialistoide de la educación controlada por los adoctrinadores de siempre, me llevaron en peregrinación a aquellas latitudes, pero más pudieron las hormonas y mi natural vouyerismo, pues de aquella visita aleccionadora guardo el indeleble recuerdo de aquella pareja de góticos mitocóndricos, tanto ella como él, de Robert Smith. God save the queen...
Garzón es un sectario sin escrúpulos con ínfulas de vedette de cabaret burlesque, que son las reinonas más asperas del drag set...